jueves, 28 de enero de 2016

Lorca

Y sin embargo, lo verdaderamente salvaje y frenético no es Harlem. Hay vaho humano, gritos infantiles, y hay hogares y hay hierbas y dolor que tiene consuelo y herida que tiene dulce vendaje.
Lo impresionante, por frío, por cruel, es Wall Street. Llega el oro en ríos de todas partes de la tierra, y la muerte llega con él. En ningún sitio se siente como allí la ausencia del espíritu; manadas de hombres que no pueden pasar del tres y manadas de hombres que no pueden pasar del seis, desprecio de la ciencia pura y valor demoniaco del presente.
Y lo terrible es que toda la multitud que lo llena cree que el mundo será siempre igual y que su deber consiste en mover aquella gran máquina noche y día y siempre.
Yo tuve la suerte de ver por mis ojos el último crack en que se perdieron varios billones de dólares, un verdadero tumulto de dinero muerto que se precipitaba al mar, y jamás, entre varios suicidas, gentes histéricas y grupos de desmayados, he sentido la impresión de la muerte real, la muerte sin esperanza, la muerte que es podredumbre y nada más, como en aquel instante, porque era un espectáculo terrible pero sin grandeza. Y yo que soy de un país donde, como dice el gran poeta Unamuno, "sube por la noche la tierra al cielo", seguía como un ansia divina de bombardear todo aquel desfiladero de sombra por donde las ambulancias se llevaban a los suicidas con las manos llenas de anillos.

(Comentario hecho por Lorca en una lectura de "Poeta en Nueva York" en el hotel Ritz de Barcelona, un 16 de diciembre  de 1932)

domingo, 24 de enero de 2016

Cancionero de mano: El instante decisivo

Tan sencillo
como
aquel "colibrí"
de
Carver.
Lo
difícil
es
entenderlo.
Lo
difícil
el
temor
a no
saber
qué
hacer
si
sobreviene
un minuto
de
calma.
Fijaos
en
lo que digo.
Un minuto:
cuánto
y
tan poco.

De cabeza / Teoría de la novela

DE CABEZA


Teoría de la novela


Como todas las cosas que merecen la pena, el fútbol es un género literario. Versátil, mutante: lo mismo se nos presenta en forma de tragedia que se nos viste de poema vanguardista. Para muchos aficionados es una historia romántica, para otros un thrillercontinuo. Los críticos e historiadores coinciden en que uno de sus mayores atractivos es que su final siempre es incierto. Tampoco carece de importancia el hecho de que sus personajes no proceden de mitologías y mundos extraños, vienen, al igual que nosotros, de la calle, de la vida misma. Que algunos de ellos se transformen en mito es un asunto que, de momento, dejaré para otra ocasión.
Tomemos como referencia el género literario más de moda: el microcuento. Sobre su extensión hay un consenso aproximado (si es que esto es posible). No debe durar más de una página o página y media. Si nos vamos a extensiones mayores, las dudas también pueden rondarnos: aún hay estudiosos que se preguntan si “La metamorfosis” de Kafka es una novela corta, un relato largo… El partido de fútbol sí resuelve ese conflicto: su duración es de noventa minutos más el descuento. De esto podemos estar seguros. Y de poco más. Cuando dos equipos saltan al campo, el césped rezuma incertidumbres. No es un cuento infantil en el que por exigencias del guión ha de tener un final feliz. Cuando el árbitro da el último pitido, alegría y tristeza se reparten según los colores. Fíjense sino lo que son las cosas: para el hincha holandés, Iniesta es un personaje siniestro que, una vez más, privó de un Mundial a los naranjas. Paradojas de la vida, quería decir del fútbol.
Para cada uno de los veintidós clubes que militan en la Liga Adelante, el campeonato es una novela río, sinuosa, plagada de subtramas: “Guerra y paz”, “Juego de tronos”, “Cien años de soledad”. La típica novela en la que pasan muchas cosas, con capítulos trepidantes y otros menos intensos pero iguales de trascendentes. El Oviedo, por ejemplo, el pasado sábado en Pamplona jugó un partido que no pasará a la historia del género pero que en el periplo particular de los azules puede jugar a la postre un papel decisivo. Un cero a cero, en principio, es un capítulo insulso; un relato menor que deja medio satisfechos y medio descontentos a unos y a otros. Depende. El buen espectador, como el buen lector, ha de saber leer entre líneas.
Seguro que en el trailer de la novela Temporada 2015 / 2016, el encuentro Osasuna-Real Oviedo hubiera aparecido como una de esas escenas con morbo: dos históricos venidos a menos en busca de la gloria perdida. La realidad, incluso en literatura (quería decir fútbol) suele superar o diferir de la ficción.
Nada de encuentro en la cumbre. La música de “Desafío total” que suele acompañar a las retransmisiones futbolísticas debería haber sido sustituida  por la música de “Psicosis” o el “Adagio” de Albinoni. Dependiendo del momento.
Después de cada partido, independientemente del resultado, siempre me viene a la cabeza aquella lúcida definición que Stendhal dio de la novela: “una novela es un espejo que se pasea por un ancho camino. Tan pronto refleja el azul del cielo ante nuestros ojos, como el barro de los barrizales que hay en el camino.” Cambien al inicio de la definición “novela” por “liga” y me comprenderán a la perfección.
A pesar de la sosura del resultado, el partido contra el Osasuna tuvo sus personajes inesperados, su protagonista a su pesar. Me refiero a Esteban, nuestro portero, que por veteranía y experiencia se mueve por el campo como un personaje de novela histórica. Esteban, al igual que El Quijote, es uno de nuestros clásicos. Lo que más le gusta a un portero es pasar desapercibido. Buena señal. Así que el avilesino, claro está, hubiera preferido no hacer ninguna de sus paradas y que la atención se la llevase Koné marcando dos o tres goles. Pero el destino de los guardametas es aparecer en las escenas más comprometidas. Chafando la victoria o el empate del rival. Que para los futboleros es tanto como salvar al mundo de una catástrofe universal.



                                   Fernando Menéndez


sábado, 16 de enero de 2016

De cabeza / Como niños

DE CABEZA


Como niños


Nada más libre y subversivo que la imaginación de un niño. De nuestra posibilidad de no romper del todo el cordón con el crío que fuimos depende en buena parte nuestro bienestar. Algo bien distinto es el infantilismo que recorre nuestro mundo como un fantasma hortera y que no es otra cosa que la niñez vaciada de su trascendencia y consagrada a la anécdota.
Nada más serio e incontestable para un niño que sus ganas y su capacidad para jugar: a lo que juegue Diegui jugará Johannesson. Y ningún juego tan elemental e igualitario como el de la pelota. Con un balón y un espacio disponible, las horas pasan creyendo que sólo existe un presente y es el que tiene lugar cuando se intenta un regate, chutas a gol o buscas a un compañero para una pared. Es tal la vocación del niño por ser niño que es capaz de arreglarse con lo mínimo para aspirar a lo máximo, lograr un imposible: jugar un partido de fútbol a pesar de no tener un balón. En la imprescindible película “Timbuktu” de Abderrahmae Sissako tiene lugar una de las secuencias más estremecedoras y a la vez hermosa que se haya podido ver en una pantalla de cine. No en vano, el equipo de redacción de “Días de cine” de la 2, acaba de elegirla como la mejor secuencia del 2015. “Timbuktu” es un alegato contra el integrismo religioso y una defensa de la libertad individual. La mítica ciudad de Mali, dominada por el islamismo radical, es sometida a la Sharía (ley islámica integral) que ve como una ofensa a Alá cualquier modo de distracción, el fútbol entre ellas. Bajo su imperio, jugar al balón, se castiga con veinte latigazos.
Nada más desafiante y escurridizo que la imaginación de un niño: en un terreno baldío de Timbuktu, un montón de críos juega el partido de su vida y por su vida. Y lo hace sin balón, eludiendo así el rigorismo y la crueldad de los guardianes de la fe.
A través de la cámara de Sissako asistimos a un partidazo, a la consecución de un gol irrepetible. Y todo sin un balón que llevarse a los pies.
Me imagino que la mayoría de los niños que acudieron al Tartiere el pasado domingo a ver el partido del Oviedo contra el Zaragoza tiene en su casa por lo menos un balón.
Con el excedente de esos “miles de balones” que se concentraron una lluviosa mañana para disfrutar del equipo de sus amoresvaldría para subsanar la necesidad de jugar que otros niños tienen en numerosos y olvidados baldíos a lo ancho y largo del mundo.
Tal vez un adulto sea sólo un crío que no ha marcado su último gol ni ha dado todavía su último pase. Quién sabe si el adulto, cualquiera de nosotros, se libre por un momento de esa soterrada mezquindad que nos va inundando con los años y vuelva a ser ese enano de largos brazos que haga la parada definitiva. La que salve el resultado final. Haya o no haya balón.



                                  Fernando Menéndez








jueves, 14 de enero de 2016

El hombre que vendió el mundo

Los discos clásicos de Bowie. A ocho euros. Me parece una buena oferta. Mucho mayor la calidad que el precio.
"El hombre que vendió el mundo". En la portada del disco, Bowie tumbado en una cama, disfrazado de dama victoriana, aburrida de aburrirse. A sus pies, la suerte desdeñada: una baraja de póquer esparcida por el suelo de la que solo se salva una carta que sujeta con los dedos.
David Bowie. Siempre fuera del tiempo y de lugar. Más bien, más allá de nuestro tiempo, más allá de nuestro lugar.
Extraño en esta pequeña capital de las apariencias donde apenas se le escucha en algún bar.
"Yo nunca perdí el control.
Estás cara a cara
con el hombre que vendió el mundo".
Mientras tanto, hagamos caso al míster cuando dice que un buen equipo se construye a partir de una buena defensa.

("Víctimas de la espera")

lunes, 11 de enero de 2016

Dos letras de Bowie

Se reproduce a continuación, y en exclusiva para "Material de desecho", las letras traducidas de dos temas inéditos de David Bowie inspirados en dos fotos del fotógrafo Robert Mapplethorpe. El primero se titula "Calla Lily" y está basado en una foto con el mismo nombre tomada por Mapplethorpe en 1988. La segunda letra se titula "Balada de Patti" y su origen está en un conocido retrato de Patti Smith hecho en 1977. En él aparece la cantante desnuda y encogida, agarrada a la tubería de un radiador que hay debajo de una ventana. Su rostro mira a la cámara y es difícil saber de qué nos quiere hablar: si de su buena o de su mala suerte.


CALA LILY

Robert tenía una cala que se llamaba Lily.
Era igual que las que pintaba Diego Rivera.
Los amigos le preguntaban por su flor de carne.
Y él, con una sonrisa burlona, comenzaba a desabrocharse los pantalones.
Robert tenía una cala que se llamaba Lily.
Todos los días cambiaba el agua al jarrón donde vivía Lily y todos los días le sacaba una foto.
¿Puede Lily sentir su amor? ¿Puede ponerlo a cien?
Robert tenía una cala que se llamaba Lily.


BALADA DE PATTI

¿Por qué no te pones algo de ropa?
¿Por qué no te alejas de la ventana?
¿Esperas una llamada que te saque de este infierno?
Sólo puedo mirarte y nada más. No hay ninguna fecha en el calendario que te haga dudar. Cada vez lo ves más claro, cada vez te importa menos lo demás. No sé si el mundo es una persona, no sé si el mundo es un trago de alcohol. Lo siento, Patti, yo no soy nadie, nunca quise perder el control. ¿Por qué no te pones algo de ropa? ¿Por qué no te alejas de la ventana? ¿Esperas una llamada que te saque de este infierno? Sólo puedo esperarte y nada más.

sábado, 9 de enero de 2016

De cabeza / Vértigo

DE CABEZA


Vértigo

La única manera de vencer el miedo a las alturas es acostumbrarse a vivir en ellas. Sabemos que hay equipos de fútbol que cuando se ven cerca de la cima les entra el deseo de mirar hacia abajo y padecen a continuación un ataque de vértigo. Según el vademécum futbolístico, el vértigo es la consecuencia de un desplazamiento inesperado; de una ocupación imprevista. Que un equipo recién ascendido se coloque en los puestos de privilegio hacia la máxima categoría es un “ocupa Wall Street”, una invasión bárbara que indigesta a gatopardos y señores feudales que se creían los propietarios de las mejores plazas. Porque, historia y valor de la plantilla aparte, el Real Oviedo ha despedido el año más pendiente de los sueños que de la realidad. Un amenazante enero pondrá a prueba a un insurrecto con abolengo, pero insurrecto al fin y al cabo. Antiguos inquilinos como Zaragoza, Lugo u Osasuna medirán nuestro juego y nuestro entusiasmo.
Pero no debe cundir el pánico: por mucho que las suaves temperaturas hayan disfrazado de primavera los días pasados, aún estamos en invierno. Todavía queda mucho por jugar: para lo bueno y para lo malo. Y nunca una certeza fue tan preventiva y quién sabe si tan consoladora. Es comprensible y hasta enternecedor querer zampar el segundo plato sin haber degustado el primero, o lo que es lo mismo: verse en Primera cuando apenas hemos llegado a Segunda. A partir de ahora, y salvo nuevo aviso, cada jornada supondrá un test sobre si padecemos o no mal de altura. Dejado atrás un partido peliagudo contra el Leganés, seguimos ahí: felices intrusos contraviniendo reglas y tradiciones. Qué sería del fútbol si no fuera por sus variadas excepciones a lo largo de su existencia.
Uno de los síntomas frecuentes del vértigo es sentir que el mundo está girando en torno a ti. Dicho síntoma es el prólogo a un derrumbe o una vida condenada a la horizontalidad. Visto en una clave distinta, sentir que el mundo gira en torno a ti se llama egocentrismo.
Apelemos a la astronomía: muchos son los asteroides, pocos los planetas. El Oviedo, de momento, es un asteroide. Para volver a ser planeta se precisa de una perseverancia en lo deportivo de la que se careció en los últimos años. Fíjense lo bonitas y clarificadoras que son las definiciones del diccionario de la RAE: planeta lo define como un cuerpo sólido celeste que gira alrededor de una estrella y que se hace visible por la luz que refleja. Hacerse visible por la luz que refleja, ¿acaso no es lo que equipo y afición intentan domingo a domingo?
El asteroide es más pequeño, tiene una naturaleza rocosa (interesante dato) y, a veces, como nos descubrió Antoine de Saint-Exúpery, lo habitan inspirados anfitriones. En nuestro asteroide azul (denominado M-31 por la Confederación Internacional de Astronomía Fantástica) dispensa dosis de prudencia y sensatez el míster Egea. Con su facilidad para el aforismo, ha asegurado a este periódico que “no ascender sería una desilusión, pero no un fracaso”. Y no le falta razón: desilusionarse es tropezar, fracasar es haber creído que todo giraba en torno a ti.




                               Fernando Menéndez

miércoles, 6 de enero de 2016

Cancionero de mano: Al final de la escapada

a Natalia

Quise sentarme
a ver
cómo
galopaban
los caballos
por
la playa.
El olor
a
mar
me persuadía
de
que nada
malo
podía
ocurrir
si
suspendía
mis
obligaciones.
Cuando tuve
la mirada
llena
de crines
volví
a
confiar.

Rafael Argullol

El cosmopolita quiere saber, mientras que el provinciano global quiere acumular.

sábado, 2 de enero de 2016

De cabeza / 2015

DE CABEZA


2015

Para rematar 2015, un año que desde el prisma oviedista no debería acabarse nunca, tomo distancia (literalmente) y me desplazo por un par de días hasta Bilbao. Si llegas en autobús, de camino a la estación, dejas a un lado ese imponente sin ser pretencioso nuevo San Mamés. Cuando el Oviedo vivía pendiente de saber su rival en el camino de regreso a Segunda División, cruzaba los dedos para que nos tocase el Bilbao Athletic: qué buena hubiese sido la oportunidad de consumar una vuelta tan ansiada en un escenario como La Catedral. Antaño, en el viejo estadio bilbaíno ya derribado, tuvimos los azules momentos que están marcados en la historia de la Liga: Marianín, el Jabalí del Bierzo, delantero que triunfó en los años setenta, se dio el lujazo de marcarle tres goles a Iríbar en su propia casa. Fue un 26 de noviembre de 1972. Desde entonces ha llovido mucho sobre los terrenos de juego. Se han ido alternando alegrías y frustraciones con las alegrías y frustraciones de la vida diaria, por eso, aunque Bill Shankly dijera aquello tan celebrado de que “algunos creen que el fútbol es una cuestión de vida o muerte, pero es algo mucho más importante que todo eso”, conviene aceptar la obviedad y reconocer que aun siendo oviedistas, habrá buenas razones para despedirnos del 2015 y saludar con ganas el 2016.
Dice el escritor argentino Ricardo Piglia que un cuento siempre cuenta dos historias: una narrada en primer plano (más visible) y otra en un segundo plano (más elíptica, más insinuada). La capacidad de un lector para hacer confluir en su lectura ambos relatos supone una experiencia casi plena. Lo mismo que para el hincha de un equipo es reconfortante la suerte de que coincidan los éxitos de su equipo con las satisfacciones de su vida personal. Sin embargo, sabemos que, por desgracia, esos momentos de plenitud son más bien escasos. De ahí que la del fútbol, más que trascendental, está predestinada siempre a ser una narración reparadora.
De las historias relacionadas con este deporte que deja el 2015, no logro quitarme de la cabeza una en la que no hubo ninguna posibilidad de confluencia, pues sucedió el pasado 13 de noviembre, durante los atentados de París.
Su triste protagonista se llamaba Manuel Colaço un portugués de 63 años que vivía en Francia desde hacía 45. Había llevado a un grupo de Reims a ver el partido Francia-Alemania y lo esperaba fuera. Casado, padre de dos hijos, trabajaba como conductor en una empresa de autocares. Le gustaba mucho el fútbol, era seguidor del Sporting Clube de Portugal, y por eso le tocaba muchas veces llevar a clientes al estadio. A veces veía los partidos con sus pasajeros. Esta vez, no. Fue la primera víctima de la tarde.
Que la memoria futbolística no olvide nunca su nombre: Manuel Colaço. Por mi parte, sólo me queda recordar aquella frase que dijo un sabio: “respeten siempre al rival, sin él no podemos jugar a lo que más nos gusta.” Es mi manera particular de desearles un feliz año.



                                                 Fernando Menéndez