martes, 27 de diciembre de 2016

De cabeza: Los accidentes (originariamente en La nueva España)

DE CABEZA


Los accidentes


La segunda acepción que el diccionario de la RAE incluye de la palabra "accidente" dice: "suceso eventual que altera el orden regular de las cosas". Curiosa la música de los diccionarios, parece sencilla (y lo es) pero contiene su miga. El accidente, por definición, es eventual y tiene por costumbre alterar el orden regular. En un partido de fútbol cada equipo trata de lograr un orden definitivo (la victoria) a través del desorden (el engaño, el escondite, el amago). Así que, visto lo visto, con  los accidentes, en el fútbol, siempre hay que contar. 
Lo del Oviedo, el domingo pasado, se veía venir. Habiendo como había agotado la buena suerte en un solo encuentro (fue en La Condomina, contra el UCAM Murcia), las circunstancias, tarde o temprano, iban a girar en nuestra contra.
El lenguaje, que nunca es inocente, denomina "buena suerte" a los accidentes a favor y "mala suerte" a los accidentes en contra.  En La Romareda, y en un partido con aroma a Primera División, al menos por su nomenclatura, el Oviedo disimuló su prolongada ineficacia fuera de casa con una sucesión de percances y, por fin, con una actitud de entereza que obligó al Zaragoza a pedir casi la hora. El segundo tiempo se planteaba como la crónica de una muerte anunciada pero el fútbol es un género que admite gustoso los giros de guión. Con uno menos por la expulsión de Verdés, el fantasma del jorobu sobrevolaba las cabezas de la hinchada azul. Ya sé que ganar en dignidad no da puntos, pero después de recibir nueve goles en las últimas salidas, nos sentimos como el chaval que, tras cargarse un montón de asignaturas, recibe su primer "progresa adecuadamente". Que Michu se rompiera al inicio del partido no podía ser peor augurio: como si una parca de Shakespeare se nos presentara, el gesto de pedir el cambio inició una tragedia de tres actos. El segundo acto lo protagonizó David Fernández que, en un mal control del balón, regaló un gol a Ángel, el delantero zaragocista que, dicho sea de paso, culminó el regalo con categoría (es de bien nacidos ser agradecidos). Supongo que David sintió por un instante que despejar un balón aleja los problemas y controlarlo es invitar a extraños a tu fiesta.
Pero faltaba el tercer y definitivo acto. Héctor Verdés, creyéndose más el Héctor guerrero de la Ilíada que el central de un equipo de fútbol, arrasó al enemigo Lanzarote que, probablemente, se vio por momentos como el Lanzarote derrotado en un torneo medieval. Lo del defensa oviedista no tiene justificación posible. Es fruto de un típico ardor guerrero muy populista pero que poco aporta a un deporte que, habitualmente, se juega con un balón.



                          Fernando Menéndez

viernes, 9 de diciembre de 2016

De cabeza: El brazalete (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


El brazalete

Olivier Rouyer fue uno de los extremos más rápidos de la liga francesa en los años setenta. Internacional en diecisiete ocasiones con la selección gala, en 2008 declaró públicamente su homosexualidad. Una de sus manifestaciones al respecto supone un diagnóstico  desolador: "tras salir del armario recibí muestras de apoyo, pero ninguna del mundo del fútbol".
Jesús Tomillo tiene veintiún años y fue el primer árbitro español en reconocer su homosexualidad. Colegiado de categorías infantiles, la campaña de insultos y barbaridades que soportó fue de tal calibre que no no le quedó más remedio que abandonar su vocación. El fútbol moderno es cada vez más anacrónico y antipático. Encantado de conocerse a sí mismo y refugiado en su burbuja, le cuesta tomar decisiones drásticas ante el racismo y la xenofobia que siguen campando por las gradas o cuando una buena parte de una afición entona cantos en los que se justifica la violencia machista. Es curioso comprobar cómo el fútbol enfatiza su vínculo con la calle y con el mundo sólo cuando le conviene. Porque en la calle y en el mundo, por desgracia, no escasean las agresiones contra las mujeres y las agresiones racistas y homófobas. 
Una de sus torpezas principales es atender solamente a las consecuencias y casi nunca a las causas. Y en atajar los orígenes tienen tanta responsabilidad los clubes y las instituciones como nosotros, los ciudadanos. Si a pocos metros de mí, en la grada del Tartiere, un chaval tiene por costumbre llamar "marica" al jugador rival para insultarlo y nos quedamos de brazos cruzados, somos tan causantes de lo peor como el que más.
Por algo es tan encomiable la campaña que promovió el pasado fin de semana la extraordinaria revista Panenka, invitando a los clubes españoles a llevar un brazalete arco iris como símbolo de la lucha contra la homofobia en el fútbol. Las posturas más cínicas o escépticas dirán que son gestos realizados por conveniencia o corrección política. No reparan en que las necesidades urgentes sólo entienden de hechos.
Entre los clubes que apoyaron la iniciativa estuvo el Real Oviedo. Erice, capitán del equipo, saltó al campo con el arco iris rodeando su brazo. El domingo fue un domingo de ver más allá de nuestras narices: la tragedia del Chapecoense y la lógica solidaridad con las víctimas. Santa Bárbara bendita sonando por los altavoces para recordar el día de la patrona de los mineros, que forman parte de nuestra cultura y de nuestra identidad.
El partido contra el Nàstic fue un día más en la oficina que acabó, afortunadamente, con la victoria azul. El Oviedo gana con más trabajo que brillantez y Michu parece cada vez más en forma y más enchufado. Pero la victoria más importante de la última jornada fue la conseguida por tantos clubes que se sumaron a la campaña de Panenka. No han sido pocos, es cierto, pero cuánto mejor hubiera sido un seguimiento masivo.
Sea como sea, los equipos que dieron un paso adelante ganaron los tres puntos más importantes del campeonato. Conviene citarlos, para que se sepa. Al menos a los representantes del fútbol profesional: Sevilla, Deportivo de la Coruña, Granada, Leganés, Espayol, Eibar, Las Palmas, Sevilla Atlético, Cádiz, Girona, Rayo Vallecano, Huesca, Reus y... el brazalete de Erice dando color al Tartiere. El domingo me sentí más orgulloso que nunca de ser del Oviedo.


                  Fernando Menéndez

De cabeza: Expediente X (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


Expediente X

Contacté con los célebres agentes Mulder y Scully para consultarles el extraño caso del equipo mutante: ese equipo capaz de pasar en menos de una semana de vencer al líder de la categoría a perder por goleada contra un equipo en los puestos de descenso. La respuesta de los dos investigadores del FBI no se demoró. Esperaba por mentes tan agudas y analíticas una respuesta lejana a tópicos como "el fútbol es así" o "el fútbol son once contra once". Como buenos prescriptores que son, no me defraudaron. Lo primero que hicieron fue resumirme el caso con un titular rotundo, elocuente: "Un accidente que ocurre dos veces no es un accidente". Me preocupé de que mi petición de ayuda llevase adjunto todo tipo de datos, informes, estadísticas, opiniones...
Tras el titular venía el desarrollo de su teoría, un relato que no aporta soluciones pero esclarece hechos. Murder y Scully insistieron en aclararme que ellos no resuelven enigmas, sólo los revelan. Bien, según su opinión, el Real Oviedo sufre el síndrome de las pantuflas, esas típicas y calentitas zapatillas de andar por casa. Al parecer, tanto le gusta al Oviedo su hogar, dulce hogar, pasar el día en pijama viendo pelis o series de televisión, que cuando se ve obligado a salir de casa se le pone todo cuesta arriba. Es como si para sus jugadores el mundo fuese una lluviosa, melancólica y otoñal tarde de domingo.
El problema es que, al visitar otros campos, calzar se calzarán las botas de fútbol, es obvio, pero en su mente siguen notando el suave roce de las pantuflas y, claro, así es imposible ganar un balón dividido o rematar entre los tres palos.
Quien iba volviéndose cada vez más melancólico y otoñal era yo mismo según leía el informe. Acostumbrados los agentes a batirse con fenómenos paranormales o avistamientos de ovnis, consideraban lo del Oviedo un caso de mutación o darwinismo a la inversa: mientras la mayoría de las especies se adaptan al medio para superar todo tipo de dificultades, el equipo carbayón aspira a una hibernación eterna como remedio a todos sus males. Darwin, para qué ocultarlo, no daría un duro por nuestra supervivencia. Atolondrado y preocupado, improvisaba en mi cabeza posibles soluciones pero ninguna me convencía. ¿Acaso tenemos a un peluche en medio de una pelea entre leones?
La Liga 1, 2 , 3 es más la selva de Kipling que la de Walt Disney. ¿Sería posible una contramutación y convertir al equipo en una manada de lobos con piel de cordero que, cuanta más intemperie recorra, más hambre le entre?
Buf, el tiempo apremia y las jornadas van cayendo crujientes y amarillentas como las hojas de un árbol.
El expediente de los agentes concluía con una inquietante nota final: "El valor de un ser humano no depende de sus zapatillas". Traduje la nota a nuestro lenguaje particular: un buen equipo no distingue entre partidos en casa y fuera de casa.


                        Fernando Menéndez

martes, 29 de noviembre de 2016

Para Mr. Ford, con gratitud, respeto y humildad (originariamente en La Escena)

EL APUNTADOR: PARA MR. FORD, CON GRATITUD, RESPETO Y HUMILDAD


ahora sé que quise ser frank bascombe / conducir tranquilo por barrios periféricos / ser el ciudadano que nadie espera y al que todos dan la bienvenida / vivir bajo sordina y al caminar cuesta abajo / despacio / entre platanales / pedirte un trozo de merienda / no traspasar el umbral de las expectativas / para una postal desde francia o para un verano inolvidable me faltan borrones / asteriscos // lo fácil era aprovechar la disculpa de tu hermano / los minutos forzosos de un encuentro casual y después la noche que abre sus rutilantes incisivos / la romántica desconfianza era propia / la cursilería  / los pequeños papeles / las notas a pie de página / el mero amor por el frío

(de "Penúltimo danzante")



padre / así / en su cariz más sustantivo y original / padre / con su rotundidad sin diezmo / carente de agudas y suavidad / padre / el honor / bajo el refugio escaso / de una pequeña luz / no es más que un insecto doméstico / una esquirla del pasado // echas tus cálculos / la propina necesaria / tu modesto sueño // lo sé / podría seguir pasando de tarde en tarde // acercarme / susurrarte al oído / alguna cosa / intrascendente leve / agradable / lo justo para decir / hasta mañana / en el sentido estricto / de la expresión

(de "Penúltimo danzante")



Pequeña felicidad

Es muy temprano cuando subimos al coche. El sol todavía es un esbozo, un paseante tímido que apenas levanta la voz al saludar. Mientras atravesamos una ciudad desierta, dormida, nos tanteamos, nos reconocemos.
Último semáforo antes de la carretera general. El conductor enciende el cassette. Ya nadie dirá nada hasta que lleguemos a nuestro destino.

(de "Historias somalíes")



El apuntador: Sergio del Molino (un fogonazo). Originariamente en La Escena

EL APUNTADOR: SERGIO DEL MOLINO (UN FOGONAZO)


Cada vez que un español entra en una librería y compra "La España vacía" se convierte en un ciudadano extranjero. El concepto de extranjería está tan anticuado, que seguimos pensando que extranjero es alguien que nació y se crió en un país distinto al nuestro. España es un país cada vez ajeno, a pesar de presumir de esencias, o tal vez precisamente  por ello.
Sergio del Molino apoyó el codo en la ventanilla del coche mientras conducía por rincones perdidos, olvidados o desconocidos de la Península Ibérica. Sergio del Molino es un aguafiestas, que es lo mejor que puede ser un escritor. Vivíamos tan a gusto a la sombra del mito de las dos Españas... Y va el hombre y nos dice que sí, que hay dos Españas, pero que no son las que nosotros pensamos. Las Españas que vio del Molino son la vacía y la llena. De la segunda ya llevan escribiendo los novelistas desde los años ochenta, labrándose una carrera a su costa. La España vacía: esa que se extiende por Las Hurdes o por Tierra de Campos (por citar dos ejemplos citados en el libro) no tiene a tantos que le escriban.
El mestizaje es el "vicio" de la extranjería y el mestizaje de géneros, el "vicio" de la literatura cuando se empeña en hacer la puñeta a la novela: monarca absoluta del canon y del mercado. Leída "La España vacía" podría firmar que es un ensayo, un libro de viajes o una trabajada confesión de sobremesa. Me da lo mismo. Me gusta entre otras cosas porque es un libro que chincha. Como, por ejemplo, lo hizo en su momento "Campos de Níjar" de Juan Goytisolo.
A mí Sergio del Molino me ha hecho pensar que en los años ochenta y noventa subíamos cumbres de cartón piedra. Le oí decir públicamente en una ocasión  que si los norteamericanos tienen a Carver, nosotros tenemos a Delibes. Y no se trataba de patriotismo. Era algo mucho más importante.


             Fernando Menéndez 

domingo, 27 de noviembre de 2016

De cabeza: Ethan

DE CABEZA


Ethan

Sabemos que todas las buenas historias comienzan con un regreso. Sabemos que la canción que suena más alto siempre es la canción del ausente. Y sabemos por John Ford que "las historias se cuentan con las caras de los actores". "Centauros del desierto", el celebre film del director norteamericano, empieza con la vuelta a casa de Ethan Edwards (interpretado por John Wayne) después de haber estado en la guerra. Llega con la lógica aspiración al descanso que merece un soldado en estos casos, pero el destino que le aguarda, como ya saben ustedes, es bien distinto al deseado. Ethan es un héroe esperado y los verdaderos héroes asumen sus tareas con resignación y sin estridencias.
Michu, después de curtirse en mil batallas (Vigo, Vallecas, Swansea, Nápoles, Langreo) y con evidentes heridas de guerra, decide volver a donde más lo necesitan. Si Ethan regresa con su familia, Michu hace lo mismo con respecto a sus lazos de sangre futbolísticos. Más que por cuestiones épicas, el paralelismo con el protagonista  de "Centauros del desierto", viene determinado por su nivel de compromiso. En contraste con un fútbol de jugadores itinerantes y refugios en confortables oasis, Michu se reencontró con su barro original.
Para la afición oviedista este verano también sonó una canción mientras se iniciaban los títulos de crédito de una nueva temporada, una puerta se abrió para ver aparecer un jinete a lo lejos. En realidad, esa puerta nunca estuvo cerrada. Para quien le viene a su boca y a su mente los colores de toda su vida allá donde esté, sólo hay un "hasta luego". 
No andaba el Oviedo sobrado de símbolos, por eso su llegada levantó tanta expectación. Cierto que con los símbolos ni se llena el estómago ni se gana partidos, pero un símbolo siempre es una posibilidad, un refugio en medio de la intemperie. Michu juega al fútbol tratando de regatear, lo primero de todo, al dolor. Por eso con él se dilatan las expectativas y nos esmeramos en la paciencia. Tememos que al final de la historia Michu se quede, como Ethan, solo, fuera de lugar. Por eso era tan importante el gol, su primer gol en casa. El gol es una manera eufórica de combatir la soledad, un método de integración.
Como hacen los mejores pistoleros, decidió disparar en la ocasión más propicia: contra el Levante, líder del campeonato, que lleva hasta ahora un ritmo muy superior al resto.
Aún nos queda mucha filmografía por completar. Sabemos que todas las buenas historias acaban con un "continuará". La canción de los títulos de crédito espera de nosotros una respuesta: "Un hombre explorará su corazón y su alma. Buscará una salida en el camino. Sabe que hallará su paz interior pero ¿dónde? Cabalga, cabalga, cabalga..."


                           Fernando Menéndez 

De cabeza: Los suspensos

DE CABEZA


Los suspensos


Lo peor era volver a casa con algún suspenso. Las piernas eran de plomo y cualquier posibilidad de un futuro halagüeño se perdía por el sumidero de las malas notas. Lo peor era descubrir que el exceso de confianza arruinaba esa misma confianza. Las consecuencias se veían venir: ni salir, ni música, ni tele. De clase a casa y de casa a clase. Si mi padre por entonces hubiese sido entrenador de fútbol, me hubiera puesto a estudiar toda la noche; algo así fue lo que hizo John Benjamin Toshack siendo entrenador de la Real Sociedad, cuando el Oviedo eliminó a los donostiarras de la Copa del Rey. Enfadado por la eliminación, puso a entrenar a sus jugadores al finalizar el partido: era un día de diario y ya pasaba con creces de las diez de la noche.
Si cada jornada de liga es un examen, el Real Oviedo se presentó al examen contra el Huesca pero dejó sin contestar las preguntas. No sabemos si es que no las sabía o si se le quedó la mente en blanco. En todo caso, sea cual sea la razón, el resultado es el mismo. Lo cual no quiere decir que las causas no importen. Pero las causas suelen examinarse privadamente y las consecuencias suelen evaluarse en público. A veces pienso qué ocurriría si se invirtieran los términos y se analizaran los porqués a plena luz. Tal vez llegaríamos a una forma de aprendizaje compartida. Vivimos tan pendientes de las respuestas que casi siempre eludimos las preguntas. El interrogante que planteó Anquela y sus futbolistas fue sencillo y eficaz: hacer lo que mejor saben, extremar sus virtudes sin esperar al tanteo típico de los primeros minutos. Nunca entenderé la razón de esos minutos del miedo, la cortesía o la desconfianza. En fútbol es necesario ser sinceros para luego recurrir al engaño. Lo contrario suele costar más trabajo. El resultado y el desarrollo del encuentro fue tan claro que el análisis es el más sencillo del mundo: el Huesca le pasó al Oviedo por encima. Punto. Y sería conveniente verlo no sólo  desde los propios colores: que si no dimos ni una, que si no tiramos a puerta... Volvamos a las causas y preguntémonos por qué pasó lo que pasó. Pues que el rival también juega el partido: recurre a sus bazas, le importa, como es obvio, los tres puntos... El balón sólo es uno y los equipos son dos.
Dijo Fernando Hierro que el resultado suponía una cura de humildad y que no se supo leer el partido. Es probable que en el examen contra el Huesca, lo que ocurrió no fue que el Oviedo no supiese las preguntas o se quedara con la mente en blanco. Quizás es que ni siquiera leyese los enunciados. Esto de leer es importante (ya me lo habrán notado quienes tienen la paciencia de aguantarme).  Más aún en un país como el nuestro, cuyos índices de lectura no son para tirar cohetes. Tiene razón el míster azul: hay que leer. La lectura nos hace mejores. Nos hace más libres. No es barrer para casa ni un lema publicitario. Es la realidad.


               Fernando Menéndez 

viernes, 11 de noviembre de 2016

De cabeza: Seis de noviembre

DE CABEZA


Seis de noviembre 


No sabemos qué será de nosotros de aquí al seis de noviembre de 2017. No sabemos cuántos  goles marcaremos en propia meta ni cuántos partidos ganaremos en los minutos de descuento. Se acerca el final de año y llega el tiempo de repasos y previsiones. Estamos a punto de doblar la esquina de los buenos propósitos, pero cuando el presente nos sonríe, ¿para qué detenernos en balances y escrutinios? Dice la clasificación que el Oviedo está segundo, en puestos de ascenso directo. Como Ulises, prefiero amarrarme para no hacer caso de los cantos de sirena. La actualidad, cada vez más ruidosa e histérica, me disuade de caminar a su ritmo. Del pasado ya abusamos demasiado en forma de nostalgia; prefiero creer que, ocurra lo que ocurra, el próximo seis de noviembre  celebraré un pequeño aniversario empujado, no por añoranzas, sino por un estricto deseo de gratitud y justicia. ¿Y cuál es la razón? Tan sencilla y compleja a la vez como que el pasado domingo se jugó un partido ente el Real Oviedo y el Lugo en el Carlos Tartiere: uno de esos partidos cuyos ingredientes hacen del fútbol algo que merece la pena y lo rescatan de esa interminable Gala de OT en que se está convirtiendo.
Dos rivales jugando con sus mejores recursos, una tarde fría y lluviosa, un césped que exigía bucear o caminar sobre  las aguas y una afición que "saltó" al campo cuando más hacía falta. Se lamentaba Albert Camus de qué mundo este en el que solemnizamos lo obvio. Sin embargo, reivindicar de manera espontánea  las raíces de un deporte como se hizo el pasado domingo es un acto de afirmación que no sobra. Hoy no me enredaré en comentar si el Oviedo lo fió todo a la intensidad o si el Lugo trató de rasear el balón como si fuera una tabla de surf. Ni enfrentaré la épica con la delicadeza. Nada de eso me importa en esta ocasión. Prefiero recordar que si una lejana tarde de los años setenta mi abuelo Marcelo me llevó por primera vez al viejo Tartiere fue para que, más allá de desear un camino de victorias para mis colores, disfrutara también del proceso; aprendiera a valorar que, en un momento dado, empatar es lo único que se puede hacer en esta vida. Que somos aficionados, no espectadores. Que mirar sin comprometerse es mera ética de mando a distancia y que no encajar las derrotas es pensar que la elegancia sólo está del lado de quien más paga.
Que el gol lo marcara Verdés, un actor de reparto (porque no nos engañemos, hay que ser muy futbolero para darle a un central el papel de protagonista) fue el punto y final más coherente con ese relato de noventa minutos.
Y haciendo un guiño a los Rolling Stones: es sólo fútbol, pero me gusta.



                     Fernando Menéndez 

De cabeza: Minimalismo

DE CABEZA


Minimalismo


El minimalismo está en auge: la voluntad de lograr lo máximo con lo mínimo le está dando al Real Oviedo unos resultados insospechados. En el partido contra el Ucam Murcia parecía ese ahorrador enfermizo que, con tal de no gastar, prefiere no salir de casa. A día de hoy, el Oviedo es un equipo de cerrajeros que ha logrado la paradoja de abrirse camino a base de cerrar puertas. A mí también me parece encomiable mantener la puerta a cero durante tantas jornadas, pero digo yo que, aunque no vayamos a subir el Everest, por lo menos ir a bajar la basura. Con las llaves y el teléfono móvil por si acaso y husmear un poco la portería contraria; asomarse a ver si el cielo está azul o si amenaza lluvia. Si comparo los efectivos de la plantilla  con el juego desplegado en La Condomina, a mí me sale un equipo decididamente contracultural; aunque contracultural contra sí mismo. Sigo pensando que, cuando los jugadores mantienen un poco la posesión de la pelota y ocupan con movilidad adecuadamente el terreno de juego, llegan a meta con bastante facilidad: vamos, que si se deciden a abandonar el hogar por un rato hasta pueden celebrar una fiesta.
Cómo me va a costar ser un ganador sufridor si es que va a ser el caso. Porque ser un perdedor sufridor es una redundancia que ya tengo asumida. Sin embargo, el vividor que hay en mí se revuelve delante del televisor cuando veo esa especie de juego de frontón en el que los murcianos hacen de pelotaris y nosotros de cemento escupe balones.
Comienzan a florecer las alusiones al cholismo y a esa filosofía de que para ganar hay que sufrir. Se repite hasta la saciedad aquello de que en la rula no preguntan, apuntan. Y yo, qué quieren que les diga, aspiro a llevarme de cada encuentro una instantánea que me reafirme en la idea de que el fútbol sigue siendo un juego de niños y no un asunto de estado o un ejercicio de supervivencia. El domingo pasado lo conseguí por los pelos: en el último tramo de la primera parte, Rocha dio un pase larguísimo en diagonal que fue como si Groucho Marx alzara la voz en medio de un coro de plañideras. Y menos mal, porque iba camino de ser víctima de la melancolía. Al menos, cuando juega Michu, me queda el consuelo de imaginar un futuro repleto de goles fogosos a lo Premier Ligue.
El próximo fin de semana llega el Lugo al Tartiere. De todos los caminos para ganar, descartemos el de la suerte. Ese comodín ya se agotó en Murcia. Que un mismo jugador falle un penalti y marque en propia meta es un exceso que no nos volveremos a encontrar. Ahora bien, todo se comprenderá mejor si tenemos en cuenta que el desafortunado rival se apellida Góngora, como uno de los grandes poetas barrocos del Siglo de Oro. Y la tendencia imperante en estos momentos es la del minimalismo.


                  Fernando Menéndez 

miércoles, 2 de noviembre de 2016

De cabeza: Lo plausible y lo mejor

DE CABEZA


Lo plausible y lo mejor


Rematé la semana pasada bajo el aliento y el ejemplo de Richard Ford, Premio Princesa de Asturias de las letras 2016. Llené de notas un pequeño cuaderno sólo con las consideraciones y reflexiones que el escritor norteamericano deslizó a su paso por Asturias. Tengo la vieja costumbre de rellenar libretas. De ir anotando en ellas cosas que escucho, leo y veo que me llaman la atención.
Con el paso de los años se han convertido en una especie de diario o autorretrato implícitos. Pero lo que importa aquí no son mis avatares sino las ideas y pensamientos de Mr. Ford . Dijo, entre otras cosas, el autor de "El periodista deportivo", que "no es lo mismo lo plausible que lo mejor". Le he estado dando vueltas a esta apreciación llena de sutileza: constatar que no hay una  equivalencia entre ambas posibilidades significa que no se debe confundir el ruido con el sonido. La prolongada racha positiva del Real Oviedo es recibida por aplausos entre la afición. La esperada comunión que se da entre la hinchada y su equipo ganador cuando el árbitro señala el final del partido se expresa con un ruidoso batir de palmas, cánticos y lemas. Los aplausos rubrican el presente y diluyen los malos recuerdos: son parte de la dieta diaria. En el fondo, cuando aplaudimos, nos aplaudimos: ratificamos que hemos elegido el camino correcto y lo celebramos. Pero lo mejor cuesta más trabajo verlo y conseguirlo. Lo plausible del Oviedo es haber ganado al Tenerife en un partido que no fue fácil. Y dicha victoria es buena pero no lo mejor. Lo mejor forma parte siempre de lo que queda por hacer. Aunque lingüísticamente parezca superlativo, los mayores logros surgen de asumir que no hay un punto y final.
Todos coincidimos en que el edificio ya ha empezado a levantarse: que el Real Oviedo cada vez es un equipo más hecho y que una consecuencia de ello son los buenos resultados. Pero los tres puntos son sólo plausibles. Ganar, empatar o perder depende de muchos factores; así que no podemos fiar lo mejor a un cúmulo de circunstancias. Lo mejor en el fútbol, como en casi todos los órdenes de la vida, tiene que ver con la identidad y el porvenir.
Pero cuando cito a la identidad no me refiero a un sentimiento tribal y excluyente, sino a una coherencia y una lealtad a unos principios que te lleven a respetar y a que te respeten. En el caso del escritor y en el del futbolista se le puede llamar estilo. Richard Ford vincula lo que se escribe a lo que se vive y viceversa pero sin olvidar que un novelista juega con la ficción, que es tanto como decir que un jugador de fútbol juega con la ilusión del domingo a domingo. Pacho Maturana, el técnico colombiano, afirmó en una ocasión  que "cada uno juega como es", algo que, posiblemente, agradaría al autor de "Canadá".
Y el porvenir, aunque los oviedistas lo busquemos a hurtadillas  en la clasificación, reside en realidad en el penúltimo balón que llegará rodando. Eso es lo mejor: la posibilidad de jugar siempre el próximo partido.


                             Fernando Menéndez

jueves, 27 de octubre de 2016

De cabeza: La defensa

DE CABEZA


La defensa

Toda defensa surge del miedo. El miedo es un sentimiento muy prolífico. Incluso rentable. Y se admite mejor en el ojo ajeno que en el propio. Los sistemas defensivos se justifican por el miedo a perder; por el miedo a encajar un gol. La opción entre defender férreamente y no hacerlo se asume en términos demasiado trágicos. Y ya sabemos lo que decía la rumba del gran Peret: "es preferible reír que llorar".
Defender en fútbol se ha convertido en todo un arte: los sistemas se sofistican por momentos y cada vez se ve menos lo de plantar el autobús delante de la portería. De un tiempo a esta parte, no encajar goles se aprecia ya como un arte, no como la tosca actitud de alguien desconfiado y usurero.
El origen de este cambio se dio con el paso del marcaje individual al marcaje en zona. Como una foto en blanco y negro quedan ya aquellos bailes en pareja que duraban noventa minutos. Los oviedistas más veteranos recordarán aquel famoso vals del tú ni te acerques que bailaron Carrete y Cruyff en un duelo entre el Oviedo y el Barcelona. Dejando de lado los daguerrotipos y volviendo a nuestra época digital, el consenso forzado por los datos erigen al Real Oviedo actual como un equipo bien armado defensivamente, que encaja poco goles. Algo es algo, me digo a mí mismo nostálgico y añorante de los días de rumba y goles. Igual que con la lluvia, nunca se defiende a gusto de todos. En el año 2004 nos congratulábamos de que Antonio Rivas afirmara que un equipo se construye de atrás hacia adelante. Primero, al bueno de Jabo Irureta, poco antes de que lo cesaran, la grada de Buenavista le reprochaba ser demasiado defensivo. La alegría, ya se sabe, va por barrios. Y la afición es un ente voluble que sólo entiende de vivir al día.
Hasta Pablo Machín, técnico del Girona, subrayó la solidez del Oviedo. Y yo, que aun siendo realista, tiendo al lirismo, pensé que solidez era una buena metáfora en lugar de defensa, cerrojazo... No me puedo quitar de la mente aquella certeza de César Luis Menotti a propósito del "catenaccio" italiano: "los italianos no defienden mejor, defienden con más". Importante el debate entre "más" y "mejor". La cantidad tiene un recorrido más corto que la calidad. Lo ideal a la hora de defender sería combinar ambas características. Me acosan y me albergan muchas sospechas, no sé si infundadas. Defender es adictivo y el miedo llega a paralizar las neuronas del placer. Puede que ahora nos convenga nadar y guardar la ropa, pero les sugiero que echen una ojeada a un célebre poema del imprescindible Raymond Carver. Ahí van dos de sus versos "Miedo a la ansiedad (...) Miedo a que este día acabe con una nota infeliz"



                             Fernando Menéndez

domingo, 23 de octubre de 2016

De cabeza: Don de lenguas

DE CABEZA


Don de lenguas


La tendencia natural del fútbol es ir de la primera persona del singular a la segunda del plural: pasar de la excesiva conducción del balón a darle uno o dos toques y moverse. Hay a quien le gusta el juego más directo: similar al modo imperativo del verbo: recto e implacable. Lo ideal sería manejar más de un idioma pero eso resulta siempre más costoso: contar con distintas características en una sola plantilla viene a ser como poder ir a estudiar idiomas al extranjero. Lo normal es que, salvo excepciones, los equipos de fútbol dominen una lengua y, con suerte, chapurreen alguna que otra; tengan un estilo definido y, a trancas y barrancas, puedan adaptarse a diferentes circunstancias. Sin embargo, Fernando Hierro ya expresó en público su deseo de que el Oviedo sea un equipo políglota. A todos nos gustaría que fuese así, pero dicen los buenos traductores que tan importante como conocer el idioma que traduces es conocer el tuyo propio. Además, cada palabra tiene a sus espaldas una historia particular. Hablar con fundamento, escribir algo que merezca la pena y jugar un fútbol memorable requieren dosis importantes de responsabilidad.
Se empieza por juntar sílabas (pegarle al balón) y se acaba por construir frases (dar un pase correcto). La velada matinal contra el Rayo fue una terapia de autoestima: palabra compuesta y evitable, pues dicen agoreros y puristas que mala cosa si tienes que recurrir a dos palabras para nombrar un solo concepto. Terapia que significó sol agradable, firmeza defensiva, aficionados de Vallecas, victoria local...
El partido acabó siendo el mejor de los westerns: Michu como Ethan, el protagonista de "Centauros del desierto" contra Piti y Trashorras como Butch Cassidy y Sundance Kid, protagonistas de "Dos hombres y un destino".
Pudo la ilusión del regreso contra la veteranía curtida en mil batallas. Michu dio un pase de gol y provocó un penalti: dos balas para derribar la amenaza rayista que por presupuesto y nombres aspira a lo máximo en la categoría.
El primer gol lo marcó Linares y el segundo Toché. La clase de idiomas resultó un éxito. En el western  vencieron  los buenos y los verbos más conjugados fueron "lanzar" y "correr". Sacados de su contexto, podrían ser verbos propios también del atletismo. Pero no me pondré exquisito: este verano estuve en Londres y por más que me aplicaba al hablar, siempre adivinaban que era español.



                         Fernando Menéndez

viernes, 14 de octubre de 2016

El apuntador: En Londres (VI) Originariamente en La Escena

EL APUNTADOR: EN LONDRES (y VI)


A veces
los viajes
se
pierden
por su
promiscuidad
de
experiencias
inolvidables,
escenas
irrepetibles.
Hay 
adjetivos
también
víctimas
de su
promiscuidad.
A Londres
es fácil
cotejarla
a base
de
las postales
particulares
que 
cada
viajero
genera.
Inquietante
reducir
la vida
a
sucesivas
postales
sin
sintaxis
ni
trasfondos,
sin
fuera
de
campo.
Yo
no me 
considero
distinto
a
los demás:
tengo
mis
propias
imágenes
de la
ciudad,
mi
propio 
ensueño
a partir
del
Támesis.
Pero
me ronda
la
sensación 
de que,
con
el tiempo,
recordaré
mi viaje
a Londres
por el
disco
que
compré
una
librería
de
Charing Cross:
seis suites
de
cello
de
Bach
interpretadas
por
Pau Casals.
Un compositor
alemán
en manos
de
un músico
catalán:
I love
London.

lunes, 10 de octubre de 2016

De cabeza: Los géneros (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


Los géneros


El Oviedo vive inmerso en un conflicto de géneros. No de géneros gramaticales. Tampoco de géneros futbolísticos. El Oviedo es víctima de un conflicto de géneros narrativos. Hasta el iletrado más recalcitrante habrá de admitir que la literatura determina muchos órdenes de la vida. Más allá de los libros, existimos en función de qué historia protagonizamos o formamos parte.
El pasado junio nos despedimos de una novela fantástica que derivó en un vodevil sin gracia (que es lo peor que le puede pasar a un vodevil). La temporada 2015 / 2016 se planteó enseguida como una búsqueda del paraíso; el éxodo a una tierra prometida  que, en su resolución, recurrió a un replicante torpe que ni siquiera supo buscarle épica a un decepcionante final. Cuando aún tratábamos de asumir la sucesión de acontecimientos, se presentó la nueva temporada bajo el signo de una novela realista. Y hay viajes que sólo apetece hacer en una dirección: ¿quién no quiere ir de la realidad a la fantasía? Ahora bien, al contrario ya no es tan agradable.
Recuerdo que Luis Landero, el novelista autor de "Juegos de la edad tardía", afirmó ante la inminencia de su segundo libro, y después del éxito de su debut, que ojalá pudiera publicar la tercera obra después de la primera. Si prescindimos de contextos y circunstancias, el regreso del Oviedo a la Segunda División fue un éxito en términos relativos: no dejábamos de ser unos debutantes siendo como éramos un equipo recién ascendido.
El domingo observaba al Numancia como un posible espejo en el que reflejarnos: un equipo ya tradicional de la división de plata que suele moverse por la zona media de la tabla acostumbrando a su afición a una confortable rutina. Tal vez sea esa rutina la segunda novela que jugadores e hinchas oviedistas nos negamos a escribir. A Landero no le quedó más remedio que publicarla y, a día de hoy, es una referencia de la literatura de este país. Pero hay ocasiones en que las páginas parecen escribirse solas o más bien irrumpe ese narrador implacable que se llama tiempo. La del campeonato de liga es una narración que no puede interrumpirse. Hemos salvado un punto contra el Numancia y su entrenador, Jagoba Arrasate, tiene la sensación de haber perdido tres. No diría yo tanto. Parece que al técnico vizcaíno le va la hipérbole. Considerará, como el Nobel García Márquez, que la literatura es exageración.
Ante el conflicto de géneros, una posible alternativa es aspirar a un equipo de autor. El equipo soriano lo es: juega bajo la firma  sutil y elegante del veterano Julio Álvarez: un futbolista que, desde mi punto de vista, mereció haber brillado más de lo que lo hizo en su carrera. En Oviedo soñamos con que Michu ponga su letra definitiva en nuestras páginas. Mientras tanto, no están mal ciertas rutinas: Toché sigue marcando.


                          Fernando Menéndez

domingo, 9 de octubre de 2016

De cabeza : La incredulidad (Originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


La incredulidad


Una de las razones de la buena salud del fútbol es su condición de religión. Pero cada creyente expresa su fervor o su escepticismo a su manera. La postura del entrenador, como la del jugador, es en principio una postura compleja: lo mismo creen en un proyecto que son admirados y seguidos por miles de devotos. Es raro  ser un profesional y mantener al mismo tiempo la candidez de la fe. Desde este punto de vista, el fútbol es una religión cada vez con más creyentes no practicantes. La fidelidad a unos colores corresponde casi en exclusiva a la grada. Casos como el de Francesco Totti, capitanísimo de la Roma, que acaba de cumplir cuarenta años sin haber abandonado nunca el club de sus amores, parecen más propios de un hincha que de un futbolista. Totti, a la luz del fútbol actual, es una especie de santo laico.
Lo que ayer era habitual, hoy es un milagro: ser fiel toda una vida a un mismo equipo. Totti es casi un santo pues su lealtad es prácticamente un prodigio.
Dijo Fernando Hierro tras perder contra el Reus que, si ahora dejamos de creer, estamos muertos. En la afirmación del entrenador azul hay, qué duda cabe, una profesión de fe. Sabedor como es por su dilatada experiencia que, en tiempos de tormenta, conviene no hacer mudanza. Los técnicos tienen una manera muy concreta de expresar su credulidad: ser constantes y perseverantes en la alineación que deciden domingo a domingo. No hay expresión de fe más cotidiana que poder citar al equipo titular de carrerilla. Los cambios continuos en el once de salida, más allá de la clásica justificación de rotaciones y descansos por un calendario apretado, son el síntoma de una creciente desconfianza que suele desembocar en una evidente incredulidad. En un campo ya histórico para la memoria azul, el Oviedo saltó a jugar contra el Cádiz en plena crisis de fe. En cuatro días escasos, Hierro modificó la alineación ostensiblemente con respecto al partido anterior. Cuando escuché que del equipo inicial se cayeron jugadores como David Fernández, Michu o Susaeta, busqué desesperadamente un rosario y un misal. Sin embargo, como ya saben ustedes, la supuesta crisis se convirtió enseguida en una fiesta. Es lo que tiene el fútbol: una vuelta al día en ochenta mundos, que diría Julio Cortázar. En realidad se trataba de algo mucho más sencillo: de adaptarse a las necesidades puntuales del encuentro y de contrarrestar las virtudes del rival. En cuanto a mí: no se fíen demasiado. Paso del fervor al ateísmo y viceversa con suma facilidad. Vamos, lo que se dice una oveja descarriada, un hijo pródigo, un alma en pena.


                                    Fernando Menéndez 

El apuntador: En Londres (V) Originariamente en La Escena

EL APUNTADOR: EN LONDRES (V)



Marta
le da
un beso
la estatua
de
Amy
Winehouse
que
hay
en Camden.
El suyo
es ese
tipo
de
gesto
espontáneo 
que
surge
de
una
entraña
que es
pura
brisa.
Así
se toma
las cosas
Marta:
con
la inocencia
que se
ha perdido
a
jirones
por los
viejos
destinos
del
mundo.
Hay algo
en Camden:
la posibilidad 
ambulante,
una abeja
que
sólo conoce
el momento
presente.
El entusiasmo
prende,
aunque
no 
es habitual,
de ahí
su
efecto
benéfico.
El entusiasmo
es
el álgebra 
de
quien carece
de
sospecha
previa.
Marta
se
entusiasma
con
muy poco:
es el tic
que
surge,
por ejemplo,
de un verso
de
Claudio
Rodríguez,
de
una canción
que
asciende
por
las venas
cuando
nadie
la espera.

viernes, 30 de septiembre de 2016

Cancionero de mano: La vieja pregunta

La respuesta,
en
la niña
que
se sienta
a
los pies
de
ese viejo
cascarrabias.
En
su piel
tan blanca
se
reflejan
nuestras
antiguas
canciones.
En
su tez
siempre
es
invierno:
la época
de
ordenar
lo recolectado,
la época
de
las visiones
nocturnas.

De cabeza: Los detalles. Originariamente en La Nueva España

DE CABEZA


Los detalles


El pasado domingo, el Getafe y el Oviedo jugaron un partido de fútbol. Parece una obviedad,  pero hay muchos partidos de fútbol que no lo son. Guardan las apariencias, nos distraen con tres o cuatro cosas y nos vamos para casa tan contentos. En los verdaderos partidos, al igual que en las novelas, hay que meterlo todo como decía Virginia Woolf. El repertorio del fútbol es rico y variado y cuanto más se muestre ese repertorio, más se alimentará nuestro estómago futbolístico. Las victorias de nuestro equipo, si carecen de matices y detalles, nos llenarán; matarán la urgencia del hambre, pero no aportarán vitaminas ni proteínas. Dice un aforismo clásico del fútbol que, a veces, un encuentro se dirime por pequeños detalles. El maestro ruso del cuento, Anton Chéjov, creía firmemente  en la trascendencia de los detalles narrativos. Afirmaba el autor de "La dama del perrito" que si en el primer párrafo de una historia aparecen unas gafas, esas gafas han de tener alguna incidencia en el relato. Chéjov no creía en los pasajes de relleno. El fútbol, si aspira a ser importante y memorable, no debería descuidar ningún detalle. 
Al Oviedo, por ejemplo, le perdió la falta de personalidad en la segunda parte. Una de las cuestiones más peliagudas para un equipo es evitar contagiarse de su rival. Tras el descanso, el Getafe subió los decibelios, intensificó y enloqueció el juego. El Oviedo, en lugar de enfriar el ardor madrileño y mantener la posesión del balón en la medida de lo posible, reculó en primera instancia para participar después en el intercambio de golpes. Y en este caso, los detalles nos dieron la espalda: un remate al palo en el descuento, un mano a mano con el portero del Getafe, una buenísima oportunidad de Michu.
Encierra el equipo azul un misterio difícil de descifrar: a pesar de no haber despachado un buen partido completo; de la rácana cifra de puntos, cuando es capaz de trenzar juego y mirar a la portería contraria, llega con pasmosa facilidad y no sin estilo. Es una novela con voluntad estética pero aún sin narrador. Comparto el deseo de que sea un equipo reconocible, si por reconocible entendemos  que sea un equipo que sepa a qué juega, que es tanto como pedirle a un novelista que sepa qué historia nos quiere contar. O quizás sea uno de esos exploradores que hace camino al andar.
Mientras tanto, el desánimo y la inquietud empiezan a gotear como dos gotas insidiosas. La afición comienza a parecerse a ese espectador impaciente porque la trama del film no avanza. Hace falta ya un poco de acción . A los personajes los conocemos. Al narrador, lo intuimos. Cámara y acción. Pero que no sea a través de unos efectos especiales. Las buenas películas se recuerdan por sus buenos guiones.



                           Fernando Menéndez

El apuntador: En Londres (IV) Originariamente en La Escena

EL APUNTADOR: EN LONDRES (IV)



El comercio
nos 
observa
ansiosamente 
para saber
de
nuestros
deseos,
de
nuestras
antipatías.
Lo dice
Virginia
Woolf 
en
su libro
sobre
Londres.
Paseamos
por
Covent
Garden.
Me
doy cuenta
de que
la oferta
y
la demanda
serán
las estrías
de 
nuestra
vejez
remisa.
Tengo
cincuenta
años
y
el mercado
disocia
cada vez
con más
facilidad
el dicho
del
hecho.
El comercio
nos
observa 
y
nos dice.
Son
gamas
de
colores.
Poesía
emocional.
Un hilo
musical
con gusto
por
la tensión.
Babelia 
homogénea.
Hacemos
un alto
en
nuestro
deambular.
Pido
un capuccino 
en una
franquicia
de
artificioso
carácter
italiano.
Virginia
Woolf 
escribe
acerca
de 
Londres
sin
énfasis
beligerante
ni
obligada
ciudadanía.
Lo hace
con
la boca
minúscula.
Con la
prudencia
y
la astucia
de
no distinguir
jerarquías
entre
el nosotros 
y
el yo.
Estamos
solos,
parece
decirme:
mañana
será
ayer.
Agradece 
semejante
alivio,
pósalo
despacio
como
se posan
las
flores,
las
coincidencias,
los
pensamientos.




domingo, 25 de septiembre de 2016

De cabeza: Las maquetas. Originariamente en La Nueva España

DE CABEZA


Las maquetas


Lo más cerca que estuve de una utopía fue cuando, de crío, iba de paseo con mis padres y nos parábamos a contemplar en un escaparate la maqueta de un edificio de próxima construcción. Me fascinaba ver una casa que podía coger con las manos y, sobre todo, me fascinaban los muñequitos de plástico representando a los viandantes, los arbolitos, los cochecitos... Era tan ideal aquella puesta en escena que cuando se llevaba a cabo, el proyecto perdía encanto para mí. Por entonces pensaba que era lo lógico, tratándose de un niño. Pero fui haciéndome mayor y seguí comprobando que prefería la maqueta a la realidad. Qué se le va a hacer. No es que viva a disgusto con la realidad. Al igual que el resto del personal: la cosa va por rachas. Y en aquellos edificios liliputienses parecía que nada podía ir mal. Me acordé de todo esto viendo el partido del Oviedo contra el Mirandés bajo un sol, este sí, híperrealista. Me acordé porque, en contra del parecer general que noté en el ambiente: a mitad de camino entre la decepción y el cabreo, me vi a mí mismo tranquilo y hasta casi satisfecho. Enredado como estaba en mis recuerdos infantiles, comprendí de inmediato que lo que me ocurría era que veía al equipo azul como a aquellas maquetas de antaño: con los jugadores aún pequeñitos, las porterías diminutas y el balón como una de esas bolitas de anís que siempre rechazaba del revoltijo de Reyes. De ahí mi felicidad. Posiblemente, para muchos lectores, irritante y provocadora. Nada más lejos de mi intención. Si lo piensan y tienen la paciencia de ponerse en mi lugar, mejorarán su perspectiva de los hechos y disfrutarán de ese tiempo que media entre el proyecto y las primeras excavaciones. El jubilado experto en supervisar obras a lo largo y ancho del municipio me reprochará, condescendiente, que "la obra, chaval, ya empezó hace un buen rato; anda que no nos hemos dejado ya puntos entre tanta ferralla y tanta excavadora".  Por respeto, asentiré y no le llevaré la contraria. Las horas de vuelo son las horas de vuelo. Pero no hay duda de que estamos ante una impecable maqueta: el gol es casi gol; el pase es casi pase y el regate, casi regate. La realidad (la escala natural de las cosas) se caracteriza por superar ese "casi" que nos tiene prendidos, como un cordón umbilical, a la infancia.
Imagínense a ese niño que convence a los padres y entran en la oficina de la empresa constructora. "Verá, dirán sus progenitores al encargado (un tipo bien parecido y plantado de pantalones negros e impoluta camisa blanca), es que al crío le haría mucha ilusión ver de cerca las casitas y los muñequitos. Siempre que vamos de paseo se queda parado delante del cristal y hoy, como vimos que estaba abierto..." El inmaculado empleado esboza una leve sonrisa e invita al pequeño a que, incluso, si quiere, puede tocar la maqueta. El niño, con los ojos como platos, mira de abajo a arriba al esbelto hombre. "Pero no la sobes demasiado, eh campeón, que esto, dentro de poco, van a ser casas como Dios manda".


                               Fernando Menéndez

El apuntador: En Londres (III) Originariamente en La Escena

EL APUNTADOR: EN LONDRES (III)



La historia
del
arte
es
la historia
del
arte
de
narrar.
Crónicas
o
utensilios
con
un fin
bien
concreto
adquieren
con
el tiempo
una 
naturaleza
que
excede
el objeto
con que
nacieron.
En el
Museo
Británico
las
adolescentes
japonesas,
tan
maqueadas,
pasan
entre
sarcófagos
milenarios
sin
preguntarse
por
la gramática 
de
aves
dioses.
Es el
Museo
Británico,
no
Las Vegas:
Herodoto
y
Philip
K.
Dick
encontraron
el punto
en el
que
toda
civilización 
se desploma:
no
es la guerra
ni
es la codicia,
es
el afán
por
exhibirse.
Nuestra
nueva
responsabilidad 
es
la de ser
espectadores.
De regreso
a
Bloomsbury
tenemos
la sensación 
de
haber hecho
un viaje
muy largo
cuando
apenas
hemos
bajado
unas
escaleras:
eso sí,
colosales,
imponentes.
Refugiados
en
librerías
de
viejo,
comprobamos
que
las sucesivas
o
simultáneas
lecturas
de
un mismo
relato
reducen
la
posibilidad 
de
una odisea.
Homero
se mimetiza:
se
confunde
entre
la multitud.

lunes, 12 de septiembre de 2016

De cabeza: El aburrimiento (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


El aburrimiento 


Decía el gran Ángel Gonzalez que para vivir un año hay que morir muchas veces mucho: una manera ciudadana y civil de confirmar que existe la reencarnación. Los equipos de fútbol son prueba de ello partido a partido y temporada a temporada. En otra época, la confianza ocupaba el lugar de ese continuado renacimiento. Eran tiempos en que jugadores y entrenadores podían encadenar años y años en un mismo club. Pero no nos pongamos nostálgicos y regresemos al presente: a menudo, cuando un escritor de dilatada carrera echa la vista atrás, suele obviar sus obras de juventud por considerarlas imperfectas, ingenuas, apresuradas... Los primeros partidos de un campeonato son las obras de juventud de un equipo. Así que, prefiero ver el empate a cero en Son Moix contra el Mallorca como una obra primeriza del Oviedo: sin duda imperfecta y, lo que es peor, aburrida. Pero el camino del equipo azul, como el de cualquier autor con varios títulos en su haber, tendremos que evaluarlo con una cantidad suficiente de encuentros jugados. ¿Y qué cantidad es esa? Según Fernando Hierro, los equipos se consolidan en diciembre. Ojalá tenga razón y podamos comprobar que la carrera de su plantilla es una carrera llena de títulos de éxito, bien escritos y amenos. Casi nada. Pero por pedir que no quede. Lo de ser amenos es importante porque el pasado domingo me aburrí un rato (y creo que no fui el único) viendo el partido. Ya decía Oscar Wilde que ser aburridos es de maleducados. Lo cual no significa que haya que amenizar todas las veladas a nuestra costa. La retórica positivista del fútbol prescinde de estas reflexiones: punto ser punto, se suele decir. Si te aburres, vete al cine o vete al circo, me espetarán. Pero no me negarán que aquí radica una contradicción: escuchamos a menudo que el fútbol es un espectáculo, entonces: ¿en qué quedamos?
Una cosa que me encantaba del "Dream Team" de Cruyff (un equipo sin término medio) es que cuando jugaba mal, lo hacía tan rematadamente mal, que era una delicia verlo; Buster Keaton o Charlot eran jugadores de futbolín a su lado. No es que quiera yo llegar a esos extremos con el Oviedo, que nadie se alarme. Lo que está claro es que una victoria o un empate a domicilio con algo de chispa, sin ser sufridos ni burocráticos, es mucho mejor.
Fíjense si será importante ser divertidos: yo, para ver el partido del equipo de mis amores, dejé a medias "Bullitt", la excelente película de 1968 de Peter Yates y protagonizada por Steve McQueen. Cierto que ya la había visto, pero son de esos filmes que nunca importa revisar. Y al acabar lo de Mallorca, comprobé que en la 2 habían emitido un documental sobre la exposición de El Bosco en el Prado que tenía muy buena pinta.
Puestos a fantasear, me gustaría ver al Oviedo como ese Ford Mustang que conduce Steve McQueen por las calles de San Francisco en una de las escenas de persecuciones de coches más célebre y mejor rodada de la historia del cine.



                         Fernando Menéndez

El Apuntador: En Londres (II) Originariamente en La Escena

EL APUNTADOR: EN LONDRES (II)



Comparto
la
fascinación 
por
la imagen
de
Aníbal
cruzando
los Alpes
a
lomos
de
un elefante.
Turner
lo pintó
atrapado
en
una tormenta
de
nieve.
Situado
en
la fuga
del
cuadro
mientras 
que son
los sufrientes
de
la batalla
la aplastante
visión
de 
las inclemencias
las que
hunden
nuestros
hombros
y
amplían
nuestra
perspectiva 
del tiempo
y
del espacio.
Incluso
amplían
nuestra
propia
auto
perspectiva 
y
retrospectiva.
Turner
peregrinó
por
media
Europa :
llegando,
parando,
explorando.
A veces
lo
hacía
pie,
cargando
con
todos
sus
utensilios.
La fatiga
de
un viaje
así
es
la muestra
más noble
de 
una vocación.
Marta
deambula
entre
alusiones
Goya
y
futuros 
amaneceres
prescritos
en 
pleno
XIX.
Marta,
como
todos,
va
trazando 
su
propia
visión
del
momento:
un monstruo 
marino
dulcificado
por
el amarillo,
un mar
contemplado
a
través
de
las nubes.
Turner,
entre
1830
y
1840
pintó
docenas
de 
cuadros
a
partir
de
observar
el mar
y
su comportamiento .
Docenas.
Observa
y
trabaja.
Observa 
y
trabaja.
Observa,
espera,
trabaja.
Confía.
No
existe
otra
manera.


El apuntador: En Londres (originariamente en La Escena)

EL APUNTADOR: EN LONDRES



Llegamos
a
una sobremesa
prolongada.
Las barcazas
que viven
en
el río
lo hacen
con 
la misma
ley
de 
vida
con
que nosotros 
pretendemos
pasar:
haciendo
el ruido
estrictamente 
necesario
pero 
llevando
al menos
un breve
asentimiento:
pequeño,
rutinario,
verdadero.
Hoy
he caminado
sobre
la misma
memoria
que
llevo años
cultivando:
Ted,
Thomas,
Charles,
William...
Se trata 
de
algo
simple:
asombrarnos
con lo
que
se supone
que
debemos
asombrarnos.
Nunca
nos 
consideramos
rebeldes:
nos falta
narcisismo.
Somos,
como mucho,
intermitentes
disidencias.
Labradores,
minifundistas
de
la paradoja.
De momento
nos basta
con pasear
y
sentirnos 
la pizca
prescindible 
de
una historia
que
nos supera.
Ya viene
de 
Basho
no se
detiene
en
Shakespeare. 
Continua.
Celebremos
este
tiempo libre:
nos
permite
vagar, 
desplazar
el pensamiento
a los pies,
mezclarnos,
disolvernos,
renacernos.

domingo, 4 de septiembre de 2016

De cabeza: Deprisa, deprisa (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA



Deprisa, deprisa


Hay un uso diferente al que señala el diccionario para las metáforas y los eufemismos (que no dejan de ser metáforas sonrojadas): el de disimular las carencias y las fobias de quien las utiliza. A pesar de haber vivido en las últimas décadas la explosión de un fútbol más de toque y más técnico, aún sigue teniendo predicamento la expresión, a modo de reproche, que se le hace a un futbolista cuando se le grita: "¡chaval, hay que correr más!" En esa advertencia enseña el aficionado mucho más sus manías que el jugador sus limitaciones. Es obvio que el futbolista debe correr, pero ¿para qué? ¿por qué? ¿con qué fin? Tengo la certeza ya desde hace años de que a la grada le entusiasma que el equipo corra. ¿Hacia dónde? No importa. Que corra. Luego ya veremos. Como si asistiéramos a una minimización del juego. Como si el fútbol fuera lo que queda después de correr, correr y correr. Se ha perdido entre los locutores la vieja costumbre de anunciar el inicio de un encuentro al golpe de: "que ruede el balón". Y es una pena. Porque esa expresión nos recordaba desde el minuto uno que si algo tiene que rodar, rodar y rodar(su forma de correr) es la pelota. Los futbolistas no deben llegar antes ni después. Sino llegar a tiempo. Cuando corres en exceso caes en la tentación de querer marcar el segundo gol antes que el primero o de querer empatar cuando aún no vas perdiendo. Los eufemismos son una manera de enunciar positivamente algo que se valora en clave negativa: asistimos a un tiempo en que se elogia de muchos equipos su intensidad, su agresividad. Lo más habitual es que ambas características oculten otras carencias, aunque es elogiable que se haga de la necesidad, virtud; pero lo que traiciona los principios del fútbol es desplazar su epicentro: del balón al esfuerzo y las piernas estresadas de los jugadores.
El sistema solar de este juego ha sido y es inalterable durante años y años: un montón de satélites y planetas girando alrededor de un único sol: el balón. Por eso me alegró oír a Fernando Hierro decir después del partido contra el Almería que, hasta el primer gol, el equipo había corrido demasiado. 
En noventa minutos hay que manejar la paciencia  y esperar la oportunidad. Si conduces con exceso de velocidad es difícil ver por el rabillo del ojo; es difícil apreciar con todo detalle los paisajes y se desquicia el balón: que sufre con los patadones y las conducciones prolongadas.
El adjetivo es la clave: "demasiado". La liga, como el arte, es larga. El partido es corto para los ansiosos, suficiente para los tranquilos. Ya lo decía aquella estupenda banda, "El niño gusano": si pudiera pedir un deseo, sería el hombre más lento del mundo.


                                 Fernando Menéndez

viernes, 26 de agosto de 2016

Cancionero de mano: Almanaque

Hay
un
instante
a
primeros
de
diciembre:
los
relojes
se
paran,
se
apagan
los
ordenadores,
las
máquinas
de
café.
Hay
un
instante
a
primeros
de
diciembre:
no
recuerdo
el
porqué
ni
tampoco
el
cómo

Cortázar

¿Por qué, a ciertas horas, es tan necesario decir: "Amé esto"? Amé unos blues, una imagen en la calle, un pobre río seco del norte. Dar testimonio, luchar contra la nada que nos barrerá. Así quedan todavía en el aire del alma esas pequeñas cosas, un gorrioncito que fue de Lesbia, unos blues que ocupan en el recuerdo el sitio menudo de los perfumes, las estampas y los pisapapeles.

("Rayuela")

El apuntador: Rey eterno (originariamente en La Escena)

REY ETERNO


El Imperio Romano y las televisiones.
El miedo y el deseo de volar.
Espartaco y el insomnio.
La pupila de un puño.
La floresta incipiente en las rodillas.
Los pareados. La justicia. La velocidad
de la luz. Walt Whitman y James Brown.
La falta de piedad en los hoteles.
El peso insoportable del silencio.
La ansiedad de Odiseo a su regreso.
La noche interminable de Floyd Patterson.
La elegancia histriónica del vencedor.
Las cuentas pendientes de la historia.
La ceremonia nocturna por el combatiente.
Los trazos imborrables en la arena.
Cada victoria proclamada en el desierto.
Mahoma, Yahvé, la honda de David.
La prensa sucumbiendo al dulzor de los adjetivos.
La soberbia como metáfora de lo incierto.
El cuadrilátero y la comedia musical.
La retórica disimulando lo evidente.
El cansancio de Foreman. La rabia de Frazier.
El Get back de los Beatles y el ingenio
de Oscar Wilde. El púgil invisible, traidor
y postrero. La memoria y la publicidad.
Los jefes de estado del tamaño de una hormiga.
El eco de África en Nueva York.
La comba y el saco. Los hijos y la comunidad.
Los ajenos que te ponen en un altar.
Los ajenos que se ofrecen como
hijos adoptivos. Cada paso de baile,
cada verso. Cada prosa, cada reto.
Golpe a golpe. Verso a verso.
El cronista y el don nadie.
Las madres y las mujeres 
de la primera fila. Superman,
Marilyn, Pelé. Cada caída
y cada negación de lo imposible
conspiraron, llegaron al acuerdo
de nombrar Rey Eterno
a Muhammad Ali.

El apuntador: Café Paraíso (originariamente en La Escena)

EL APUNTADOR: CAFÉ PARAÍSO


Sale el sol,
es martes
por
la mañana.
El día es
una cuenta
atrás,
la posibilidad 
de salir
de este
embrollo,
de atravesar
el umbral
y
sentarme
ante
un café
mientras
observo 
conversar
a
la gente,
disfrutar 
de
una tregua,
salvarse
de 
la quema.
Escucho
una canción:
renazco
en ella.
Soy
un tipo
con suerte:
necesito
muy poco
y
lo poco
que necesito,
lo tengo
al alcance
de
la mano.
Sale el sol,
es martes
por
la mañana.
La vida es
una cuenta
atrás.

De cabeza / El efecto retardado

DE CABEZA



El efecto retardado


Sería por el horario nocturno o porque vi el partido en bermudas, pero la sensación que tuve el pasado domingo ante el debut del Oviedo en Valladolid fue la de estar viendo algo como en diferido. Como si viera el Campeonato Carioca o el Torneo de Clausura argentino. Yo no me acabo de acostumbrar a que la liga se inicie en las entrañas de agosto. En septiembre todo era más fácil pues uno podía identificar la vuelta del fútbol con el regreso al cole; además, en mi caso, no he logrado abandonar la sensación de que el comienzo de año es en otoño y no en enero. Qué le voy a hacer, no acabo de madurar. Mido el tiempo en temporadas. Soy una versión levemente mejorada de una mezcla entre futbolero y eterno estudiante. Así que, con estos antecedentes, me puse a ver el partido de un Oviedo en continua renovación, pues no hay verano sin grandes cambios en la plantilla y en el cuerpo técnico. Aunque sospecho que tal cosa no es exclusiva del equipo carbayón y que forma parte de una dinámica propia del mercado, que se alimenta de un continuo carrusel de novedades y especulaciones.
Con una sensación de efecto retardado, examinaba, más que contemplaba, al equipo de Hierro. Y digo examinaba, pues es la típica actitud del aficionado al principio de curso: a ver qué nos han traído; a ver cómo están los que se quedaron... El Oviedo, ya lo saben ustedes, ha comenzado perdiendo, pero es obligatorio a estas alturas ser optimistas. Los de Pucela jugaron casi todo el encuentro a cantar la canción de "abre la muralla, cierra la muralla". Y cuando los azules lograron abrirla, se encontraron con Becerra, el portero blanquivioleta, que en esta ocasión fue más cancerbero que nunca y acabó por ser el mejor del partido.
Con los años, me vuelvo más sucesivo que simultáneo: necesito seguir un orden. Y por estas fechas me fijo primero en los jugadores nuevos y luego en el sistema. Me llamó la atención Lucas Torró, el mediocentro cedido por el Madrid, que por estatura y disposición bien podría ser el controlador aéreo del equipo: ese que procura que no haya choques y regula el tráfico; quien avisa si hay pista libre para aterrizar o despegar.
La afición volvió a Oviedo bajo las expectativas ya de un nuevo día en el calendario y yo me quedé rumiando la certera afirmación que le oí a Manu Sarabia: "las soluciones las ofrecen quienes no tienen el balón pero las toma quien lo tiene". La clásica frase que debería figurar en todo vestuario.



                 Fernando Menéndez

viernes, 24 de junio de 2016

Pasolini (viernes)

Hay un destino físico en la ideología

Atahualpa Yupanqui (viernes)

Después vienen los otros, los que dicen: "Tengo mi mensaje" y han escrito dos zambas, una chacarera y una canción protesta, y a eso lo llaman mensaje. Eso es falso. Mensaje es una vida. Mensaje es los setenta y cinco años de Andrés Chazarreta tocando danzas y nunca hablando de mensaje.

jueves, 16 de junio de 2016

Frank Bascome - Richard Ford - Cowboy Junkies - Penúltimo danzante

ahora sé que quise ser frank bascome / conducir tranquilo por los barrios periféricos / ser el ciudadano que nadie espera y al que todos dan la bienvenida / vivir bajo sordina y al caminar cuesta abajo / despacio / entre platanales / pedirte un trozo de merienda / no traspasar el umbral de las expectativas / para una postal desde francia o para un verano inolvidable me faltan borrones / asteriscos // lo fácil era aprovechar la disculpa de tu hermano / los minutos forzosos de un encuentro casual y después la noche que abre sus rutilantes incisivos / la romántica desconfianza era propia / la cursilería / los pequeños papeles / las notas a pie de página / el mero amor por el frío

(The caution horses)

De cabeza / La dignidad

DE CABEZA



La dignidad


Por no quedar, al Oviedo no le ha quedado ni dignidad ni un mínimo de espíritu competitivo. El partido contra el Osasuna fue una condensación de este tramo final de liga; una antología de humor negro; una gala benéfica pagada por los de siempre. Lo que son las cosas: hace solo un año y poco, el Oviedo celebraba el partido más feliz de sus últimos tiempos. Se había conseguido el ascenso a Segunda División y como los finales felices provocan adicción, veíamos como algo natural repetir el "y comieron perdices" hasta el hartazgo. Pero ya dijimos aquí que el fútbol es un relato que desconoce siempre su desenlace.
El Osasuna (que sí consiguió su objetivo) nos llevó de la mano al Callejón del Gato, a contemplar nuestro reflejo deformado y deformante. Al menos podemos apuntarnos el mérito de ampliar la rica nómina del esperpento, ese género tan español. Al menos, como ha sugerido el bueno de Pablo Texón, podemos creer que ha sido el gran Valle-Inclán quien ha escrito el colofón a esta temporada. Que lo perdido para el fútbol sea ganancia para las letras. Redundando en géneros eminentemente hispánicos, también está la demagogia (ese recurso de quienes se han descargado de razones). Vacío y demagógico se presentó el entrenador azul en la alineación del sábado pasado. Si las alineaciones son la tarjeta de presentación de un entrenador, la última presentada por Generelo fue una retórica complaciente y, como se vio, cargada de peligro. Dio pena tener que ver sucumbir bajo una avalancha de goles a los Esteban, Cervero, Viti, Héctor, Omgba... y no a los que por lesión o decisión técnica se libraron de la quema. El campeonato se acaba de la peor manera posible y preocupa ver cómo en el fútbol profesional cada vez cuesta más trabajo empatizar y ponerse en el lugar del seguidor. Es la consecuencia de sustituir aficionados por espectadores.
El sábado ya había comenzado mal. Antes, uno iba a buscar las noticias. Ahora te asaltan mientras desayunas. La muerte de Muhammad Ali me amargó el café. Ali, un campeón del boxeo, de la empatía y, sobre todo, un campeón de la dignidad, ha sido alguien que me ha marcado profundamente. Y no hay en lo que digo ni un ápice de exageración o literatura.
Yo descubrí la trascendencia de su figura en el documental "Cuando éramos reyes" y a partir de ahí se mostró para mí como una referencia ineludible. Aún recuerdo la impresión que me quedó después de ver dicho documental en casa de una gran amiga. A partir de ese momento, lo puse en un lugar de preferencia entre mis ídolos. Porque reconozco tener ídolos. Desconfío de quien niega tenerlos. Probablemente sean ellos mismos sus propios ídolos. La autoidolatría es una práctica en alza.
Qué cruel está siendo 2016 con el talento: Bowie, Cruyff, Prince, Ali...
Y qué pensaría "The Greatest" si viese a un equipo como el Oviedo derrotándose antes de los partidos y dándolo todo por imposible. Él, que prefería pasar por bravucón antes que inclinar la cabeza. Él, que hizo de la dignidad su combate más brillante hasta el final y dio a la literatura oral y popular del siglo XX  alguno de sus mejores fragmentos:
"Imposible es sólo una palabra que utilizan los débiles que encuentran más fácil vivir en el mundo que les han dado que explorar el poder que tienen para cambiarlo. Imposible no es un hecho. Es una opinión. Imposible no es una declaración. Es un desafío. Imposible es potencial. Imposible es temporal. Nada es imposible".
Volveremos.


                                    
                                  Fernando Menéndez 

jueves, 9 de junio de 2016

Sophia de Mello (jueves)

La forma más eficaz que el poeta tiene de ayudar a una revolución es ser fiel a su poesía. Escribir mala poesía diciendo que se está escribiendo para el pueblo, es sólo una nueva forma de explotar al pueblo.

De cabeza / La transición

DE CABEZA



La transición 


Se impone una transición ante un cambio de régimen. Para templar ánimos. Para aminorar daños. En realidad, una transición es un pasillo cuya longitud depende de las ganas de cruzar de un extremo a otro del mismo. La transición, por norma, cuanto más corta, mejor. Más que nada, porque una transición que se prolonga se convierte en un estado de ánimo. Podemos consolarnos y pensar que la temporada que está a punto de concluir es una temporada de transición. Pero mientras empañamos nuestras lágrimas, hay equipos decididos a convertir el pasillo en un vestíbulo y están dispuestos a cruzar el umbral hacia un hogar más amplio donde da siempre el sol. En un ejercicio de funambulismo difícil de explicar, el Oviedo hizo su transición particular dentro de la más general. La calma llama a la calma y en el momento del calendario menos indicado (ese en el que el gran Luis Aragonés decía que se ganan y se pierden campeonatos) se forzó la salida del capitán del barco y se nombró a un grumete para sustituirlo (que es como si al director de un centro educativo le sustituyera su conserje). Y del barco, que parecía mantener un rumbo fijo, se arrojan por la borda la brújula y las cartas de navegación. Y no sirve aquello de que yo no mandé a mis naves a luchar contra los elementos. La Liga Adelante de esta temporada parece un juego de tronos cuyos candidatos se miran de reojo demasiado a menudo. Hasta que, de tanto insistir, a alguno de ellos se le ponen los ojos en blanco y ya no puede fijar la vista en ningún objetivo.
Ante un equipo tan bien trabajado como el Leganés, el Oviedo no salía de su propio bucle: un juego tristón y destensado; un fútbol sin adjetivos ni nombres propios. Contra el Zaragoza, después de acudir a la pila bautismal y , al grito de ¡revolución!, se quiso pasar por un once insurrecto lo que era una alienación meramente retórica. Y mira que el equipo maño no estaba para muchos sustos. Durante estas tristes últimas semanas, cuando escuchaba o leía las declaraciones del entrenador azul después de cada partido, me venía a la cabeza el brevísimo relato del maestro Monterroso: "Y cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". Conocí el relato con el título de "El sueño". En la versión casera y oviedista he de llamarlo "La broma". Por no ganar partidos, en estos días ni siquiera ganamos los partidos del lenguaje vivo, incisivo, que invite a creer. Lo peor, de cara a la afición, es que se la fue matando poco a poco. Nadie tuvo la gentileza de la muerte súbita.
Ahora disimulamos diciendo que para un equipo recién ascendido tampoco está tan mal. Pero, aun siendo cierto, suena a terapia de grupo. La verdad es que nos sentimos como el desgraciado que tira a la basura el décimo de lotería premiado. Y da la impresión de que de esta improvisada transición también saldrá perjudicada la memoria.
Necesitamos una transfusión de buenas noticias. Necesitamos que el color de la camiseta y la historia sean nuestro programa político.
Necesitamos alegría. Aún más. Necesitamos euforia.



                   Fernando Menéndez 

lunes, 30 de mayo de 2016

De cabeza / La mejor hincha del mundo

DE CABEZA


La mejor hincha del mundo


En el viejo Tartiere, en la típica polémica a propósito de una jugada, va un aficionado y le espeta a mi madre: - Lo que me faltaba, tener que discutir de fútbol con una mujer. Desde que tengo uso de razón, ver los partidos del Oviedo es verlos con mi madre, quien, como es lógico, me precedió en la militancia oviedista. De cría ya acompañaba a mi abuelo al estadio de Buenavista. Y supongo que, por aquel entonces, era poco menos que una rareza. No me imagino a muchas niñas yendo al fútbol con sus padres en los años cuarenta y cincuenta. Los estadios, durante mucho tiempo, fueron un terreno abonado a lo masculino. Yo mismo vi cómo hasta finales de los ochenta o principios de los noventa, las mujeres que veías en las gradas eran mayoritariamente novias o esposas de los varones que acudían al partido. Afortunadamente, cada vez se hizo más habitual ver en grupo o individualmente a chicas y mujeres animando al Oviedo. El fútbol, como otros órdenes de la vida, debe ser un reflejo de los cambios en la sociedad. Pero sabemos que no es así en todo el mundo y que el llamado deporte rey aún sigue viviendo muy ajeno a cuestiones que afectan a la convivencia y por tanto a él mismo.
Si hubiese un campeonato mundial de hinchas, la iraní Hanieh sería la campeona absoluta de esta temporada. Es más, yo la nombraría campeona emérita y le retiraría la camiseta como a las leyendas de la NBA. Hanieh es hincha del Persépolis y, como es natural, le gusta ir al campo a ver jugar a su equipo. Sin embargo, hay un "pequeño" detalle que se lo impide: en Irán las mujeres tienen prohibido entrar en los estadios. ¿Ustedes han escuchado o leído alguna vez que los organismos nacionales e internacionales del fútbol se hayan preocupado públicamente por este asunto? ¿No, verdad? Qué sorpresa. ¿Les suena si en Qatar, futura sede de un mundial, las mujeres pueden ir al fútbol? El amor de Hanieh por su equipo le empuja a superar barreras. Su equipo se jugaba la posibilidad de ser campeón contra el Rah Ahen, ¿cómo iba a dejar de verlo? Con la cara pintada y bajo cinco camisetas y cinco pantalones logró acceder y disfrutar de su Persépolis. Para dejar constancia de su hazaña, se hizo una foto y la colgó en internet:"Había dicho que iría al estadio Azadí y ya estoy aquí", escribió. Hanieh se expone a que la detengan y castiguen y ha recibido numerosas amenazas de muerte. También es cierto que cada vez hay más aficionadas que logran entrar ayudadas por otros espectadores. Para que nos hagamos una idea del significado de lo que Hanieh ha hecho, conviene citar alguna de las barbaridades que le dedican en las redes: "Hay que detener a esta chica que no respeta las normas, ponerla en una jaula y quemarla ante el mismo estadio para dar una lección  a las mujeres amantes del fútbol, no sólo en Irán sino en todo el mundo". A lo que la hincha del Persépolis respondió de manera obvia y contundente: "¿Por qué delito quieren condenarme? Quizá por el placer de mirar el partido de mi equipo favorito y animar a sus jugadores o quizá por haber estado entre hombres que se dirigían a mí de forma respetuosa?"
Al menos, Hanieh pudo ver a su equipo ganar dos a uno a su rival. El pasado domingo, mi madre no tuvo la misma suerte con el Oviedo. Mejor no les describo la cara que le quedó después del 3 / 1 en Almería. Pero puede asistir libremente al estadio ovetense o al que quiera. Y eso es lo que importa. Lo demás, no lo olviden, es sólo un juego.



                       Fernando Menéndez

jueves, 26 de mayo de 2016

Jenny Offill (jueves)

Aquel chico era tan guapo que lo miraba mientras dormía. Si tuviera que resumir lo que hizo conmigo, diría lo siguiente: hizo que yo me pusiera a cantar todas las canciones malas que sonaban en la radio. Mientras me quiso y cuando dejó de hacerlo.

("Departamento de especulaciones")

De cabeza / La alegría

DE CABEZA


La alegría 


La alegría viene, la felicidad hay que alcanzarla. Lo más complicado de la felicidad es que se piensa en ella como un ideal de vida o, como mínimo, un barbecho. La alegría es súbita, una escena inesperada. Si se la esperase y cumpliera con lo prometido, sería un encargo y no un premio. El fútbol es un atajo para estar alegres y un largo y tortuoso camino para ser felices. En la diferencia que hace el castellano entre "ser" y "estar" radica el origen de muchas de nuestras frustraciones. Asumir esa diferencia, es asumir que tu equipo  "es" pero no siempre "está". El verbo "ser" es un verbo denso, pasado de peso y satisfecho. El verbo "estar" es ligero y con hambre atrasada; temeroso y vividor.
El Oviedo está en condiciones reales de subir a Primera División pero a veces cuesta saber quién es. Qué es, ya lo sabemos todos. Pero en su personificación es donde corre el riesgo de diluirse: ¿Es el jugador que celebra un gol como quien celebra una revancha? ¿El aficionado que ha puesto las pocas esperanzas que le quedan en que suceda un milagro? ¿No es el fútbol uno de los pocos ámbitos donde se habla de milagros en el sentido literal de la palabra, sin metáforas?
Ganar cuatro a uno al Mirandés no es un milagro. Es una pequeña alegría. De esas que, como afirmaba el añorado Vázquez Montalbán, no te arreglan la existencia pero te solucionan la tarde o, con un poco de suerte, un par de días.
Ojalá la felicidad, como la venganza, fuera un plato que se come frío. Si fuese así, estaríamos despreocupados por el hoy, sea el que sea. Sin embargo, lo habitual es que la felicidad se guarde con celo en recónditos lugares. Los objetivos para aspirar a la felicidad pueden variar: los altera el azar y las circunstancias. El pasado verano era asentarse en Segunda División y ahora es quemar etapas lo más rápido posible. ¿No corre más peligro de indigestarse quien come a velocidades? Sé que por pedir la luna no pasa nada y yo quiero ver  de nuevo al Oviedo en Primera. Pero hoy me conformo con las micro alegrías, con pequeños detalles como el primer trago de cerveza que diría el francés. Se pueden hallar en una jugada concreta; en la actuación de un futbolista; en la consecución de un gol... Una micro alegría fue ver el sábado pasado a Toché multiplicarse por el campo: como un efecto especial de Valerio Lazarov o un multi retrato de Andy Warhol. O quizás la suerte de Toché fue recibir el aliento de Isidro Lángara, de quien el pasado quince de mayo se cumplieron los años de su nacimiento. Y por fin un jugador de su relevancia tiene la calle que se merecía ya desde hace tiempo. Yo veo los partidos desde la tribuna Lángara: un alivio y un honor. Honramos poco a las figuras caídas. Lángara le marcó dos goles a Alemania en Colonia ante ochenta mil espectadores, entre los que se incluía el mismísimo Hitler. El delantero oviedista aplacó durante un rato los humos y los delirios de las esvásticas que ondeaban en el estadio: una alegría que en nuestra memoria se convierte en felicidad.



                        Fernando Menéndez

martes, 17 de mayo de 2016

De cabeza / Los desenlaces

DE CABEZA


Los desenlaces


Empeñado como estoy en explicarme esto del fútbol y del Oviedo a través de los libros y de la literatura, me veo en la situación de decidir qué tipo de lector soy: ese que desea acabar la novela cuanto antes para saber qué ocurre al final o ese otro que disfruta con la acción demorándose; con una trama llena de obstáculos, de imprevistos... Me imagino que, en muchas ocasiones, este segundo tipo de lector, más que disfrutar con el camino, lo que teme es que le decepcione la conclusión de la historia. Decía Borges, a propósito de las novelas policiacas, que, en ellas, la resolución del enigma casi nunca está a la altura del enigma planteado. Por lo pronto, eso es lo que creo que le pasa a la mayoría de los aficionados azules: temen que la resolución de la historia que planteó el Oviedo no esté a la altura de la proposición inicial y que se fue fraguando partido a partido. Recuerdo al Oviedo en el amistoso veraniego contra el Atlético de Madrid: parecía un joven entusiasta con ganas de comerse el mundo. Ahora parece un anciano sin ilusión y sin saber muy bien cómo ocupar las horas del día. Al menos sin saber muy bien cómo ocupar los noventa minutos que dura un encuentro. Ya sé que sólo con el entusiasmo no se ganan partidos. Pero tampoco con el gesto cansino del profesional resabiado. El entrenador y los jugadores, después de cada tropiezo, tratan de marcar un gol en el partido virtual de las declaraciones, pero es simplemente una manera de suavizar el tránsito de una amenaza a otra. Porque en términos literarios, nuestra liga cada vez se parece más a una novela de Stephen King o a un relato de Edgar Allan Poe. El partido virtual de las declaraciones suena a auto consuelo para la plantilla y a flagelo o humor negro para la afición.
Creo que a estas alturas del artículo ya me he decidido: prefiero ser un lector que conozca el desenlace cuanto antes. Sin tener mucha fe en lo que vaya a ocurrir: los finales sorpresa siempre suceden en el libro que lee el de al lado. Está muy mitificado el punto y final de una historia: a la larga no puede ser otra cosa que el cierre lógico y coherente con lo que ocurrió durante todo el relato. Vamos, que los finales no se escogen. A diferencia de los comienzos, que son responsabilidad estricta del escritor. Los desenlaces suceden, sobrevienen. Nos salvan o nos aplastan. También queda agarrarse al consuelo implícito en la pregunta del autor perplejo: ¿por qué los llaman finales si es cuando empieza todo?
Supongamos que existiera la posibilidad  de minimizar un desenlace no deseado escogiendo aquél que más te gustara. Yo tengo preferencia por uno: el final de "El guardián entre el centeno" del norteamericano J.D.Salinger. Dice así:
"No cuenten nunca nada a nadie. En el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo".



                       Fernando Menéndez

miércoles, 11 de mayo de 2016

Cancionero de mano: Qué nos va a pasar

Nunca llevo
la ropa
adecuada
cuando
voy a
una estación
de autobuses:
o demasiado
obvio
o
demasiado
subliminal.
O
demasiado
puesto
o demasiado
desinhibido.
Por megafonía
se anuncian
los horarios
de salida.
Anda
vete
no vayas
a quedar
en
tierra.
Anda
vete
no vayas.

martes, 10 de mayo de 2016

De cabeza / Bajo presión

DE CABEZA


Bajo presión


Unos minutos antes de comenzar el partido contra el Córdoba sonó por la megafonía del Tartiere "Under pressure" (Bajo presión), el éxito que reunió a David Bowie y Freddie Mercury. Sentido del humor o sentido de la oportunidad, pero lo cierto es que la canción resume muy bien el estado actual del Real Oviedo. Ya no es nuevo que el buen gusto asome por los altavoces del estadio: escuché allí sentado, mientras pensaba en qué nos depararían los noventa minutos  de juego, a Oasis, Blur, The Cure, George Harrison... De eso hablaba el pasado domingo con Nacho, un oviedista fiel; de los de al pie del cañón; de los que nunca bajó los brazos. La afición iba ocupando sus asientos con una mezcla en los rostros de desconfianza y mañana dominical. Con Nacho hablaba de Bowie al mismo tiempo que se cantaban las alineaciones de los dos equipos. Musiqueros los dos, necesitábamos expresar el vacío que nos ha dejado la muerte del autor de "Starman". Comentaba Nacho que, aparte de todo lo dicho, Bowie era un gran cantante: nunca iba por detrás de la canción, siempre la llevaba a su terreno. Ir por delante de la canción, llevarla a su terreno: cuánto nos gustaría que el Oviedo fuese capaz de hacer eso. Pero el Córdoba no lo puso fácil: también anda buscando su propia música. Para un espectador ajeno a los dos colores que se la jugaban, fue un partido muy entretenido: "coast to coast". El Córdoba mereció sacar algo positivo de su asedio a la portería de Miño y los azules se defendieron como gato panza arriba. Con más coraje que rigor. No es mala cosa el coraje para esta etapa que resta de campeonato. Pero lo veo más bien como una circunstancia, una necesidad hecha virtud. Un equipo de fútbol necesita fútbol. Parecerá una obviedad pero en los tiempos que corren no lo es tanto. El Oviedo, de fútbol, no anda muy sobrado actualmente. Poca fluidez, juega muy partido y cada jugada parece una apuesta a todo o nada. Tal vez porque las victorias no se merecen, simplemente se consiguen, la obtenida con el gol de Josete desprende un aroma entre reencuentro y terapia de choque. La grada aplaudió la actitud y el compromiso: cosas que se suponen de antemano. Pero como no estamos para lujos, bienvenido sea todo lo que sume. No obstante, que las incidencias no nos distraigan. Yo sigo echando de menos al Oviedo que vi en muchos de sus mejores momentos en la liga. Ahora que Koné parece cada vez más en forma, acercándose a aquel delantero que decidía partidos, sería crucial un juego colectivo más regular, menos intermitente. Y crucemos los dedos. La clasificación no engaña. Seguimos allí arriba. Bajo presión. Que la fuerza de Bowie nos acompañe.


                                Fernando Menéndez

jueves, 5 de mayo de 2016

De cabeza / Los resultados

DE CABEZA


Los resultados 


A pesar de su supuesta solidez y obviedad, los resultados, llegado el caso, pueden ser tan elásticos e interpretables como un poema vanguardista. Fijénse, por ejemplo, en las noches electorales: si fueran novelas de Agatha Christie, para unos el crimen lo habría cometido el mayordomo, para otros, un amante despechado. Los líderes políticos aparecen ante las cámaras como entrenadores que no están dispuestos a asumir responsabilidades: la culpa fue del árbitro, del estado del terreno de juego, de las lesiones...
Restan jornadas aún (no muchas) para la definitiva noche electoral de la Liga Adelante. La diferencia con respecto a las campañas políticas, es que los encuentros jugados y por jugar no son encuestas o mítines (géneros literarios de ficción), son reales. En un Real Oviedo / Córdoba se pierde, se gana o se empata. No hay posibilidades de tendencias o especulaciones. Al final de los noventa minutos no hay manera de corregir ni de rectificar el marcador. Como mucho, silbar para disimular. Es el inconveniente de vivir sólo a base de resultados. Serán determinantes, pero tienen la capa muy fina. Si bajo ellos no hay nada, una idea, un estilo, una comunión en torno a un objetivo, la felicidad es una gota que se evapora nada más tocar el suelo. A mí me recuerdan cada vez más a la prisa que muchos escritores tienen por publicar. Lo importante no es tanto llegar sino la forma de hacerlo. Hace muchos años, el poeta Miguel Casado nos daba a unos cuantos un consejo que nunca olvidé: "nunca tengáis prisa. Hay libros que lo único que tienen en sus páginas es eso: prisa". Y lo que son las cosas, cuando menos nos convenía, la prisa llama a las puertas del Oviedo. El campeonato se estrecha y las cosas ya no son lo que eran. De los últimos seis partidos, sólo dos ganados. ¿Lo importante no eran los datos, los sacrosantos resultados? Pues ni así. Después del partido contra el Huesca, nuestras expectativas  han cambiado. No hace tanto peleábamos por conseguir algo que teníamos al alcance de la mano. Ahora lucharemos por conservar lo que tenemos y cada vez son más los equipos que lo ansían.
En la rueda de prensa posterior al encuentro del sábado, el técnico del equipo azul afirmó que "sabíamos que ellos iban a intentar manejar el ritmo del partido, queríamos imponernos y jugar a un ritmo alto, pero no encontramos ese juego". Saber lo  que el rival iba a hacer y no poder impedirlo. Sus declaraciones suenan menos a decepción que a auto consuelo. Y como el fútbol siempre es un terreno abonado a los tópicos, le toca el turno a la dichosa épica.
Yo, que quieren que les diga, desconfío de esa impetuosa señora. A veces me gusta disfrutar de ella cuando leo una novela o me siento en una sala de cine. Sin embargo, como recurso técnico no es muy efectivo. Sería interesante calcular la estadística de las ocasiones en que la épica haya sido un camino de éxito. Sospecho que el cálculo sería decepcionante. Si te agarras a un clavo ardiendo, podrás salvar el pellejo pero te quemarás las manos. Diego Cervero, en referencia al partido contra el Córdoba, avisa de que "el domingo empezamos nuestras siete finales". Demasiado pronto para hacer de la excepción una rutina.


               Fernando Menéndez