domingo, 21 de febrero de 2016

Remate de cabeza semanal / La pausa (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


La pausa


Será por mi genética y tradicional lentitud, pero echaba de menos algo de pausa en los partidos del Oviedo. Aclarado, por lo que parece, su papel en el campeonato, falta por determinar cuál es su verdadero carácter: lo mismo contragolpea y busca el fútboldirecto que baja el balón al pasto y toca y toca hasta que sus delanteros encuentran una luz al final del túnel. Se verá como un elogio a la doble personalidad, como una exhibición de lo versátil. A mí me gusta que un equipo sea siempre reconocible.
Con las brasas (un tanto heladas) de la celebración en Oviedo del Antroxu, se presentó el equipo azul ante el Tenerife bajo un ambiente atmosférico de perros y con el disfraz de equipo jugón. Las condiciones del día apuntaban a pierna fuerte y vértigo. El míster Egea, en contra de lo previsible, decidió que el juego orbitase alrededor de Míchel, el nuevo fichaje de invierno llegado desde China. Un guiño, ojalá, a que tampoco hay que intimidarse por las inclemencias del tiempo. Míchel da la pausa y aceleración oportunas.
No le quema el balón en los pies y prefiere la visión panorámica al primer plano. Ahora entendemos a qué se refería el cuerpo técnico del Real Oviedo cuando insistía en que se trataba de un futbolista que nos iba a dar cosas que no teníamos. Entre otras, la pausa.
Ver no es lo mismo que mirar y para ver, en ocasiones, es preciso suspender la acción por unos segundos. Recuerdo a Butragueño, brazos caídos, detenido en medio del trasiego del área rival. ¿A qué se debía la pausa del Buitre? A la posibilidad de ver más allá de lo obvio. Decía Oscar Wilde que un artista es aquel que no ve las cosas como las ve el resto del mundo. Pararnos por necesidad lo hacemos todos. La cuestión es pararnos por voluntad propia. Al fútbol le gusta a menudo ser vertiginoso; no hacerse preguntas, vivir sólo de respuestas. Hay un tipo de centrocampistas que precisan buscar las salidas ocultas; que rompen la inercia natural del juego. Míchel es de esa clase de centrocampistas. El domingo pasado, bajo el aguacero, tocó y repartió con flema e intensidad según los casos, como si de una apacible tarde de mayo se tratara. A eso lo llamo yo carácter: a olvidarse del ciclo estacional, a obviar el rugido de la grada para trabajar con la minuciosidad de un relojero, la ensoñación de un poeta y la paciencia, obviamente, de los mejores futbolistas.



                             Fernando Menéndez















Elías Canetti (domingo)

Insoportables, los que siempre se creen auténticos.

Fanfarrón de la compasión.

("Apuntes")

Matar a un ruiseñor (poema). Harper Lee, in memoriam

Apalearon a un negro por echar un piropo a una cajera rubia.

Esperó a que regresara el silencio. Levantarse del banquillo y seguir sin que haya cambiado nada. Tengo dos niños: un chico y una chica. No sé cómo explicarles que en la vida, lo más obvio, es precisamente lo más difícil de conseguir.

Apalearon a un negro por echar un piropo a una cajera rubia.

El tiempo que tardé en guardar mi reloj de bolsillo, en ordenar los papeles, en repasar mentalmente los argumentos que utilicé, bastó para quedarme solo.

Apalearon a un negro por piropear a una cajera rubia.

Levántate, tu padre se retira de la sala. Un coro de mujeres y hombres en el gallinero del juzgado. Se pone de pie. Quieren creer que ya no son esclavos.

Apalearon a un negro por echar un piropo a una cajera rubia

El hombre que pasa bajo los pies del coro es un abogado blanco, joven y viudo.
Miró por nosotros, eso es lo que cuenta.

Apalearon a un negro por echar un piropo a una cajera rubia

No, no pueden aceptar que la derrota sea un mandato divino.

Eduardo Chirinos (in memoriam)

Anoche no he dormido, me pasé horas contemplando
la ventana.
La oscuridad no lograba disipar la música que acompaña
la noche,
la noche no lograba disipar la visión de una pared en cuyo
centro hay otra ventana.
Esa ventana es un vacío que se extiende hasta el más
profundo sueño.

("Naufragio de días")

domingo, 14 de febrero de 2016

Houellebecq

Porque un libro sólo puede apreciarse despacio; implica una reflexión (no en el sentido de esfuerzo intelectual, sino sobre todo en el de vuelta atrás); no hay lectura sin parada, sin movimiento inverso, sin relectura. Algo imposible e incluso absurdo en un mundo donde todo evoluciona, todo fluctúa; donde nada tiene validez permanente: ni las reglas, ni las cosas, ni los seres. La literatura se opone con todas sus fuerzas (que eran grandes) a la noción de actualidad permanente, de presente continuo. Los libros piden lectores; pero estos lectores deben tener una existencia individual y estable: no pueden ser meros consumidores, meros fantasmas; deben ser también, de alguna manera, sujetos.

("El mundo como supermercado", leído hace casi dieciséis años)

Cancionero de mano: Slow

SLOW

El contrabajo
es
cámara lenta,
las escobillas
del
batería.
Toda
versión
es
cámara lenta.
Que
lo sean
también
nuestros
próximos
pasos.
La memoria,
qué
desgracia,
a veces
también
cámara
lenta.

miércoles, 10 de febrero de 2016

El once ideal (Enero 2016) Algunos de los libros de lectura imprescindible según David Bowie

"El loro de Flaubert", Julian Barnes

"A sangre fría", Truman Capote

"Herzog", Saul Bellow

"El Gatopardo", Giuseppe Tomasso di Lampedusa

"En el camino", Jack Kerouac

"El maestro y Margarita", Mijail Bulgakov

"La maravillosa vida breve de Oscar Wao", Junot Díaz

"El marinero que perdió la gracia del mar", Yukio Mishima

"Ruido de fondo", Don Delillo

"Dinero", Martin Amis

"1984", George Orwell

martes, 9 de febrero de 2016

De cabeza / La discreción de David

DE CABEZA


La discreción de David


Las verdades más inconfesables se dicen en el área. Es la parte del campo donde se pide un último deseo, se lanza un órdago, se hacen promesas que no se cumplirán. No hay un solo futbolista que no guarde algún secreto de su paso por esa zona. Y ya se sabe que guardar secretos no es una virtud que prospere en los tiempos que corren. La obsesión por la transparencia afecta también al fútbol: con la proliferación de cámaras y micrófonos y el hambre del público por inmiscuirse, ya es casi imposible escapar del ojo que todo lo ve. Por eso, cuando uno asiste en vivo a un partido, se da cuenta de que, a la larga, lo que menos importa es el juego en sí. Importa mucho el ruido y muy poco las nueces. Pero este deporte tiene tanto pasado a sus espaldas que se resiste a ser simplemente espectáculo. Hay que ver más de lo que uno se conforma con ver para apreciar que la discreción es también un recurso del juego. Tradicionalmente, poco puestos tan callados y perseverantes como el de defensa central. Había una pequeña concesión al desparpajo. La existencia de una figura como la del líbero, que era algo así como un central con ganas de hablar. En su caso, se sabe y se interioriza que, después de ellos, ya sólo queda el portero ante el peligro. De ahí que lo arropen al máximo aunque, paradojas del fútbol, cada vez lo arropan más lejos del área. Queda muy bonito e incluso es cierto eso de que se ataca con once y se defiende con once. De acuerdo. Pero los centrales tragan más saliva y agitan más los brazos que cualquier otro jugador, con excepción del guardameta. Decía Tensi, un mito del oviedismo, que hay que salir de casa empatados. Su ocurrente frase no es otra cosa que un síntoma de la prevención y del temor a los platos rotos que anida en las inmediaciones de la portería. Fisonomistas, observadores, los centrales viven de anticiparse unos segundos a la realidad o de perseguir sombras (aunque esto no suele ser buena señal). Entre sus obligaciones también está la de emplearse con contundencia y es en este punto donde ponen a prueba su capacidad para discernir y ser sutiles. En contra de lo que sopla el espíritu guerrero, dar una patada a un delantero es fracasar. Ser capaz de que tu rival no consiga armar ni una jugada, limpiamente, sin demagogias, es una cualidad que se cotiza ya como se cotiza marcar goles. De ahí la tendencia de muchos centrales, como tantos delanteros, a lo llamativo y ruidoso. De ahí la estridencia continuada y colorista de los Ramos y Piqué. En cambio, David Fernández, el central del Real Oviedo, parece el hombre que siempre estuvo allí: esperando al contrario o al balón antes que nadie, corriendo en diagonal como por un atajo. Cumpliendo con la tarea a la chita callando. Con la elegancia y la eficacia del fútbol de toda la vida. Y sin apenas recibir una tarjeta. En tiempos de jugadores con más retórica que juego, David Fernández está en su sitio domingo a domingo. Yendo al grano. Sin que le sobre ni le falte nada. Todos los fines de semana escucho la misma expresión: - menudo central, oye, impecable. No se cansen de repetirlo, por favor. El bueno de David se lo merece.



                                             Fernando Menéndez

lunes, 1 de febrero de 2016

Al final del otoño, serenamente

AL FINAL DEL OTOÑO, SERENAMENTE



“Cuando enero fue pasto de las llamas”. Juan Ignacio González. Ediciones La Cruz. 80 páginas.


Mucho le debe la poesía en Asturias a la figura de Juan Ignacio González. De una manera sosegada, sin estridencias, lleva años descubriendo y dando oportunidad a poetas que dan sus primeros pasos. En circunstancias donde lo fácil es el paternalismo o la displicencia, González, desde sellos como “Heracles y nosotros” o “Cuadernos del bandolero”, ha esgrimido y esgrime confianza e ilusión. Jordi Doce, Jaime Priede, Aurelio González Ovies, José María Castrillón o Hermes González, por citar algún notable ejemplo, publicaron sus primeros versos al amparo del autor de “Otros labios acaso”. Promotor cultural infatigable, cofundador del grupo poético Cálamo de la Sociedad Cultural Gesto, su generosidad y actividad podrían distraernos de lo verdaderamente esencial e importante del autor mierense: su poesía, una obra que, libro a libro, se ha ido fraguando ajena a modas o ciclos. Deudora de cierto culturalismo que explotó con los novísimos, Juan Ignacio González no teme al lirismo como carácter tradicional de lo poético ni elude ese ancestral esteticismo que caracteriza a los clásicos. “Cuando enero fue pasto de las llamas”, su nueva entrega poética, apela ya desde el título a una mirada que busca en el pasado y en el transcurso del tiempo el sentido actual de su escritura. Uno piensa en el simbolismo de títulos como “El otoño de las rosas” de Francisco Brines o “Arde el mar” de Pere Gimferrer en los que se dimensiona lo más concreto: las rosas, el mar (enero en el caso de González) para emprender un diálogo tan viejo como la poesía entre lo más humano y lo más inasible.
“Cuando enero fue pasto de las llamas” se nos ofrece como una dilatada elegía que se detiene ante los hitos, obsesiones, querencias y preocupaciones del poeta. Así comienza el poema “ Soliloquio”: “¿Qué hacíamos tú y yo mirando los relojes / en los escaparates? / ¿Acaso iba la vida a retrasar sus horas / para dejarnos siempre sentados en los parques, / o al borde de un alero?”
Sensible y receptivo a la mitología del género que practica, no es Nacho González un poeta evasivo, ensimismado en su intimidad. El autor transita por los textos que ahora reseñamos y se presenta como un ciudadano más, como uno de los nuestros. Toda una vida entregada a la militancia política y social no podía caer en saco roto. Sin ceder ante la urgencia y el pasquín (enemigos de lo poético y su vigencia) “Cuando enero…” se inicia con un poema, “El hacedor de versos”, que ratifica lo dicho hace unas líneas.
Desde los primeros versos, lector y poeta, se sienten personajes y víctimas de una misma trama: “Escribir era esto: / llegar desnudo al mundo, / (…) Dejar flores y cartas sobre la tumba amada / y detener el miedo con estos tristes versos / que sienten, como tú / la rabia de este tiempo”.
Inconsciente e ingenuo, el hacedor de versos se empecina en su tarea, de ahí su peligro. Subraya y enfatiza que su identidad no es otra que la poesía. Abundan los metapoemas, aquellos que aluden al oficio; un asomarse al espejo que refleje un porqué a tanta perseverancia, a tanta dedicación. Los títulos al respecto no escasean. “Unas pocas palabras”, “La urdimbre del poema”, “Diré cómo aparece la poesía”, “Sobre la poesía”…
Y de esa novísima costumbre de tener bien ocupado el cuarto de invitados no se olvida el poeta tampoco: por su libro pasean e inspiran una nómina referencial, un inventario de nombres que ayudan a delimitar, por si no lo estuviesen ya, las deudas de quien escribe: Paul Celan, Arthur Cravan, Alfonsina Storni, Cyrano, Li Po…
Mención aparte merecen los poemas dedicados al mejicano José Emilio Pacheco y al catalán Joan Margarit, quienes aparecen como algo más que meros invitados. Presentados como homenaje, trascienden esta primera intención y llegan, sobre todo, en el caso de los más extensos, a condensar el carácter del libro que estamos leyendo. Hablando de poesía, la autorreferencia, la insistencia temática, lejos de ser un inconveniente, ayudan a apuntalar la motivación del poeta, el sentido de su oficio. El paso del tiempo (ya se dijo), la geografía emocional y los poetas queridos, son los tres pilares sobre los que se asienta “Cuando enero fue pasto de las llamas”. La estrofa que cierra uno de los poemas dedicados a Margarit, “Apuntes para un breviario de la infancia”, no deja lugar a dudas: “Al final del otoño vuelvo al Rayas, / no sé si es un remedio a la nostalgia / - el olor del papel me resulta entrañable - / pero sé que es posible reencontrar en sus páginas / las huellas de mi padre, / de cuando me leía, serenamente, a Lorca / en noches de aguaceros”.
Gracias, Nacho por no cejar en el empeño.



                                  Fernando Menéndez

De cabeza / La duda

DE CABEZA


La duda


Tal vez yo no sea el seguidor ideal de un equipo de fútbol. Las lealtades suelen estar empedradas de certezas. La fe suele ser un asunto inquebrantable. Del oviedista, al igual que de cualquier otro aficionado, se espera una adhesión a prueba de bomba. Después,está esa otra alternativa: la del hincha quejumbroso, protestón, pero que nunca falla. En el fútbol hay amores que gruñen. En mi caso, no he faltado a la cita con el Oviedo desde que tenía once años; sin embargo, no me veo identificado ni a gusto comulgando con esa ebriedad ciega que lleva en volandas a la grada. Participo cuando lo considero oportuno pero si escucho en el Tartiere que a mí, lo que me importa, es que mi equipo gane, juegue como juegue, suelo torcer el gesto. Digámoslo ya, y perdonen por la inconveniencia, soy un seguidor que duda. La duda, según pasan los años, se va convirtiendo en un estado de ánimo. Como recuerda Jaime Gil de Biedma, yo también vine “como todos los jóvenes, a llevarme la vida por delante”. Hay épocas en que la ceguera es bonita: el amor ciego, la confianza ciega… Hasta que llega un momento en que abres los ojos definitivamente y no por ello dejas de disfrutar de todo lo que tienes alrededor, aunque te vuelvas un adicto al “por si acaso”. Que perdimos dos puntos en Lugo: no sé… Que ganando al Alavés nos ponemos otra vez a tiro del ascenso directo: veremos… Nunca entendí por qué un deporte como el fútbol, donde lo único seguro es que los partidos hay que jugarlos, nos empeñemos en vivirlo (disfrutarlo y padecerlo) a golpe de certezas. Si como dicen los expertos que, al tratarse de un fenómeno social, refleja lo peor y lo mejor de nosotros mismos, da la impresión de que todo el mundo tiene al menos una idea, un argumento o una tesis inamovibles.
Una de las cosas más atractivas del fútbol es que su verdad tiene los pies de barro. A menudo la confundimos con un pronóstico. Vuelvo al pasado sábado en Lugo: en cuanto Toché marcó el segundo gol del equipo, al cero a dos se le iba poniendo rostro de certeza. Al final del encuentro, para disgusto del oviedismo, la certeza se diluyó en un empate a dos. En cambio, el balompié dio un nuevo quiebro a lo esperado, a lo evidente.
Por eso uno debe, de vez en cuando, querer más al juego que a su propio equipo. Para no perder la perspectiva  ni el sentido del humor. Para no creer que, de verdad, la fe mueve montañas. La historia de un campeonato es una mezcla de talento, azar, tesón, rigor, trabajo… y duda. Hace unos días, en una estupenda entrevista, Javi Gracia, el entrenador del Málaga afirmaba que “dudar es la esencia de mi trabajo”. No puedo sentirme más identificado. Y también con la frase del cineasta italiano Ettore Scola. “La duda de los artistas es la riqueza del mundo”.
Que descanse en paz el autor de “Una jornada particular” y “La familia”. Se ha ido dejándonos a todos mucho más ricos.



                                       Fernando Menéndez