viernes, 27 de noviembre de 2015

De cabeza / El Oviedín

DE CABEZA

El Oviedín


Un oviedista se encuentra con otro oviedista y esgrime diminutivos: -¿Qué? ¿Y el Oviedín qué? Es una minimización tradicional que no viene de las últimas y traumáticas experiencias, viene de mucho más atrás. ¿Minimizamos por cariño, condescendencia, por modestia? Dispuesto a realizar un estudio de campo pero consciente de mi falta de medios, he decidido pasarme a la especulación: el método científico más extendido entre la ciudadanía. Al principio pensaba que se decía “Oviedín” como una derivación de otra expresión eminentemente carbayona: “El Oviedín del alma”. Se llama “Oviedín del alma” a una congelación de la historia y del progreso; a una melancolía de sobremesa que no quiere ver más allá del pasado. Una reivindicación de la Vetusta clariniana, una actitud vital. Pero enseguida descarté la idea: desde que el Real Oviedo se fundara en 1926, cada temporada es una cita con el futuro. En diciembre de dicho año cayó en España la mayor nevada en lo que iba de siglo, cubriendo de nieve ciudades como Cádiz, Málaga o Alicante. Y ya se sabe lo que dice el refrán: año de nieves, año de bienes. El oviedista de aquel entonces, de estreno y nevado, se las prometía muy felices. Después ya se encargó el transcurso del tiempo de someternos a un inflexible deshielo. ¿Cariño? El diccionario dice que los diminutivos sirven para expresar diversos tipos de afectividad. ¿Condescendencia? Supongamos a un aficionado que, de tan quemado con su equipo, hablase del mismo quitándole importancia, como dejando claro que él está siempre por encima de sus circunstancias. Pudiera ser. El hincha que mantiene esa actitud me recuerda a un tipo de persona que, en teoría, detesta el sentimentalismo pero que desea más que nada en el mundo que lo arrullen como a un bebé.
¿Por modestia? El oviedismo, en estos últimos años, ha hecho un ejercicio tan drástico de memoria que a nadie le sorprendería que prefiriéramos hablar de “Oviedín” por si las moscas. Sin embargo, el origen de este hábito es estrictamente lógico y lingüístico. Atendamos de nuevo al diccionario: el diminutivo sirve para formar palabras que denotan un menor tamaño de aquello que designa la raíz a la que se unen. Dicho de otro modo: por muy oviedistas que nos sintamos, tenemos muy claro que no lo somos todo sino que formamos parte de un conglomerado mayor.
Qué distinto el aumentativo al que son tan aficionados nuestros vecinos del Sporting: ellos los manejan con soltura: La Escalerona, La Iglesiona, La Tribunona, El Molinón…
Desde el punto de vista estricto del lenguaje, es decir, de la vida, el aumentativo intensifica el significado de aquello que designa la raíz a la que se unen o denotan un mayor tamaño. Yo, si les soy sincero, admiro su audacia, pero cuando vienen mal dadas (y en el fútbol es habitual) me resulta más fácil no abandonar a mi Oviedín. Sin estridencias. Sin exagerar. Como decía Compay Segundo que había que hacer para ser longevos.


                               Fernando Menéndez



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