martes, 27 de junio de 2017

De cabeza: Lo absoluto y lo relativo (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


Lo absoluto y lo relativo


El fútbol es un ámbito de absolutos. No entiende de términos medios. Lo que ayer era éxtasis hoy es tormento y al contrario. Siempre se encontró a gusto dando bandazos, demasiado pendiente de la exageración y de la euforia, olvidando el camino de sombras que media entre ambos lugares. Una sociedad como la actual sirve de excusa perfecta, pues el afán por exacerbar identidades, la urgencia por ser algo o de algo subraya esa pasión por lo absoluto. Yo, según cumplo años, soy cada vez más partidario de relativizar las cosas. En parte porque lo relativo es siempre con respecto a otra circunstancia. Se establece siempre en términos comparativos. Lo absoluto, sin embargo, es el todo o la nada. Lo relativo se vincula con la realidad. Lo absoluto a una ficción delirante. Pensaba en todo esto mientras veía el sábado pasado el partido más triste del mundo. La tristeza y la melancolía poblaban mi cabeza al ver al Oviedo lograr su victoria más estéril. Y qué triste marcar goles que no dejen una estela de entusiasmo. Y qué triste el pitido final que sonó para los dos equipos como la conclusión de un recreo. En un guión propio de la ciencia-ficción me imaginaba al Elche y al Real Oviedo jugando un partido eterno que pospusiera el desenlace definitivo.
Tuve que escuchar al narrador de la retransmisión televisiva para recuperar mi relativo optimismo, mi relativo vaso medio lleno. Vivimos tan inmersos en nuestras pasiones que no escuchamos (ni queremos) los análisis de a quienes ni les va ni les viene nada en esta feria: calificaba el locutor el campeonato del Oviedo como bueno, teniendo en cuenta que en las dos temporadas que lleva en Segunda División ha estado a punto de jugar la promoción de ascenso. Cierto que su afirmación carece de una letra pequeña que desconoce, pero el agravio comparativo a nuestro favor se refuerza cuando enfrente estaba el Elche, un equipo que hace nada jugaba en Primera División y comenzará la Temporada 2017 / 2018 en Segunda B.
Me dirán que todo esto es un flaco consuelo y no les quitaré la razón. Sucede que cuando me dejé llevar por lo absoluto me costó meses recuperarme de la resaca. Mi cuerpo y mi mente ya no están preparadas (si es que alguna vez lo estuvieron) para pasar de un extremo a otro sin que no me acose la mala conciencia.
El pasado verano, en una entrevista para este periódico, Fernando Hierro aseguraba que prefería una plantilla corta y tirar de los chavales de la cantera: qué fácil es mantener lo absoluto en un mero discurso. Después de prácticamente toda la temporada con el primer equipo, el canterano Héctor Nespral sólo se mereció una pizca de minutos en el Martínez Valero. Y a Emilio Morilla, capitán del Vetusta, tras doce años en el Oviedo, ha sido "invitado" a dejar el club. Qué poco se valora en nuestro equipo la lealtad, la discreción  y la elegancia.


                            Fernando Menéndez



lunes, 26 de junio de 2017

De cabeza: Lo absoluto y lo relativo (originariamente en La Nueva España)

De cabeza: La respuesta está en el viento (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


La respuesta está en el viento


A efectos prácticos, la penúltima jornada de la liga fue igual que la primera: la respuesta sigue en el viento. A efectos anímicos, por supuesto que no. La grada del Tartiere se expresó como los rebeldes de Espartaco: al unísono y bajo el signo de la discrepancia. Cada uno diciendo lo que quiere y haciendo lo que puede. Por lo que a mí respecta, como el personaje que interpreta Tony Curtis en el film de Kubrick, podré escribir algunos versos de vez en cuando y encadenar unas pocas frases subordinadas.
El Oviedo pende de un milagro y el alma oviedista se escinde entre la fantasía y el híperrealismo. Pero es muy tarde ya para andar decidiendo qué género nos conviene. Si fuese el agente Cooper de "Twin Peaks" encendería la grabadora para confesarle mis impresiones y dejar constancia de lo que pasa a mi alrededor. Porque lo escrito no se lo llevará el viento pero cada vez tiene más dificultades para abrirse paso.
Ruedan las especulaciones y ruedan los nombres. Llegas al estadio como quien llega a un examen de reválida: notas al rendimiento de cada jugador. Bajas y altas. Candidatos al banquillo... Se dice que el fútbol no tiene memoria y en buena parte es cierto, pues la memoria es una inquilina incómoda que siempre tiene algo que decir y reclamar. Dijo Saúl Berjón que tampoco conviene olvidar de dónde venimos, que hace nada estábamos en Segunda B. Es una afirmación con la que es fácil estar de acuerdo pero dicha ahora suena a mero apaga fuegos. Hubiese tenido más valor al comienzo del campeonato.
Equipos históricos como Mallorca o Elche caen al pozo y en nuestro caso, solo dos temporadas y ya hemos merodeado por los puestos de privilegio. Sin embargo, vivir es pedir más.
No vengo yo a justificar ni a disculpar a nadie. Somos lo que somos por las decisiones que hemos tomado. Entre las cosas que echo de menos están la humildad y la paciencia. Dos valores, por cierto, que cotizan a la baja. Ya se ha dicho aquí en más ocasiones: la historia no gana partidos. De lo ocurrido el domingo pasado, lo mejor fue una pequeña justicia de relativa importancia: que fuera Christian Fernández el autor del gol de la victoria después de los gazapos del encuentro contra el Córdoba pone, de alguna manera, ciertas cosas en su sitio. No me parece que sea el lateral izquierdo el más indicado para recibir críticas y reproches. Aunque no sé si posee el suficiente carácter, ya que medir esa circunstancia no parece fácil. Decía Pacho Maturana que cada uno juega como es. Tal vez haya que empezar por ahí. Fernando Hierro lo tiene muy claro. Yo debo de ser muy ingenuo pues siempre creí que esa era una de las tareas de un técnico: inyectar carácter donde fuera necesario. Lo cierto es que siendo jugador del Madrid iba sobrado de personalidad. En fin.
No esperen de mí un ataque de ira. Tampoco una confortable complacencia. Espartaco incitaba a la rebelión pero sin renunciar al diálogo. La palabra antes que la fuerza. Por ese orden.


              Fernando Menéndez

martes, 13 de junio de 2017

De cabeza: Il Capitano (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


Il Capitano


El domingo pasado vi a Francesco Totti decir adiós después de veinticinco años en la Roma. No le faltaron ofertas de los mejores clubes del mundo. Pero Roma es su ciudad. La Roma, su equipo. El domingo pasado vi una excepcional armonía en las gradas del estadio olímpico: tantos aficionados llorando al unísono al despedirse de su capitán que parecía una coreografía dirigida por la emoción. Totti debutó en el primer equipo de la Roma un mes de marzo de 1993. Por aquel entonces, el Real Oviedo jugaba en Primera División y en su plantilla figuraban futbolistas como Jerkan, Carlos, Rivas, Jokanović...
El domingo pasado pasado los romanos debían ganar al Genoa si querían asegurarse  el pase directo a la Liga de Campeones y lo lograron. Spalletti, el entrenador romanista, prometió que Totti jugaría minutos importantes y lo cumplió. Después me puse a ver el partido del Oviedo en Córdoba  y fue como viajar de Xanadú hasta la oscuridad más abisal. Hay muchas maneras de decir adiós y todas están determinadas por lo que se deja atrás: por algo la de Totti es tan noble y la del Real Oviedo tan bochornosa. Si no fuera por el disgusto, diría que los jugadores azules quisieron homenajear al clásico género del "slapstick": esa comedia que recurre a bromas exageradas de humor físico para definir una producción dramática con argumento sencillo. Aunque por el estadio de El Arcángel no flotó la tierna torpeza de los Keaton, Chaplin o Lloyd. De la definición canónica del género, lo que quedó sobre el césped cordobés fue la producción dramática y el argumento sencillo. Tan sencillo de comprender como que no se puede llegar a ningún lado si en realidad no lo deseas. Hasta el domingo, quería creer que el fútbol podía ser un deporte de errores no forzados, menos aún premeditados. Ahora ya no puedo pensar lo mismo. Y no es que fuera un ingenuo, es que me niego a dar el brazo a torcer ante la cofradía de los conspiranoicos y del "qué más da".
Lo último que debe hacer un equipo de fútbol es avergonzar a su afición. Y perdón por la gravedad pues sigo pensando que esto sólo es un juego, pero también se juega por alcanzar la alegría y una temporada más nos la han vuelto a arrebatar después de meses con la miel en los labios: a eso se le llama crueldad. A Fernando Hierro no le gusta que se compare esta temporada con la anterior pero es mayo y estamos en las mismas.
Francesco Totti cuelga las botas: talento, orgullo, valor y garra. Hasta siempre y gracias, "capitano". Este abnegado oviedista te saluda.


                  Fernando Menéndez

viernes, 9 de junio de 2017

De cabeza (El sufrimiento) originariamente en La Nueva España

DE CABEZA


El sufrimiento 


Lo peor del sufrimiento no es sufrir. Lo peor del sufrimiento es sufrir para nada. La Segunda División es el making off del fútbol, la parte de atrás donde se oyen los martillazos de los carpinteros que montan un escenario y donde se aprecia la ansiedad del especialista ante una escena de riesgo. Sufre el Oviedo y sufre la afición. Sufren ambos estos prolongados puntos suspensivos. Sufre el equipo pues no recuerdo un partido en el que se pudiera permitir un sesteo sin consecuencias desagradables. Cuando el juego se convierte en supervivencia, cada minuto de un encuentro es un campo de batalla sin espacio para las cortesías. Sufre la afición dos veces al ver que un ejercicio completo de abnegada pelea sólo sirve para recordar al portero zaragocista como a uno de esos personajes con el que nadie contaba. Y sufre también si, después de tanto padecimiento, lo único que se logra es posponer un desenlace. Todo le ha costado demasiado trabajo al Oviedo en esta liga. Su manera de competir ha ido de remache en remache: de la conducción al pelotazo y viceversa. Nada hay más desalentador que escuchar a la grada aplaudir un despeje o la recuperación de un balón. Es como aplaudir al trabajador que ficha a la hora en su trabajo. El Oviedo hizo lo que pudo ante un Zaragoza avejentado y marrullero, y aún así no fue suficiente. Da pena ver a un equipo como el maño arrastrándose por el campo y celebrando un empate como si hubiese descubierto la isla del tesoro. Que un club con su historial haya caído a donde ha caído es un síntoma de que en el fútbol de hoy en día el balón rueda por los despachos demasiado a menudo y cada vez más lejos de las áreas.
Como vivimos de lo símbolos, es decir, de milagro, se esgrime la foto de un niño desgañitándose en el Tartiere para que confiemos en que, con la siguiente vuelta de tuerca, funcione por fin el mecanismo y el resto del trayecto sea cuesta abajo. El equipo peleó, no hay lugar para el reproche. Sí lo hay para algunas pequeñas dudas: las habituales que se cuecen al calor de un brasero y de una mesa camilla, las que jugadores y entrenador considerarían impropias y típicas de quien no ha jugado al fútbol.
Aunque hay una parte de esperanza que no es falsa, ¿nos bastará con la afonía de un niño al que ya no le quedan canciones por cantar? Lo peor del sufrimiento es su banalidad. La obligación de llevarlo entre pecho y espalda como si fuese el impuesto requerido a un mal pagador. Hay gargantas que alzan la voz y otras que piden silencio. Aunque ambas desean lo mismo: que el verano del 2017 sea de nuevo el verano de nuestra infancia.



                 Fernando Menéndez 

martes, 30 de mayo de 2017

De cabeza: La educación (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


La educación 


La educación en el fútbol radica en la diferencia que existe entre ser un futbolista y ser un jugador. El futbolista tiene una visión panorámica de las cosas; el jugador es incapaz de salir de su primer plano y mirar por el rabillo del ojo. Para ser futbolista no es necesario triunfar. Triunfar, lo que se dice triunfar, como dijo aquel viejo escritor, es poder escribir un nuevo libro. Ni siquiera publicarlo. Un triunfador, por ejemplo, es Manu García, el futbolista que ha sido imprescindible para su equipo, el Alavés, desde la remota Segunda B hasta la Primera División. Y en nada jugará una final de la Copa del Rey.
Echo de menos futbolistas y me sobran jugadores. Cuando escribimos y hablamos usamos ambos términos como si fueran sinónimos y cometemos un error al hacerlo así. Las alegrías y las salidas de urgencia siempre se encuentran en los matices y en la distancia que separa a dos palabras aparentemente similares reside la posibilidad de reencontrar el relato apropiado. El Oviedo volvió a mostrar en Tarragona dos caras, esto ya no es noticia. Sí lo fueron los cambios en la alineación que saltó al campo y la incorporación como titular del uruguayo Carlitos, quien, ante el desplome de la segunda parte, resumió el asunto como una falta de valentía. No sé cuántos partidos más jugará de titular Carlitos, tampoco sé por qué no los jugó antes. Me temo que pasará por Oviedo como una exhalación y, salvo los más memoriosos, nadie hablará de él cuando no esté. Sin embargo, al referirse a la falta de valentía, en realidad está hablando de falta de educación. Ser educados no sólo es respetar al rival y las reglas del juego (esto debería darse por supuesto), también es saber lo que quieres y pelear por ello. Al fútbol se juega con la historia y los anhelos y esta concatenación de malos resultados y falta de recursos deja demasiadas sospechas en el aire.
La afición sabe de sobra lo que es el oviedismo, es su educación. Empiezo a no tenerlo  tan claro con los jugadores. Y no estoy dudando de su profesionalidad.
Lo que me pregunto es si en alguna ocasión se habrán parado a pensar lo que distingue a un jugador de un futbolista. Hacerlo sería el comienzo de algo. No sé muy bien de qué, pero al menos nos libraría de vivir tantos finales prematuros.



                           Fernando Menéndez

lunes, 29 de mayo de 2017

El apuntador: Permitan que me presente (originariamente en La Escena)

EL APUNTADOR: PERMITAN QUE ME PRESENTE


Permitan que me presente: soy el típico idiota que se cae al pisar la piel de un plátano. El hombre que tropieza dos veces con la misma piedra y contempla extrañado esta atmósfera de pureza que nos envuelve. En unos tiempos donde se presume de ateísmo, todo el mundo esgrime su religión intransferible y particular, su club privado de singularidad.

Permitan que me presente: soy el típico idiota carente de convicciones que tiene la costumbre de dar los "buenos días" al llegar a un sitio y que siempre teme molestar. El hombre que tropieza dos veces con el hecho de ser hombre y trata de tomarse las cosas de refilón pues ya se encargarán las cosas de agarrarlo por el pescuezo.

Permitan que me presente: soy el clásico nostálgico que echa de menos los contextos. El tipo al que le crujen los huesos cuando se sustituyen las palabras por sentencias. El chiflado que no se toma en serio la solemnidad. El meticuloso que distingue la política de lo político, al escritor del literato.

Permitan que me presente: soy el típico gordo de piel gorda que disfruta leyendo buenos libros en los que sus protagonistas son gordos cometiendo actos muy gordos. El probable apátrida que se enfanga en las supuestas aguas cristalinas de la identidad.

Permitan que me presente: admiro al capaz de calzarse los zapatos de otro y recorrer kilómetros como si nada, como si fuera él mismo.

Permítanme decir que soy el peligroso y grosero kamikaze que le dice a una chica lo guapa que está. El incoherente que no confunde una canción con la realidad. Prefiero al Mersault de Camus que al chamán de una religión. A Gregorio Samsa antes que al político telegénico y macho alfa. Al David Lurie de Coetzee antes que a los cientos de director@s de seminarios de la Nueva y Correcta Inquisición.

Pero permítanme confesar que, sin embargo, soy un hombre con suerte: cada vez que me acosan las dudas o la debilidad, abro por azar ese Caballo de Troya que se titula "Disparen al humorista". Su autor se llama Darío Adanti y tiene la modestia audaz de definirse como un simple humorista. Para que nos entendamos  entre los mortales y podamos pedir su libro a la primera de cambio, su editorial Astiberri lo ha etiquetado de ensayo gráfico. Que no importen en este caso la impronta de la etiqueta, de la denominación. Darío ha escrito y ha dibujado con su cabeza y con su mano uno de los mejores libros del año. No es una exageración, es la consecuencia natural de su lectura.
A qué esperan para leerlo, releerlo; mirarlo, remirarlo. Efectivamente, soy un hombre de suerte: sé leer y sé distinguir lo plausible de lo mejor; lo popular de lo necesario. "Disparen al humorista", de Darío Adanti. Un libro, parafraseando a su compatriota y maestro de escritores Adolfo Bioy Casares, hecho para mejorar nuestras vidas, no sólo para pasar el rato.


                      Fernando Menéndez