sábado, 31 de octubre de 2015

Charles Simic

Free jazz


“El monstruo ama su laberinto. Cuadernos”, Charles Simic. Vaso Roto ediciones. Traducción de Jordi Doce. Epílogo de Seamus Heaney. 163 páginas.

Mientras la mayoría de los poetas embalsaman su legado al ritmo de polcas o bajo la solemnidad de un réquiem, Charles Simic (Belgrado, 1938) se dedica al free jazz. O dicho de otra manera (no vaya a ser que yo también me embalsame): “El monstruo ama su laberinto” es una sinuosa, divertida e impredecible jam sesion. ¿He dicho divertida tratándose de poesía? Pues sí. No me he equivocado. El poeta nacido en Belgrado y norteamericano de adopción exhibe en este libro de notas todo un catálogo de humor e ingenio; pero no como un fin en sí mismo sino como un método para defenderse de una vida que conoció penurias y algunos de los avatares más dramáticos del pasado siglo.
El humor como defensa, como capacidad fabuladora, ha sido siempre un recurso de la más brillante literatura. “El monstruo ama su laberinto” (el título ya es un síntoma) confirma lo advertido en muchos de sus poemas: la escritura de un poeta que evita darse importancia a sí mismo. La escritura de un poeta que para respetar su oficio se muestra irrespetuoso con él. En las antípodas del poema disecado, el poema que sopla sin rumbo fijo, entreteniéndose cuando se le urge; demorándose cuando se le apremia. Los textos de “El monstruo ama su laberinto” confirman a un espíritu libre, una desinhibición desmitificadora. Sin embargo, este aparente aunque real desprejuicio, no le resta al libro la posibilidad de ofrecerse (al igual que otros parientes de género) como una autobiografía en clave; como una poética levemente encriptada. Simic mezcla lo propio y lo ajeno; lo histórico y coyuntural para, al final, hablar también de nosotros, los lectores, tan asediados a veces por el afán de trascendencia y el autobombo:
“La historia es un libro de recetas. Los tiranos son los chefs. Los filósofos redactan las cartas. Los curas hacen de camareros. Los gorilas son gente del ejército. Los cantos que oyes son los poetas lavando los platos de la cocina.”
Lavaplatos a jornada completa, minotauro alegremente zopenco, el ciudadano Simic va destilando sus gotas ácidas y certeras por si creyéramos que el free jazz es una huida hacia delante:
“El nuevo sueño americano es llegar a ser muy rico y que te sigan considerando una víctima.”
“En democracia, la tarea principal de una prensa libre es encubrir el hecho de que unos pocos gobiernan el país”.
“Si todo lo trato al mismo tiempo como un chiste y como un asunto serio, es porque honro el eterno conflicto entre vida y arte…” afirma Simic superadas con creces las cincuenta páginas del libro, y bajo esta admonición discurre “El monstruo ama su laberinto”. El eterno conflicto entre vida y arte; su negativa a inclinarse definitivamente por uno de los polos, permite al autor de “Mi séquito silencioso” eludir un tono rotundo o moral; eludir subirse al púlpito o increpar desde una torre de marfil. Esto se veespecialmente cuando trata sobre poesía: las notas, aforismos, pensamientos que le dedica conforman un curso acelerado y certero a propósito de la verdadera naturaleza de un género ancestral y polimorfo:
“Todo el mundo quiere parafrasear el contenido del poema, salvo el poeta.”
“La poesía es un modo de conocimiento, pero la mayor parte de la poesía nos dice lo que ya sabemos.”
Más beligerante e indignado, menos humoroso, se siente al tratar cuestiones políticas:
“El nacionalismo es amar el olor de nuestra mierda colectiva.”
“Había besado tantos culos que su cerebro era un gran mojón.”
Dicho despliegue aforístico se combina a lo largo de la obra con fragmentos en prosa más extensos: escenas en las que Simic recupera sus recuerdos de infancia y juventud o recoge su deambular callejero al encuentro de lo insólito mimetizado entre la rutina, con el ojo y el oído empapados de vitalidad y melancolía.
Sólo una lectura perezosa podría catalogar un libro de notas como una obra menor, secundaria. Brillantes ejemplos como Handke, Canetti o Camus nos han demostrado lo contrario. Son libros que funcionan como una sugerente mezcla de memorias indirectas, de trastienda literaria; de obra en marcha… “El monstruo ama su laberinto” no es una excepción. Como lectores, el cuaderno de Simic nos permite construir y explorar su mundo y sus inercias. Los libros de notas tienen mucho de inesperado mapa físico que ratifica las andanzas (lecturas) por el territorio de un autor. Alérgico a la soberbia y al egocentrismo, Simic se desglosa también a través de sus lecturas y autores de referencia: Dickinson, Poe, Emerson, Melville:
“Admiro la observación de Claude Lévi-Strauss de que todo arte es en esencia reducción y el dicho de Gertrude Stein de que la poesía es vocabulario.”
Alérgico a la soberbia y al egocentrismo, Simic habla de sí mismo cuando habla de los otros:
“En literatura hay una tradición de magníficos inadaptados, poetas y escritores inclasificables, como Michaux y Edson, que recelan de la literatura y al mismo tiempo son sus mayores adictos. Solo un estilo que sea un carnaval de estilos parece agradarlos. Una poesía, en resumen, que tenga aires de circo, de barraca de feria y vodevil, llena de hechos reales más extraños que la ficción, falsos milagros y supersticiones, libros de horóscopos y calendarios astrales como los que se venden en la caja de supermercados, etc.”
La traducción de este “carnaval” corre a cargo de Jordi Doce cuya perseverancia con Simic le ha permitido ganarse a pulso el merecido título de embajador de su obra. Suya es la acertada decisión de incluir a modo de epílogo un pequeño ensayo de Seamus Heaney sobre Charles Simic. No exento de razón, el Nobel irlandés define a su colega como “el opuesto total de un mandarín intelectual.”
Lean y disfruten de Simic: entusiasta vecino de eminencias como Claude Monet o Ramón Gómez de la Serna.



                                                 Fernando Menéndez

viernes, 30 de octubre de 2015

De cabeza / Johan

DE CABEZA

Johan

Habrá que dar la razón a Zygmunt Bauman: el mundo es cada vez más líquido. Ante cualquier suceso del orden que sea, proliferan las felicitaciones, pésames o discrepancias digitales: cometas que pasan a toda velocidad para ser sustituidos con rapidez por la próxima ciberlluvia. Acaba de ocurrir con el triste anuncio del cáncer de pulmón que padece Johan Cruyff. Las redes sociales ardieron (expresión bastante contradictoria, dicho sea de paso) de ánimos al futbolista holandés. Pero, qué quieren que les diga, hay golpes en la vida que… Golpes que exigen gestos palpables, no solubles. Gestos que cuesten, que supongan consecuencias, que tengan un precio.
¿Se imaginan, por ejemplo, que el Real Oviedo, en su próximo compromiso liguero, saliera a jugar a lo Cruyff? Con tres defensas, cinco centrocampistas jugones y tres delanteros. ¿Qué por qué? Y por qué no. El fútbol español le debe todo al dream team y a la Quinta del Buitre. Sin sus clamores en el desierto, el balompié de este país seguiría siendo un perpetuo homenaje a las películas de Saénz de Heredia. ¿Que los oviedistas más resultadistas refunfuñarían? Tal vez. Pero en nuestro caso particular también le debemos bastante a aquel Barça de los noventa. No tenía término medio: cuando jugaba bien, lo hacía como nadie. En cambio, si jugaba mal… Hasta para eso tenía talento. No daba pie con bola. Y bien que nos aprovechamos de ello: recuerdo que a los Laudrup, Begiristain y compañía les ganamos dos a cero en el viejo Tartiere con goles de Rivas y Gorriarán. Repito: de Rivas y Gorriarán. Aunque para ser justos, no todo en aquel encuentro fueron deméritos blaugranas. Algo tuvo que ver el planteamiento del JaboIrureta. Ya sé que puntos ser puntos, ¿pero no era el fútbol un juego? Si solo importara el resultado, como dijo David Trueba, con salir al campo y tirar cada equipo cinco penaltis ya bastaría. Y después, todos para casa.
Es más, incremento la apuesta: que la próxima jornada salgan al campo a jugar a lo Cruyff todos los equipos del fútbol profesional español. Ya me imagino la alineación titular del Oviedo: Esteban en la portería; tres defensas: un central, David Fernández, por ejemplo, y dos laterales: Nacho López y Peña. Un centro del campo creativo: Héctor Font, Edu Bedia, Susaeta y Borja Valle. Dos extremos bien pegados a las bandas: Hervías y Koné. Si lo prefieren, pongan a Koné a su aire y pasen a Borja al extremo. Y completando el once / Johan: un delantero. ¿Toché, Linares, Cervero? El que ustedes gusten. ¿Que perdemos? Ya recuperaríamos los tres puntos en el siguiente partido. Yo, personalmente, prefiero imitar al hombre que dijo: “es preferible caer con tu propia visión que caer con la visión de otro”, que ser un clon eterno de Alfredo Mayo en “Raza”.


                                                  Fernando Menéndez



jueves, 29 de octubre de 2015

Biblioteca hallada en un bolsillo

BIBLIOTECA HALLADA EN UN BOLSILLO


“Saber perder”, David Trueba

La intimidad es un espacio convencional. Los cuerpos insisten en perdurar. Es su obligación. Y hay pasajes que son sueño para que el resto sea real.


“Dublinesca”, Enrique Vila-Matas

No quisiste ser un Galdós, de ahí tus afecciones.


“Pájaros de América”, Lorrie Moore

Ante mis ojos, el ave fénix tiene el tamaño exacto de un colibrí.


“Los Pichiciegos”, Fogwill

En la guerra vuelven a ser niños y apuran sus desvelos preguntándose qué jodido sortilegio convocó al mar junto a la nieve de por vida.


Poemas de amor”, Anne Sexton

Desinhibido e indiscreto, el poema enseña su cuerpo marcado de exclamaciones.


“La luz es más antigua que el amor”, Ricardo Menéndez Salmón

No hay carrera sin su manifiesto. Sin la proclamación un  tanto solemne de nuestra perífrasis.


“Razón de más”, Antonio Méndez Rubio

Verbenas e inesperados veranos también palpitan en la conciencia. No es necesario poner en evidencia las contradicciones ajenas. El poeta no es un delator.


“El que desordena”, Tomás Sánchez Santiago

Como si Juan de Mairena hubiese descubierto la columna espiral del castellano, sus extremidades perplejas.




“La dama del perrito”, Anton Chéjov

Paso las tardes mirando por la ventana. Sin mover un músculo pese a la premura del mundo. Daría la vida por tener un secreto; por alguien que me mirase de soslayo. Apenas un segundo bastaría. Las estaciones  vuelven a manifestarse guardando su orden correspondiente.
Epílogo.


“Jakob Von Gunten”, Robert Walser

Cuando los ríos rebosan su cauce y no es posible separar las ramas de las pertenencias.


“Libertad bajo palabra”, Octavio Paz

De la vida admito lo paradójico: su calculado arrebato, sus elocuentes silencios.


“El día antes de la felicidad”, Erri de Luca

Al final, y después de mucho esfuerzo, aprendí que un hombre sabio no se distingue de un superviviente. Es decir, aprendí a callarme a tiempo.
Y me acostumbré a llevar una moneda de más en el bolsillo.


“Nadie es más de aquí que tú”, Miranda July

Tal vez sea la joven que se queda en casa un sábado por la tarde para leer “Madame Bovary”.
Quizás la misma que, pocos años después, se pone el astracán de su abuela.
O la que ahora piensa que casi todos los fines de semana son una insufrible despedida de soltera.


“Alianza y condena”, Claudio Rodríguez

Si por mí fuera, un pequeño animal. Alevoso y nocturno. Que mastica nieve y camina contra el viento. De ceño romántico y elemental en sus sentidos.


“La isla”, Giani Stuparich

Reducir el número de adjetivos. Restar énfasis a la redacción. La pena carece de retórica. Cualquier aspaviento es coqueteo. Inoportuno. Obsceno.





“Rimbaud el hijo”, Pierre Michon

Que este aerolito doblemente francés escriba con su rastro el nombre de Carlos Edmundo de Ory. Que la verdad del poema no tiene testamento ni tierra firme.


“Misteriosamente feliz”, Joan Margarit

La tertulia de las desolaciones tiene lugar en un piso céntrico, recién alicatado y con calefacción central. Un lugar propicio a la mansedumbre. De manera esporádica me sumo a la reunión y cuando lo hago, enarbolo siempre la misma cita de Pierre Michon:
“Izambard amaba la poesía y la practicaba, pero lo hacía al modo de esos hombres que sienten pasión por la caza, por los gratos relatos otoñales en que hay plumas y sangre, nobles vocablos de montería y cetrería, trompas al revolver de un bosque resplandeciente como un ángel pero que, si llevan escopeta y salta ante ellos la liebre con sus expresivas orejas, se echan a temblar, cierran los ojos y yerran el tiro. Y, cuando regresan, dicen que tuvieron buena caza.”


“El valle de las gigantas”, Gustavo Martín Garzo

Quizás sigamos ocultos en la profundidad del bosque.
Quizás los grandes depredadores se conformen con garbanzos duros, migas de pan.


“AMARANTH precedido de AMASTRIS”, Roger Santiváñez

Necesidad de jerga, slang en el ombligo de la meseta. Gárgola esculpida en el “Panhispánico de dudas”. Lo mismo en el pasto que, aburrida y sin rumbo, vagando en el metropolitano.


“Literatura de izquierda”, Damián Tabarovsky

El escritor: un buzo que sólo encuentra pecios sin valor y, aún así, insiste en su inmersión.
El texto literario: un sistema donde ha de predominar la indefensión, es decir, la libertad.


“No amanece el cantor”, José Ángel Valente

Y en el centro nocturno, si existiera, un palmeral sin visitas, un oasis sin objeto, un goteo de voces sin audiencia.



                                                                Fernando Menéndez










Rafael Chirbes

Sin dejar de ser pájaro

Hoy, en un tiempo y un lugar en los que los novelistas posan en las páginas de sociedad de los dominicales de los periódicos y compiten en brillantez, miramos hacia atrás, y nos decimos que la gran narrativa del siglo XIX fue la escuela formativa de la sensibilidad burguesa; sin embargo, sus contemporáneos no lo vieron así. Los novelistas sufrieron marginación, agresiones, desprecios, procesos. El novelista está obligado a ser un animal atento, liebre, pulga; a saber escapar un minuto antes de que el poder lo colonice.

Rafael Chirbes


Se podría zanjar el asunto por la vía rápida si asumimos que el escritor no tiene la obligación de ser un ciudadano ejemplar, que su única obligación es la de escribir buenos libros. También podemos desplazar cualquier tipo de responsabilidad hacia el lector y esperar de él que sea quien aporte un sentido o intención pública al texto literario que se nos presenta como un cuerpo moldeable, abierto a diferentes posturas, correctamente flexible. Pero, hoy por hoy, el lector está más por la labor de que lo adulen y le den siempre la razón. En cuanto al escritor, ciertamente, no tiene ninguna obligación cívica pero la realidad y la historia se empeñan en demostrarnos que el novelista, el poeta, el dramaturgo, son unos ciudadanos más, y a la postre, sujetos de derechos y obligaciones como cualquiera de nosotros.
Rafael Chirbes nunca pretendió ser ejemplo de nada, ni siquiera recurrió a la columna literaria: esa pequeña tribuna donde el escritor exhibe músculo moral aupado en una atalaya. Tampoco trató de complacer al lector como si del empleado del mes se tratara.  La vida del autor de “Mimoun” fue la vida de un escritor ajeno a las idas y venidas de las modas. Estricto en su empeño de escribir de manera consciente y culpable:

“la literatura no es un objeto autónomo y radicalmente separado de la coyuntura histórica en que se produce. No existe una literatura inocente”(“Qué hacemos con la literatura”, David Becerra Mayor, Raquel Arias Careaga, Julio Rodríguez Puértolas, Marta Sanz. Ediciones Akal).

Hacerse cargo desde el primer momento de esa coyuntura histórica es, probablemente, uno de los valores principales de su novelística, aunque también supuso durante bastante tiempo uno de los mayores inconvenientes a la hora de valorar la obra de Chirbes en su justa medida.
España fue una fiesta cultural durante muchas décadas, tantas como las que van desde el año 1982 hasta el comienzo de la crisis. Con la victoria de Felipe González se abre un periodo en que los escritores (a veces invitados suculentamente, a veces por iniciativa propia) se desvinculan de cualquier coyuntura que no sea la autocomplaciente y laudatoria. Eso que tan agudamente denunció Sánchez Ferlosio en su artículo “La cultura, ese invento del gobierno”. En ese sentido, los años transcurridos entre el triunfo socialista y el estallido de la burbuja fueron años de alegre irresponsabilidad. Nos lo tenemos merecido, parecía que nos repitiéramos a nosotros mismos, después de 40 años de dictadura. Así que cualquier discurso que contradijera lo establecido era considerado como aguafiestas, como amargado.
Chirbes, por aquel entonces, cometió el “error” de no separarse de la perspectiva histórica, de no salirse de su propia coyuntura. Ante tal posición, el coro de la satisfacción; el canon de la autoindulgencia advertía: eso no toca.
Con el inesperado fallecimiento del autor valenciano, la prensa se apresuró a valorar su papel como cronista de la crisis y de la corrupción. Una valoración que se apoya en el éxito y la trascendencia de sus dos últimas novelas: “Crematorio” y “En la orilla”. Chirbes es elevado al canon literario español cuando la coyuntura del país converge con su propia coyuntura. Puede que el juicio sea justo pero es a todas luces escaso. Su  trayectoria constante, coherente y a contracorriente se inicia en 1988 con la aparición de “Mimoun”, que resulta finalista del Premio Herralde de Novela en beneficio de la ganadora “La quincena soviética” de Vicente Molina Foix. El reparto de suerte en tal edición del Herralde deja a las claras lo que hemos expuesto. Independientemente del valor de los textos, un desconocido Chirbes poco tenía que hacer ante Molina Foix, célebre columnista de “El País” o “Fotogramas”, intelectual conocido y reconocido por la fiesta de la cultura. Muy de vez en cuando, sólo la tozudez intermitente de la evidencia ha logrado quebrar la solidez de un canon muy ocupado en no incomodar a lectores y mecenas.
Instrumentada por la lectura de Marx y la conciencia de clase, la obra de Chirbes no se permite prebendas que sí se permiten las obras de otros colegas. Recuerdo oír decir al poeta y Premio Cervantes Antonio Gamoneda que la ironía era un lujo que sus poemas no se podían permitir. Venía a explicarnos, con esta afirmación, que la dureza de la vida que le tocó vivir le cerró el paso a recursos que suelen mecerse más a gusto en el ocio más acomodaticio.
Huérfano de padre desde muy niño, el autor de “La larga marcha” aprende a ganarse los cuartos desde muy pronto. Por ejemplo, siendo estudiante universitario se va a trabajar a las obras del pantano de Riaño o a limpiar los suelos de la sede del “Herald Tribune” en París.
Como recuerda el mismo Chirbes en una estupenda entrevista hecha para “ABC” por Alfonso Armada: “Somos alimentación, somos cultura, somos trabajo”.
A menudo se ha identificado su obra como la de un novelista social. Su reacción, sin llegar a rechazarla, ha sido más bien de perplejidad. “No sé si soy social. Lo que me pasa es que no me gusta que me engañen. A lo mejor lo que soy es un novelista orgulloso por ir contra las versiones oficiales”.
El interés por establecer una narración paralela distinta a la del poder marca el tránsito de una novelística que, desde su primer título, busca encontrarse con el lenguaje y en el lenguaje. La obra literaria que no subvierte el relato a través de las palabras se queda en algo puramente testimonial, inocuo, propagandístico. Evitar el “lenguaje blanco” en el que, como denuncia Guillermo Saccomano, están escritas multitud de novelas.
La singularidad adquirida por Chirbes le viene, entre otros, del magisterio de nombres como Proust o Balzac,  bruñidores lentos y minuciosos de su idioma. Autores que el tópico nunca relacionaría con la novela social pero que despliegan desde sus páginas la certeza de que, si algo somos, será alimentación, cultura, trabajo.
Cuando el escritor Isaac Rosa señala como hitos imprescindibles para conocer lo que ha sido la historia de España desde la muerte de Franco hasta nuestros días, las novelas “La fea burguesía” de Miguel Espinosa; “Romanticismo” de Manuel Longares, “Jugadores de billar” de José Avello y “Crematorio” de Rafael Chirbes, no sólo elige estos libros por su vinculación con la historia más reciente, también lo hace por el tratamiento del discurso narrativo que muestra cada una de las cuatro. Ya no estamos hablando de aquel realismo social tan programático. Las fuentes son Clarín, Valle-Inclán, los ya citados Proust y Balzac. Y en el caso de Chirbes, por encima de todos, Benito Pérez Galdós, al que, más que leer, estudia. O Tolstoi, al que había regresado en el verano de 2014 releyendo “Guerra y paz”.
Novelista más explorador que arquitecto, Chirbes va conociendo su discurso a medida de que lo va escribiendo:

“En ninguno de mis libros he tenido una idea demasiado clara ni de cuál era el tema de lo que estaba escribiendo, ni de los instrumentos de los que me servía, prácticamente hasta que lo he tenido terminado. No creo en la escritura automática, en la inconsciencia, pero sí en que escribir supone una excavación en un túnel oscuro: estoy convencido de que todos mis libros han nacido de esa inmersión en lo que podría llamar mi subconsciente”.

De esas inmersiones, el submarinista emerge con pecios, pequeños tesoros, materiales que van acumulándose hasta dar forma a una historia. En unos fragmentos de diario que Chirbes cedió a la revista “Turia” con motivo de la publicación de un cartapacio dedicado a su obra, recuerda un viaje a San Sebastián en diciembre de 2007. Allí escucha un disco de Mikel Laboa, “Xoriak”, cuya voz posee “una hondura extraña, prehistórica, es a ratos voz de la tribu, y en otros momentos grito de animal herido”.
Una voz de hondura extraña, prehistórica, a ratos voz de la tribu, y en otros grito de animal herido. ¿De quién habla, realmente, Chirbes?
Unas líneas más abajo del mismo diario, cita los versos de una de las canciones de Laboa: “El pájaro / si le hubiera cortado las alas / habría sido mío, / no habría escapado, / pero, / así / habría dejado de ser pájaro / y era un pájaro lo que yo quería.”
Las preguntas vuelven a ser inevitables.
Termina “A ratos perdidos” (así se titulan los fragmentos de diario) con una alusión a la poesía de Walt Whitman y a la expresión de un deseo: “escribir una novela como el poema de Whitman”.
Para el autor de “Los disparos del cazador”, “Hojas de hierba” tiene algo de gran novela lírica, narración en verso (…) Todo el poema está marcado por un gran movimiento, a la vez colectivo e íntimo: el nacimiento de una nación y la creación de un yo que crece con ella”.
Un gran movimiento colectivo e íntimo: así ha sido la vida literaria de Rafael Chirbes y así se continuará viendo. De su vida, a secas, lamentablemente, ya no se podrá decir nada. Su ausencia se hará notar. Ya lo está haciendo.



                                           Fernando Menéndez







Tomás Sánchez Santiago

La cercanía y el canto

“La vida mitigada”. Tomás Sánchez Santiago. Eolas ediciones. 298 páginas


Quien no conozca la obra de Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957) tendrá la oportunidad de adentrarse a través de este libro que paso a comentar, de inmiscuirse en la obra de un poeta y narrador que, desde 1985 lleva acumulando rigor, vocación y méritos suficientes como para ser considerado uno de los nombres más importantes de la literatura española actual. Pero las cosas en la vida no siempre suceden como uno desearía. Y menos aún en esta vidilla que es la literatura en su vertiente del reconocimiento público; vertiente cada vez más polarizada entre lo mainstream y lo independiente. Cada vez más banalizada por el uso y abuso de las redes sociales.
De vez en cuando sucede un hito y una novela como “Calle Feria” (de lectura imprescindible, quien la leyó, lo sabe) permite al autor zamorano alzarse con el IX Premio de Novela Ciudad de Salamanca. Pero la escritura no es una alternancia de éxitos y fracasos. Es algo menos estridente y más continuo. Una tarea doméstica e incansable.
De vez en cuando conviene o apetece airear la casa (llega la oportunidad de publicar) y quedas en manos exclusivamente del lector. Publicar un libro libera y confirma para seguir haciendo camino al andar que diría el maestro Machado, tan del gusto de Sánchez Santiago.
“La vida mitigada” es un libro en prosa cuyo atractivo ya comienza a mostrarse en la indecisión que provoca su catalogación como género. Digamos que es un libro de notas, un género en el que el autor de “El que desordena” ya incurrió antes y felizmente con títulos como “Para qué sirven los charcos” y “Los pormenores”.
Esta nueva obra nace, en palabras de su propio autor, “de esa manía temeraria de apuntarlo todo o casi todo según va llegando”.
El oído y los pies. Los ojos de un paseante que acarrea todo el equipaje diario al vagón del lenguaje, de la reflexión y de la demora. Incluso hacia la esquina de la indignación y el hartazgo, pero expresadas de manera tan sosegada que brilla por su ausencia el ruido que suele acompañar al empacho. En la sección que abre el libro, titulada “La escritura temeraria”, y que actúa a modo de introducción, Tomás Sánchez Santiago aspira a que su libro dé cuenta de un hombre tranquilo. Obras como “La vida mitigada” ayudan especialmente a forjar el carácter de un escritor que, además, prescinde  por momentos de la ficción para acarrear la calle hasta su escritura. Y si dicho carácter se forjara especialmente en la fragua de los adjetivos, el “mitigada” que acompaña a “vida” es determinante para leer el libro en una clave fundamental:
“La vida mitigada, sí. ¿Qué otra manera de vivir es posible ya? Poco a poco, el ruido inaguantable del mundo nos ha ido expulsando a muchos hacia unas inmediaciones secundarias donde, cuando menos, es posible escuchar sin nervios las palabras de los otros, contemplar las cosas despacio y en sí mismas y tomar notas calientes de pequeñossobresaltos al margen de una sumisión al vértigo de la actualidad. Un estreñimiento silencioso y persistente, tal como la ley sigilosa de los pestañeos, va ganando hace tiempo los hábitos y las aventuras diarias de la ciudadanía menor. Pero hay otras cosas: el parque de un barrio con su vida mínima y vivaracha, el gusto por las conversaciones de vaivén entre los pequeños bares donde ya no hay que preguntar lo que se toma, los gestos desprendidos de individuos con los que uno puede cruzarse a diario varias veces en estas calles de fachadas soñolientas”.
Atravesado este umbral, pero sin abandonar un tono más de brisa que mece que de viento que agita, la escritura del libro va cumpliendo con esta premisa inicial.
En“La vida mitigada” se elabora una poética de proximidad, de atención hacia las posibilidades que albergan las pequeñas cosas, las historias que parecen insignificantes pero que son bruñidas por la capacidad fabuladora del autor y su habilidad para trasegar con materiales orales y aparentemente secundarios.
Cada sección del libro da buena cuenta por su título del motivo que la empuja: “Visto y oído”, por ejemplo, responde a la pulsión del recolector urbano; a la amplitud de onda del ciudadano que sale a la calle con los sentidos especialmente alerta. En ocasiones, Sánchez Santiago se limita a transcribir lo visto y oído. En otras, lo visto y oído provoca en el escritor alguna clase de consideración o reflexión.
Y así puede ir el lector disfrutando y reconfortándose hasta la sección que cierra el libro: “Solo los mudos saben pronunciar la hache”, un largo y apasionante relato que opera, entre otras muchas cosas, a modo de brillante elogio y apología del lenguaje, de las palabras, de la literatura. Especialmente al arte de narrar como modo de sobrevivir, algo que entronca a esta parte con la plural y rica “Calle Feria”.
Con guiños a lo apócrifo, a lo borgiano; con humor y chispa, entrelazando lo popular con lo erudito; restando impostura al concepto de autoría pero exponiendo al mismo tiempo su capacidad de latencia, “Solo los mudos saben pronunciar la hache” es el Aleph de “La vida mitigada”; su final por elevación. Una conclusión a la altura de ese nieto de Juan de Mairena, de ese discreto enciclopedista llamado Tomás Sánchez Santiago.



                                                              Fernando Menéndez




lunes, 26 de octubre de 2015

De cabeza

DE CABEZA

Permítanme, respetables lectores, hacer un pequeño ejercicio de nostalgia al recordar, cuando llevamos ya consumidas nueve jornadas de Liga, que el Real Oviedo regresó por fin a Segunda División a golpe de cabezazos. Hubo un tiempo en que el juego aéreo era una especialidad de las “Reales Fuerzas Aéreas Británicas”. Y aún lo sigue siendo: cada vez que en la Premier se lanza un corner, los rugidos en la grada superan con creces en decibelios a la de cualquier otro estadio europeo.
Con la sofisticación de estrategias y jugadas a balón parado, rematar de cabeza ya no es sólo una cuestión de carácter o desesperación. Cabecear a portería es un recurso más en el librillo de entrenadores cada vez más estudiados. En los años setenta o en los ochenta, por no remontarnos más atrás, el especialista en darle con la testa era un ave rara que vivía más pendiente de las rachas de viento que de la altura del césped: Santillana, Fernando Morena o Zamorano, del que decían los culés con muy mala leche que si tuviera por pies dos cabezas sería un jugadorazo.
El caso es que en el pasado mayo superamos al Cádiz por asomar la cabeza en el momento justo. En el Tartiere, cuando ya la pesadumbre empezaba a ponerse nuestra zamarra, Diego Cervero saltó a por un balón con la premura de doce años de espera. La pelota, cuando notó el impacto, creyó ser un sputnik o una estrella fugaz, pero pensándoselo mejor, recordó a Euclides y sus lecciones de geometría para colarse limpia y exacta en la portería rival. Minutos antes, clavados en nuestros asientos, ni su novio, ni mi madre ni yo encontrábamos consuelo para una chica que, desde el gol del Cádiz, no dejaba de llorar hundida pero sosegadamente como una serenísima madonna del Renacimiento o como una dama sufriente del impulsivo Caravaggio.
En cambio, el gol que abrió de par en par la tan añorada felicidad de la hinchada azul fue consecuencia de un remate tras un saque de esquina. A la antigua usanza, como les gusta más allá de las brumas del Támesis o como lo sueñan en las Highlands escocesas.
David Fernández entró a rematar con todo, que en el caso del oviedismo, es casi como decir entrar a rematar a vida o muerte. Y lo hizo, claro está, al estilo de los centrales: sin perderse en los preámbulos, anunciando su llegada, pero con la seguridad de que alguien se achicará cuando en el área pregunte: ¿tomamos la última? Los defensas encaran la portería como los parroquianos que, entrando por la puerta del chigre, gritan: ¡está todo pago! Pero en el caso de Fernández siempre muy “british”, con la discreción y la flema propias de un futbolista que hace la tarea a su tiempo y sin meter ruido. Observen al bueno de David partido a partido y lo comprobarán. Un auténtico lord.
Y aquí estamos, más felices en la Liga Adelante que un cocker spaniel en el Buckingham Palace. Encantados de decirle adiós a Boticelli. Entusiasmados de darle la bienvenida a Warhol.




                                              Fernando Menéndez














viernes, 23 de octubre de 2015

Rubén Cano

La vida secreta de Rubén Cano. Historia no autorizada del Mundial.



La grandeza del fútbol está en esa pelea entre el marcador final, lo único incuestionable, y el recuerdo particular (David Trueba)



El recuerdo va por detrás en el marcador. Está de por vida condenado a la derrota. Y aún así nos citamos para un próximo partido. Siempre hay un próximo partido. El balón, ya lo dijo El Diego, te acaba dando revancha. Pero quien vive pendiente de cobrar sus deudas tan sólo ve una maraña de piernas a su alrededor. Incapaz de levantar la vista, de suponer que unos metros al fondo de la portería rival pocos hay que se conformen con su suerte. Vázquez Montalbán se decía: curioso que las lealtades mayores sean las que parecen menores. Vacíos en el estómago que son difíciles de llenar y de justificar. Y a quién dar una explicación que nadie ha pedido. El Mundial es importante porque está a punto de ocurrir: es un cúmulo de expectativas. Como un barbecho eterno, sabemos que al día siguiente de la final se renuevan esas expectativas con el próximo campeonato.
Para mí, todos los mundiales se resumen en uno: Argentina 78. En realidad, yo nací por segunda vez aquel año. No fue, claro está, un nacimiento biológico; sino más bien sentimental. La forja de un destino que arrastro hasta hoy: con la alegría que da ver jugar al primer toque y con el miedo en el cuerpo de que Iniesta se contagie con el síndrome de Cardeñosa y falle en el momento más crucial. Hablaré del cachete de la comadrona. Del golpe que te conecta con la vida. Y es definitivo que sea con una queja con lo que demuestras que estás vivo. Mi primo Luis Manuel venía a Oviedo a estudiar la carrera. Muchos días se quedaba a comer en nuestra casa. Por entonces yo era un crío de once años que esperaba el balonazo definitivo que hiciera sentirme vivo, es decir, a la espera de un próximo encuentro; de una revancha imprescindible. España se jugaba al mediodía el pase al Mundial 78. Lo hacía en Belgrado, en el pequeño Maracaná. Contra una Yugoslavia que, a los ojos de un crío como yo, parecía un equipo invencible. Muchos años después descubrí que al país entero, a esa hora de la comida, le pesaba la misma impresión. No obstante, como el fútbol es un deporte que también se desahoga a través de individualidades, confiábamos en el genio y la rabia del pequeño Juanito. Sin embargo, lo único que se recuerda del 7 del Madrid en aquel día fue la botella que se partió en su cabeza cuando iba camino del vestuario. No. El protagonista de aquel partido que clasificó a España para el Mundial parecía en principio un invitado de última hora; alguien que llega a una fiesta sin ninguna esperanza y acaba largándose con la chica más guapa de la noche. Rubén Cano era delantero centro y jugaba en el Atlético de Madrid. Hace 32 años ser delantero era como ser un cruce en el que confluyen todos los caminos; si el resto de los jugadores eran el filo, el delantero centro era el abismo. Un rechace, un balón que baja cubierto de nieve, un pase mordido… Del 9 se esperaba que escribiera la última palabra de cada historia. Aquella no era, como la de ahora, una época de escritura simultánea y colectiva. Ser delantero centro en tiempos de Rubén Cano era escribir el punto final, el desenlace; sin que a nadie le importara su opinión sobre el nudo y mucho menos sobre el planteamiento.
¿Qué aspecto debe tener un delantero? Quizás le convenga pasar desapercibido,perderse en el campo. Lobo Antunes lo compara con los escritores: ambos, además de eficaces, han de ser discretos. Rubén Cano era patilargo y con las medias bajadas hasta los tobillos. Le pegó al balón como pudo pero metió gol. Un gol del que se recuerda mucho más sus consecuencias que sus causas.
Mi primo Luisma dio tal brinco en la butaca y pegó tales voces que yo sentí por primera vez una vertiente de la vida cuyo caudal, hasta entonces para mí, corría subterráneo y ajeno. La reacción de mi primo me condenó definitivamente a esperar para siempre un siguiente partido. Y aunque no me arrepienta de padecer semejante condena, no faltan ocasiones en que por más que mire a la otra banda no hay nadie a quien pasarle el balón.





                                    Fernando Menéndez

De cabeza

DE CABEZA

Permítanme, respetables lectores, hacer un pequeño ejercicio de nostalgia al recordar, cuando llevamos ya consumidas nueve jornadas de Liga, que el Real Oviedo regresó por fin a Segunda División a golpe de cabezazos. Hubo un tiempo en que el juego aéreo era una especialidad de las “Reales Fuerzas Aéreas Británicas”. Y aún lo sigue siendo: cada vez que en la Premier se lanza un corner, los rugidos en la grada superan con creces en decibelios a la de cualquier otro estadio europeo.
Con la sofisticación de estrategias y jugadas a balón parado, rematar de cabeza ya no es sólo una cuestión de carácter o desesperación. Cabecear a portería es un recurso más en el librillo de entrenadores cada vez más estudiados. En los años setenta o en los ochenta, por no remontarnos más atrás, el especialista en darle con la testa era un ave rara que vivía más pendiente de las rachas de viento que de la altura del césped: Santillana, Fernando Morena o Zamorano, del que decían los culés con muy mala leche que si tuviera por pies dos cabezas sería un jugadorazo.
El caso es que en el pasado mayo superamos al Cádiz por asomar la cabeza en el momento justo. En el Tartiere, cuando ya la pesadumbre empezaba a ponerse nuestra zamarra, Diego Cervero saltó a por un balón con la premura de doce años de espera. La pelota, cuando notó el impacto, creyó ser un sputnik o una estrella fugaz, pero pensándoselo mejor, recordó a Euclides y sus lecciones de geometría para colarse limpia y exacta en la portería rival. Minutos antes, clavados en nuestros asientos, ni su novio, ni mi madre ni yo encontrábamos consuelo para una chica que, desde el gol del Cádiz, no dejaba de llorar hundida pero sosegadamente como una serenísima madonna del Renacimiento o como una dama sufriente del impulsivo Caravaggio.
En cambio, el gol que abrió de par en par la tan añorada felicidad de la hinchada azul fue consecuencia de un remate tras un saque de esquina. A la antigua usanza, como les gusta más allá de las brumas del Támesis o como lo sueñan en las Highlands escocesas.
David Fernández entró a rematar con todo, que en el caso del oviedismo, es casi como decir entrar a rematar a vida o muerte. Y lo hizo, claro está, al estilo de los centrales: sin perderse en los preámbulos, anunciando su llegada, pero con la seguridad de que alguien se achicará cuando en el área pregunte: ¿tomamos la última? Los defensas encaran la portería como los parroquianos que, entrando por la puerta del chigre, gritan: ¡está todo pago! Pero en el caso de Fernández siempre muy “british”, con la discreción y la flema propias de un futbolista que hace la tarea a su tiempo y sin meter ruido. Observen al bueno de David partido a partido y lo comprobarán. Un auténtico lord.
Y aquí estamos, más felices en la Liga Adelante que un cocker spaniel en el Buckingham Palace. Encantados de decirle adiós a Boticelli. Entusiasmados de darle la bienvenida a Warhol.




                                              Fernando Menéndez














lunes, 5 de octubre de 2015