domingo, 8 de noviembre de 2015

Selva Almada

LOS JUSTOS

El viento que arrasa”, Selva Almada. Mardulce editora. 160 páginas 


"Los caminos del señor son insondables", eso debió de pensar el Reverendo Pearson cuando, acompañado de su hija, conducía su coche por tierra de nadie, lejos de las leyes de los hombres. El vehículo se quebró. Necesitaba ayuda. Apuraron hasta una aldea y encontraron un taller. El del Gringo Brauer y su ayudante: un muchacho al que llama Tapioca. El Reverendo trata de dar sentido a su nueva vida alejándose de lo mundano. Tiene bien asentadas sus motivaciones, ya levantan varios pies del suelo. Lean si no, lo que afirma el narrador de "El viento que arrasa": "A partir de aquella mañana, el Reverendo Pearson se presentó como un pastor viudo con una pequeña hija a su cargo. Un hombre en su condición genera confianza y simpatía. Si un hombre a quien Dios le ha arrebatado a su esposa en la flor de la juventud, dejándolo solo con una niña de pocos años, sigue adelante, firme en su fe, inflamado por la llama del amor a Cristo, ése es un hombre bueno, un hombre a quien hay que escuchar atentamente."
Ese es el Reverendo: un vendedor puerta a puerta, un hombre que confía todo a la palabra. Así aparece en esta breve novela, una muestra del valor literario de la argentina Selva Almada (Entre Ríos, 1973) que, con cuatro libros se ha convertido ya en una referencia inevitable de la literatura en su país: los relatos de "Una chica de provincia", la crónica "Chicas muertas", la novela aquí comentada y "Ladrilleros" (finalista del Premio de Narrativa Tigre Juan, 2014).
No son equivocados los vínculos que la crítica establece entre su obra y las de Onetti y Rulfo; o de las norteamericanas Carson McCullers o Flannery O'Connor. Vínculos que vienen por la capacidad para crear una atmósfera  y convertirla en personaje; para que nos diga sin decir aquello que nadie ha dicho. Vínculos que vienen por hacer del lenguaje no sólo un vehículo, también un protagonista. Pues en "El viento que arrasa" flota la conocida teoría del iceberg de Hemingway y que reformuló Ricardo Piglia en su "Tesis sobre el cuento": en todo relato hay dos historias, la que vemos en la superficie y la que discurre subterráneamente. Una, la leemos. Otra, la intuimos.
El azar y la morosidad van estableciendo una dialéctica entre el Reverendo Pearson y el Gringo Brauer. El clima va enturbiándose sutilmente en tensión. El Gringo, como contrapunto, es un hombre de pocas palabras. Prefiere los hechos. Lo mismo que su ayudante Tapioca: la prueba (lo iremos sabiendo) de que Brauer también tuvo otra vida. Ambos viven sin retórica, ocupados en sus quehaceres diarios, sin más horizonte que el poblacho en el que viven: amparados y a la vez desafiados por el paisaje. Brauer y Tapioca carecen de intermediarios, son meras extensiones de su entorno: "Pasaban horas, quietos debajo de los árboles, desentrañando sonidos, ejercitando un oído de tísico que fuera capaz de distinguir el paso de una lagartija sobre una corteza del de un gusano sobre una hoja. El pulso del universo se explicaba por sí mismo."
Y después está Leni, la hija del Reverendo, resignada y expectante ante cualquier suceso que interrumpa las rutas planeadas por su padre. Tapioca podría ser un buen motivo, pero "los caminos del Señor..." Selva Almada sazona la novela con pequeños capítulos en cursiva (esa cursiva genuflexa) donde se refleja la palabra salvífica, el verbo de Dios al servicio de las ovejas descarriadas.
Aquí se genera el punto de fricción entre el Gringo y el Reverendo. Dos hombres, cada uno con un chico a su cargo. Cómo justificarse ante el mundo. La necesidad de hacerlo (el Reverendo) o la carencia de esa obligación (el Gringo).
La novela va alternando mundos separados que se encuentran bajo un ambiente tormentoso y de sobrentendidos. En el capítulo 16 del libro se vislumbra el conflicto. Se vislumbra a través de un perro bayo que tiene y no tiene amo. Es admirable cómo Selva Almada logra concentrar en el chucho y su particular sensibilidad, el carácter y el sentido de toda la novela. Una suerte de epifanía, de calma previa: "Ese olor era muchos olores a la vez. Olores que venían desde lejos, que había que separar, clasificar y volver a juntar para desvelar qué era ese olor hecho de mezclas".
De la estrategia del Reverendo ya supimos primero: "Prefiere el polvo de los caminos abandonados por vialidad nacional, la gente abandonada por los gobiernos, los alcohólicos recuperados que se han convertido gracias a la palabra de Cristo..."
El diluvio acaba cayendo, la lluvia gruesa, la tronera. No habrá consuelo bíblico para el que calla; para quien lo fía todo a sus manos, a su trabajo.
Es el momento de recordar alguno de los versos  de "Los justos", el poema de Borges: "Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire (...) El ceramista que premedita un color y una forma (...) El que acaricia a un animal dormido (...) El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho."



                                                      Fernando Menéndez


                                       

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