lunes, 16 de noviembre de 2015

Geografía y memoria

Geografía y memoria

Siempre es de noche en los bolsillos, Tomás Salvador González. Papeles mínimos poesía. Madrid, 2014.

Cuando el niño era niño. El niño que no juzga, sólo ve. El niño que en brazos de su padre va y dice: “siempre es de noche en los bolsillos”. Como asteroides que acumulan polvo del futuro, las frases inesperadas de los niños prefiguran un lenguaje a menudo poético. Tomás Salvador González (Zamora, 1952) así lo asume y titula su nuevo libro “Siempre es de noche en los bolsillos” con el augurio (o la certeza) de quien no sabe “qué significan ayer, mañana, tiempo.” La textura, la impresión que provocan los poemas escritos tanto en verso como en prosa por Tomás Salvador es una impresión tenue; de movimiento que aminora el paso hasta lo estático. No hablamos de complacencia: en la modulación de la memoria que se ejerce en el libro, en la conjugación de momentos y lugares que difícilmente rebrotarán, hay resistencia y una ausencia significativa de nostalgia:

Algunos se resisten

Algunos se resisten,
pero la gente
se fue quedando
y ahora vive en los pasillos
del centro comercial,
en las calles y aparcamientos
y grandes superficies.
Los niños juegan solos
con relucientes herramientas
y hay mujeres que deambulan serias
y desnudas por el campamento improvisado.
Yo vengo a veces a robar.
Bebo café y robo. Mis hijos
me esperan a la puerta, compran
y venden neumáticos viejos
para sus barcazas, negocian
y ríen con los dedos.

Inmediatamente después del poema citado se nos dice. “Guardo en una libreta la inmovilidad del verano.” Verano: campo de amapolas blancas según el glosario de Gonzalo Hidalgo Bayal. Verano para un niño: la evidencia de que el paraíso existe; diremos: ha existido. Ya de adultos nos sostendrán las raíces: como a los árboles, como a los niños, como a los poemas:

En el poema

En el poema
no vemos las raíces.

A oscuras viven las raíces
como todas las imágenes que vuelven.

En el poema crece un árbol.

De algunos poetas hay que agradecer además la perseverancia. Como todas las perseverancias, la de Tomás salvador viene de lejos: “La sumisión de los árboles” (Ave del paraíso, 1996), “La divisoria de las aguas” (Icaria, 2002), “La entrada en la cabeza” (Endymión, 1986). Incluso de antes. Pero viene lenta pues lenta es la dicción de los recuerdos sometidos al lenguaje poético: su perversión es poder detener el movimiento.
En el lecho de cada poema de “Siempre es de noche en los bolsillos” aspira un lienzo, un fresco, una fotografía, un fotograma. Se abunda en descripciones, en objetos, en personajes sostenidos por su dignidad y que tienden a mimetizarse, a conformarse con figurar. Bajo la encina o ante el chopo comprendemos que estamos de paso. La aldea (así se titula una sección del libro) prevalece sobre la ciudad. Y lo hace trascendiendo lo escenográfico. La aldea ofrece un discurso, un sentido, un ser, un estar. Además, la aldea aún es permisiva con la verosimilitud no demostrable: las historias se cuentan; los hechos se suceden y el enigma es su causa:

Érase una vez

El principio es borroso como una discusión: gestos mudos en la puerta de casa. Hay una calle al sol por donde mi padre nos lleva a las eras. Los hermanitos no sabemos a qué, pero no preguntamos ni decimos nada.

La tarde de los cuentos es la historia de una caseta de adobe que se vuelve oro y alumbra mientras los cuentos duran.

Los pájaros II

Todas las tardes hay filas de golondrinas en los hilos de luz, vuelve la cigüeña y se posa en el nido con sus zancos finísimos de caña. Se quedan horas a la vista, se quitan importancia, se hurgan el pecho con el pico.

Mi hermano y yo bañamos el caballo porque estaba sucio, pero el cartón se deshizo en la pila y se nos cayó el velo y olvidamos las carreras al galope y las cintas como si nunca hubieran existido. Pero los pájaros son de verdad, y si esto es posible, todo es posible y  verdad.

Sin prendarse de insurrecciones ni panfletos, tienen los poemas de “Siempre es de noche en los bolsillos” el esfuerzo de la memoria. Es el propio autor zamorano quien en declaraciones a la prensa afirma reivindicar la sobriedad y el lenguaje que tenía el medio rural. Lo cierto es que, sin ritos de laboratorio ni expresiones forzadas, sus poemas sostienen el carácter y el vocabulario de un mundo en retroceso. Pero no existe antropología lírica. Lo expuesto es pura idiosincrasia, puro lenguaje de la necesidad.
Igual que sucede con el protagonista de “Hambre” de Knut Hamsun (libro fundacional para Tomás Salvador González) que sólo atiende a la promesa de la escritura, los poemas de este libro responden a otra promesa: la de salvaguardar una forma de ver el mundo vinculado a un espacio de utensilios, animales, tierras…
“Este mapa de lo que se fue” como define al libro el crítico y poeta Luis Muñiz traspasa por momentos sus modestos límites y nos acerca a maestros de la pintura como Lorenzetti, Giotto o Piero della Francesca. De un antiguo viaje a Italia los trae el poeta hasta nosotros: balbuceos de Giotto que son la verdad. Se nos recuerda en uno de sus poemas en prosa  que Giotto “Preservó con sencillez la verdad de la pintura al tiempo que sacaba del olvido un lenguaje que se hacía nuevo.” ¿Acaso no podríamos decir casi lo mismo de la escritura de Tomás Salvador?
Y en cuanto a Ambroggio Lorenzetti y su fresco “El buen gobierno” donde se da a entender que un buen gobierno propicia la concordia, la paz y la abundancia, es posible verlos como una alegoría de la ética y política que emana “Siempre es de noche en los bolsillos”.
Por último, Piero della Francesca que, como Lorenzetti, titula una sección del libro; y “sus figuras impasibles que no sufren el peso de condición ni circunstancia alguna” como las figuras también impasibles de la aldea:

Impasibles figuras de Piero

Impasibles, las figuras de Piero
no sufren el peso de condición
ni circunstancia alguna:
no sólo el sabio Salomón,
dos palafreneros del séquito de la reina,
el paje que vela sentado el sueño
de Constantino,
las camareras
y tantas otras caras
dormidas
con los ojos abiertos,
sonámbulas capaces
de preservar incluso en la batalla
su sola humanidad sin emociones.
Son y eso basta
o debiera bastar en cualquier caso.

Pero ni el tormento ni el éxtasis de la pintura y la lírica. Ni el tormento y el éxtasis de las urbes o las civilizaciones podrán compararse con arboledas, valles o campos:
“Ni los maestros japoneses / ni Kline, ni la línea / capaz de resumir de Brueghel / podrían compararse a las ramas vivas / y desnudas de estos castaños”.
Lejos queda el poeta que sobrepasa aquello mismo que escribe. Lejos queda el que se apoya en el verso para elevarse: “Una hogaza es la medida del pan.”




                                                            Fernando Menéndez



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