lunes, 30 de mayo de 2016

De cabeza / La mejor hincha del mundo

DE CABEZA


La mejor hincha del mundo


En el viejo Tartiere, en la típica polémica a propósito de una jugada, va un aficionado y le espeta a mi madre: - Lo que me faltaba, tener que discutir de fútbol con una mujer. Desde que tengo uso de razón, ver los partidos del Oviedo es verlos con mi madre, quien, como es lógico, me precedió en la militancia oviedista. De cría ya acompañaba a mi abuelo al estadio de Buenavista. Y supongo que, por aquel entonces, era poco menos que una rareza. No me imagino a muchas niñas yendo al fútbol con sus padres en los años cuarenta y cincuenta. Los estadios, durante mucho tiempo, fueron un terreno abonado a lo masculino. Yo mismo vi cómo hasta finales de los ochenta o principios de los noventa, las mujeres que veías en las gradas eran mayoritariamente novias o esposas de los varones que acudían al partido. Afortunadamente, cada vez se hizo más habitual ver en grupo o individualmente a chicas y mujeres animando al Oviedo. El fútbol, como otros órdenes de la vida, debe ser un reflejo de los cambios en la sociedad. Pero sabemos que no es así en todo el mundo y que el llamado deporte rey aún sigue viviendo muy ajeno a cuestiones que afectan a la convivencia y por tanto a él mismo.
Si hubiese un campeonato mundial de hinchas, la iraní Hanieh sería la campeona absoluta de esta temporada. Es más, yo la nombraría campeona emérita y le retiraría la camiseta como a las leyendas de la NBA. Hanieh es hincha del Persépolis y, como es natural, le gusta ir al campo a ver jugar a su equipo. Sin embargo, hay un "pequeño" detalle que se lo impide: en Irán las mujeres tienen prohibido entrar en los estadios. ¿Ustedes han escuchado o leído alguna vez que los organismos nacionales e internacionales del fútbol se hayan preocupado públicamente por este asunto? ¿No, verdad? Qué sorpresa. ¿Les suena si en Qatar, futura sede de un mundial, las mujeres pueden ir al fútbol? El amor de Hanieh por su equipo le empuja a superar barreras. Su equipo se jugaba la posibilidad de ser campeón contra el Rah Ahen, ¿cómo iba a dejar de verlo? Con la cara pintada y bajo cinco camisetas y cinco pantalones logró acceder y disfrutar de su Persépolis. Para dejar constancia de su hazaña, se hizo una foto y la colgó en internet:"Había dicho que iría al estadio Azadí y ya estoy aquí", escribió. Hanieh se expone a que la detengan y castiguen y ha recibido numerosas amenazas de muerte. También es cierto que cada vez hay más aficionadas que logran entrar ayudadas por otros espectadores. Para que nos hagamos una idea del significado de lo que Hanieh ha hecho, conviene citar alguna de las barbaridades que le dedican en las redes: "Hay que detener a esta chica que no respeta las normas, ponerla en una jaula y quemarla ante el mismo estadio para dar una lección  a las mujeres amantes del fútbol, no sólo en Irán sino en todo el mundo". A lo que la hincha del Persépolis respondió de manera obvia y contundente: "¿Por qué delito quieren condenarme? Quizá por el placer de mirar el partido de mi equipo favorito y animar a sus jugadores o quizá por haber estado entre hombres que se dirigían a mí de forma respetuosa?"
Al menos, Hanieh pudo ver a su equipo ganar dos a uno a su rival. El pasado domingo, mi madre no tuvo la misma suerte con el Oviedo. Mejor no les describo la cara que le quedó después del 3 / 1 en Almería. Pero puede asistir libremente al estadio ovetense o al que quiera. Y eso es lo que importa. Lo demás, no lo olviden, es sólo un juego.



                       Fernando Menéndez

jueves, 26 de mayo de 2016

Jenny Offill (jueves)

Aquel chico era tan guapo que lo miraba mientras dormía. Si tuviera que resumir lo que hizo conmigo, diría lo siguiente: hizo que yo me pusiera a cantar todas las canciones malas que sonaban en la radio. Mientras me quiso y cuando dejó de hacerlo.

("Departamento de especulaciones")

De cabeza / La alegría

DE CABEZA


La alegría 


La alegría viene, la felicidad hay que alcanzarla. Lo más complicado de la felicidad es que se piensa en ella como un ideal de vida o, como mínimo, un barbecho. La alegría es súbita, una escena inesperada. Si se la esperase y cumpliera con lo prometido, sería un encargo y no un premio. El fútbol es un atajo para estar alegres y un largo y tortuoso camino para ser felices. En la diferencia que hace el castellano entre "ser" y "estar" radica el origen de muchas de nuestras frustraciones. Asumir esa diferencia, es asumir que tu equipo  "es" pero no siempre "está". El verbo "ser" es un verbo denso, pasado de peso y satisfecho. El verbo "estar" es ligero y con hambre atrasada; temeroso y vividor.
El Oviedo está en condiciones reales de subir a Primera División pero a veces cuesta saber quién es. Qué es, ya lo sabemos todos. Pero en su personificación es donde corre el riesgo de diluirse: ¿Es el jugador que celebra un gol como quien celebra una revancha? ¿El aficionado que ha puesto las pocas esperanzas que le quedan en que suceda un milagro? ¿No es el fútbol uno de los pocos ámbitos donde se habla de milagros en el sentido literal de la palabra, sin metáforas?
Ganar cuatro a uno al Mirandés no es un milagro. Es una pequeña alegría. De esas que, como afirmaba el añorado Vázquez Montalbán, no te arreglan la existencia pero te solucionan la tarde o, con un poco de suerte, un par de días.
Ojalá la felicidad, como la venganza, fuera un plato que se come frío. Si fuese así, estaríamos despreocupados por el hoy, sea el que sea. Sin embargo, lo habitual es que la felicidad se guarde con celo en recónditos lugares. Los objetivos para aspirar a la felicidad pueden variar: los altera el azar y las circunstancias. El pasado verano era asentarse en Segunda División y ahora es quemar etapas lo más rápido posible. ¿No corre más peligro de indigestarse quien come a velocidades? Sé que por pedir la luna no pasa nada y yo quiero ver  de nuevo al Oviedo en Primera. Pero hoy me conformo con las micro alegrías, con pequeños detalles como el primer trago de cerveza que diría el francés. Se pueden hallar en una jugada concreta; en la actuación de un futbolista; en la consecución de un gol... Una micro alegría fue ver el sábado pasado a Toché multiplicarse por el campo: como un efecto especial de Valerio Lazarov o un multi retrato de Andy Warhol. O quizás la suerte de Toché fue recibir el aliento de Isidro Lángara, de quien el pasado quince de mayo se cumplieron los años de su nacimiento. Y por fin un jugador de su relevancia tiene la calle que se merecía ya desde hace tiempo. Yo veo los partidos desde la tribuna Lángara: un alivio y un honor. Honramos poco a las figuras caídas. Lángara le marcó dos goles a Alemania en Colonia ante ochenta mil espectadores, entre los que se incluía el mismísimo Hitler. El delantero oviedista aplacó durante un rato los humos y los delirios de las esvásticas que ondeaban en el estadio: una alegría que en nuestra memoria se convierte en felicidad.



                        Fernando Menéndez

martes, 17 de mayo de 2016

De cabeza / Los desenlaces

DE CABEZA


Los desenlaces


Empeñado como estoy en explicarme esto del fútbol y del Oviedo a través de los libros y de la literatura, me veo en la situación de decidir qué tipo de lector soy: ese que desea acabar la novela cuanto antes para saber qué ocurre al final o ese otro que disfruta con la acción demorándose; con una trama llena de obstáculos, de imprevistos... Me imagino que, en muchas ocasiones, este segundo tipo de lector, más que disfrutar con el camino, lo que teme es que le decepcione la conclusión de la historia. Decía Borges, a propósito de las novelas policiacas, que, en ellas, la resolución del enigma casi nunca está a la altura del enigma planteado. Por lo pronto, eso es lo que creo que le pasa a la mayoría de los aficionados azules: temen que la resolución de la historia que planteó el Oviedo no esté a la altura de la proposición inicial y que se fue fraguando partido a partido. Recuerdo al Oviedo en el amistoso veraniego contra el Atlético de Madrid: parecía un joven entusiasta con ganas de comerse el mundo. Ahora parece un anciano sin ilusión y sin saber muy bien cómo ocupar las horas del día. Al menos sin saber muy bien cómo ocupar los noventa minutos que dura un encuentro. Ya sé que sólo con el entusiasmo no se ganan partidos. Pero tampoco con el gesto cansino del profesional resabiado. El entrenador y los jugadores, después de cada tropiezo, tratan de marcar un gol en el partido virtual de las declaraciones, pero es simplemente una manera de suavizar el tránsito de una amenaza a otra. Porque en términos literarios, nuestra liga cada vez se parece más a una novela de Stephen King o a un relato de Edgar Allan Poe. El partido virtual de las declaraciones suena a auto consuelo para la plantilla y a flagelo o humor negro para la afición.
Creo que a estas alturas del artículo ya me he decidido: prefiero ser un lector que conozca el desenlace cuanto antes. Sin tener mucha fe en lo que vaya a ocurrir: los finales sorpresa siempre suceden en el libro que lee el de al lado. Está muy mitificado el punto y final de una historia: a la larga no puede ser otra cosa que el cierre lógico y coherente con lo que ocurrió durante todo el relato. Vamos, que los finales no se escogen. A diferencia de los comienzos, que son responsabilidad estricta del escritor. Los desenlaces suceden, sobrevienen. Nos salvan o nos aplastan. También queda agarrarse al consuelo implícito en la pregunta del autor perplejo: ¿por qué los llaman finales si es cuando empieza todo?
Supongamos que existiera la posibilidad  de minimizar un desenlace no deseado escogiendo aquél que más te gustara. Yo tengo preferencia por uno: el final de "El guardián entre el centeno" del norteamericano J.D.Salinger. Dice así:
"No cuenten nunca nada a nadie. En el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo".



                       Fernando Menéndez

miércoles, 11 de mayo de 2016

Cancionero de mano: Qué nos va a pasar

Nunca llevo
la ropa
adecuada
cuando
voy a
una estación
de autobuses:
o demasiado
obvio
o
demasiado
subliminal.
O
demasiado
puesto
o demasiado
desinhibido.
Por megafonía
se anuncian
los horarios
de salida.
Anda
vete
no vayas
a quedar
en
tierra.
Anda
vete
no vayas.

martes, 10 de mayo de 2016

De cabeza / Bajo presión

DE CABEZA


Bajo presión


Unos minutos antes de comenzar el partido contra el Córdoba sonó por la megafonía del Tartiere "Under pressure" (Bajo presión), el éxito que reunió a David Bowie y Freddie Mercury. Sentido del humor o sentido de la oportunidad, pero lo cierto es que la canción resume muy bien el estado actual del Real Oviedo. Ya no es nuevo que el buen gusto asome por los altavoces del estadio: escuché allí sentado, mientras pensaba en qué nos depararían los noventa minutos  de juego, a Oasis, Blur, The Cure, George Harrison... De eso hablaba el pasado domingo con Nacho, un oviedista fiel; de los de al pie del cañón; de los que nunca bajó los brazos. La afición iba ocupando sus asientos con una mezcla en los rostros de desconfianza y mañana dominical. Con Nacho hablaba de Bowie al mismo tiempo que se cantaban las alineaciones de los dos equipos. Musiqueros los dos, necesitábamos expresar el vacío que nos ha dejado la muerte del autor de "Starman". Comentaba Nacho que, aparte de todo lo dicho, Bowie era un gran cantante: nunca iba por detrás de la canción, siempre la llevaba a su terreno. Ir por delante de la canción, llevarla a su terreno: cuánto nos gustaría que el Oviedo fuese capaz de hacer eso. Pero el Córdoba no lo puso fácil: también anda buscando su propia música. Para un espectador ajeno a los dos colores que se la jugaban, fue un partido muy entretenido: "coast to coast". El Córdoba mereció sacar algo positivo de su asedio a la portería de Miño y los azules se defendieron como gato panza arriba. Con más coraje que rigor. No es mala cosa el coraje para esta etapa que resta de campeonato. Pero lo veo más bien como una circunstancia, una necesidad hecha virtud. Un equipo de fútbol necesita fútbol. Parecerá una obviedad pero en los tiempos que corren no lo es tanto. El Oviedo, de fútbol, no anda muy sobrado actualmente. Poca fluidez, juega muy partido y cada jugada parece una apuesta a todo o nada. Tal vez porque las victorias no se merecen, simplemente se consiguen, la obtenida con el gol de Josete desprende un aroma entre reencuentro y terapia de choque. La grada aplaudió la actitud y el compromiso: cosas que se suponen de antemano. Pero como no estamos para lujos, bienvenido sea todo lo que sume. No obstante, que las incidencias no nos distraigan. Yo sigo echando de menos al Oviedo que vi en muchos de sus mejores momentos en la liga. Ahora que Koné parece cada vez más en forma, acercándose a aquel delantero que decidía partidos, sería crucial un juego colectivo más regular, menos intermitente. Y crucemos los dedos. La clasificación no engaña. Seguimos allí arriba. Bajo presión. Que la fuerza de Bowie nos acompañe.


                                Fernando Menéndez

jueves, 5 de mayo de 2016

De cabeza / Los resultados

DE CABEZA


Los resultados 


A pesar de su supuesta solidez y obviedad, los resultados, llegado el caso, pueden ser tan elásticos e interpretables como un poema vanguardista. Fijénse, por ejemplo, en las noches electorales: si fueran novelas de Agatha Christie, para unos el crimen lo habría cometido el mayordomo, para otros, un amante despechado. Los líderes políticos aparecen ante las cámaras como entrenadores que no están dispuestos a asumir responsabilidades: la culpa fue del árbitro, del estado del terreno de juego, de las lesiones...
Restan jornadas aún (no muchas) para la definitiva noche electoral de la Liga Adelante. La diferencia con respecto a las campañas políticas, es que los encuentros jugados y por jugar no son encuestas o mítines (géneros literarios de ficción), son reales. En un Real Oviedo / Córdoba se pierde, se gana o se empata. No hay posibilidades de tendencias o especulaciones. Al final de los noventa minutos no hay manera de corregir ni de rectificar el marcador. Como mucho, silbar para disimular. Es el inconveniente de vivir sólo a base de resultados. Serán determinantes, pero tienen la capa muy fina. Si bajo ellos no hay nada, una idea, un estilo, una comunión en torno a un objetivo, la felicidad es una gota que se evapora nada más tocar el suelo. A mí me recuerdan cada vez más a la prisa que muchos escritores tienen por publicar. Lo importante no es tanto llegar sino la forma de hacerlo. Hace muchos años, el poeta Miguel Casado nos daba a unos cuantos un consejo que nunca olvidé: "nunca tengáis prisa. Hay libros que lo único que tienen en sus páginas es eso: prisa". Y lo que son las cosas, cuando menos nos convenía, la prisa llama a las puertas del Oviedo. El campeonato se estrecha y las cosas ya no son lo que eran. De los últimos seis partidos, sólo dos ganados. ¿Lo importante no eran los datos, los sacrosantos resultados? Pues ni así. Después del partido contra el Huesca, nuestras expectativas  han cambiado. No hace tanto peleábamos por conseguir algo que teníamos al alcance de la mano. Ahora lucharemos por conservar lo que tenemos y cada vez son más los equipos que lo ansían.
En la rueda de prensa posterior al encuentro del sábado, el técnico del equipo azul afirmó que "sabíamos que ellos iban a intentar manejar el ritmo del partido, queríamos imponernos y jugar a un ritmo alto, pero no encontramos ese juego". Saber lo  que el rival iba a hacer y no poder impedirlo. Sus declaraciones suenan menos a decepción que a auto consuelo. Y como el fútbol siempre es un terreno abonado a los tópicos, le toca el turno a la dichosa épica.
Yo, que quieren que les diga, desconfío de esa impetuosa señora. A veces me gusta disfrutar de ella cuando leo una novela o me siento en una sala de cine. Sin embargo, como recurso técnico no es muy efectivo. Sería interesante calcular la estadística de las ocasiones en que la épica haya sido un camino de éxito. Sospecho que el cálculo sería decepcionante. Si te agarras a un clavo ardiendo, podrás salvar el pellejo pero te quemarás las manos. Diego Cervero, en referencia al partido contra el Córdoba, avisa de que "el domingo empezamos nuestras siete finales". Demasiado pronto para hacer de la excepción una rutina.


               Fernando Menéndez