jueves, 29 de octubre de 2015

Rafael Chirbes

Sin dejar de ser pájaro

Hoy, en un tiempo y un lugar en los que los novelistas posan en las páginas de sociedad de los dominicales de los periódicos y compiten en brillantez, miramos hacia atrás, y nos decimos que la gran narrativa del siglo XIX fue la escuela formativa de la sensibilidad burguesa; sin embargo, sus contemporáneos no lo vieron así. Los novelistas sufrieron marginación, agresiones, desprecios, procesos. El novelista está obligado a ser un animal atento, liebre, pulga; a saber escapar un minuto antes de que el poder lo colonice.

Rafael Chirbes


Se podría zanjar el asunto por la vía rápida si asumimos que el escritor no tiene la obligación de ser un ciudadano ejemplar, que su única obligación es la de escribir buenos libros. También podemos desplazar cualquier tipo de responsabilidad hacia el lector y esperar de él que sea quien aporte un sentido o intención pública al texto literario que se nos presenta como un cuerpo moldeable, abierto a diferentes posturas, correctamente flexible. Pero, hoy por hoy, el lector está más por la labor de que lo adulen y le den siempre la razón. En cuanto al escritor, ciertamente, no tiene ninguna obligación cívica pero la realidad y la historia se empeñan en demostrarnos que el novelista, el poeta, el dramaturgo, son unos ciudadanos más, y a la postre, sujetos de derechos y obligaciones como cualquiera de nosotros.
Rafael Chirbes nunca pretendió ser ejemplo de nada, ni siquiera recurrió a la columna literaria: esa pequeña tribuna donde el escritor exhibe músculo moral aupado en una atalaya. Tampoco trató de complacer al lector como si del empleado del mes se tratara.  La vida del autor de “Mimoun” fue la vida de un escritor ajeno a las idas y venidas de las modas. Estricto en su empeño de escribir de manera consciente y culpable:

“la literatura no es un objeto autónomo y radicalmente separado de la coyuntura histórica en que se produce. No existe una literatura inocente”(“Qué hacemos con la literatura”, David Becerra Mayor, Raquel Arias Careaga, Julio Rodríguez Puértolas, Marta Sanz. Ediciones Akal).

Hacerse cargo desde el primer momento de esa coyuntura histórica es, probablemente, uno de los valores principales de su novelística, aunque también supuso durante bastante tiempo uno de los mayores inconvenientes a la hora de valorar la obra de Chirbes en su justa medida.
España fue una fiesta cultural durante muchas décadas, tantas como las que van desde el año 1982 hasta el comienzo de la crisis. Con la victoria de Felipe González se abre un periodo en que los escritores (a veces invitados suculentamente, a veces por iniciativa propia) se desvinculan de cualquier coyuntura que no sea la autocomplaciente y laudatoria. Eso que tan agudamente denunció Sánchez Ferlosio en su artículo “La cultura, ese invento del gobierno”. En ese sentido, los años transcurridos entre el triunfo socialista y el estallido de la burbuja fueron años de alegre irresponsabilidad. Nos lo tenemos merecido, parecía que nos repitiéramos a nosotros mismos, después de 40 años de dictadura. Así que cualquier discurso que contradijera lo establecido era considerado como aguafiestas, como amargado.
Chirbes, por aquel entonces, cometió el “error” de no separarse de la perspectiva histórica, de no salirse de su propia coyuntura. Ante tal posición, el coro de la satisfacción; el canon de la autoindulgencia advertía: eso no toca.
Con el inesperado fallecimiento del autor valenciano, la prensa se apresuró a valorar su papel como cronista de la crisis y de la corrupción. Una valoración que se apoya en el éxito y la trascendencia de sus dos últimas novelas: “Crematorio” y “En la orilla”. Chirbes es elevado al canon literario español cuando la coyuntura del país converge con su propia coyuntura. Puede que el juicio sea justo pero es a todas luces escaso. Su  trayectoria constante, coherente y a contracorriente se inicia en 1988 con la aparición de “Mimoun”, que resulta finalista del Premio Herralde de Novela en beneficio de la ganadora “La quincena soviética” de Vicente Molina Foix. El reparto de suerte en tal edición del Herralde deja a las claras lo que hemos expuesto. Independientemente del valor de los textos, un desconocido Chirbes poco tenía que hacer ante Molina Foix, célebre columnista de “El País” o “Fotogramas”, intelectual conocido y reconocido por la fiesta de la cultura. Muy de vez en cuando, sólo la tozudez intermitente de la evidencia ha logrado quebrar la solidez de un canon muy ocupado en no incomodar a lectores y mecenas.
Instrumentada por la lectura de Marx y la conciencia de clase, la obra de Chirbes no se permite prebendas que sí se permiten las obras de otros colegas. Recuerdo oír decir al poeta y Premio Cervantes Antonio Gamoneda que la ironía era un lujo que sus poemas no se podían permitir. Venía a explicarnos, con esta afirmación, que la dureza de la vida que le tocó vivir le cerró el paso a recursos que suelen mecerse más a gusto en el ocio más acomodaticio.
Huérfano de padre desde muy niño, el autor de “La larga marcha” aprende a ganarse los cuartos desde muy pronto. Por ejemplo, siendo estudiante universitario se va a trabajar a las obras del pantano de Riaño o a limpiar los suelos de la sede del “Herald Tribune” en París.
Como recuerda el mismo Chirbes en una estupenda entrevista hecha para “ABC” por Alfonso Armada: “Somos alimentación, somos cultura, somos trabajo”.
A menudo se ha identificado su obra como la de un novelista social. Su reacción, sin llegar a rechazarla, ha sido más bien de perplejidad. “No sé si soy social. Lo que me pasa es que no me gusta que me engañen. A lo mejor lo que soy es un novelista orgulloso por ir contra las versiones oficiales”.
El interés por establecer una narración paralela distinta a la del poder marca el tránsito de una novelística que, desde su primer título, busca encontrarse con el lenguaje y en el lenguaje. La obra literaria que no subvierte el relato a través de las palabras se queda en algo puramente testimonial, inocuo, propagandístico. Evitar el “lenguaje blanco” en el que, como denuncia Guillermo Saccomano, están escritas multitud de novelas.
La singularidad adquirida por Chirbes le viene, entre otros, del magisterio de nombres como Proust o Balzac,  bruñidores lentos y minuciosos de su idioma. Autores que el tópico nunca relacionaría con la novela social pero que despliegan desde sus páginas la certeza de que, si algo somos, será alimentación, cultura, trabajo.
Cuando el escritor Isaac Rosa señala como hitos imprescindibles para conocer lo que ha sido la historia de España desde la muerte de Franco hasta nuestros días, las novelas “La fea burguesía” de Miguel Espinosa; “Romanticismo” de Manuel Longares, “Jugadores de billar” de José Avello y “Crematorio” de Rafael Chirbes, no sólo elige estos libros por su vinculación con la historia más reciente, también lo hace por el tratamiento del discurso narrativo que muestra cada una de las cuatro. Ya no estamos hablando de aquel realismo social tan programático. Las fuentes son Clarín, Valle-Inclán, los ya citados Proust y Balzac. Y en el caso de Chirbes, por encima de todos, Benito Pérez Galdós, al que, más que leer, estudia. O Tolstoi, al que había regresado en el verano de 2014 releyendo “Guerra y paz”.
Novelista más explorador que arquitecto, Chirbes va conociendo su discurso a medida de que lo va escribiendo:

“En ninguno de mis libros he tenido una idea demasiado clara ni de cuál era el tema de lo que estaba escribiendo, ni de los instrumentos de los que me servía, prácticamente hasta que lo he tenido terminado. No creo en la escritura automática, en la inconsciencia, pero sí en que escribir supone una excavación en un túnel oscuro: estoy convencido de que todos mis libros han nacido de esa inmersión en lo que podría llamar mi subconsciente”.

De esas inmersiones, el submarinista emerge con pecios, pequeños tesoros, materiales que van acumulándose hasta dar forma a una historia. En unos fragmentos de diario que Chirbes cedió a la revista “Turia” con motivo de la publicación de un cartapacio dedicado a su obra, recuerda un viaje a San Sebastián en diciembre de 2007. Allí escucha un disco de Mikel Laboa, “Xoriak”, cuya voz posee “una hondura extraña, prehistórica, es a ratos voz de la tribu, y en otros momentos grito de animal herido”.
Una voz de hondura extraña, prehistórica, a ratos voz de la tribu, y en otros grito de animal herido. ¿De quién habla, realmente, Chirbes?
Unas líneas más abajo del mismo diario, cita los versos de una de las canciones de Laboa: “El pájaro / si le hubiera cortado las alas / habría sido mío, / no habría escapado, / pero, / así / habría dejado de ser pájaro / y era un pájaro lo que yo quería.”
Las preguntas vuelven a ser inevitables.
Termina “A ratos perdidos” (así se titulan los fragmentos de diario) con una alusión a la poesía de Walt Whitman y a la expresión de un deseo: “escribir una novela como el poema de Whitman”.
Para el autor de “Los disparos del cazador”, “Hojas de hierba” tiene algo de gran novela lírica, narración en verso (…) Todo el poema está marcado por un gran movimiento, a la vez colectivo e íntimo: el nacimiento de una nación y la creación de un yo que crece con ella”.
Un gran movimiento colectivo e íntimo: así ha sido la vida literaria de Rafael Chirbes y así se continuará viendo. De su vida, a secas, lamentablemente, ya no se podrá decir nada. Su ausencia se hará notar. Ya lo está haciendo.



                                           Fernando Menéndez







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