martes, 21 de febrero de 2017

Dicen de mí (autobiografía) 1

EL APUNTADOR: DICEN DE MÍ (AUTOBIOGRAFÍA) 1


SOY una rara mezcla: alguien lleno de opiniones políticas que al mismo tiempo tiene muy poco respeto intelectual por la práctica de la política.
(Jonathan Franzen)


UNO que, cuando está con la gente, mira hacia el fondo, como si esperase a alguien, como si oyera el pitido de un tren que sale de la estación, y así va, disimulando la angustia roedora de estar entre muchos.
("Las coplas del amo", Ildefonso Rodríguez)


AMO este instante en que la razón parece alejarse del hombre y en que el lenguaje queda como único vínculo con un continente que se conoce. 
("Un canto en la espesura del tiempo", Nuno Júdice)


CON el tiempo descubrió que no existe nada eterno ni impasible, ni siquiera el peñasco de roca sólida que asoma por el norte, en el ángulo izquierdo de la ventana; ni la fidelidad del cielo plomizo que acapara más de la mitad de su mirada cuando está acostado; ni los juramentos ni las promesas formuladas.
("El momento del unicornio", Norberto Luis Romero)


NO coger siempre todo con mano enemiga; por una vez dejar que todo vaya sucediendo y saber que lo que pasa es bueno.
("La canción de amor y muerte del alférez Christoph Rilke", Rainer María Rilke)


NO hay nada que esté contra ellos: ni un ayer, ni un mañana, pues el tiempo se ha desmoronado. Y ellos florecen de sus ruinas.
("Pero existe la música", Vladimir Holan)


EL camino es abandono, nunca hallazgo.
("Pero existe la música", Vladimir Holan)


PERO estar perdido y resistir / y tener la luna en el libro y la noche tan solo en el leer.
("Pero existe la música", Vladimir Holan)


Y con todo, con todo: la imagen / que aquí no es abismo / no puede ser señal.
("Pero existe la música", Vladimir Holan)


De cabeza: El anzuelo, el niño y el pez (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


El anzuelo, el niño y el pez


Dice Kenzaburo Oé, el escritor japonés ganador del Premio Nobel de Literatura en 1994, que se hizo escritor para reflejar el dolor de un pez: "Desde niño tengo interés en cómo nuestro limitado cuerpo encaja el sufrimiento. De pequeño, yo iba a pescar. Y me fijaba en el pez con el anzuelo clavado, que se movía mucho. Sufre horrores, pero en silencio: no grita. El niño que yo era pensaba: ¡cuánto dolor inexpresado! Ese fue el primer estímulo que me llevó a ser escritor, porque pensé que los niños tampoco podíamos hacernos entender bien. Me hice escritor para reflejar el dolor de un pez." Según aumentan los accidentes y la paradoja de las sorpresas repetidas, el aficionado oviedista se va pareciendo al niño que era Oé: tampoco es capaz de hacerse entender bien. Se multiplican las versiones, se multiplican los argumentos, se multiplican las justificaciones pero todo tiende hacia el ruido. O quizás el aficionado sea ese pez que lucha por librarse del anzuelo: el penúltimo fichaje, la enésima declaración solemne. Somos un banco de peces que aletean desesperados fuera de su hábitat natural: los aficionados más entusiastas porque creían que esta podía ser la temporada definitiva y los más escépticos porque, al menos, esperaban pasar un buen rato cada fin de semana.
Cuando la excepción se hace rutina la vida se vuelve insoportable, pues desaparece la alternancia. Perder por goleada cada vez que se visita un campo contrario, salvo que seas el peor equipo del mundo, no es lo habitual. Tal vez el objetivo de este año sea acostumbrarnos a los reveses, como si de una terapia para afrontar una vida longeva se tratara. Pero el pez sueña con corrientes de río y con remansos; con la luz del sol atravesando el agua hasta iluminar sus aletas.
El lunes pasado, cada conocido que me encontraba agitaba su cabeza tratando de soltar el anzuelo. El lunes pasado, cada expresión silenciosa que solicitaba mi opinión, recordaba al crío que fue por primera vez al Tartiere con el deseo de contagiarse con las ganas por un deporte y por unos colores. Melancólico, me cuenta un contertulio mientras revuelve su café que, a veces, viendo los partidos, le da la impresión de que hay jugadores a los que no les gusta el fútbol.
El cauce fluye más allá del asunto de ganar o perder. Todo se polariza: indignación o tristeza. Lo que más temo es que la demagogia y el histerismo asalten el escudo. Si el pez boquea que no lo humillen con situaciones ridículas y falsas promesas. No son necesarios los laureles. Para empezar, con un traje a medida sería suficiente. Y qué peligro que el plomo residual del lenguaje ocupe el espacio destinado a rodar el balón. Qué peligro la dichosa posverdad, la neolengua que Orwell  inventó para "1984": "Tuvimos el partido controlado en la primera parte; quitando los goles no concedimos mucho". 
Será mejor concentrarnos en que aún estamos a tiempo. Kenzaburo Oé dejó de pescar para ponerse a escribir. Ganó un Premio Nobel.



                            Fernando Menéndez

miércoles, 15 de febrero de 2017

En La escena

EL APUNTADOR: "SERÉ UN ANCIANO HERMOSO EN UN GRAN PAÍS. ENSAYO EMOCIONAL".


EL chaval con gol de Iniesta y bandera de España 

EL presente como género literario

LA postguerra y su tiempo interminable 

LÁZARO de Tormes y Walt Whitman

EL cinismo y el decoro

LA soberbia del amor y la soberbia de un solo de guitarra

EL noble oficio de quien apaga la luz

LA verborrea del "yo". Las inclemencias del "nosotros".

LA sinceridad como bestseller 

EL ejemplo y la lección 

EL mar y la paternidad

CROSBY, Still, Nash & Young

LONDRES y Celorio

TOD Browning a la sombra de un sauce

LOS alegres y cansados muchachos del adanismo

LA política como ocio

LAS epifanías y los antepasados

LOS ojos como platos de 1980

EL mundo de ayer y la Historia Universal

LOS autorretratos y el miedo

LA confesión como poética

EL arrepentimiento como fábula

LAS reuniones familiares

LOS padres. El centro de gravedad. Las hermanas

LOS padres. El centro de gravedad. Las hermanas

LITERALMENTE: el centro de gravedad

LA ridícula solemnidad de los mayores

LA proliferación de traducciones

LOS libros sin leer de Miguel Delibes

GRADO y los quioscos de música

VILLALPANDO y sus peregrinos

VILLALPANDO y sus sacerdotes

EL dios de las pequeñas cosas

EL albatros en el hombro de Kurt Cobain

DOS nombres propios: Manuel Astur

UN sustantivo y un adjetivo: ensayo emocional

DISTRACCIONES de la gramática

LOS libros, le tomo la palabra al autor, son la multiplicación de los yoes y de las aguas. Nada más. Y nada menos.



"Seré un anciano hermoso en un gran país. Ensayo emocional" (Manuel Astur. Ed. Sílex)

De cabeza: Sedentarismo (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


Sedentarismo


El fútbol es un deporte lleno de paradojas. Un juego en el que, a menudo, se consigue lo contrario de lo que se pretende. Por ejemplo, blindar la portería y atrincherarse en defensa es tentar al rival a un constante allanamiento de morada. Dotar a tu domicilio de sofisticadas y aparatosas medidas de seguridad es un evidente reclamo  para los ladrones. A la vista de lo dicho, este Real Oviedo de comienzos de año da la impresión de ser un chalet de lujo o una imponente mansión. Custodiado por un exclusivo servicio de seguridad privada y un supuesto y complejo entramado de alarmas y cerraduras. De esta manera, el contrario podría pasar por ser un intruso cuando, en realidad, como hizo el Valladolid, lo único que intentó es ganar el partido teniendo la pelota.
En los equipos blindados se manda a una hora secreta a un delantero a marcar un gol como quien sale bajo una lluvia intensa, con nocturnidad y alevosía, a comprar una barra de pan y un cartón de leche para regresar a casa pitando. Y si después del gol, el hambre sigue, pues a aguantarse las ganas o, como mucho, pedir por teléfono una pizza o unas hamburguesas. Este es uno de los inconvenientes de los equipos que visitan poco el área rival: su dieta es hipercalórica, poco sana. El juego de ataque es al fútbol lo que la dieta mediterránea es a la salud. El Oviedo, de tanto jugar a la defensiva, corre el peligro del sedentarismo. Para mí, según pasan los minutos y el balón lo pierdes en cuanto te acercas a la línea del centro del campo, acabas viendo la portería contraria como en una televisión en 3D.
En el encuentro contra el equipo pucelano, los azules acabaron jugando con seis defensas. Ya sé que habrá mil argumentos técnicos y tácticos que se me escapan pero la ignorancia del aficionado, en ocasiones, es su nobleza: ¡seis defensas! El mensaje con la alineación que culminó el partido es un síntoma de desconfianza o de pequeñez. Y el Real Oviedo tiene, creo yo, más motivos  para ser confiado que para lo contrario y ,sin caer en grandonismos, tampoco es un club tan pequeño. A los futbolistas, sean centrales, mediocampistas o extremos, no se les puede reprochar nada: lucharon y pelearon hasta el final.
Como el propio Hierro recordó al concluir los noventa minutos: la actitud de los jugadores fue irreprochable.
La disposición en el terreno respondió mucho más, desde mi punto de vista, a decisiones del banquillo que a inercias del juego. De momento, de entre todos los entrenadores que Fernando Hierro conoció en su brillante y dilatada carrera como futbolista, el que más mella le está haciendo es Javier Clemente en su etapa de seleccionador nacional.
Sólo como un velado homenaje puedo entender lo del pasado sábado contra el Valladolid. Un velado homenaje a un lejano quince de junio de 1996: Eurocopa de Inglaterra, España se enfrentaba a la Francia de Zidane. Para la ocasión, el de Baracaldo puso seis defensas en el once inicial: López, Alkorta, Abelardo, Hierro, Sergi y Otero.
Puedo imaginarme la respuesta de Clemente: - lo que quieras, pero empatamos contra Francia.
En fin, el Oviedo ha sumado tres puntos y ha vuelto a los puestos de promoción. Y yo sólo soy un tipo al que le encantan las habladurías.


                   Fernando Menéndez

miércoles, 8 de febrero de 2017

De cabeza: The Rat Pack (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


The Rat Pack


Sabemos que existen dos formas de ver el centro del campo: como una sala de estar o como un pasillo. El centro del campo es una botica: una cumbre de alquimistas que le dan vueltas al fluido mágico que anticipe espacios, grietas o agujeros en la defensa rival. Una sala de estar que sólo se abandona por necesidad  o por el reclamo de grandes citas o grandes momentos. 
Si es un pasillo, el centro del campo es un lugar por el que se pasa a carreras, con prisa. Con la determinación  y el vértigo de quien tiene un destino en su cabeza. En los últimos tiempos, ya en la pasada temporada, el centro del campo oviedista era la terminal de un aeropuerto; el andén de una estación. Un ámbito en el que se está quieto con el objetivo de moverse.
Si por la tierra media de ese juego de tronos que es un campo de fútbol pasan los futbolistas como los automóviles en una operación salida, debemos prepararnos para una juerga porque si después de tanto apuro llegamos para no hacer nada, la semana de trabajo y entrenamiento habrá sido en balde.
El Oviedo mantiene una constante con respecto al de la temporada anterior: su pegada, su capacidad para hacer goles. Si esta temporada no marca más es por su temor a la juerga. Contra el Elche presiono más arriba (así se empieza una juerga, llegando a la barra antes que los otros invitados) y los brindis se sucedieron y la espuma se derramó de las botellas. Hay que convencerse de una vez: el Oviedo sólo vencerá a base de derrochar. Siendo gastizo y disfrutón le irá mucho mejor. Si pasa por ser el equipo con una de las mejores nóminas de delanteros, ¿por qué no nos vamos de marcha hasta por lo menos marcar tres goles en cada partido? Salir a ver qué pasa o a ver si hay suerte es ceder la iniciativa al azar. Si se sale, hay que hacerlo como si fuera la última noche. ¿Acaso el mítico Rat Pack (aquel talentoso y juerguista trío formado por Dean Martin, Frank Sinatra y Sammy Davis Jr.) pensaba en la resaca o en la mañana siguiente?
Que Toché descorche todo lo que pueda. Que Susaeta saque a bailar al personal. Que lo maree con amagos y esa pierna derecha enguantada en lamé. Que Jonathan Perereira hurgue en los rincones mas escondidos. Y que Michu decida cuál va a ser la próxima canción a interpretar. ¿Les parece poco? Pues aún hay más. Tenemos a Saúl Berjón que, como si Frank Sinatra se tratase, debe pelear "de aquí a la eternidad", flotar un jet para cruzar el océano mientras se enumeran y recuerdan los goles marcados.
En el Rat Pack, si uno de su miembros era contratado para un espectáculo, el resto de los miembros hacían cameos y la expectación era mayor. Esa debe ser la táctica: aprovechar lo que mejor y más tenemos.
A tocar un swing de ¡uyys!, de goles, de tiros al palo... Que no hay nada más desalentador e inoportuno en los noventa minutos de partido que la música de un réquiem y un oratorio.
Que el Tartiere sea Las Vegas. Y que vuelva Elvis vestido con un mono blanco. Que es una bobada eso de que está muerto y la afición azul está loca por cantar y bailar "Burning love".



                         Fernando Menéndez

El apuntador: Berger (La escena)

EL APUNTADOR: JOHN BERGER


Hoy es
dos
de enero
y,
a decir
verdad,
un dos
de
enero
apenas
debería
haber
dado 
tiempo
a que
sucediera
nada:
alegrías,
tragedias,
decepciones.
La ingenuidad 
del
ser humano,
al menos
mi ingenuidad,
tal vez sea
mi ridícula
manera
de
negarme
envejecer.
Lo cierto
es que
son las
nueve
veinte
de
un dos
de enero
y
John 
Berger
ha muerto.
Unos 
minutos
antes,
muy
pocos
minutos
antes
de 
enterarme,
había
puesto
un disco
de
Nick
Lowe
y
me disponía
a
escribir,
a
empezar
con
un trabajo
pendiente.
Pero
la muerte
de
Berger
ha desviado
el trazo 
suspendido
las obligaciones.
Ahora
es
el momento 
de
la gratitud:
conocí
a
John
Berger
por un
artículo
de
Manuel
Rivas
en el
que
hablaba 
de él.
Esto
sucedió
hace
ya 
muchos
años,
tantos
que
los libros
de 
Berger
se
hicieron
un sitio
en casa,
mezclados
con
el tarro
del café,
con
las notas 
de
la compra,
con
los rodillos
de 
felpa,
con
la lámpara
de
mesa.
Lo que
quiero
decir
es que
sus libros
se 
convirtieron
en
un menaje,
en
una memoria,
en
una luz,
en
un alimento.
Son pocos
los escritores
que transforman
nuestra lectura
en
una necesidad.
Berger
lo conseguía 
y
aún más:
conseguía
darte
una lección 
tras
otra lección 
sin
la sensación 
de
recibir
admoniciones,
consejos.
A él,
que tanto
le gustaba 
hablar
de
las miradas
y
de mirar,
le debo
haber
descubierto
que
la escritura
que
perdura
se desplaza
lenta
y
observadora,
sin
la prisa
de
las doctrinas
y
los reconocimientos.
Turner
Spinoza,
Durero...
Berger
le 
restaba
a
los grandes
nombres
propios 
su
destello
para
mostrártelos
en 
el hueso.
Como
las personas
somos
animales
de
sortilegios,
de
ritos,
de 
mecanismos
de 
defensa
que nadie
nos exige,
tengo 
a
mi lado
el pequeño
ejemplar
de
"Algunos
pasos
hacia
una
pequeña
teoría
de
lo visible".
Publicado
en 1997
por
Árdora
exprés.
Repaso
subrayados,
apuntes
al
margen,
apuntes
a pie
de
página.
Releer 
es
reconocernos
a
nuestro
pesar.
En
la página
cuarenta
cuatro
del
libro
releo
lo siguiente:
"Lo que
parece
una creación 
no es
sino
el acto
de dar
forma
a lo que
se
ha recibido".
El disco
de
Nick Lowe
avanza
elegante
y
entrañable.
Lo escuché
por
primera 
vez
en
el bar
de
Jesús.
"The
convincer".
El acto
de
dar forma
a lo que
se
ha recibido.

El apuntador: Paterson, Jim Jarmusch (La Escena)

EL APUNTADOR: PATERSON, JIM JARMUSCH 


Una libreta
es
como
una piedra: 
un objeto
que
persistirá
a pesar
de
lo que
tenga
a
su alrededor 
y
nada posea
ningún
vínculo 
con
un objeto
tan
sencillo,
tan
común.
Existe
la
invisibilidad 
porque 
existen
las piedras.
Existe
la perseverancia 
porque 
ellas
existen.
Las libretas
aspiran 
a ser
invisibles,
aspiran
a
perseverar
en función 
de
su utilidad.
Una libreta
que
no ha sido
usada
en 
un montón
de años
es
una piedra:
una 
probabilidad 
de que
el pasado
se junte
con 
el futuro.
Paterson
conduce
un autobús.
Paterson
se llama
como
su propia
ciudad
y
como
un libro
de uno
de
sus poetas
favoritos:
William 
Carlos 
Williams.
Paterson
escribe
poemas
en
una libreta
mientras
va de
acá
para
allá:
conduce,
pasea
a
su perro,
escucha
y
quiere
a
una mujer
cuya
ingenuidad 
e
ilusión 
por
las cosas
la convierte
en
una corriente
de agua
interminable,
en
un canto
rodado.
Un conductor
en
su autobús 
mira
escucha.
Mirar
y
escuchar:
las tareas
principales
de
cualquier
poeta,
de
cualquier 
persona.
Mirar
las calles
mientras
conduce
con
prudencia.
Oír 
las conversaciones
de
los pasajeros
como
la certeza
de que
a
un miércoles 
siempre 
le
sucede
un jueves.
Rutinas,
actos
reflejos,
quehaceres
diarios: 
también 
el humus
de
un poema.
Paterson
parte
de
una caja
de
cerillas.
Se
concentra
en un
sótano
donde
conviven
herramientas
con
libros de
Frank
O'Hara.
A la vuelta
de
un día
puede
suceder
un percance,
un pequeño
desastre
que afecte
hondo
como
una pequeña
quemadura 
que vaya
a dejar
una marca.
Toda
quemadura
es
la posibilidad 
de
un incendio.
Paterson,
en casos así,
recurre,
como
cada uno
de
nosotros,
a
la relectura,
al
reinicio,
a tratar
de 
desandar
los
pasos
perdidos.
William
Carlos 
Williams
lo expresaba
mucho mejor:
componer:
no ideas
sino
en las
cosas.