miércoles, 30 de diciembre de 2015

Yves Bonnefoy

Yo no he elegido la literatura, sino la poesía. No son la misma cosa. La literatura es una posibilidad de la lengua, la poesía es una manera de despertar la palabra. Y debemos hacer una distinción fundamental entre la lengua y la palabra (...) La poesía es la respuesta que se lanza en dirección a la lengua, cuando nos preguntamos acerca de nuestras necesidades fundamentales.

Cancionero de mano: Sabiduría

He visto
a
un hombre
ya
entrado
en
años
sentado
en
el porche
de
su casa
leyendo
con
parsimonia
el periódico.
Le pregunté
cómo
lo había
conseguido.
El hombre
me respondió:
que tenga
usted
un buen
día.

viernes, 25 de diciembre de 2015

La furia española

Hay que poner más racionalidad. El defecto nacional es la hipermotividad, que nadie escucha, ni cambia sus paradigmas.

(Salvador Pániker)

Autorretrato a favor

Si hay algo definitivamente elegante es la falta de prisa

(José María Parreño, "Viajes de un antipático")


martes, 22 de diciembre de 2015

Escribir, estar

ESCRIBIR es como la segregación de las resinas; no es acto, sino lenta formación natural. Musgo, humedad, arcillas, limo, fenómenos del fondo, y no del sueño o de los sueños, sino de los barros oscuros donde las figuras de los sueños fermentan. Escribir no es hacer, sino aposentarse, estar.

(José Ángel Valente, "Mandorla")

De cabeza / Zelig

DE CABEZA


Zelig


Hay virtudes que se muestran como debilidades. Recuerden, por ejemplo, a Leonard Zelig, protagonista de “Zelig”, el film que Woody Allen estrenó en 1983. Planteada como un falso documental, la película cuenta la historia de un hombre con un don sobrenatural: el de cambiar su apariencia para adaptarse al medio en el que se desenvuelve. Si se mezclaba entre personas judías, le crecía barba y tirabuzones. Si se hallaba entre gente negra, su piel se oscurecía y hasta cambiaba el tono de voz. Desde una perspectiva darwinista, lo de Zelig se podría calificar de puro instinto de supervivencia: camuflarse para no llamar la atención; estar pero no ser; hacer pero no destacar. Llamado el “camaleón” por las razones expuestas, una psicoanalista, Eudora Fletcher (interpretada por Mia Farrow) llega a la conclusión de que su caso, más que de una habilidad para adaptarse, se trata de un caso de inseguridad, de alguien que busca ser aceptado.
No sé si Jon Erice, centrocampista del Real Oviedo, es una persona insegura. Me atrevería a pensar más bien lo contrario. De lo que sí estoy seguro es de que, al igual que el personaje del cineasta neoyorquino, sabe ser “judío cuando toca ser judío. Negro cuando toca ser negro.” Discrepo de la doctora Fletcher: el caso de Leonard Zelig es un caso clínico de empatía social. Al igual que Jon Erice, ambos ponen por delante de cualquier otra acción la de saber ponerse en el lugar del otro. Con el jugador oviedista, de manera literal. Por sus características y su juego, está más pendiente de ocupar los espacios que dejan libres sus compañeros y evitar que se rompa el equilibrio táctico. En un solo partido puede ser momentáneamente central, interior, lateral…
Si la señora Fletcher fuese aficionada al fútbol me daría la razón. Me imagino al míster Egea antes de saltar al campo: - Linares: a golear, - Susaeta: a crear, - David: a defender,
- Erice: a empatizar.
Para apreciar el juego del medio centro navarro es recomendable aplicar el método cámara subjetiva, olvidarse de vez en cuando de la visión de conjunto y poner la atención en sus movimientos individuales. Lo habitual es que, como espectadores, estemos siempre pendientes de la trayectoria del balón (un narrador implacable, omnisciente), mientras que el capitán oviedista ayuda más al equipo ocupando aquellas zonas por las que unos segundos antes pasó “la vieja”, que diría el gran Di Stéfano. La lectura obvia, no la lectura entre líneas (entre huecos) se apresurará a decir que Erice no hace nada; que falla muchos pases; que juega siempre para atrás…
Vivimos en un mundo tan inclinado a la inquina y tan reacio a la sutileza que el capitán oviedista vivirá bajo sospecha en muchas más ocasiones de las que se merece. Sin embargo, para él está pensado el inolvidable relato de Raymond carver con su título de diáfano mensaje: “Si me necesitas, llámame.”


                                     
                                                  Fernando Menéndez

viernes, 18 de diciembre de 2015

El once ideal (diciembre, 2015)

Distancia de rescate, Samanta Schweblin. Random House. Novela

Sin música, Chus Fernández. Caballo de Troya. Novela

Ordet, Pilar Martín Gila. Amargord. Poesía

El sol tras el bosque, Robert Hass. Trea. Poesía

La vida mitigada, Tomás Sánchez Santiago. Eolas. Prosa

Monasterio, Eduardo Halfon. Libros del Asteroide. Novela

El arte de la fuga, Vicente Valero. Periférica. Prosa

Una novela de barrio, Francisco González Ledesma. RBA

El viento que pasa, Selva Almada. Mardulce. Novela

Las efímeras, Pilar Adón. Galaxia Gutenberg. Novela

Haz lo que te digo, Miriam Reyes. Bartleby

sábado, 12 de diciembre de 2015

Las efímeras, Pilar Adón

Misántropas enamoradas     “Las efímeras”. Pilar Adón. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2015. 238 páginas     Bien avanzada la novela (ya en el tramo final), el lector de “Las efímeras” se encuentra con la siguiente cita de Nathaniel Hawthorne: “Quiero mi sitio, mi propio sitio, / mi verdadero sitio en el mundo, / mi verdadero ámbito, / aquello con lo que la Naturaleza pretende que cumpla… / y que he estado buscando en vano durante toda mi vida.” El novelista nacido en Salem dejó para la historia de la literatura un relato (“Wakefield”) enigmático e hipnótico cuyo protagonista (que da título al cuento) bien podría ser miembro y vecino de La Ruche, la comunidad creada por Pilar Adón para la ocasión, a la que llegan personas fugitivas de sí mismas o de su sino; seres mermados pero poseedores de una rara plenitud; de una incandescencia inadaptable. La Ruche, enclavada en una extrovertida, exuberante e imponente naturaleza, pretende ser una reproducción a escala de un mundo ideal, una utopía como La Comuna de Paris u otras tantas comunidades de inspiración política, religiosa o ingenua que se han sucedido a lo largo del tiempo. El ovillo de “Las efímeras” es desenrollado por dos hermanas: Dora y Violeta Oliver, que son como si Joan Crawford y Bette Davis fueran rescritas por Hans Christian Andersen. El alcance de la escritura de Pilar Adón es tan amplio que la novela ofrece no pocos cabos desde donde seguir tirando, pero de la naturaleza y de la vida en común no podremos sustraernos. En la novela se narra a propósito de una paradoja: lo que más necesito es lo que más rechazo; a quien más rechazo es a quien más necesito. Misántropas enamoradas; enamorados reacios: las mujeres y hombres de “Las efímeras” se desenvuelven con una magnética mezcla de perversión y ternura. Esto ya ocurría en “El mes más cruel”, el excelente libro de cuentos que Adón publicó en Impedimenta. Esa alquimia de perversión y ternura crea un ecosistema que hunde sus raíces en los cuentos tradicionales; un musgo que, al pisarlo, me provoca sensaciones similares a las que me despertaron “La princesa manca” o “El valle de las gigantas”. ¿No podrían los personajes de Gustavo Martín Garzo ser miembros de La Ruche? Pero a Pilar Adón lo que es de Pilar Adón: la capacidad de crear un mundo paralelo o transversal (quién sabe), sugestivo, que emana a la vez extrañeza y familiaridad y lo consigue la autora de “Las hijas de Sara” fiándose al poder del lenguaje. “Las efímeras” es abundante en pasajes que envuelven por su brillante escritura; por su facilidad para provocar epifanías. Ya lo dice la propia autora en una entrevista: “es esencial ofrecer una buena obra, rematada, terminada, que exprese algo y que conmueva a quien la lea. Mi actitud es la de una exigencia enorme, lo que quiere decir que rechazo mucho de lo que termino y lo arrincono para siempre (…) lo único importante es ofrecer una obra de calidad y no dejarse llevar por las presiones ni las prisas”. A menudo las declaraciones de un autor, de una autora están cargadas de buenas intenciones que se quedan en eso: en intenciones. Pero en el caso de la obra de Adón, la correlación entre lo que se dice y lo que se hace es completa. “Las efímeras” abre al lector numerosas claves de lectura y relación. A modo de parábola, de alegoría. Con un trasfondo incluso político. No nos dejemos engañar por el ruido diario y mediático. La política es primaria, casi fisiológica. Desde el momento en que un grupo de personas conviven en un espacio concreto surge la necesidad de entenderse: de establecer reglas, de hacer política. La ambición y la perdición de La Ruche es aspirar a lo máximo: a crear, más que a recrear. Dora, Violeta, Tom, Anita, Denis… (efímeras, efímeros) se rigen por un ideario que recoge principios tan tajantes como estos: 1. Estamos donde estamos, y donde estamos todo es amplitud. 2. No hemos venido a destruir nada. 3. El día es independiente del hombre… ¿Pero es una comunidad de solitarios una comunidad? Y la naturaleza, ya citada más arriba. Aquí la naturaleza ni es contexto, ni paisaje, ni telón de fondo. Es un personaje con mucha incidencia. Una narradora omnisciente que nos obliga a pasar por su tamiz; una hiedra que escala por la trama y tupe toda la historia de principio a fin. Mientras leía la novela, mi espíritu lector invocaba los nombres de Henry David Thoreau, Waldo Emerson, Walt Whitman… Así de caprichosas y capciosas son mis lecturas. Pero sobre todo, invocaba la figura de Emily Dickinson. Imaginaba a la poeta de Amherst como una habitante perfecta de La Ruche. De hecho, soy capaz de ver algunos de sus versos más famosos atravesar incólumes las páginas de “Las efímeras”: “El viento comenzó a mecer la hierba / con ruidos graves y amenazadores / envió una amenaza a la tierra / y otra amenaza al cielo. Las hojas se desprendieron de los árboles / y se esparcieron por todas partes. / El polvo se arremolinaba, como agitado por unas manos, y por el camino se alejaba.”                                                                

viernes, 11 de diciembre de 2015

De cabeza / El humus

  El humus es una sustancia compuesta por ciertos productos orgánicos que proviene de de la descomposición de restos generados por organismos y microorganismos benéficos. Existen dos clases: el viejo, que retiene el agua e impide la erosión; y el joven: mucho más rico en dichos microorganismos y elementos nutricionales y son más aceptados en la agricultura ecológica. En otras palabras: la presencia del humus puede ser la prueba de que pisamos una tierra con un rico pasado y un prometedor futuro. Se podría ver el humus como una especie de eternidad humilde. Tan humilde que se desarrolla a ras de suelo, haciendo de la necesidad virtud, arrimando el ascua a su sardina. Su importancia para perpetuar vida (retiene agua e impide la erosión) es tal que también se forma y desarrolla en otros ámbitos: como, por ejemplo, el fútbol y sus clubes. ¿Y dónde se localiza en estos casos? Pues obviamente en la cantera y en el fútbol base. Mientras los focos nos ciegan sin descanso con la enésima guerra de las galaxias balompédica, cada fin de semana, niños y niñas; jóvenes y adolescentes; veteranos que no se resignan a dejar de jugar a lo que más les gusta, saltan al campo llueva, nieve o haga frío. Sin importarles que haya o no haya público viéndoles. Son los microorganismos benéficos del ecosistema llamado fútbol. Y en la medida en que lo cuidemos, respetaremos el medioambiente que se genera alrededor de un balón. El Real Oviedo posee su propio humus: todos los equipos que bajo el techo de la plantilla profesional defienden sus colores y sueñan con que un día les aplauda el Tartiere. No siempre el Oviedo ha sido respetuoso con su entorno natural. A menudo se relegaba la flora autóctona en beneficio de especies traídas de fuera. Y no digo yo que renunciemos a tener una delicada orquídea o un exótico nenúfar, pero la perpetuidad de un equipo se asienta sobre una base fértil. ¿De qué serviría gastar una fortuna en el Jardín del Edén si lo plantamos sobre un erial? Como diferentes gotas de agua, las partículas van cayendo al césped: las penúltimas son Diegui Johannesson y Christian Rivera. Pero como el humus es una sustancia añeja, podemos recordar viejas y legendarias partículas: Tensi, García Barrero, Luis Manuel, Parajón… A la entrada de El Requexón yo colgaría un cartel bien visible con lo siguiente: Influencia física del humus (leer cantera): - Da consistencia a los suelos ligeros y a los compactos. - En suelos ligeros compacta mientras que en suelos arcillosos tiene un efecto de dispersión. – Hace más sencillo labrar por el mejoramiento de las propiedades físicas del suelo. – Evita la formación de costras. – Ayuda a la retención del agua y al drenado de la misma. – Incrementa la porosidad del suelo. Al Oviedo no sólo le beneficia su propio entorno. En el municipio compite semanalmente una abundante muchachada en equipos modestos que a la larga ayuda a prolongar una vida sana para el equipo azul. Yo conozco bien a dos miembros de esa muchachada, los he visto crecer a mi lado en el municipal ovetense: son hermanos y se llaman Adrián y Daniel. Bajo el ejemplo y amparo de su padre Roberto, hemos sufrido y disfrutado juntos y espero que así sea durante años. Adrián juega en el Pumarín; Dani en los juveniles del Vallobín. Hablan del deporte que practican con entusiasmo y conocimiento de causa. También disfrutan viendo fútbol. No como algunas de las grandes estrellas, que confiesan aburrirse viendo partidos. Nada hay más triste y desalentador que un futbolista al que no le gusta su oficio y sólo lo ve como un medio para ganarse la vida y obtener réditos. Tan triste y desalentador como un escritor al que no le guste leer.                                                                  

lunes, 7 de diciembre de 2015

Hermandad

En nuestro tiempo compartido,
la prenda amorosa
de las palabras

(Marcos Canteli, "Reunión")

Constitucion: preámbulo

He constatado que de nada valen los principios cuando uno no está alimentado

(Mark Twain, "Diario de Adán y Eva")

Leer a Byung- Chul Han

Transparencia y verdad no son idénticas

La transparencia es una figura contrapuesta a la transparencia

("La sociedad de la transparencia")

En el lugar oportuno

Vivo de aquello que los otros no saben de mí

(Peter Handke citado por Byung-Chul Han en "La sociedad de la transparencia")

viernes, 4 de diciembre de 2015

Don Delillo / 3

El dinero ha perdido sus cualidades narrativas, tal como le sucediera a la pintura hace ya tiempo. El dinero habla solo para sí mismo.

("Cosmópolis")

Don Delillo / 2

La lógica ampliación de los negocios es el asesinato.

("Cosmópolis")

De cabeza / Los regateadores

DE CABEZA


Los regateadores


Tal vez por el título de este artículo lo parezca, pero no voy a hablarles de un nuevo cómic de Marvel ni de una serie de televisión de los años sesenta. Aunque si uno lo piensa dos veces, la habilidad para regatear es una especie de superpoder innato que no todos los jugadores tienen. Cierto que el hábito hace al monje y que a base de entrenar, uno puede llegar a defenderse con el balón entre los pies en caso de apuro y antes de pasársela a un compañero. Pero el sentido arácnido o la visión de rayos X, corresponde al regate no ensayado, a esa virtud genética  o inspirada que te hace imprevisible y, todo hay que decirlo, un tanto audaz y quizás egoísta. Los más famosos regateadores han vivido casi siempre pegados a la línea de cal. También puede realizarse una finta en el centro del campo, en las inmediaciones del área rival y pocas, muy pocas veces, en la cueva de la portería defendida para susto de hinchada y temerosos entrenadores. Un buen amigo mío está convencido de que, por ejemplo, Messi, hace regates que ni siquiera sabe que los puede hacer. Asumamos que la "Pulga" es caso aparte. Pero mi amigo ha dado en la clave: lo mejor y lo peor de un regateador es su entusiasmo y a la vez su inconsciencia.
Hay partidos tan, tan risueños que están hechos a su medida. Sin embargo, otros son tan lógicos, tan cartesianos, que la alegría es recibida con desconfianza. 
No es lo mismo un regateador que un futbolista. Parafraseando a Menotti: no siempre se puede hacer un futbolista de un regateador. El segundo, sólo ve la acción. El primero ve la acción y el daño. Yo les tengo cariño a los segundos porque saltan al campo como si del quinto Beatle se trataran y buscan estar solos ante el peligro como un Gary Cooper que se jugara cada acción como si fuese la última del partido.
El extremo belga del Atlético de Madrid, Yannick Carrasco, ha dicho que "el regate me da confianza y placer, la grada te empuja a hacerlo más. Me gusta dar espectáculo, pero si lo das es para crear peligro no para hacer algo bonito por hacerlo". Para hacer peligro y no hacer algo bonito por hacerlo. Carrasco se suma a la rampante resituación de los tiempos que corren: abandonar el arte por el arte para abrazar el compromiso artístico.
Al aficionado le gusta el espectáculo pero no quiere que se asuman riesgos. De esta contradicción lleva viviendo el fútbol desde sus orígenes y los jugadores de banda ven felicidad donde los demás sólo vemos incertidumbre. Y si no, que se lo pregunten a Pablo Hervías, el extremo del Real Oviedo procedente de la Real Sociedad: goza regateando y pidiendo balón como Peter Pan gozaba amargando la vida al Capitán Garfio. Su velocidad, verticalidad, su buen cambio de ritmo son evidentes. Puede que abuse de conducir el balón, de no soltarlo antes si atendemos a los principios básicos del canon futbolístico, pero dejemos a Hervías que se aprenda todos los acordes de "She loves you" de Lennon y McCartney. Ya habrá tiempo de réquiems y oratorios.



                          Fernando Menéndez





                                   

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Cancionero de mano: Cambio de vida

Me
he puesto
corbata.
He
descartado
para siempre
los
calcetines
blancos.
De
las propinas
me
ha quedado
lo justo
para
dos bistecs.
¿A qué
esperas?
¿No ves
que hoy
comienzo
a ser
un hombre
de bien?