miércoles, 30 de diciembre de 2015

Yves Bonnefoy

Yo no he elegido la literatura, sino la poesía. No son la misma cosa. La literatura es una posibilidad de la lengua, la poesía es una manera de despertar la palabra. Y debemos hacer una distinción fundamental entre la lengua y la palabra (...) La poesía es la respuesta que se lanza en dirección a la lengua, cuando nos preguntamos acerca de nuestras necesidades fundamentales.

Cancionero de mano: Sabiduría

He visto
a
un hombre
ya
entrado
en
años
sentado
en
el porche
de
su casa
leyendo
con
parsimonia
el periódico.
Le pregunté
cómo
lo había
conseguido.
El hombre
me respondió:
que tenga
usted
un buen
día.

viernes, 25 de diciembre de 2015

La furia española

Hay que poner más racionalidad. El defecto nacional es la hipermotividad, que nadie escucha, ni cambia sus paradigmas.

(Salvador Pániker)

Autorretrato a favor

Si hay algo definitivamente elegante es la falta de prisa

(José María Parreño, "Viajes de un antipático")


martes, 22 de diciembre de 2015

Escribir, estar

ESCRIBIR es como la segregación de las resinas; no es acto, sino lenta formación natural. Musgo, humedad, arcillas, limo, fenómenos del fondo, y no del sueño o de los sueños, sino de los barros oscuros donde las figuras de los sueños fermentan. Escribir no es hacer, sino aposentarse, estar.

(José Ángel Valente, "Mandorla")

De cabeza / Zelig

DE CABEZA


Zelig


Hay virtudes que se muestran como debilidades. Recuerden, por ejemplo, a Leonard Zelig, protagonista de “Zelig”, el film que Woody Allen estrenó en 1983. Planteada como un falso documental, la película cuenta la historia de un hombre con un don sobrenatural: el de cambiar su apariencia para adaptarse al medio en el que se desenvuelve. Si se mezclaba entre personas judías, le crecía barba y tirabuzones. Si se hallaba entre gente negra, su piel se oscurecía y hasta cambiaba el tono de voz. Desde una perspectiva darwinista, lo de Zelig se podría calificar de puro instinto de supervivencia: camuflarse para no llamar la atención; estar pero no ser; hacer pero no destacar. Llamado el “camaleón” por las razones expuestas, una psicoanalista, Eudora Fletcher (interpretada por Mia Farrow) llega a la conclusión de que su caso, más que de una habilidad para adaptarse, se trata de un caso de inseguridad, de alguien que busca ser aceptado.
No sé si Jon Erice, centrocampista del Real Oviedo, es una persona insegura. Me atrevería a pensar más bien lo contrario. De lo que sí estoy seguro es de que, al igual que el personaje del cineasta neoyorquino, sabe ser “judío cuando toca ser judío. Negro cuando toca ser negro.” Discrepo de la doctora Fletcher: el caso de Leonard Zelig es un caso clínico de empatía social. Al igual que Jon Erice, ambos ponen por delante de cualquier otra acción la de saber ponerse en el lugar del otro. Con el jugador oviedista, de manera literal. Por sus características y su juego, está más pendiente de ocupar los espacios que dejan libres sus compañeros y evitar que se rompa el equilibrio táctico. En un solo partido puede ser momentáneamente central, interior, lateral…
Si la señora Fletcher fuese aficionada al fútbol me daría la razón. Me imagino al míster Egea antes de saltar al campo: - Linares: a golear, - Susaeta: a crear, - David: a defender,
- Erice: a empatizar.
Para apreciar el juego del medio centro navarro es recomendable aplicar el método cámara subjetiva, olvidarse de vez en cuando de la visión de conjunto y poner la atención en sus movimientos individuales. Lo habitual es que, como espectadores, estemos siempre pendientes de la trayectoria del balón (un narrador implacable, omnisciente), mientras que el capitán oviedista ayuda más al equipo ocupando aquellas zonas por las que unos segundos antes pasó “la vieja”, que diría el gran Di Stéfano. La lectura obvia, no la lectura entre líneas (entre huecos) se apresurará a decir que Erice no hace nada; que falla muchos pases; que juega siempre para atrás…
Vivimos en un mundo tan inclinado a la inquina y tan reacio a la sutileza que el capitán oviedista vivirá bajo sospecha en muchas más ocasiones de las que se merece. Sin embargo, para él está pensado el inolvidable relato de Raymond carver con su título de diáfano mensaje: “Si me necesitas, llámame.”


                                     
                                                  Fernando Menéndez

viernes, 18 de diciembre de 2015

El once ideal (diciembre, 2015)

Distancia de rescate, Samanta Schweblin. Random House. Novela

Sin música, Chus Fernández. Caballo de Troya. Novela

Ordet, Pilar Martín Gila. Amargord. Poesía

El sol tras el bosque, Robert Hass. Trea. Poesía

La vida mitigada, Tomás Sánchez Santiago. Eolas. Prosa

Monasterio, Eduardo Halfon. Libros del Asteroide. Novela

El arte de la fuga, Vicente Valero. Periférica. Prosa

Una novela de barrio, Francisco González Ledesma. RBA

El viento que pasa, Selva Almada. Mardulce. Novela

Las efímeras, Pilar Adón. Galaxia Gutenberg. Novela

Haz lo que te digo, Miriam Reyes. Bartleby

sábado, 12 de diciembre de 2015

Las efímeras, Pilar Adón

Misántropas enamoradas     “Las efímeras”. Pilar Adón. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2015. 238 páginas     Bien avanzada la novela (ya en el tramo final), el lector de “Las efímeras” se encuentra con la siguiente cita de Nathaniel Hawthorne: “Quiero mi sitio, mi propio sitio, / mi verdadero sitio en el mundo, / mi verdadero ámbito, / aquello con lo que la Naturaleza pretende que cumpla… / y que he estado buscando en vano durante toda mi vida.” El novelista nacido en Salem dejó para la historia de la literatura un relato (“Wakefield”) enigmático e hipnótico cuyo protagonista (que da título al cuento) bien podría ser miembro y vecino de La Ruche, la comunidad creada por Pilar Adón para la ocasión, a la que llegan personas fugitivas de sí mismas o de su sino; seres mermados pero poseedores de una rara plenitud; de una incandescencia inadaptable. La Ruche, enclavada en una extrovertida, exuberante e imponente naturaleza, pretende ser una reproducción a escala de un mundo ideal, una utopía como La Comuna de Paris u otras tantas comunidades de inspiración política, religiosa o ingenua que se han sucedido a lo largo del tiempo. El ovillo de “Las efímeras” es desenrollado por dos hermanas: Dora y Violeta Oliver, que son como si Joan Crawford y Bette Davis fueran rescritas por Hans Christian Andersen. El alcance de la escritura de Pilar Adón es tan amplio que la novela ofrece no pocos cabos desde donde seguir tirando, pero de la naturaleza y de la vida en común no podremos sustraernos. En la novela se narra a propósito de una paradoja: lo que más necesito es lo que más rechazo; a quien más rechazo es a quien más necesito. Misántropas enamoradas; enamorados reacios: las mujeres y hombres de “Las efímeras” se desenvuelven con una magnética mezcla de perversión y ternura. Esto ya ocurría en “El mes más cruel”, el excelente libro de cuentos que Adón publicó en Impedimenta. Esa alquimia de perversión y ternura crea un ecosistema que hunde sus raíces en los cuentos tradicionales; un musgo que, al pisarlo, me provoca sensaciones similares a las que me despertaron “La princesa manca” o “El valle de las gigantas”. ¿No podrían los personajes de Gustavo Martín Garzo ser miembros de La Ruche? Pero a Pilar Adón lo que es de Pilar Adón: la capacidad de crear un mundo paralelo o transversal (quién sabe), sugestivo, que emana a la vez extrañeza y familiaridad y lo consigue la autora de “Las hijas de Sara” fiándose al poder del lenguaje. “Las efímeras” es abundante en pasajes que envuelven por su brillante escritura; por su facilidad para provocar epifanías. Ya lo dice la propia autora en una entrevista: “es esencial ofrecer una buena obra, rematada, terminada, que exprese algo y que conmueva a quien la lea. Mi actitud es la de una exigencia enorme, lo que quiere decir que rechazo mucho de lo que termino y lo arrincono para siempre (…) lo único importante es ofrecer una obra de calidad y no dejarse llevar por las presiones ni las prisas”. A menudo las declaraciones de un autor, de una autora están cargadas de buenas intenciones que se quedan en eso: en intenciones. Pero en el caso de la obra de Adón, la correlación entre lo que se dice y lo que se hace es completa. “Las efímeras” abre al lector numerosas claves de lectura y relación. A modo de parábola, de alegoría. Con un trasfondo incluso político. No nos dejemos engañar por el ruido diario y mediático. La política es primaria, casi fisiológica. Desde el momento en que un grupo de personas conviven en un espacio concreto surge la necesidad de entenderse: de establecer reglas, de hacer política. La ambición y la perdición de La Ruche es aspirar a lo máximo: a crear, más que a recrear. Dora, Violeta, Tom, Anita, Denis… (efímeras, efímeros) se rigen por un ideario que recoge principios tan tajantes como estos: 1. Estamos donde estamos, y donde estamos todo es amplitud. 2. No hemos venido a destruir nada. 3. El día es independiente del hombre… ¿Pero es una comunidad de solitarios una comunidad? Y la naturaleza, ya citada más arriba. Aquí la naturaleza ni es contexto, ni paisaje, ni telón de fondo. Es un personaje con mucha incidencia. Una narradora omnisciente que nos obliga a pasar por su tamiz; una hiedra que escala por la trama y tupe toda la historia de principio a fin. Mientras leía la novela, mi espíritu lector invocaba los nombres de Henry David Thoreau, Waldo Emerson, Walt Whitman… Así de caprichosas y capciosas son mis lecturas. Pero sobre todo, invocaba la figura de Emily Dickinson. Imaginaba a la poeta de Amherst como una habitante perfecta de La Ruche. De hecho, soy capaz de ver algunos de sus versos más famosos atravesar incólumes las páginas de “Las efímeras”: “El viento comenzó a mecer la hierba / con ruidos graves y amenazadores / envió una amenaza a la tierra / y otra amenaza al cielo. Las hojas se desprendieron de los árboles / y se esparcieron por todas partes. / El polvo se arremolinaba, como agitado por unas manos, y por el camino se alejaba.”                                                                

viernes, 11 de diciembre de 2015

De cabeza / El humus

  El humus es una sustancia compuesta por ciertos productos orgánicos que proviene de de la descomposición de restos generados por organismos y microorganismos benéficos. Existen dos clases: el viejo, que retiene el agua e impide la erosión; y el joven: mucho más rico en dichos microorganismos y elementos nutricionales y son más aceptados en la agricultura ecológica. En otras palabras: la presencia del humus puede ser la prueba de que pisamos una tierra con un rico pasado y un prometedor futuro. Se podría ver el humus como una especie de eternidad humilde. Tan humilde que se desarrolla a ras de suelo, haciendo de la necesidad virtud, arrimando el ascua a su sardina. Su importancia para perpetuar vida (retiene agua e impide la erosión) es tal que también se forma y desarrolla en otros ámbitos: como, por ejemplo, el fútbol y sus clubes. ¿Y dónde se localiza en estos casos? Pues obviamente en la cantera y en el fútbol base. Mientras los focos nos ciegan sin descanso con la enésima guerra de las galaxias balompédica, cada fin de semana, niños y niñas; jóvenes y adolescentes; veteranos que no se resignan a dejar de jugar a lo que más les gusta, saltan al campo llueva, nieve o haga frío. Sin importarles que haya o no haya público viéndoles. Son los microorganismos benéficos del ecosistema llamado fútbol. Y en la medida en que lo cuidemos, respetaremos el medioambiente que se genera alrededor de un balón. El Real Oviedo posee su propio humus: todos los equipos que bajo el techo de la plantilla profesional defienden sus colores y sueñan con que un día les aplauda el Tartiere. No siempre el Oviedo ha sido respetuoso con su entorno natural. A menudo se relegaba la flora autóctona en beneficio de especies traídas de fuera. Y no digo yo que renunciemos a tener una delicada orquídea o un exótico nenúfar, pero la perpetuidad de un equipo se asienta sobre una base fértil. ¿De qué serviría gastar una fortuna en el Jardín del Edén si lo plantamos sobre un erial? Como diferentes gotas de agua, las partículas van cayendo al césped: las penúltimas son Diegui Johannesson y Christian Rivera. Pero como el humus es una sustancia añeja, podemos recordar viejas y legendarias partículas: Tensi, García Barrero, Luis Manuel, Parajón… A la entrada de El Requexón yo colgaría un cartel bien visible con lo siguiente: Influencia física del humus (leer cantera): - Da consistencia a los suelos ligeros y a los compactos. - En suelos ligeros compacta mientras que en suelos arcillosos tiene un efecto de dispersión. – Hace más sencillo labrar por el mejoramiento de las propiedades físicas del suelo. – Evita la formación de costras. – Ayuda a la retención del agua y al drenado de la misma. – Incrementa la porosidad del suelo. Al Oviedo no sólo le beneficia su propio entorno. En el municipio compite semanalmente una abundante muchachada en equipos modestos que a la larga ayuda a prolongar una vida sana para el equipo azul. Yo conozco bien a dos miembros de esa muchachada, los he visto crecer a mi lado en el municipal ovetense: son hermanos y se llaman Adrián y Daniel. Bajo el ejemplo y amparo de su padre Roberto, hemos sufrido y disfrutado juntos y espero que así sea durante años. Adrián juega en el Pumarín; Dani en los juveniles del Vallobín. Hablan del deporte que practican con entusiasmo y conocimiento de causa. También disfrutan viendo fútbol. No como algunas de las grandes estrellas, que confiesan aburrirse viendo partidos. Nada hay más triste y desalentador que un futbolista al que no le gusta su oficio y sólo lo ve como un medio para ganarse la vida y obtener réditos. Tan triste y desalentador como un escritor al que no le guste leer.                                                                  

lunes, 7 de diciembre de 2015

Hermandad

En nuestro tiempo compartido,
la prenda amorosa
de las palabras

(Marcos Canteli, "Reunión")

Constitucion: preámbulo

He constatado que de nada valen los principios cuando uno no está alimentado

(Mark Twain, "Diario de Adán y Eva")

Leer a Byung- Chul Han

Transparencia y verdad no son idénticas

La transparencia es una figura contrapuesta a la transparencia

("La sociedad de la transparencia")

En el lugar oportuno

Vivo de aquello que los otros no saben de mí

(Peter Handke citado por Byung-Chul Han en "La sociedad de la transparencia")

viernes, 4 de diciembre de 2015

Don Delillo / 3

El dinero ha perdido sus cualidades narrativas, tal como le sucediera a la pintura hace ya tiempo. El dinero habla solo para sí mismo.

("Cosmópolis")

Don Delillo / 2

La lógica ampliación de los negocios es el asesinato.

("Cosmópolis")

De cabeza / Los regateadores

DE CABEZA


Los regateadores


Tal vez por el título de este artículo lo parezca, pero no voy a hablarles de un nuevo cómic de Marvel ni de una serie de televisión de los años sesenta. Aunque si uno lo piensa dos veces, la habilidad para regatear es una especie de superpoder innato que no todos los jugadores tienen. Cierto que el hábito hace al monje y que a base de entrenar, uno puede llegar a defenderse con el balón entre los pies en caso de apuro y antes de pasársela a un compañero. Pero el sentido arácnido o la visión de rayos X, corresponde al regate no ensayado, a esa virtud genética  o inspirada que te hace imprevisible y, todo hay que decirlo, un tanto audaz y quizás egoísta. Los más famosos regateadores han vivido casi siempre pegados a la línea de cal. También puede realizarse una finta en el centro del campo, en las inmediaciones del área rival y pocas, muy pocas veces, en la cueva de la portería defendida para susto de hinchada y temerosos entrenadores. Un buen amigo mío está convencido de que, por ejemplo, Messi, hace regates que ni siquiera sabe que los puede hacer. Asumamos que la "Pulga" es caso aparte. Pero mi amigo ha dado en la clave: lo mejor y lo peor de un regateador es su entusiasmo y a la vez su inconsciencia.
Hay partidos tan, tan risueños que están hechos a su medida. Sin embargo, otros son tan lógicos, tan cartesianos, que la alegría es recibida con desconfianza. 
No es lo mismo un regateador que un futbolista. Parafraseando a Menotti: no siempre se puede hacer un futbolista de un regateador. El segundo, sólo ve la acción. El primero ve la acción y el daño. Yo les tengo cariño a los segundos porque saltan al campo como si del quinto Beatle se trataran y buscan estar solos ante el peligro como un Gary Cooper que se jugara cada acción como si fuese la última del partido.
El extremo belga del Atlético de Madrid, Yannick Carrasco, ha dicho que "el regate me da confianza y placer, la grada te empuja a hacerlo más. Me gusta dar espectáculo, pero si lo das es para crear peligro no para hacer algo bonito por hacerlo". Para hacer peligro y no hacer algo bonito por hacerlo. Carrasco se suma a la rampante resituación de los tiempos que corren: abandonar el arte por el arte para abrazar el compromiso artístico.
Al aficionado le gusta el espectáculo pero no quiere que se asuman riesgos. De esta contradicción lleva viviendo el fútbol desde sus orígenes y los jugadores de banda ven felicidad donde los demás sólo vemos incertidumbre. Y si no, que se lo pregunten a Pablo Hervías, el extremo del Real Oviedo procedente de la Real Sociedad: goza regateando y pidiendo balón como Peter Pan gozaba amargando la vida al Capitán Garfio. Su velocidad, verticalidad, su buen cambio de ritmo son evidentes. Puede que abuse de conducir el balón, de no soltarlo antes si atendemos a los principios básicos del canon futbolístico, pero dejemos a Hervías que se aprenda todos los acordes de "She loves you" de Lennon y McCartney. Ya habrá tiempo de réquiems y oratorios.



                          Fernando Menéndez





                                   

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Cancionero de mano: Cambio de vida

Me
he puesto
corbata.
He
descartado
para siempre
los
calcetines
blancos.
De
las propinas
me
ha quedado
lo justo
para
dos bistecs.
¿A qué
esperas?
¿No ves
que hoy
comienzo
a ser
un hombre
de bien?

viernes, 27 de noviembre de 2015

De cabeza / El Oviedín

DE CABEZA

El Oviedín


Un oviedista se encuentra con otro oviedista y esgrime diminutivos: -¿Qué? ¿Y el Oviedín qué? Es una minimización tradicional que no viene de las últimas y traumáticas experiencias, viene de mucho más atrás. ¿Minimizamos por cariño, condescendencia, por modestia? Dispuesto a realizar un estudio de campo pero consciente de mi falta de medios, he decidido pasarme a la especulación: el método científico más extendido entre la ciudadanía. Al principio pensaba que se decía “Oviedín” como una derivación de otra expresión eminentemente carbayona: “El Oviedín del alma”. Se llama “Oviedín del alma” a una congelación de la historia y del progreso; a una melancolía de sobremesa que no quiere ver más allá del pasado. Una reivindicación de la Vetusta clariniana, una actitud vital. Pero enseguida descarté la idea: desde que el Real Oviedo se fundara en 1926, cada temporada es una cita con el futuro. En diciembre de dicho año cayó en España la mayor nevada en lo que iba de siglo, cubriendo de nieve ciudades como Cádiz, Málaga o Alicante. Y ya se sabe lo que dice el refrán: año de nieves, año de bienes. El oviedista de aquel entonces, de estreno y nevado, se las prometía muy felices. Después ya se encargó el transcurso del tiempo de someternos a un inflexible deshielo. ¿Cariño? El diccionario dice que los diminutivos sirven para expresar diversos tipos de afectividad. ¿Condescendencia? Supongamos a un aficionado que, de tan quemado con su equipo, hablase del mismo quitándole importancia, como dejando claro que él está siempre por encima de sus circunstancias. Pudiera ser. El hincha que mantiene esa actitud me recuerda a un tipo de persona que, en teoría, detesta el sentimentalismo pero que desea más que nada en el mundo que lo arrullen como a un bebé.
¿Por modestia? El oviedismo, en estos últimos años, ha hecho un ejercicio tan drástico de memoria que a nadie le sorprendería que prefiriéramos hablar de “Oviedín” por si las moscas. Sin embargo, el origen de este hábito es estrictamente lógico y lingüístico. Atendamos de nuevo al diccionario: el diminutivo sirve para formar palabras que denotan un menor tamaño de aquello que designa la raíz a la que se unen. Dicho de otro modo: por muy oviedistas que nos sintamos, tenemos muy claro que no lo somos todo sino que formamos parte de un conglomerado mayor.
Qué distinto el aumentativo al que son tan aficionados nuestros vecinos del Sporting: ellos los manejan con soltura: La Escalerona, La Iglesiona, La Tribunona, El Molinón…
Desde el punto de vista estricto del lenguaje, es decir, de la vida, el aumentativo intensifica el significado de aquello que designa la raíz a la que se unen o denotan un mayor tamaño. Yo, si les soy sincero, admiro su audacia, pero cuando vienen mal dadas (y en el fútbol es habitual) me resulta más fácil no abandonar a mi Oviedín. Sin estridencias. Sin exagerar. Como decía Compay Segundo que había que hacer para ser longevos.


                               Fernando Menéndez



martes, 24 de noviembre de 2015

Juan Perro

Un perro flaco merodeando


“Canciones de Juan Perro”, Santiago Auserón. Prólogo de Jenaro Talens. Editorial Salto de Página. Madrid, 2012. 160 pp. 13 euros


El caso de Santiago Auserón, alias Juan Perro, es un paradigma de la endeble relación que la cultura española ha mantenido con la cultura pop: una relación que se bambolea entre la falta de respeto y la consideración de lo pop como algo accidental, simple espectáculo. Ahora que Mario Vargas Llosa anda tan preocupado por el acoso y derribo que supuestamente padece la cultura de élite, cabrá recordar que, si en la portada del “Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band comparten plano Lenny Bruce con Karl Marx; Marilyn Monroe con Edgard Allan Poe, es para dejar patente que la histórica diferenciaentre baja y alta cultura se disuelve de una vez por todas para convivir ambas en la experiencia particular de cualquier ciudadano que busca ocupar su ocio. El paso que va de la cultura al espectáculo es a veces tan pequeño y voluble y en otras tan grande y firme que, de actitudes que fomentan su enfrentamiento, se pasa a casos como el de Juan Perro: un músico y letrista que ha sabido como pocos integrar ambas categorías con dignidad y miras de altura: tal vez su identidad, siempre en evolución, ha sidodifícil de aceptar para mentalidades (la del consumidor medio) a gusto entre compartimentos estancos. Que un tipo parta de los Clash para desembocar en Compay Segundo y que ese viaje sea el resultado de una dirección natural y no impostada, quizás sea demasiado para nuestra alma de mainstream.
Superada la hipnosis de la new wave (“y yo caí enamorado de la moda juvenil”) ya en el segundo álbum de Radio Futura –“La ley del desierto, la ley del mar” (1984) – intuyó Auserón otros vientos cálidos que soplaban nuevos acordes; nuevas historias que agostaban la energía electrizante del “London calling”. “Semilla negra”, último corte de “La ley…” anticipaba las querencias del venidero Juan Perro que se presentó, canción en mano, en el tercer disco de los Futura: “La canción de Juan Perro” (1987).
La niebla empieza a disiparse para dar paso a un húmedo sol. Tampoco los devaneos nuevaoleros fueron del todo banales: textos como el del tema “La estatua del jardín botánico” dan fe del escritor que Santiago Auserón / Juan Perro puede llegar a ser. Porque son sus letras, sin soslayar su talento musical; su curiosidad investigadora, las que nos convocan en estas líneas: “Canciones de Juan Perro”, cuyo obvio autor es Santiago Auserón y con prólogo del poeta y profesor Jenaro Talens, se publica en la editorial Salto de Página dentro de su nueva y flamante colección de poesía. ¿Supone la publicación de las letras de un cantor popular en un libro como si fuera una colección de poemas, una irresistible ascensión a la cultura de élite? No lo creo. Más bien supone el reconocimiento al valor de una escritura que es capaz de sostenerse sobre su calidad sinropaje alguno. “Canciones de Juan Perro” tiene un precedente imprescindible: “Canciones de Radio Futura” (Pre-Textos, 1999) donde también Jenaro Talens – en esta ocasión con la ayuda de Luis Puig – se batía ya el cobre tratando de convencer al lector de turno de la relevancia del autor de “Veneno en la piel”.
Juan Perro, que después de sentir el sonido de sus propios pasos en la gravilla, salió al mundo en 1995 con un primer disco de significativo título: “Raíces al viento.” Inconformista y siempre en marcha, como perro flaco merodeando, se encontró con la métrica y dicción tradicional de la poesía española; con el octosílabo, la rima, el juglar, lo barroco, el Renacimiento. Sin abandonar nunca la huella roquera, halló un punto de transfusión gracias al caudal de la música tradicional cubana. Se hizo así trovador del rock montuno. El timbre risueño del tres, el aroma del Buenavista Social Club llegó hasta nosotros mucho antes de que su adalid oficial, Ry Cooder, nos lo trajera.
Así se las gastaba por entonces nuestro perro flaco: “Cuando yo llegué a Santiago / Con ganas de celebrar / Salí dispuesto a tomar / La noche de un solo trago.”
Talens nos advierte en su prólogo al volumen de Salto de Página de la profunda unidad que atraviesa todo el trabajo de Auserón. Unidad no estática sino cambiante. Quién sabe si ese fluctuar propio del artista del hambre es el que, en palabras del periodista Diego A. Manrique, ha devuelto al cantor al underground. Sensación que subraya el cronista de “El País” a propósito de su participación en la presentación de “Canciones de Juan Perro”. El propio Auserón, según Manrique, menciona un progresivo achicamiento de su público. Diera la impresión de ser un desterrado que, de vez en vez, vuelve de ultramar a comprobar cómo de intacta sigue su mala fama: “Algunas veces salgo de la sombra / Entro en las reuniones de la gente / Saludo a todo el mundo amablemente / Apago cigarrillos en la alfombra” (“Cantares de vela”, 2002).
De mester en mester; de espiritual en espiritual, el músico ambulante también se descuelga como fino analista de su quehacer: “(…) Por fortuna, los publicistas y los políticos no le conceden ya tanta importancia a las canciones como durante la segunda mitad del pasado siglo. En eso las canciones se van pareciendo más a la poesía. Pero han asistido impávidas e inermes a conversaciones dudosas, mientras la poesía se jugaba la aventura del pensar a la carta del silencio. Todo indica que ha llegado el momento de que ambas intercambien información, de que se relaten sus respectivas experiencias paradójicas con lo necesario y lo azaroso, sin pretender reducir sus diferencias. Esta es la razón por la que me parece bien publicar letras de canción en una colección de poesía, no el deseo de hacerlas pasar por lo que no son.”

Y bajo sus pasos, siempre la perseverante, subterránea y seminal corriente del blues:

“Cuando des con tus huesos en el suelo
Y la cuerda no dé más de sí
Deja en tierra todo el peso
Mira luego sobre ti
Cómo lucen las estrellas en el cielo
Cuando des con tus huesos en el suelo.”



                                                   Fernando Menéndez



lunes, 23 de noviembre de 2015

Don Delillo

El poder funciona mejor cuando se le adhieren los recuerdos.

("Cosmópolis")

Ray Bradbury

La vida en la tierra nunca fue nada buena. La ciencia se nos adelantó demasiado, con demasiada rapidez, y la gente se extravió en una maraña mecánica, dedicándose como niños a cosas bonitas: artefactos, helicópteros, cohetes; dando importancia a lo que no tenía importancia, preocupándose por las máquinas más que por el modo de dominar las máquinas. Las guerras crecieron y crecieron y por último acabaron con la tierra. Por eso han callado las radios. Por eso hemos huido.

("Crónicas marcianas")

Vademécum Jabois / 2

La columna de un periódico no debe ser sino un arma de precisión.

viernes, 20 de noviembre de 2015

De cabeza / El taconazo de Madjer

DE CABEZA

El taconazo de Madjer


La vida siempre se relativiza por su lado más negativo. Creer que el año 2004 fue nefasto para el oviedista porque vio a su equipo en Tercera no deja de ser una frivolidad si pensamos que el once de marzo de ese mismo año quedó marcado en la memoria de todos nosotros por los terribles atentados de Atocha. Pienso en ello estos días de nefasta resaca de los atentados de París. Fútbol, música, comer: tres de las formas más habituales en que solemos pasar nuestro tiempo libre fueron objetivos de los terroristas. El mundo del fútbol, a menudo bajo sospecha por vivir en un planeta paralelo, trata de justificar que si continúa con su hoja de ruta es precisamente para demostrar que ningún desalmado va a alterar nuestro modo de vida.
El fin de semana posterior al once de marzo de 2004, la Liga se jugó igual. Recuerdo que fue una decisión que generó no poco debate. Pero se manejó un argumento de urgencia: no hay mejor homenaje a los fallecidos que seguir viviendo.
Trato de informarme como cualquier otro ciudadano y me inquieta comprobar algo que se repite constantemente en estos casos: a problemas complejos nos apresuramos a ofrecer soluciones simples. Entre confusión, perplejidad y rabia van surgiendo datos: el primer terrorista identificado es un francés de origen argelino. Y permítanme la simpleza, pero cómo cuesta asumir que tenga el mismo origen que, por ejemplo, Zinedine Zidane, ídolo de tantos jóvenes: como aquel que murió bajo la brutalidad del 11 M y que sus amigos pidieron que fuese enterrado con la camiseta del diez del Madrid.
Entre confusión, perplejidad y rabia crecen, como flores enfermas, los prejuicios, los tópicos, las tablas rasas. Argelia es un país que ha tenido héroes incruentos, que encontraron en el fútbol su forma de decantar esa absurda guerra de culturas. Uno de ellos se llama Rabah Madjer, al que se considera el mejor futbolista de la historia en Argelia. En el viejo Tartiere engalanado para el Mundial 82 tuvimos ocasión de disfrutar de su juego defendiendo la camiseta de su país. Aún se recuerda la buena sensación que provocó aquella Argelia que luego fue apeada del campeonato por una bochornosa alianza de civilizaciones entre Austria y Alemania.
Sus actuaciones le sirvieron para acabar fichando por el Oporto, uno de los grandes de Europa. Con el equipo portugués confirmó lo que dijo Maradona: “la pelota siempre da revancha”. En la final de la Copa de Europa de 1987, contra todo pronóstico, el Oporto derrotó al Bayern Munich por dos goles a uno. Comenzaron marcando los alemanes pero empató Madjer con un gol de tacón. La cosa no tendría tanta gracia si en la previa al partido el entrenador alemán Udo Lattek no declarase ufano que se iba a demostrar la superioridad del fútbol del norte sobre el fútbol del sur. Quién imaginaba que a los Rummenigge, Mathäus, Brehme y compañía los fuese a derrotar el taconazo de un argelino junto al talento de un tal Paulo Futre.
En días como estos pongo mi esperanza en el ejemplo de personas como Zidane, en el recuerdo de Madjer, en el respeto del público del Tartiere al minuto de silencio del pasado domingo o en el pensamiento de Albert Camus, exportero del Racing de Orán, quien dijo aquello de que “yo me siento más solidario con los vencidos que con los santos. Lo que me interesa es ser hombre.”


                                      Fernando Menéndez



martes, 17 de noviembre de 2015

lunes, 16 de noviembre de 2015

Geografía y memoria

Geografía y memoria

Siempre es de noche en los bolsillos, Tomás Salvador González. Papeles mínimos poesía. Madrid, 2014.

Cuando el niño era niño. El niño que no juzga, sólo ve. El niño que en brazos de su padre va y dice: “siempre es de noche en los bolsillos”. Como asteroides que acumulan polvo del futuro, las frases inesperadas de los niños prefiguran un lenguaje a menudo poético. Tomás Salvador González (Zamora, 1952) así lo asume y titula su nuevo libro “Siempre es de noche en los bolsillos” con el augurio (o la certeza) de quien no sabe “qué significan ayer, mañana, tiempo.” La textura, la impresión que provocan los poemas escritos tanto en verso como en prosa por Tomás Salvador es una impresión tenue; de movimiento que aminora el paso hasta lo estático. No hablamos de complacencia: en la modulación de la memoria que se ejerce en el libro, en la conjugación de momentos y lugares que difícilmente rebrotarán, hay resistencia y una ausencia significativa de nostalgia:

Algunos se resisten

Algunos se resisten,
pero la gente
se fue quedando
y ahora vive en los pasillos
del centro comercial,
en las calles y aparcamientos
y grandes superficies.
Los niños juegan solos
con relucientes herramientas
y hay mujeres que deambulan serias
y desnudas por el campamento improvisado.
Yo vengo a veces a robar.
Bebo café y robo. Mis hijos
me esperan a la puerta, compran
y venden neumáticos viejos
para sus barcazas, negocian
y ríen con los dedos.

Inmediatamente después del poema citado se nos dice. “Guardo en una libreta la inmovilidad del verano.” Verano: campo de amapolas blancas según el glosario de Gonzalo Hidalgo Bayal. Verano para un niño: la evidencia de que el paraíso existe; diremos: ha existido. Ya de adultos nos sostendrán las raíces: como a los árboles, como a los niños, como a los poemas:

En el poema

En el poema
no vemos las raíces.

A oscuras viven las raíces
como todas las imágenes que vuelven.

En el poema crece un árbol.

De algunos poetas hay que agradecer además la perseverancia. Como todas las perseverancias, la de Tomás salvador viene de lejos: “La sumisión de los árboles” (Ave del paraíso, 1996), “La divisoria de las aguas” (Icaria, 2002), “La entrada en la cabeza” (Endymión, 1986). Incluso de antes. Pero viene lenta pues lenta es la dicción de los recuerdos sometidos al lenguaje poético: su perversión es poder detener el movimiento.
En el lecho de cada poema de “Siempre es de noche en los bolsillos” aspira un lienzo, un fresco, una fotografía, un fotograma. Se abunda en descripciones, en objetos, en personajes sostenidos por su dignidad y que tienden a mimetizarse, a conformarse con figurar. Bajo la encina o ante el chopo comprendemos que estamos de paso. La aldea (así se titula una sección del libro) prevalece sobre la ciudad. Y lo hace trascendiendo lo escenográfico. La aldea ofrece un discurso, un sentido, un ser, un estar. Además, la aldea aún es permisiva con la verosimilitud no demostrable: las historias se cuentan; los hechos se suceden y el enigma es su causa:

Érase una vez

El principio es borroso como una discusión: gestos mudos en la puerta de casa. Hay una calle al sol por donde mi padre nos lleva a las eras. Los hermanitos no sabemos a qué, pero no preguntamos ni decimos nada.

La tarde de los cuentos es la historia de una caseta de adobe que se vuelve oro y alumbra mientras los cuentos duran.

Los pájaros II

Todas las tardes hay filas de golondrinas en los hilos de luz, vuelve la cigüeña y se posa en el nido con sus zancos finísimos de caña. Se quedan horas a la vista, se quitan importancia, se hurgan el pecho con el pico.

Mi hermano y yo bañamos el caballo porque estaba sucio, pero el cartón se deshizo en la pila y se nos cayó el velo y olvidamos las carreras al galope y las cintas como si nunca hubieran existido. Pero los pájaros son de verdad, y si esto es posible, todo es posible y  verdad.

Sin prendarse de insurrecciones ni panfletos, tienen los poemas de “Siempre es de noche en los bolsillos” el esfuerzo de la memoria. Es el propio autor zamorano quien en declaraciones a la prensa afirma reivindicar la sobriedad y el lenguaje que tenía el medio rural. Lo cierto es que, sin ritos de laboratorio ni expresiones forzadas, sus poemas sostienen el carácter y el vocabulario de un mundo en retroceso. Pero no existe antropología lírica. Lo expuesto es pura idiosincrasia, puro lenguaje de la necesidad.
Igual que sucede con el protagonista de “Hambre” de Knut Hamsun (libro fundacional para Tomás Salvador González) que sólo atiende a la promesa de la escritura, los poemas de este libro responden a otra promesa: la de salvaguardar una forma de ver el mundo vinculado a un espacio de utensilios, animales, tierras…
“Este mapa de lo que se fue” como define al libro el crítico y poeta Luis Muñiz traspasa por momentos sus modestos límites y nos acerca a maestros de la pintura como Lorenzetti, Giotto o Piero della Francesca. De un antiguo viaje a Italia los trae el poeta hasta nosotros: balbuceos de Giotto que son la verdad. Se nos recuerda en uno de sus poemas en prosa  que Giotto “Preservó con sencillez la verdad de la pintura al tiempo que sacaba del olvido un lenguaje que se hacía nuevo.” ¿Acaso no podríamos decir casi lo mismo de la escritura de Tomás Salvador?
Y en cuanto a Ambroggio Lorenzetti y su fresco “El buen gobierno” donde se da a entender que un buen gobierno propicia la concordia, la paz y la abundancia, es posible verlos como una alegoría de la ética y política que emana “Siempre es de noche en los bolsillos”.
Por último, Piero della Francesca que, como Lorenzetti, titula una sección del libro; y “sus figuras impasibles que no sufren el peso de condición ni circunstancia alguna” como las figuras también impasibles de la aldea:

Impasibles figuras de Piero

Impasibles, las figuras de Piero
no sufren el peso de condición
ni circunstancia alguna:
no sólo el sabio Salomón,
dos palafreneros del séquito de la reina,
el paje que vela sentado el sueño
de Constantino,
las camareras
y tantas otras caras
dormidas
con los ojos abiertos,
sonámbulas capaces
de preservar incluso en la batalla
su sola humanidad sin emociones.
Son y eso basta
o debiera bastar en cualquier caso.

Pero ni el tormento ni el éxtasis de la pintura y la lírica. Ni el tormento y el éxtasis de las urbes o las civilizaciones podrán compararse con arboledas, valles o campos:
“Ni los maestros japoneses / ni Kline, ni la línea / capaz de resumir de Brueghel / podrían compararse a las ramas vivas / y desnudas de estos castaños”.
Lejos queda el poeta que sobrepasa aquello mismo que escribe. Lejos queda el que se apoya en el verso para elevarse: “Una hogaza es la medida del pan.”




                                                            Fernando Menéndez



Vida de santo

Aunque había algo en los bares que me gustaba: la sensación de que en ellos se mantenía viva la posibilidad de que pasara algo largamente esperado, por mucho que hasta el momento no hubiera pasado nada (Richard Ford)

El orden de prioridades

Yo me siento más solidario con los vencidos que con los santos. Lo que me interesa es ser hombre (Albert Camus)

viernes, 13 de noviembre de 2015

De cabeza / El oráculo y Ulises

DE CABEZA


El oráculo y Ulises

En la grada, ese oráculo tan apasionado como variable, se abren y se cierran debates continuamente. Los debates los suele abrir el miedo (un miedo que viene de muy atrás, de los malos recuerdos) y los acostumbra a cerrar los goles (da igual que sean por lo civil que por lo criminal, que diría el Sabio de Hortaleza). Si en el Parlamento español se discutiese tanto como en los estadios seríamos un ejemplo para Europa. Ni leyes de transparencia ni regeneración democrática que valgan. El caso es que, allí, sentado en el Tartiere, pasan ante mí exabruptos, sentencias, filias y fobias. El enésimo debate que ahora zumba alrededor de mis oídos gira en torno a Toché, el delantero fichado esta temporada por el Real Oviedo con el fin de disparar la cotización de nuestro equipo en el Ibex 35 de los máximos goleadores.
Lo mejor, como casi siempre, de esta nueva polémica es que no hay término medio: unos dicen que su fichaje es un acierto hasta elevar el tono de tal manera que se gustan a sí mismos comparándolo con la ocasión en que el Barcelona fichó al sueco Larsson. Otros afirman prácticamente que es un tuercebotas. Que da pena verlo hasta correr y que si mete goles es por mera insistencia. La verdad es que esto último, lo de insistir, no es mala cosa para un delantero. Más allá o más acá de sus características técnicas, los delanteros se dividen en dos: quienes poseen el don de la oportunidad y quienes perseveran hasta aburrir a los defensas.
Toché es alto y tieso como un centurión romano. Piernilargo como un alce. ¿A ver si va a ser la reencarnación del que se paseaba por las calles de Cicely cuando todos los personajes de “Doctor en Alaska” habían desaparecido?
Voces autorizadas en esto del fútbol me han asegurado que es mejor futbolista de lo que parece. Que es como decir que Superman se disfraza de Clark Kent para salvar el mundo y no al revés. Y en algo coincide con Larsson: aparte de ser delanteros, ambos son dos trotamundos, han jugado en diversos clubes a lo largo de su carrera, superando, eso sí, el oviedista al sueco por dos equipos de ventaja. Toché: once. Larsson: nueve.
Atlético de Madrid, Numancia, Hércules, Valladolid y Deportivo de la Coruña, entre otros, son algunos de los clubes donde ha militado el delantero de Santomera (Murcia).
Los aficionados más patriotas dirán que un tipo así no puede sentir los colores. Esgrimirán ese infausto sustantivo: mercenario. Pero qué quieren que les diga: desde cierto punto de vista todos somos mercenarios. Además, como dijo el gran Vázquez Montalbán, a este paso, en el fútbol, uno ya no se podrá fiar ni de la hinchada.
Como un Corto Maltés de andar por casa. Como un Ulises en botas de tacos, Toché se ha dedicado a conocer mundo y vivir aventuras. La comparación con el héroe griego no es tan exagerada. Al fin y al cabo, el Campeonato Nacional de Liga es como una Ilíada y el periplo individual de cada futbolista, incluso el de cada uno de nosotros, es fácil verlo como una Odisea. No en vano, y he escamoteado este dato para el final, Toché jugó en el Panathinaikos griego. Y esto, para mí, más allá de los galones de un histórico del fútbol heleno, es un punto a favor del murciano. Hay equipos cuyo nombre suena tan bien: Panathinaikos, que, tengan la fama que tengan,  les salva su nomenclatura. Más aún si, como es mi caso, y a pesar de sus desgracias, sigo viendo a Grecia como un país de colinas míticas e islas encantadas.
Por cierto, en la plantilla actual del  Panathinaikos figura Nano, exoviedista. Uno de esos extremos reconvertido en lateral que, recuerdo, también trajo de cabeza al oráculo del Tartiere.
                          Fernando Menéndez

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Vademécum Jabois

Yo pienso que ser escritor no tiene nada que ver con escribir, sino con abrir el paquete de tus libros, verlos en un escaparate, comprar cocaína, ir a las universidades a acostarse con chicas y responder con cara de aburrimiento a los periodistas. Ser escritor exige tantas cosas que no se puede perder el tiempo en escribir, yo por lo menos si fuese uno de ellos no escribiría una línea.

martes, 10 de noviembre de 2015

Insurrección

La poesía, como la filosofía, trabaja a la contra; por ejemplo, contra la cultura, contra la lengua de la cultura, contra el método, contra lo que se  sabe hacer; y contra la idea de musicalidad que parece perseguirla, idea que actúa con frecuencia diluyendo la precisión, esa cualidad irrenunciable de lo poético - y el llamado rigor formal es sólo el modo de alcanzar la precisión (Olvido García Valdés)

Alberto & Jenaro

UN AUTOR ES UNA MIRADA. LA MIRADA, UNA TOMA DE CONCIENCIA


Lo que los ojos tienen que decir. Alberto García-Alix / Jenaro Talens. Editorial Cátedra. Madrid, 2014. 142 páginas.

No pocas veces la poesía y la fotografía están encantadas de haberse conocido. Se relamen en sus respectivas retóricas e intercambian monólogos pensando que establecen un diálogo. Fotos que ahondan en el tópico abusando del pespunte lírico. Poemas-postales que proyectan hacia el futuro un sepia impostado. Pero también hay fotógrafos que son poetas cuando se resisten a su propia inercia y se posicionan a la contra; buscando distanciarse de un lenguaje estandarizado y saturado (selfies, instragram, facebook, twitter…). Y poetas que tratan de fijar para siempre escenas que por su naturaleza son efímeras y que al elegir el vocabulario que eligen  tratan de destilarlo hasta su esencia; buscando la paráfrasis opuesta: que una palabra valga más que mil imágenes. O que la transversalidad y la contaminación eviten nuestra doma, nuestra domesticación. Y que la fotografía y la poesía son dos géneros, dos modos de vida que se encuentran, se confunden, se contagian. Modulaciones de la mirada ambas: centenaria una, milenaria otra, renuevan sus vínculos en diálogos como el entablado entre Alberto García-Alix y Jenaro Talens para este libro publicado por Cátedra cuyo título de advocación machadiana deja a las claras cómo el sentido de la vista y el sentido de la dicción pueden llegar a ser el mismo. No será necesario aquí glosar para el lector las dilatadas y brillantes trayectorias de un fotógrafo como Alix y un poeta como Talens. Baste con decir que este encuentro era sólo cuestión de tiempo: varias han sido las ocasiones en que el escritor de Tarifa incide y reincide con otros fotógrafos como tendencia natural de una poesía muy determinada por la mirada: “La mirada es un punto de referencia constante en el imaginario de Talens. La mirada deviene en herramienta para la construcción del conocimiento, faro a partir del cual se organiza lo que un ser humano capta de su entorno exterior y de sus indagaciones introspectivas. La mirada es perspectiva y conciencia de desde donde se mira. Un autor es una mirada y la mirada es una toma de conciencia” (Marta Sanz, “Metalingüísticos y sentimentales”).
Mientras que el fotógrafo leonés es capaz de trascender la superficie de una fotografía y mostrarnos su poética, enseñárnosla empapada de su proceso. Cada imagen es única, más dependiente de la verosimilitud que de la realidad; eso la arrima al terreno literario pero desde el punto de vista de la necesidad y no desde el del adorno. En una reciente entrevista a la revista “Jot Down”, García-Alix se lamentaba de cómo lo digital ha traído una gran falsedad de las emociones.
La gran literatura y la gran fotografía alcanzan la realidad a través de lo verosímil, pues hacerlo a través del realismo llega a ser una manera de alejarse de ella. No obstante, ¿dónde está la realidad? ¿fuera de uno? ¿dentro?
En el texto liminar de “Lo que los ojos tienen que decir”, Talens expone de manera brillante y didáctica las razones que les llevan al libro: sus palabras previas son una pequeña gran lección de intersección entre dos mundos. Ni el poema es un coqueto pie de foto ni la fotografía un acompañante de lujo. Lo mostrado en esta ocasión es un trenzado de autorretratos excéntricos: “hay una manera de hablar sobre uno mismo sin hablar necesariamente de uno mismo; no como tema, sino como proyección, esto es, como punto de vista. Si entendemos, entonces, que quien asume el protagonismo es dicho punto de vista y no una individualidad personalizada”.
Que la mirada sustituya al yo. Que, en definitiva, el individuo que escriba o fotografíe se cuestione más que mostrarse. Necesidad de pensar(se) y ver(se) cuando se mira por el visor. Necesidad de pensar(se) y ver(se) cuando se escribe. Voluntad constante de reflexividad pero no metafotográfica, como advierte Talens. Tampoco metapoética, añadiría yo.
Trasluces, árboles desenfocados, pies somnolientos, colillas, tierra agrietada, apóstoles sobre las aguas, cubismo de alambradas, edificios como recortables, perfiles depiedra…
De estos materiales y otros se conforma el inventario fotográfico de “Lo que los ojos tienen que decir”.
La réplica de Talens atraviesa seres fuera de campo, ancianos con su inventario de crepúsculo, ciclistas ronroneantes, pájaros matinales, el cuerpo y sus arcenes, nadadores ocultos…
Citas ineludibles o caprichosas entre poetas y fotógrafos seguirán sucediéndose. Pero pocas como ésta: alentada por el miedo, es decir, por la vida. García-Alix afirma que su trabajo se limita a caminar por la calle, con su cámara en ristre y, cuando siente miedo, disparar.
Citas impuestas o financiadas entre poetas y fotógrafos seguirán sucediéndose. Pero ninguna como ésta. Sentir el miedo y disparar; escribir un poema respondiendo a un impulso o a una iluminación personal es eludir la estrategia, reverdecer la inconsciencia del viejo explorador. O como dice Talens en unos antiguos versos:
“Por qué dudar. No temo la aventura. / El deseo no es nada sino el deseo de romper / la superficie donde habitan todas las superficies, / de hablar con un lenguaje sin pronombres ni géneros, / sin verbos en pasado o en futuro”.


           

                      Fernando Menéndez

lunes, 9 de noviembre de 2015

Realitie show

Ya nadie es modesto. Todo el mundo exalta sus decepciones. Hacen batallas ceremoniosas por todo, piden recetas y devuelven los regalos: todas las cosas infelices que la vida les ha dado, de un modo extraño y estúpido, sin pensar, sin molestarse siquiera  en conocerlas un poco o preguntar por ahí.
Lo devuelven todo para cambiarlo por otra cosa.

(Lorrie Moore)

domingo, 8 de noviembre de 2015

Selva Almada

LOS JUSTOS

El viento que arrasa”, Selva Almada. Mardulce editora. 160 páginas 


"Los caminos del señor son insondables", eso debió de pensar el Reverendo Pearson cuando, acompañado de su hija, conducía su coche por tierra de nadie, lejos de las leyes de los hombres. El vehículo se quebró. Necesitaba ayuda. Apuraron hasta una aldea y encontraron un taller. El del Gringo Brauer y su ayudante: un muchacho al que llama Tapioca. El Reverendo trata de dar sentido a su nueva vida alejándose de lo mundano. Tiene bien asentadas sus motivaciones, ya levantan varios pies del suelo. Lean si no, lo que afirma el narrador de "El viento que arrasa": "A partir de aquella mañana, el Reverendo Pearson se presentó como un pastor viudo con una pequeña hija a su cargo. Un hombre en su condición genera confianza y simpatía. Si un hombre a quien Dios le ha arrebatado a su esposa en la flor de la juventud, dejándolo solo con una niña de pocos años, sigue adelante, firme en su fe, inflamado por la llama del amor a Cristo, ése es un hombre bueno, un hombre a quien hay que escuchar atentamente."
Ese es el Reverendo: un vendedor puerta a puerta, un hombre que confía todo a la palabra. Así aparece en esta breve novela, una muestra del valor literario de la argentina Selva Almada (Entre Ríos, 1973) que, con cuatro libros se ha convertido ya en una referencia inevitable de la literatura en su país: los relatos de "Una chica de provincia", la crónica "Chicas muertas", la novela aquí comentada y "Ladrilleros" (finalista del Premio de Narrativa Tigre Juan, 2014).
No son equivocados los vínculos que la crítica establece entre su obra y las de Onetti y Rulfo; o de las norteamericanas Carson McCullers o Flannery O'Connor. Vínculos que vienen por la capacidad para crear una atmósfera  y convertirla en personaje; para que nos diga sin decir aquello que nadie ha dicho. Vínculos que vienen por hacer del lenguaje no sólo un vehículo, también un protagonista. Pues en "El viento que arrasa" flota la conocida teoría del iceberg de Hemingway y que reformuló Ricardo Piglia en su "Tesis sobre el cuento": en todo relato hay dos historias, la que vemos en la superficie y la que discurre subterráneamente. Una, la leemos. Otra, la intuimos.
El azar y la morosidad van estableciendo una dialéctica entre el Reverendo Pearson y el Gringo Brauer. El clima va enturbiándose sutilmente en tensión. El Gringo, como contrapunto, es un hombre de pocas palabras. Prefiere los hechos. Lo mismo que su ayudante Tapioca: la prueba (lo iremos sabiendo) de que Brauer también tuvo otra vida. Ambos viven sin retórica, ocupados en sus quehaceres diarios, sin más horizonte que el poblacho en el que viven: amparados y a la vez desafiados por el paisaje. Brauer y Tapioca carecen de intermediarios, son meras extensiones de su entorno: "Pasaban horas, quietos debajo de los árboles, desentrañando sonidos, ejercitando un oído de tísico que fuera capaz de distinguir el paso de una lagartija sobre una corteza del de un gusano sobre una hoja. El pulso del universo se explicaba por sí mismo."
Y después está Leni, la hija del Reverendo, resignada y expectante ante cualquier suceso que interrumpa las rutas planeadas por su padre. Tapioca podría ser un buen motivo, pero "los caminos del Señor..." Selva Almada sazona la novela con pequeños capítulos en cursiva (esa cursiva genuflexa) donde se refleja la palabra salvífica, el verbo de Dios al servicio de las ovejas descarriadas.
Aquí se genera el punto de fricción entre el Gringo y el Reverendo. Dos hombres, cada uno con un chico a su cargo. Cómo justificarse ante el mundo. La necesidad de hacerlo (el Reverendo) o la carencia de esa obligación (el Gringo).
La novela va alternando mundos separados que se encuentran bajo un ambiente tormentoso y de sobrentendidos. En el capítulo 16 del libro se vislumbra el conflicto. Se vislumbra a través de un perro bayo que tiene y no tiene amo. Es admirable cómo Selva Almada logra concentrar en el chucho y su particular sensibilidad, el carácter y el sentido de toda la novela. Una suerte de epifanía, de calma previa: "Ese olor era muchos olores a la vez. Olores que venían desde lejos, que había que separar, clasificar y volver a juntar para desvelar qué era ese olor hecho de mezclas".
De la estrategia del Reverendo ya supimos primero: "Prefiere el polvo de los caminos abandonados por vialidad nacional, la gente abandonada por los gobiernos, los alcohólicos recuperados que se han convertido gracias a la palabra de Cristo..."
El diluvio acaba cayendo, la lluvia gruesa, la tronera. No habrá consuelo bíblico para el que calla; para quien lo fía todo a sus manos, a su trabajo.
Es el momento de recordar alguno de los versos  de "Los justos", el poema de Borges: "Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire (...) El ceramista que premedita un color y una forma (...) El que acaricia a un animal dormido (...) El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho."



                                                      Fernando Menéndez


                                       

viernes, 6 de noviembre de 2015

De cabeza / El Padrino IV

DE CABEZA


El Padrino IV

El capo Don Sergio está cansado de las películas de la mafia. Después de dedicar varias jornadas intensivas a ver la serie completa de “Los Soprano”, ha decidido que ya toca cambiar de género. El western, no. Demasiado obvio. Ya hay muchos colegas rivales enganchados al lejano oeste. ¿Comedia romántica? No. A ver si le van a perder el respeto que tanto le costó conseguir. Además, en su gremio, a pesar del paso del tiempo, sigue imperando aún un excesivo culto a la hombría y a los instintos más primarios. A ratos, se sospecha todavía de quien sabe expresarse en público. ¿Y una película de autor? ¿Uno de esos filmes donde nada es lo que aparenta y sus protagonistas se parecen a nosotros mismos como dos gotas de agua? Quizás. El caso es que está aburrido de que sus muchachos paguen siempre los platos rotos de la fiesta. Porque, vamos a ver, ¿no se trataba de llegar sin haber sido invitados y marcharse con las chicas más guapas de la reunión?
Don Sergio cree que debe llamar a il professore Erice. Él es su conexión con los chicos. Cuando lo ve gesticular en los entrenamientos como si fuera el viejo Bearzot, piensa que sería un buen capo. Pero mejor no forzar las cosas. La naturalidad y la discreción es lo que les ha permitido llegar hasta aquí.
Ya está harto de que a la salida de una reunión, después de un necesario compadreo y una inevitable autoafirmación, pase a toda velocidad una banda contraria y les ametralle sin piedad. Piensa Don Sergio, no sin razón, si no habrá que volver a los viejos tiempos: - pégate al que la toca bien y que no se mueva. Haz lo que haga falta.
¿Y el estilo? Se trataba de arruinar la fiesta ajena pero con elegancia. Que parezca que no duele. Sin perder la sonrisa. Cada vez que recuerda a aquellos mediocampistas malencarados y dramáticos… Ya se les veía de lejos que venían a por bronca. Al final, como si avisaran de sus intenciones.
¿Cinco defensas? Volvamos a las fuentes: defender con más defensas no significa defender mejor, significa defender con más.
Ha de revisar sus anotaciones de tantos años. Revolver entre ellas. Especialmente en las libretas en las que está todo mezclado: lo mismo una observación viendo un partido de la Champions que una reflexión provocada al releer “El Aleph” de Borges.
Ahora todo lo encuentras en Google con solo dar al ratón, pero antes… De antes conserva apuntadas las frases más agudas y brillantes que escuchó en los tres Padrinos de Coppola. Busca y rebusca. Busca y rebusca: “Procura vivir no para convertirte en un héroe sino para conservar tu vida.” Se lo dice Don Vito a Michael.
Llamará a il professore Erice. Que los chicos aprendan la frase de memoria. Que se la repitan mentalmente cuando salten al campo.
¿Cambiarse a los musicales, a la ciencia-ficción? De momento, mejor esperar.




                                Fernando Menéndez

jueves, 5 de noviembre de 2015

Al dios del lugar

CONVIENE RETIRARSE tenuemente
del espectáculo al que nunca se ha accedido,

filtrar debajo de las puertas
la forma leve de tu sombra,

no asomarse a la Historia con banderas
como si la Historia existiese en algún reino,

caer del aire, disolverse como
si nunca hubieras existido.

(José Ángel Valente)

lunes, 2 de noviembre de 2015

Videoteca (una vida)

VIDEOTECA: UNA AUTOBIOGRAFÍA DESORDENADA



Juego de tronos

La fantasía es una corrupción del tiempo. Hoy los airados se creen dragones. Las lecciones tienen trazo de amenaza. Se conjuga por hartazgo un presente continuo.


Homeland

Siempre sacábamos la trama de la nevera a la misma hora. Por entonces desconfiaba de los alimentos perecederos de la misma forma que desconfiaba de las casualidades. Cada noche le pedía a mi mujer lo mismo: vela por el vértigo, vela por el vértigo.


Doctor en Alaska

A nadie le sonaba el nombre de Defoe. La camarera cantaba los días impares mientras servía pasteles y trozos de tarta que animaban el devenir del mundo. Después de que el médico soportara sus manos bajo el agua del deshielo, apareció McCarthy a lomos de un alce. El funesto optimista inició un censo de las truchas del río. Su pretensión era enseñar a los niños a distinguir una a una. Luego se iría con ellos a tumbarse en la nieve.


Treinta y tantos

Los ángeles de Rilke vestían cazadoras de béisbol y había una madre vocacional con la que todo el mundo quería acostarse. También un pelirrojo barbado antes de barbarse todo el porvenir. Sabía encontrarle sentido a las canciones más ñoñas. Conciliar los contrarios, destrozarse a sí mismo.


La casa de la pradera

Entre septiembre de 1974 y marzo de 1983, algunos incrédulos se decían ante el televisor: para qué, si todas las familias felices son iguales. Antiamericanos según la Administración Reagan. Subversivos según la Triple A.


Los ángeles de Charlie

¿Quién era ese narrador omnisciente aficionado al parchís? ¿Qué extrañeza sintió el Doctor Watson en las playas de Malibú? ¿Y el niño obsesivo de mentón pronunciado que se enamoró perdidamente de una rubia karateca?




The wire

La escritura pierde su apariencia: es el cobre de la moneda, la piedra por pulir. El tal Simon es un intruso que tiene un puñado de paradojas por esgrimir, una estilística de la mala conciencia. La escritura es sólida, nunca líquida. El tal Simon sabe, al igual que Borges, que la resolución de un enigma nunca está a la altura del enigma planteado. Y en caso de duda, seguir el rastro del dinero. No hay héroes ni villanos. Sólo ciudades: eternas en su autodestrucción.


Breaking bad

Mike no lo puede decir más claro: “tú eres igual que una bomba y no pienso estar cuando explote” (refiriéndose a Walter White). Y efectivamente así va a ser: Mike ya no estará aunque la explosión será una explosión controlada. En los últimos capítulos de Breaking bad vemos a un kamikaze en el fragor de la batalla; a un hombre ebrio de mentiras, de desesperación. Ebrio de cáncer. Desterrado a un lugar anegado por la nieve, vuelve al que fue su reino de forma clandestina, con el fin de concluir la historia a su gusto. Durante este peregrinaje terminal hace un alto en el camino para visitar su antiguo hogar: derruido y abandonado como la estatua de Ozymandias. Sólo le reconforta la posibilidad del mito (una obra siempre del pasado) al descubrir el nombre de Heisenberg pintado en las paredes de su vieja casa. Delgadísimo, con el cráneo cubierto de pelo. Probablemente recuerde en ese momento lo que Jesse Pinkman le dijo cuando se rapó la cabeza por primera vez: “se parece a Lex Luthor”. Lo que no querrá recordar de su socio es un premonitorio reproche: “usted sólo se concentra en lo negativo”.
Pero ya nada importa. Ha regresado para asegurar el futuro de la familia y para proclamar su expansión poética:

“Lo que he hecho lo he hecho por mí. Porque me gustaba. Me hacía sentirme vivo”.


True detective

El ateo es el más religioso de todos los religiosos. Apóstata de sí mismo, se hace detective por hurgar en la neblina gótica que se condensa en los pantanos.
El ateo se compadece y envidia al fatigoso padre de familia que no renuncia a su nocturnidad y alevosía. El agente Rusty Cohle relee a Bernhard y a Dostoievski por seguir el rastro de un asesino en serie. El ateo no soporta los crímenes envueltos en papel de sacramento. Él tiene sus pesares y no por ello peregrina en comunidad.
Un individuo es una moral, lo es en su escasez, en su ausencia de prójimo.


Colombo

¿Conocerá Frank Bascome a este hombrecillo que se encorva como un interrogante? Devotos de lo penúltimo, Frank y el teniente viven por encadenar los instantes previos a cuando todo sucede. Quien parece olvidarse de todo es quien queda para contarlo.


Luther

El hombre se aviene a reglas por amor al prójimo. Un jugador que acierta cuando yerra. Un ser impulsivo y voluminoso que se topó con Campanilla para ser custodiado.


Treme

Lo mismo en verbenas que en funerales entonamos: no hay tiempo para el tiempo, no hay tiempo para el tiempo. Una imposición legal ese enredo de días, meses, años.


Twin peaks

Fue una noche muy larga. Hans Christian Andersen y Vladimir Propp trataban de maniatar a sus orígenes a un hombre terco, con un mechón blanco en el flequillo. Pero él lo tenía muy claro: las raíces hay que cortarlas; en todo caso, retorcerlas.


Sherlock

¿La soledad? Tener siempre algo por concluir. Que haya gente que precise de tus servicios. Disimular a base de elocuencia y buenas maneras. Por cada misterio, la ausencia de una rutina, de unas verduras en el mercado; del bullicio del transporte público.


Castle

La celebridad, al igual que la vida diaria, es una antología de lugares comunes. Manifestarse frívolo ante lo evidente y afectado ante lo excéntrico. Mantenerse frívolo ante el inventario de agravios y reparos es una dieta de barroquismo. Una forma contemporánea de ser anacrónico.


CSI Las Vegas

Bradbury también hubiese encontrado una decisiva relación entre coleópteros y crímenes pasionales. Las Vegas es un sueño. Nunca ha existido. Igual que Marte.  A no ser que Gregorio Samsa y Luciano de Samósata nos digan lo contrario respectivamente.


Un hombre en casa

Bodegones de Winston, pata de elefante y vino peleón. Siempre hay unos vecinos empeñados en ser tus pastores. Mi padre identificaba la moqueta con ser una familia respetable. De Robin imité el jersey de cuello cisne, la gabardina trinchera.



The shadow line

Puede darse el caso de que a un crimen le sobren autores que se autoproclaman de forma licenciosa. Mirando fijamente el mar, Joseph Conrad aprendió mejor que nadie los mecanismos de la política. Y luego está la crueldad de que detrás siempre hay algo detrás.

Los Soprano

Vimos que era algo más que reescritura al fijarnos en su rostro tan familiar, tan de toda la vida. Nos salimos del género sin dejar de estar en él. En el futuro se estudiará la paradoja Tony Soprano en todas las universidades de renombre. Se descubrió la posibilidad del gángster en deconstrucción. Los cenizos insistirán en que, después de Coppola, nada.


Verano azul

La versión en imágenes del himno español de la Transición. La entronización de la nostalgia que es un himno amable, carente de virilidad y épica; pero himno al fin y al cabo.


Cheers

Son muchas tertulias concilios de proscritos, de gente que se ríe por todo y evita hablar del trabajo y de la familia. Amparados en los bares que son estancias propicias a la utopía.


El ala oeste de la Casa Blanca

En el caso del espectador, la suspicacia es una obligación: así que prefiero asumir la verosimilitud como una forma de fantasía. El realismo ni siquiera existe. Veo la Casa Blanca como la nave “Enterprise”. Decir “La estrella de la muerte” sería demasiado obvio. Pero qué Jefe de Estado no es Darth Vader bajo la casulla blanca de Luke Skywalker.


Yo, Claudio

Vivir en un nudo continuo y narrarlo de manera aristotélica: sin prescindir de un planteamiento ni de un desenlace. Lograr reducir un imperio a escenas interiores y dejar los grandes hitos a la solemnidad de los historiadores. Desconfiar, en fin, del mero escrutinio notarial.

Mad men

En una anodina oficina de la novena planta de un rascacielos se reúnen por turnos insignes ciudadanos. A las 9.45 h, por ejemplo, se ven las caras Andy Warhol, Virginia Woolf y Cole Porter. Se devanan los sesos pensando en la gente de la calle. Debaten educada pero apasionadamente. Custodiados siempre por un hombre de traje negro y una mujer escotada.


A dos metros bajo tierra

Frank Capra nos sopló desde el cielo su afición por los espectros y la comida mexicana. Como siempre hay alguien a la escucha pelirrojo e insomne, lo demás fue sólo cuestión de elegir un tema. La familia.  Aunque sólo sea por devolver el favor a Capra.


Retorno a Brideshead

Durante un tiempo seguimos la dieta de una Inglaterra esbelta y unos modales ambiguos. Para un chaval de barrio era una revolución al alcance de su poder adquisitivo: encender el televisor para aprender a vocalizar y ser elegantes.




                                                        Fernando Menéndez