sábado, 12 de diciembre de 2015

Las efímeras, Pilar Adón

Misántropas enamoradas     “Las efímeras”. Pilar Adón. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2015. 238 páginas     Bien avanzada la novela (ya en el tramo final), el lector de “Las efímeras” se encuentra con la siguiente cita de Nathaniel Hawthorne: “Quiero mi sitio, mi propio sitio, / mi verdadero sitio en el mundo, / mi verdadero ámbito, / aquello con lo que la Naturaleza pretende que cumpla… / y que he estado buscando en vano durante toda mi vida.” El novelista nacido en Salem dejó para la historia de la literatura un relato (“Wakefield”) enigmático e hipnótico cuyo protagonista (que da título al cuento) bien podría ser miembro y vecino de La Ruche, la comunidad creada por Pilar Adón para la ocasión, a la que llegan personas fugitivas de sí mismas o de su sino; seres mermados pero poseedores de una rara plenitud; de una incandescencia inadaptable. La Ruche, enclavada en una extrovertida, exuberante e imponente naturaleza, pretende ser una reproducción a escala de un mundo ideal, una utopía como La Comuna de Paris u otras tantas comunidades de inspiración política, religiosa o ingenua que se han sucedido a lo largo del tiempo. El ovillo de “Las efímeras” es desenrollado por dos hermanas: Dora y Violeta Oliver, que son como si Joan Crawford y Bette Davis fueran rescritas por Hans Christian Andersen. El alcance de la escritura de Pilar Adón es tan amplio que la novela ofrece no pocos cabos desde donde seguir tirando, pero de la naturaleza y de la vida en común no podremos sustraernos. En la novela se narra a propósito de una paradoja: lo que más necesito es lo que más rechazo; a quien más rechazo es a quien más necesito. Misántropas enamoradas; enamorados reacios: las mujeres y hombres de “Las efímeras” se desenvuelven con una magnética mezcla de perversión y ternura. Esto ya ocurría en “El mes más cruel”, el excelente libro de cuentos que Adón publicó en Impedimenta. Esa alquimia de perversión y ternura crea un ecosistema que hunde sus raíces en los cuentos tradicionales; un musgo que, al pisarlo, me provoca sensaciones similares a las que me despertaron “La princesa manca” o “El valle de las gigantas”. ¿No podrían los personajes de Gustavo Martín Garzo ser miembros de La Ruche? Pero a Pilar Adón lo que es de Pilar Adón: la capacidad de crear un mundo paralelo o transversal (quién sabe), sugestivo, que emana a la vez extrañeza y familiaridad y lo consigue la autora de “Las hijas de Sara” fiándose al poder del lenguaje. “Las efímeras” es abundante en pasajes que envuelven por su brillante escritura; por su facilidad para provocar epifanías. Ya lo dice la propia autora en una entrevista: “es esencial ofrecer una buena obra, rematada, terminada, que exprese algo y que conmueva a quien la lea. Mi actitud es la de una exigencia enorme, lo que quiere decir que rechazo mucho de lo que termino y lo arrincono para siempre (…) lo único importante es ofrecer una obra de calidad y no dejarse llevar por las presiones ni las prisas”. A menudo las declaraciones de un autor, de una autora están cargadas de buenas intenciones que se quedan en eso: en intenciones. Pero en el caso de la obra de Adón, la correlación entre lo que se dice y lo que se hace es completa. “Las efímeras” abre al lector numerosas claves de lectura y relación. A modo de parábola, de alegoría. Con un trasfondo incluso político. No nos dejemos engañar por el ruido diario y mediático. La política es primaria, casi fisiológica. Desde el momento en que un grupo de personas conviven en un espacio concreto surge la necesidad de entenderse: de establecer reglas, de hacer política. La ambición y la perdición de La Ruche es aspirar a lo máximo: a crear, más que a recrear. Dora, Violeta, Tom, Anita, Denis… (efímeras, efímeros) se rigen por un ideario que recoge principios tan tajantes como estos: 1. Estamos donde estamos, y donde estamos todo es amplitud. 2. No hemos venido a destruir nada. 3. El día es independiente del hombre… ¿Pero es una comunidad de solitarios una comunidad? Y la naturaleza, ya citada más arriba. Aquí la naturaleza ni es contexto, ni paisaje, ni telón de fondo. Es un personaje con mucha incidencia. Una narradora omnisciente que nos obliga a pasar por su tamiz; una hiedra que escala por la trama y tupe toda la historia de principio a fin. Mientras leía la novela, mi espíritu lector invocaba los nombres de Henry David Thoreau, Waldo Emerson, Walt Whitman… Así de caprichosas y capciosas son mis lecturas. Pero sobre todo, invocaba la figura de Emily Dickinson. Imaginaba a la poeta de Amherst como una habitante perfecta de La Ruche. De hecho, soy capaz de ver algunos de sus versos más famosos atravesar incólumes las páginas de “Las efímeras”: “El viento comenzó a mecer la hierba / con ruidos graves y amenazadores / envió una amenaza a la tierra / y otra amenaza al cielo. Las hojas se desprendieron de los árboles / y se esparcieron por todas partes. / El polvo se arremolinaba, como agitado por unas manos, y por el camino se alejaba.”                                                                

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