martes, 29 de noviembre de 2016

Para Mr. Ford, con gratitud, respeto y humildad (originariamente en La Escena)

EL APUNTADOR: PARA MR. FORD, CON GRATITUD, RESPETO Y HUMILDAD


ahora sé que quise ser frank bascombe / conducir tranquilo por barrios periféricos / ser el ciudadano que nadie espera y al que todos dan la bienvenida / vivir bajo sordina y al caminar cuesta abajo / despacio / entre platanales / pedirte un trozo de merienda / no traspasar el umbral de las expectativas / para una postal desde francia o para un verano inolvidable me faltan borrones / asteriscos // lo fácil era aprovechar la disculpa de tu hermano / los minutos forzosos de un encuentro casual y después la noche que abre sus rutilantes incisivos / la romántica desconfianza era propia / la cursilería  / los pequeños papeles / las notas a pie de página / el mero amor por el frío

(de "Penúltimo danzante")



padre / así / en su cariz más sustantivo y original / padre / con su rotundidad sin diezmo / carente de agudas y suavidad / padre / el honor / bajo el refugio escaso / de una pequeña luz / no es más que un insecto doméstico / una esquirla del pasado // echas tus cálculos / la propina necesaria / tu modesto sueño // lo sé / podría seguir pasando de tarde en tarde // acercarme / susurrarte al oído / alguna cosa / intrascendente leve / agradable / lo justo para decir / hasta mañana / en el sentido estricto / de la expresión

(de "Penúltimo danzante")



Pequeña felicidad

Es muy temprano cuando subimos al coche. El sol todavía es un esbozo, un paseante tímido que apenas levanta la voz al saludar. Mientras atravesamos una ciudad desierta, dormida, nos tanteamos, nos reconocemos.
Último semáforo antes de la carretera general. El conductor enciende el cassette. Ya nadie dirá nada hasta que lleguemos a nuestro destino.

(de "Historias somalíes")



El apuntador: Sergio del Molino (un fogonazo). Originariamente en La Escena

EL APUNTADOR: SERGIO DEL MOLINO (UN FOGONAZO)


Cada vez que un español entra en una librería y compra "La España vacía" se convierte en un ciudadano extranjero. El concepto de extranjería está tan anticuado, que seguimos pensando que extranjero es alguien que nació y se crió en un país distinto al nuestro. España es un país cada vez ajeno, a pesar de presumir de esencias, o tal vez precisamente  por ello.
Sergio del Molino apoyó el codo en la ventanilla del coche mientras conducía por rincones perdidos, olvidados o desconocidos de la Península Ibérica. Sergio del Molino es un aguafiestas, que es lo mejor que puede ser un escritor. Vivíamos tan a gusto a la sombra del mito de las dos Españas... Y va el hombre y nos dice que sí, que hay dos Españas, pero que no son las que nosotros pensamos. Las Españas que vio del Molino son la vacía y la llena. De la segunda ya llevan escribiendo los novelistas desde los años ochenta, labrándose una carrera a su costa. La España vacía: esa que se extiende por Las Hurdes o por Tierra de Campos (por citar dos ejemplos citados en el libro) no tiene a tantos que le escriban.
El mestizaje es el "vicio" de la extranjería y el mestizaje de géneros, el "vicio" de la literatura cuando se empeña en hacer la puñeta a la novela: monarca absoluta del canon y del mercado. Leída "La España vacía" podría firmar que es un ensayo, un libro de viajes o una trabajada confesión de sobremesa. Me da lo mismo. Me gusta entre otras cosas porque es un libro que chincha. Como, por ejemplo, lo hizo en su momento "Campos de Níjar" de Juan Goytisolo.
A mí Sergio del Molino me ha hecho pensar que en los años ochenta y noventa subíamos cumbres de cartón piedra. Le oí decir públicamente en una ocasión  que si los norteamericanos tienen a Carver, nosotros tenemos a Delibes. Y no se trataba de patriotismo. Era algo mucho más importante.


             Fernando Menéndez 

domingo, 27 de noviembre de 2016

De cabeza: Ethan

DE CABEZA


Ethan

Sabemos que todas las buenas historias comienzan con un regreso. Sabemos que la canción que suena más alto siempre es la canción del ausente. Y sabemos por John Ford que "las historias se cuentan con las caras de los actores". "Centauros del desierto", el celebre film del director norteamericano, empieza con la vuelta a casa de Ethan Edwards (interpretado por John Wayne) después de haber estado en la guerra. Llega con la lógica aspiración al descanso que merece un soldado en estos casos, pero el destino que le aguarda, como ya saben ustedes, es bien distinto al deseado. Ethan es un héroe esperado y los verdaderos héroes asumen sus tareas con resignación y sin estridencias.
Michu, después de curtirse en mil batallas (Vigo, Vallecas, Swansea, Nápoles, Langreo) y con evidentes heridas de guerra, decide volver a donde más lo necesitan. Si Ethan regresa con su familia, Michu hace lo mismo con respecto a sus lazos de sangre futbolísticos. Más que por cuestiones épicas, el paralelismo con el protagonista  de "Centauros del desierto", viene determinado por su nivel de compromiso. En contraste con un fútbol de jugadores itinerantes y refugios en confortables oasis, Michu se reencontró con su barro original.
Para la afición oviedista este verano también sonó una canción mientras se iniciaban los títulos de crédito de una nueva temporada, una puerta se abrió para ver aparecer un jinete a lo lejos. En realidad, esa puerta nunca estuvo cerrada. Para quien le viene a su boca y a su mente los colores de toda su vida allá donde esté, sólo hay un "hasta luego". 
No andaba el Oviedo sobrado de símbolos, por eso su llegada levantó tanta expectación. Cierto que con los símbolos ni se llena el estómago ni se gana partidos, pero un símbolo siempre es una posibilidad, un refugio en medio de la intemperie. Michu juega al fútbol tratando de regatear, lo primero de todo, al dolor. Por eso con él se dilatan las expectativas y nos esmeramos en la paciencia. Tememos que al final de la historia Michu se quede, como Ethan, solo, fuera de lugar. Por eso era tan importante el gol, su primer gol en casa. El gol es una manera eufórica de combatir la soledad, un método de integración.
Como hacen los mejores pistoleros, decidió disparar en la ocasión más propicia: contra el Levante, líder del campeonato, que lleva hasta ahora un ritmo muy superior al resto.
Aún nos queda mucha filmografía por completar. Sabemos que todas las buenas historias acaban con un "continuará". La canción de los títulos de crédito espera de nosotros una respuesta: "Un hombre explorará su corazón y su alma. Buscará una salida en el camino. Sabe que hallará su paz interior pero ¿dónde? Cabalga, cabalga, cabalga..."


                           Fernando Menéndez 

De cabeza: Los suspensos

DE CABEZA


Los suspensos


Lo peor era volver a casa con algún suspenso. Las piernas eran de plomo y cualquier posibilidad de un futuro halagüeño se perdía por el sumidero de las malas notas. Lo peor era descubrir que el exceso de confianza arruinaba esa misma confianza. Las consecuencias se veían venir: ni salir, ni música, ni tele. De clase a casa y de casa a clase. Si mi padre por entonces hubiese sido entrenador de fútbol, me hubiera puesto a estudiar toda la noche; algo así fue lo que hizo John Benjamin Toshack siendo entrenador de la Real Sociedad, cuando el Oviedo eliminó a los donostiarras de la Copa del Rey. Enfadado por la eliminación, puso a entrenar a sus jugadores al finalizar el partido: era un día de diario y ya pasaba con creces de las diez de la noche.
Si cada jornada de liga es un examen, el Real Oviedo se presentó al examen contra el Huesca pero dejó sin contestar las preguntas. No sabemos si es que no las sabía o si se le quedó la mente en blanco. En todo caso, sea cual sea la razón, el resultado es el mismo. Lo cual no quiere decir que las causas no importen. Pero las causas suelen examinarse privadamente y las consecuencias suelen evaluarse en público. A veces pienso qué ocurriría si se invirtieran los términos y se analizaran los porqués a plena luz. Tal vez llegaríamos a una forma de aprendizaje compartida. Vivimos tan pendientes de las respuestas que casi siempre eludimos las preguntas. El interrogante que planteó Anquela y sus futbolistas fue sencillo y eficaz: hacer lo que mejor saben, extremar sus virtudes sin esperar al tanteo típico de los primeros minutos. Nunca entenderé la razón de esos minutos del miedo, la cortesía o la desconfianza. En fútbol es necesario ser sinceros para luego recurrir al engaño. Lo contrario suele costar más trabajo. El resultado y el desarrollo del encuentro fue tan claro que el análisis es el más sencillo del mundo: el Huesca le pasó al Oviedo por encima. Punto. Y sería conveniente verlo no sólo  desde los propios colores: que si no dimos ni una, que si no tiramos a puerta... Volvamos a las causas y preguntémonos por qué pasó lo que pasó. Pues que el rival también juega el partido: recurre a sus bazas, le importa, como es obvio, los tres puntos... El balón sólo es uno y los equipos son dos.
Dijo Fernando Hierro que el resultado suponía una cura de humildad y que no se supo leer el partido. Es probable que en el examen contra el Huesca, lo que ocurrió no fue que el Oviedo no supiese las preguntas o se quedara con la mente en blanco. Quizás es que ni siquiera leyese los enunciados. Esto de leer es importante (ya me lo habrán notado quienes tienen la paciencia de aguantarme).  Más aún en un país como el nuestro, cuyos índices de lectura no son para tirar cohetes. Tiene razón el míster azul: hay que leer. La lectura nos hace mejores. Nos hace más libres. No es barrer para casa ni un lema publicitario. Es la realidad.


               Fernando Menéndez 

viernes, 11 de noviembre de 2016

De cabeza: Seis de noviembre

DE CABEZA


Seis de noviembre 


No sabemos qué será de nosotros de aquí al seis de noviembre de 2017. No sabemos cuántos  goles marcaremos en propia meta ni cuántos partidos ganaremos en los minutos de descuento. Se acerca el final de año y llega el tiempo de repasos y previsiones. Estamos a punto de doblar la esquina de los buenos propósitos, pero cuando el presente nos sonríe, ¿para qué detenernos en balances y escrutinios? Dice la clasificación que el Oviedo está segundo, en puestos de ascenso directo. Como Ulises, prefiero amarrarme para no hacer caso de los cantos de sirena. La actualidad, cada vez más ruidosa e histérica, me disuade de caminar a su ritmo. Del pasado ya abusamos demasiado en forma de nostalgia; prefiero creer que, ocurra lo que ocurra, el próximo seis de noviembre  celebraré un pequeño aniversario empujado, no por añoranzas, sino por un estricto deseo de gratitud y justicia. ¿Y cuál es la razón? Tan sencilla y compleja a la vez como que el pasado domingo se jugó un partido ente el Real Oviedo y el Lugo en el Carlos Tartiere: uno de esos partidos cuyos ingredientes hacen del fútbol algo que merece la pena y lo rescatan de esa interminable Gala de OT en que se está convirtiendo.
Dos rivales jugando con sus mejores recursos, una tarde fría y lluviosa, un césped que exigía bucear o caminar sobre  las aguas y una afición que "saltó" al campo cuando más hacía falta. Se lamentaba Albert Camus de qué mundo este en el que solemnizamos lo obvio. Sin embargo, reivindicar de manera espontánea  las raíces de un deporte como se hizo el pasado domingo es un acto de afirmación que no sobra. Hoy no me enredaré en comentar si el Oviedo lo fió todo a la intensidad o si el Lugo trató de rasear el balón como si fuera una tabla de surf. Ni enfrentaré la épica con la delicadeza. Nada de eso me importa en esta ocasión. Prefiero recordar que si una lejana tarde de los años setenta mi abuelo Marcelo me llevó por primera vez al viejo Tartiere fue para que, más allá de desear un camino de victorias para mis colores, disfrutara también del proceso; aprendiera a valorar que, en un momento dado, empatar es lo único que se puede hacer en esta vida. Que somos aficionados, no espectadores. Que mirar sin comprometerse es mera ética de mando a distancia y que no encajar las derrotas es pensar que la elegancia sólo está del lado de quien más paga.
Que el gol lo marcara Verdés, un actor de reparto (porque no nos engañemos, hay que ser muy futbolero para darle a un central el papel de protagonista) fue el punto y final más coherente con ese relato de noventa minutos.
Y haciendo un guiño a los Rolling Stones: es sólo fútbol, pero me gusta.



                     Fernando Menéndez 

De cabeza: Minimalismo

DE CABEZA


Minimalismo


El minimalismo está en auge: la voluntad de lograr lo máximo con lo mínimo le está dando al Real Oviedo unos resultados insospechados. En el partido contra el Ucam Murcia parecía ese ahorrador enfermizo que, con tal de no gastar, prefiere no salir de casa. A día de hoy, el Oviedo es un equipo de cerrajeros que ha logrado la paradoja de abrirse camino a base de cerrar puertas. A mí también me parece encomiable mantener la puerta a cero durante tantas jornadas, pero digo yo que, aunque no vayamos a subir el Everest, por lo menos ir a bajar la basura. Con las llaves y el teléfono móvil por si acaso y husmear un poco la portería contraria; asomarse a ver si el cielo está azul o si amenaza lluvia. Si comparo los efectivos de la plantilla  con el juego desplegado en La Condomina, a mí me sale un equipo decididamente contracultural; aunque contracultural contra sí mismo. Sigo pensando que, cuando los jugadores mantienen un poco la posesión de la pelota y ocupan con movilidad adecuadamente el terreno de juego, llegan a meta con bastante facilidad: vamos, que si se deciden a abandonar el hogar por un rato hasta pueden celebrar una fiesta.
Cómo me va a costar ser un ganador sufridor si es que va a ser el caso. Porque ser un perdedor sufridor es una redundancia que ya tengo asumida. Sin embargo, el vividor que hay en mí se revuelve delante del televisor cuando veo esa especie de juego de frontón en el que los murcianos hacen de pelotaris y nosotros de cemento escupe balones.
Comienzan a florecer las alusiones al cholismo y a esa filosofía de que para ganar hay que sufrir. Se repite hasta la saciedad aquello de que en la rula no preguntan, apuntan. Y yo, qué quieren que les diga, aspiro a llevarme de cada encuentro una instantánea que me reafirme en la idea de que el fútbol sigue siendo un juego de niños y no un asunto de estado o un ejercicio de supervivencia. El domingo pasado lo conseguí por los pelos: en el último tramo de la primera parte, Rocha dio un pase larguísimo en diagonal que fue como si Groucho Marx alzara la voz en medio de un coro de plañideras. Y menos mal, porque iba camino de ser víctima de la melancolía. Al menos, cuando juega Michu, me queda el consuelo de imaginar un futuro repleto de goles fogosos a lo Premier Ligue.
El próximo fin de semana llega el Lugo al Tartiere. De todos los caminos para ganar, descartemos el de la suerte. Ese comodín ya se agotó en Murcia. Que un mismo jugador falle un penalti y marque en propia meta es un exceso que no nos volveremos a encontrar. Ahora bien, todo se comprenderá mejor si tenemos en cuenta que el desafortunado rival se apellida Góngora, como uno de los grandes poetas barrocos del Siglo de Oro. Y la tendencia imperante en estos momentos es la del minimalismo.


                  Fernando Menéndez 

miércoles, 2 de noviembre de 2016

De cabeza: Lo plausible y lo mejor

DE CABEZA


Lo plausible y lo mejor


Rematé la semana pasada bajo el aliento y el ejemplo de Richard Ford, Premio Princesa de Asturias de las letras 2016. Llené de notas un pequeño cuaderno sólo con las consideraciones y reflexiones que el escritor norteamericano deslizó a su paso por Asturias. Tengo la vieja costumbre de rellenar libretas. De ir anotando en ellas cosas que escucho, leo y veo que me llaman la atención.
Con el paso de los años se han convertido en una especie de diario o autorretrato implícitos. Pero lo que importa aquí no son mis avatares sino las ideas y pensamientos de Mr. Ford . Dijo, entre otras cosas, el autor de "El periodista deportivo", que "no es lo mismo lo plausible que lo mejor". Le he estado dando vueltas a esta apreciación llena de sutileza: constatar que no hay una  equivalencia entre ambas posibilidades significa que no se debe confundir el ruido con el sonido. La prolongada racha positiva del Real Oviedo es recibida por aplausos entre la afición. La esperada comunión que se da entre la hinchada y su equipo ganador cuando el árbitro señala el final del partido se expresa con un ruidoso batir de palmas, cánticos y lemas. Los aplausos rubrican el presente y diluyen los malos recuerdos: son parte de la dieta diaria. En el fondo, cuando aplaudimos, nos aplaudimos: ratificamos que hemos elegido el camino correcto y lo celebramos. Pero lo mejor cuesta más trabajo verlo y conseguirlo. Lo plausible del Oviedo es haber ganado al Tenerife en un partido que no fue fácil. Y dicha victoria es buena pero no lo mejor. Lo mejor forma parte siempre de lo que queda por hacer. Aunque lingüísticamente parezca superlativo, los mayores logros surgen de asumir que no hay un punto y final.
Todos coincidimos en que el edificio ya ha empezado a levantarse: que el Real Oviedo cada vez es un equipo más hecho y que una consecuencia de ello son los buenos resultados. Pero los tres puntos son sólo plausibles. Ganar, empatar o perder depende de muchos factores; así que no podemos fiar lo mejor a un cúmulo de circunstancias. Lo mejor en el fútbol, como en casi todos los órdenes de la vida, tiene que ver con la identidad y el porvenir.
Pero cuando cito a la identidad no me refiero a un sentimiento tribal y excluyente, sino a una coherencia y una lealtad a unos principios que te lleven a respetar y a que te respeten. En el caso del escritor y en el del futbolista se le puede llamar estilo. Richard Ford vincula lo que se escribe a lo que se vive y viceversa pero sin olvidar que un novelista juega con la ficción, que es tanto como decir que un jugador de fútbol juega con la ilusión del domingo a domingo. Pacho Maturana, el técnico colombiano, afirmó en una ocasión  que "cada uno juega como es", algo que, posiblemente, agradaría al autor de "Canadá".
Y el porvenir, aunque los oviedistas lo busquemos a hurtadillas  en la clasificación, reside en realidad en el penúltimo balón que llegará rodando. Eso es lo mejor: la posibilidad de jugar siempre el próximo partido.


                             Fernando Menéndez