lunes, 26 de octubre de 2015

De cabeza

DE CABEZA

Permítanme, respetables lectores, hacer un pequeño ejercicio de nostalgia al recordar, cuando llevamos ya consumidas nueve jornadas de Liga, que el Real Oviedo regresó por fin a Segunda División a golpe de cabezazos. Hubo un tiempo en que el juego aéreo era una especialidad de las “Reales Fuerzas Aéreas Británicas”. Y aún lo sigue siendo: cada vez que en la Premier se lanza un corner, los rugidos en la grada superan con creces en decibelios a la de cualquier otro estadio europeo.
Con la sofisticación de estrategias y jugadas a balón parado, rematar de cabeza ya no es sólo una cuestión de carácter o desesperación. Cabecear a portería es un recurso más en el librillo de entrenadores cada vez más estudiados. En los años setenta o en los ochenta, por no remontarnos más atrás, el especialista en darle con la testa era un ave rara que vivía más pendiente de las rachas de viento que de la altura del césped: Santillana, Fernando Morena o Zamorano, del que decían los culés con muy mala leche que si tuviera por pies dos cabezas sería un jugadorazo.
El caso es que en el pasado mayo superamos al Cádiz por asomar la cabeza en el momento justo. En el Tartiere, cuando ya la pesadumbre empezaba a ponerse nuestra zamarra, Diego Cervero saltó a por un balón con la premura de doce años de espera. La pelota, cuando notó el impacto, creyó ser un sputnik o una estrella fugaz, pero pensándoselo mejor, recordó a Euclides y sus lecciones de geometría para colarse limpia y exacta en la portería rival. Minutos antes, clavados en nuestros asientos, ni su novio, ni mi madre ni yo encontrábamos consuelo para una chica que, desde el gol del Cádiz, no dejaba de llorar hundida pero sosegadamente como una serenísima madonna del Renacimiento o como una dama sufriente del impulsivo Caravaggio.
En cambio, el gol que abrió de par en par la tan añorada felicidad de la hinchada azul fue consecuencia de un remate tras un saque de esquina. A la antigua usanza, como les gusta más allá de las brumas del Támesis o como lo sueñan en las Highlands escocesas.
David Fernández entró a rematar con todo, que en el caso del oviedismo, es casi como decir entrar a rematar a vida o muerte. Y lo hizo, claro está, al estilo de los centrales: sin perderse en los preámbulos, anunciando su llegada, pero con la seguridad de que alguien se achicará cuando en el área pregunte: ¿tomamos la última? Los defensas encaran la portería como los parroquianos que, entrando por la puerta del chigre, gritan: ¡está todo pago! Pero en el caso de Fernández siempre muy “british”, con la discreción y la flema propias de un futbolista que hace la tarea a su tiempo y sin meter ruido. Observen al bueno de David partido a partido y lo comprobarán. Un auténtico lord.
Y aquí estamos, más felices en la Liga Adelante que un cocker spaniel en el Buckingham Palace. Encantados de decirle adiós a Boticelli. Entusiasmados de darle la bienvenida a Warhol.




                                              Fernando Menéndez














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