martes, 27 de diciembre de 2016

De cabeza: Los accidentes (originariamente en La nueva España)

DE CABEZA


Los accidentes


La segunda acepción que el diccionario de la RAE incluye de la palabra "accidente" dice: "suceso eventual que altera el orden regular de las cosas". Curiosa la música de los diccionarios, parece sencilla (y lo es) pero contiene su miga. El accidente, por definición, es eventual y tiene por costumbre alterar el orden regular. En un partido de fútbol cada equipo trata de lograr un orden definitivo (la victoria) a través del desorden (el engaño, el escondite, el amago). Así que, visto lo visto, con  los accidentes, en el fútbol, siempre hay que contar. 
Lo del Oviedo, el domingo pasado, se veía venir. Habiendo como había agotado la buena suerte en un solo encuentro (fue en La Condomina, contra el UCAM Murcia), las circunstancias, tarde o temprano, iban a girar en nuestra contra.
El lenguaje, que nunca es inocente, denomina "buena suerte" a los accidentes a favor y "mala suerte" a los accidentes en contra.  En La Romareda, y en un partido con aroma a Primera División, al menos por su nomenclatura, el Oviedo disimuló su prolongada ineficacia fuera de casa con una sucesión de percances y, por fin, con una actitud de entereza que obligó al Zaragoza a pedir casi la hora. El segundo tiempo se planteaba como la crónica de una muerte anunciada pero el fútbol es un género que admite gustoso los giros de guión. Con uno menos por la expulsión de Verdés, el fantasma del jorobu sobrevolaba las cabezas de la hinchada azul. Ya sé que ganar en dignidad no da puntos, pero después de recibir nueve goles en las últimas salidas, nos sentimos como el chaval que, tras cargarse un montón de asignaturas, recibe su primer "progresa adecuadamente". Que Michu se rompiera al inicio del partido no podía ser peor augurio: como si una parca de Shakespeare se nos presentara, el gesto de pedir el cambio inició una tragedia de tres actos. El segundo acto lo protagonizó David Fernández que, en un mal control del balón, regaló un gol a Ángel, el delantero zaragocista que, dicho sea de paso, culminó el regalo con categoría (es de bien nacidos ser agradecidos). Supongo que David sintió por un instante que despejar un balón aleja los problemas y controlarlo es invitar a extraños a tu fiesta.
Pero faltaba el tercer y definitivo acto. Héctor Verdés, creyéndose más el Héctor guerrero de la Ilíada que el central de un equipo de fútbol, arrasó al enemigo Lanzarote que, probablemente, se vio por momentos como el Lanzarote derrotado en un torneo medieval. Lo del defensa oviedista no tiene justificación posible. Es fruto de un típico ardor guerrero muy populista pero que poco aporta a un deporte que, habitualmente, se juega con un balón.



                          Fernando Menéndez

viernes, 9 de diciembre de 2016

De cabeza: El brazalete (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


El brazalete

Olivier Rouyer fue uno de los extremos más rápidos de la liga francesa en los años setenta. Internacional en diecisiete ocasiones con la selección gala, en 2008 declaró públicamente su homosexualidad. Una de sus manifestaciones al respecto supone un diagnóstico  desolador: "tras salir del armario recibí muestras de apoyo, pero ninguna del mundo del fútbol".
Jesús Tomillo tiene veintiún años y fue el primer árbitro español en reconocer su homosexualidad. Colegiado de categorías infantiles, la campaña de insultos y barbaridades que soportó fue de tal calibre que no no le quedó más remedio que abandonar su vocación. El fútbol moderno es cada vez más anacrónico y antipático. Encantado de conocerse a sí mismo y refugiado en su burbuja, le cuesta tomar decisiones drásticas ante el racismo y la xenofobia que siguen campando por las gradas o cuando una buena parte de una afición entona cantos en los que se justifica la violencia machista. Es curioso comprobar cómo el fútbol enfatiza su vínculo con la calle y con el mundo sólo cuando le conviene. Porque en la calle y en el mundo, por desgracia, no escasean las agresiones contra las mujeres y las agresiones racistas y homófobas. 
Una de sus torpezas principales es atender solamente a las consecuencias y casi nunca a las causas. Y en atajar los orígenes tienen tanta responsabilidad los clubes y las instituciones como nosotros, los ciudadanos. Si a pocos metros de mí, en la grada del Tartiere, un chaval tiene por costumbre llamar "marica" al jugador rival para insultarlo y nos quedamos de brazos cruzados, somos tan causantes de lo peor como el que más.
Por algo es tan encomiable la campaña que promovió el pasado fin de semana la extraordinaria revista Panenka, invitando a los clubes españoles a llevar un brazalete arco iris como símbolo de la lucha contra la homofobia en el fútbol. Las posturas más cínicas o escépticas dirán que son gestos realizados por conveniencia o corrección política. No reparan en que las necesidades urgentes sólo entienden de hechos.
Entre los clubes que apoyaron la iniciativa estuvo el Real Oviedo. Erice, capitán del equipo, saltó al campo con el arco iris rodeando su brazo. El domingo fue un domingo de ver más allá de nuestras narices: la tragedia del Chapecoense y la lógica solidaridad con las víctimas. Santa Bárbara bendita sonando por los altavoces para recordar el día de la patrona de los mineros, que forman parte de nuestra cultura y de nuestra identidad.
El partido contra el Nàstic fue un día más en la oficina que acabó, afortunadamente, con la victoria azul. El Oviedo gana con más trabajo que brillantez y Michu parece cada vez más en forma y más enchufado. Pero la victoria más importante de la última jornada fue la conseguida por tantos clubes que se sumaron a la campaña de Panenka. No han sido pocos, es cierto, pero cuánto mejor hubiera sido un seguimiento masivo.
Sea como sea, los equipos que dieron un paso adelante ganaron los tres puntos más importantes del campeonato. Conviene citarlos, para que se sepa. Al menos a los representantes del fútbol profesional: Sevilla, Deportivo de la Coruña, Granada, Leganés, Espayol, Eibar, Las Palmas, Sevilla Atlético, Cádiz, Girona, Rayo Vallecano, Huesca, Reus y... el brazalete de Erice dando color al Tartiere. El domingo me sentí más orgulloso que nunca de ser del Oviedo.


                  Fernando Menéndez

De cabeza: Expediente X (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


Expediente X

Contacté con los célebres agentes Mulder y Scully para consultarles el extraño caso del equipo mutante: ese equipo capaz de pasar en menos de una semana de vencer al líder de la categoría a perder por goleada contra un equipo en los puestos de descenso. La respuesta de los dos investigadores del FBI no se demoró. Esperaba por mentes tan agudas y analíticas una respuesta lejana a tópicos como "el fútbol es así" o "el fútbol son once contra once". Como buenos prescriptores que son, no me defraudaron. Lo primero que hicieron fue resumirme el caso con un titular rotundo, elocuente: "Un accidente que ocurre dos veces no es un accidente". Me preocupé de que mi petición de ayuda llevase adjunto todo tipo de datos, informes, estadísticas, opiniones...
Tras el titular venía el desarrollo de su teoría, un relato que no aporta soluciones pero esclarece hechos. Murder y Scully insistieron en aclararme que ellos no resuelven enigmas, sólo los revelan. Bien, según su opinión, el Real Oviedo sufre el síndrome de las pantuflas, esas típicas y calentitas zapatillas de andar por casa. Al parecer, tanto le gusta al Oviedo su hogar, dulce hogar, pasar el día en pijama viendo pelis o series de televisión, que cuando se ve obligado a salir de casa se le pone todo cuesta arriba. Es como si para sus jugadores el mundo fuese una lluviosa, melancólica y otoñal tarde de domingo.
El problema es que, al visitar otros campos, calzar se calzarán las botas de fútbol, es obvio, pero en su mente siguen notando el suave roce de las pantuflas y, claro, así es imposible ganar un balón dividido o rematar entre los tres palos.
Quien iba volviéndose cada vez más melancólico y otoñal era yo mismo según leía el informe. Acostumbrados los agentes a batirse con fenómenos paranormales o avistamientos de ovnis, consideraban lo del Oviedo un caso de mutación o darwinismo a la inversa: mientras la mayoría de las especies se adaptan al medio para superar todo tipo de dificultades, el equipo carbayón aspira a una hibernación eterna como remedio a todos sus males. Darwin, para qué ocultarlo, no daría un duro por nuestra supervivencia. Atolondrado y preocupado, improvisaba en mi cabeza posibles soluciones pero ninguna me convencía. ¿Acaso tenemos a un peluche en medio de una pelea entre leones?
La Liga 1, 2 , 3 es más la selva de Kipling que la de Walt Disney. ¿Sería posible una contramutación y convertir al equipo en una manada de lobos con piel de cordero que, cuanta más intemperie recorra, más hambre le entre?
Buf, el tiempo apremia y las jornadas van cayendo crujientes y amarillentas como las hojas de un árbol.
El expediente de los agentes concluía con una inquietante nota final: "El valor de un ser humano no depende de sus zapatillas". Traduje la nota a nuestro lenguaje particular: un buen equipo no distingue entre partidos en casa y fuera de casa.


                        Fernando Menéndez