domingo, 25 de septiembre de 2016

De cabeza: Las maquetas. Originariamente en La Nueva España

DE CABEZA


Las maquetas


Lo más cerca que estuve de una utopía fue cuando, de crío, iba de paseo con mis padres y nos parábamos a contemplar en un escaparate la maqueta de un edificio de próxima construcción. Me fascinaba ver una casa que podía coger con las manos y, sobre todo, me fascinaban los muñequitos de plástico representando a los viandantes, los arbolitos, los cochecitos... Era tan ideal aquella puesta en escena que cuando se llevaba a cabo, el proyecto perdía encanto para mí. Por entonces pensaba que era lo lógico, tratándose de un niño. Pero fui haciéndome mayor y seguí comprobando que prefería la maqueta a la realidad. Qué se le va a hacer. No es que viva a disgusto con la realidad. Al igual que el resto del personal: la cosa va por rachas. Y en aquellos edificios liliputienses parecía que nada podía ir mal. Me acordé de todo esto viendo el partido del Oviedo contra el Mirandés bajo un sol, este sí, híperrealista. Me acordé porque, en contra del parecer general que noté en el ambiente: a mitad de camino entre la decepción y el cabreo, me vi a mí mismo tranquilo y hasta casi satisfecho. Enredado como estaba en mis recuerdos infantiles, comprendí de inmediato que lo que me ocurría era que veía al equipo azul como a aquellas maquetas de antaño: con los jugadores aún pequeñitos, las porterías diminutas y el balón como una de esas bolitas de anís que siempre rechazaba del revoltijo de Reyes. De ahí mi felicidad. Posiblemente, para muchos lectores, irritante y provocadora. Nada más lejos de mi intención. Si lo piensan y tienen la paciencia de ponerse en mi lugar, mejorarán su perspectiva de los hechos y disfrutarán de ese tiempo que media entre el proyecto y las primeras excavaciones. El jubilado experto en supervisar obras a lo largo y ancho del municipio me reprochará, condescendiente, que "la obra, chaval, ya empezó hace un buen rato; anda que no nos hemos dejado ya puntos entre tanta ferralla y tanta excavadora".  Por respeto, asentiré y no le llevaré la contraria. Las horas de vuelo son las horas de vuelo. Pero no hay duda de que estamos ante una impecable maqueta: el gol es casi gol; el pase es casi pase y el regate, casi regate. La realidad (la escala natural de las cosas) se caracteriza por superar ese "casi" que nos tiene prendidos, como un cordón umbilical, a la infancia.
Imagínense a ese niño que convence a los padres y entran en la oficina de la empresa constructora. "Verá, dirán sus progenitores al encargado (un tipo bien parecido y plantado de pantalones negros e impoluta camisa blanca), es que al crío le haría mucha ilusión ver de cerca las casitas y los muñequitos. Siempre que vamos de paseo se queda parado delante del cristal y hoy, como vimos que estaba abierto..." El inmaculado empleado esboza una leve sonrisa e invita al pequeño a que, incluso, si quiere, puede tocar la maqueta. El niño, con los ojos como platos, mira de abajo a arriba al esbelto hombre. "Pero no la sobes demasiado, eh campeón, que esto, dentro de poco, van a ser casas como Dios manda".


                               Fernando Menéndez

El apuntador: En Londres (III) Originariamente en La Escena

EL APUNTADOR: EN LONDRES (III)



La historia
del
arte
es
la historia
del
arte
de
narrar.
Crónicas
o
utensilios
con
un fin
bien
concreto
adquieren
con
el tiempo
una 
naturaleza
que
excede
el objeto
con que
nacieron.
En el
Museo
Británico
las
adolescentes
japonesas,
tan
maqueadas,
pasan
entre
sarcófagos
milenarios
sin
preguntarse
por
la gramática 
de
aves
dioses.
Es el
Museo
Británico,
no
Las Vegas:
Herodoto
y
Philip
K.
Dick
encontraron
el punto
en el
que
toda
civilización 
se desploma:
no
es la guerra
ni
es la codicia,
es
el afán
por
exhibirse.
Nuestra
nueva
responsabilidad 
es
la de ser
espectadores.
De regreso
a
Bloomsbury
tenemos
la sensación 
de
haber hecho
un viaje
muy largo
cuando
apenas
hemos
bajado
unas
escaleras:
eso sí,
colosales,
imponentes.
Refugiados
en
librerías
de
viejo,
comprobamos
que
las sucesivas
o
simultáneas
lecturas
de
un mismo
relato
reducen
la
posibilidad 
de
una odisea.
Homero
se mimetiza:
se
confunde
entre
la multitud.

lunes, 12 de septiembre de 2016

De cabeza: El aburrimiento (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


El aburrimiento 


Decía el gran Ángel Gonzalez que para vivir un año hay que morir muchas veces mucho: una manera ciudadana y civil de confirmar que existe la reencarnación. Los equipos de fútbol son prueba de ello partido a partido y temporada a temporada. En otra época, la confianza ocupaba el lugar de ese continuado renacimiento. Eran tiempos en que jugadores y entrenadores podían encadenar años y años en un mismo club. Pero no nos pongamos nostálgicos y regresemos al presente: a menudo, cuando un escritor de dilatada carrera echa la vista atrás, suele obviar sus obras de juventud por considerarlas imperfectas, ingenuas, apresuradas... Los primeros partidos de un campeonato son las obras de juventud de un equipo. Así que, prefiero ver el empate a cero en Son Moix contra el Mallorca como una obra primeriza del Oviedo: sin duda imperfecta y, lo que es peor, aburrida. Pero el camino del equipo azul, como el de cualquier autor con varios títulos en su haber, tendremos que evaluarlo con una cantidad suficiente de encuentros jugados. ¿Y qué cantidad es esa? Según Fernando Hierro, los equipos se consolidan en diciembre. Ojalá tenga razón y podamos comprobar que la carrera de su plantilla es una carrera llena de títulos de éxito, bien escritos y amenos. Casi nada. Pero por pedir que no quede. Lo de ser amenos es importante porque el pasado domingo me aburrí un rato (y creo que no fui el único) viendo el partido. Ya decía Oscar Wilde que ser aburridos es de maleducados. Lo cual no significa que haya que amenizar todas las veladas a nuestra costa. La retórica positivista del fútbol prescinde de estas reflexiones: punto ser punto, se suele decir. Si te aburres, vete al cine o vete al circo, me espetarán. Pero no me negarán que aquí radica una contradicción: escuchamos a menudo que el fútbol es un espectáculo, entonces: ¿en qué quedamos?
Una cosa que me encantaba del "Dream Team" de Cruyff (un equipo sin término medio) es que cuando jugaba mal, lo hacía tan rematadamente mal, que era una delicia verlo; Buster Keaton o Charlot eran jugadores de futbolín a su lado. No es que quiera yo llegar a esos extremos con el Oviedo, que nadie se alarme. Lo que está claro es que una victoria o un empate a domicilio con algo de chispa, sin ser sufridos ni burocráticos, es mucho mejor.
Fíjense si será importante ser divertidos: yo, para ver el partido del equipo de mis amores, dejé a medias "Bullitt", la excelente película de 1968 de Peter Yates y protagonizada por Steve McQueen. Cierto que ya la había visto, pero son de esos filmes que nunca importa revisar. Y al acabar lo de Mallorca, comprobé que en la 2 habían emitido un documental sobre la exposición de El Bosco en el Prado que tenía muy buena pinta.
Puestos a fantasear, me gustaría ver al Oviedo como ese Ford Mustang que conduce Steve McQueen por las calles de San Francisco en una de las escenas de persecuciones de coches más célebre y mejor rodada de la historia del cine.



                         Fernando Menéndez

El Apuntador: En Londres (II) Originariamente en La Escena

EL APUNTADOR: EN LONDRES (II)



Comparto
la
fascinación 
por
la imagen
de
Aníbal
cruzando
los Alpes
a
lomos
de
un elefante.
Turner
lo pintó
atrapado
en
una tormenta
de
nieve.
Situado
en
la fuga
del
cuadro
mientras 
que son
los sufrientes
de
la batalla
la aplastante
visión
de 
las inclemencias
las que
hunden
nuestros
hombros
y
amplían
nuestra
perspectiva 
del tiempo
y
del espacio.
Incluso
amplían
nuestra
propia
auto
perspectiva 
y
retrospectiva.
Turner
peregrinó
por
media
Europa :
llegando,
parando,
explorando.
A veces
lo
hacía
pie,
cargando
con
todos
sus
utensilios.
La fatiga
de
un viaje
así
es
la muestra
más noble
de 
una vocación.
Marta
deambula
entre
alusiones
Goya
y
futuros 
amaneceres
prescritos
en 
pleno
XIX.
Marta,
como
todos,
va
trazando 
su
propia
visión
del
momento:
un monstruo 
marino
dulcificado
por
el amarillo,
un mar
contemplado
a
través
de
las nubes.
Turner,
entre
1830
y
1840
pintó
docenas
de 
cuadros
a
partir
de
observar
el mar
y
su comportamiento .
Docenas.
Observa
y
trabaja.
Observa 
y
trabaja.
Observa,
espera,
trabaja.
Confía.
No
existe
otra
manera.


El apuntador: En Londres (originariamente en La Escena)

EL APUNTADOR: EN LONDRES



Llegamos
a
una sobremesa
prolongada.
Las barcazas
que viven
en
el río
lo hacen
con 
la misma
ley
de 
vida
con
que nosotros 
pretendemos
pasar:
haciendo
el ruido
estrictamente 
necesario
pero 
llevando
al menos
un breve
asentimiento:
pequeño,
rutinario,
verdadero.
Hoy
he caminado
sobre
la misma
memoria
que
llevo años
cultivando:
Ted,
Thomas,
Charles,
William...
Se trata 
de
algo
simple:
asombrarnos
con lo
que
se supone
que
debemos
asombrarnos.
Nunca
nos 
consideramos
rebeldes:
nos falta
narcisismo.
Somos,
como mucho,
intermitentes
disidencias.
Labradores,
minifundistas
de
la paradoja.
De momento
nos basta
con pasear
y
sentirnos 
la pizca
prescindible 
de
una historia
que
nos supera.
Ya viene
de 
Basho
no se
detiene
en
Shakespeare. 
Continua.
Celebremos
este
tiempo libre:
nos
permite
vagar, 
desplazar
el pensamiento
a los pies,
mezclarnos,
disolvernos,
renacernos.

domingo, 4 de septiembre de 2016

De cabeza: Deprisa, deprisa (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA



Deprisa, deprisa


Hay un uso diferente al que señala el diccionario para las metáforas y los eufemismos (que no dejan de ser metáforas sonrojadas): el de disimular las carencias y las fobias de quien las utiliza. A pesar de haber vivido en las últimas décadas la explosión de un fútbol más de toque y más técnico, aún sigue teniendo predicamento la expresión, a modo de reproche, que se le hace a un futbolista cuando se le grita: "¡chaval, hay que correr más!" En esa advertencia enseña el aficionado mucho más sus manías que el jugador sus limitaciones. Es obvio que el futbolista debe correr, pero ¿para qué? ¿por qué? ¿con qué fin? Tengo la certeza ya desde hace años de que a la grada le entusiasma que el equipo corra. ¿Hacia dónde? No importa. Que corra. Luego ya veremos. Como si asistiéramos a una minimización del juego. Como si el fútbol fuera lo que queda después de correr, correr y correr. Se ha perdido entre los locutores la vieja costumbre de anunciar el inicio de un encuentro al golpe de: "que ruede el balón". Y es una pena. Porque esa expresión nos recordaba desde el minuto uno que si algo tiene que rodar, rodar y rodar(su forma de correr) es la pelota. Los futbolistas no deben llegar antes ni después. Sino llegar a tiempo. Cuando corres en exceso caes en la tentación de querer marcar el segundo gol antes que el primero o de querer empatar cuando aún no vas perdiendo. Los eufemismos son una manera de enunciar positivamente algo que se valora en clave negativa: asistimos a un tiempo en que se elogia de muchos equipos su intensidad, su agresividad. Lo más habitual es que ambas características oculten otras carencias, aunque es elogiable que se haga de la necesidad, virtud; pero lo que traiciona los principios del fútbol es desplazar su epicentro: del balón al esfuerzo y las piernas estresadas de los jugadores.
El sistema solar de este juego ha sido y es inalterable durante años y años: un montón de satélites y planetas girando alrededor de un único sol: el balón. Por eso me alegró oír a Fernando Hierro decir después del partido contra el Almería que, hasta el primer gol, el equipo había corrido demasiado. 
En noventa minutos hay que manejar la paciencia  y esperar la oportunidad. Si conduces con exceso de velocidad es difícil ver por el rabillo del ojo; es difícil apreciar con todo detalle los paisajes y se desquicia el balón: que sufre con los patadones y las conducciones prolongadas.
El adjetivo es la clave: "demasiado". La liga, como el arte, es larga. El partido es corto para los ansiosos, suficiente para los tranquilos. Ya lo decía aquella estupenda banda, "El niño gusano": si pudiera pedir un deseo, sería el hombre más lento del mundo.


                                 Fernando Menéndez

viernes, 26 de agosto de 2016

Cancionero de mano: Almanaque

Hay
un
instante
a
primeros
de
diciembre:
los
relojes
se
paran,
se
apagan
los
ordenadores,
las
máquinas
de
café.
Hay
un
instante
a
primeros
de
diciembre:
no
recuerdo
el
porqué
ni
tampoco
el
cómo