sábado, 31 de octubre de 2015

Charles Simic

Free jazz


“El monstruo ama su laberinto. Cuadernos”, Charles Simic. Vaso Roto ediciones. Traducción de Jordi Doce. Epílogo de Seamus Heaney. 163 páginas.

Mientras la mayoría de los poetas embalsaman su legado al ritmo de polcas o bajo la solemnidad de un réquiem, Charles Simic (Belgrado, 1938) se dedica al free jazz. O dicho de otra manera (no vaya a ser que yo también me embalsame): “El monstruo ama su laberinto” es una sinuosa, divertida e impredecible jam sesion. ¿He dicho divertida tratándose de poesía? Pues sí. No me he equivocado. El poeta nacido en Belgrado y norteamericano de adopción exhibe en este libro de notas todo un catálogo de humor e ingenio; pero no como un fin en sí mismo sino como un método para defenderse de una vida que conoció penurias y algunos de los avatares más dramáticos del pasado siglo.
El humor como defensa, como capacidad fabuladora, ha sido siempre un recurso de la más brillante literatura. “El monstruo ama su laberinto” (el título ya es un síntoma) confirma lo advertido en muchos de sus poemas: la escritura de un poeta que evita darse importancia a sí mismo. La escritura de un poeta que para respetar su oficio se muestra irrespetuoso con él. En las antípodas del poema disecado, el poema que sopla sin rumbo fijo, entreteniéndose cuando se le urge; demorándose cuando se le apremia. Los textos de “El monstruo ama su laberinto” confirman a un espíritu libre, una desinhibición desmitificadora. Sin embargo, este aparente aunque real desprejuicio, no le resta al libro la posibilidad de ofrecerse (al igual que otros parientes de género) como una autobiografía en clave; como una poética levemente encriptada. Simic mezcla lo propio y lo ajeno; lo histórico y coyuntural para, al final, hablar también de nosotros, los lectores, tan asediados a veces por el afán de trascendencia y el autobombo:
“La historia es un libro de recetas. Los tiranos son los chefs. Los filósofos redactan las cartas. Los curas hacen de camareros. Los gorilas son gente del ejército. Los cantos que oyes son los poetas lavando los platos de la cocina.”
Lavaplatos a jornada completa, minotauro alegremente zopenco, el ciudadano Simic va destilando sus gotas ácidas y certeras por si creyéramos que el free jazz es una huida hacia delante:
“El nuevo sueño americano es llegar a ser muy rico y que te sigan considerando una víctima.”
“En democracia, la tarea principal de una prensa libre es encubrir el hecho de que unos pocos gobiernan el país”.
“Si todo lo trato al mismo tiempo como un chiste y como un asunto serio, es porque honro el eterno conflicto entre vida y arte…” afirma Simic superadas con creces las cincuenta páginas del libro, y bajo esta admonición discurre “El monstruo ama su laberinto”. El eterno conflicto entre vida y arte; su negativa a inclinarse definitivamente por uno de los polos, permite al autor de “Mi séquito silencioso” eludir un tono rotundo o moral; eludir subirse al púlpito o increpar desde una torre de marfil. Esto se veespecialmente cuando trata sobre poesía: las notas, aforismos, pensamientos que le dedica conforman un curso acelerado y certero a propósito de la verdadera naturaleza de un género ancestral y polimorfo:
“Todo el mundo quiere parafrasear el contenido del poema, salvo el poeta.”
“La poesía es un modo de conocimiento, pero la mayor parte de la poesía nos dice lo que ya sabemos.”
Más beligerante e indignado, menos humoroso, se siente al tratar cuestiones políticas:
“El nacionalismo es amar el olor de nuestra mierda colectiva.”
“Había besado tantos culos que su cerebro era un gran mojón.”
Dicho despliegue aforístico se combina a lo largo de la obra con fragmentos en prosa más extensos: escenas en las que Simic recupera sus recuerdos de infancia y juventud o recoge su deambular callejero al encuentro de lo insólito mimetizado entre la rutina, con el ojo y el oído empapados de vitalidad y melancolía.
Sólo una lectura perezosa podría catalogar un libro de notas como una obra menor, secundaria. Brillantes ejemplos como Handke, Canetti o Camus nos han demostrado lo contrario. Son libros que funcionan como una sugerente mezcla de memorias indirectas, de trastienda literaria; de obra en marcha… “El monstruo ama su laberinto” no es una excepción. Como lectores, el cuaderno de Simic nos permite construir y explorar su mundo y sus inercias. Los libros de notas tienen mucho de inesperado mapa físico que ratifica las andanzas (lecturas) por el territorio de un autor. Alérgico a la soberbia y al egocentrismo, Simic se desglosa también a través de sus lecturas y autores de referencia: Dickinson, Poe, Emerson, Melville:
“Admiro la observación de Claude Lévi-Strauss de que todo arte es en esencia reducción y el dicho de Gertrude Stein de que la poesía es vocabulario.”
Alérgico a la soberbia y al egocentrismo, Simic habla de sí mismo cuando habla de los otros:
“En literatura hay una tradición de magníficos inadaptados, poetas y escritores inclasificables, como Michaux y Edson, que recelan de la literatura y al mismo tiempo son sus mayores adictos. Solo un estilo que sea un carnaval de estilos parece agradarlos. Una poesía, en resumen, que tenga aires de circo, de barraca de feria y vodevil, llena de hechos reales más extraños que la ficción, falsos milagros y supersticiones, libros de horóscopos y calendarios astrales como los que se venden en la caja de supermercados, etc.”
La traducción de este “carnaval” corre a cargo de Jordi Doce cuya perseverancia con Simic le ha permitido ganarse a pulso el merecido título de embajador de su obra. Suya es la acertada decisión de incluir a modo de epílogo un pequeño ensayo de Seamus Heaney sobre Charles Simic. No exento de razón, el Nobel irlandés define a su colega como “el opuesto total de un mandarín intelectual.”
Lean y disfruten de Simic: entusiasta vecino de eminencias como Claude Monet o Ramón Gómez de la Serna.



                                                 Fernando Menéndez

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