martes, 27 de junio de 2017

De cabeza: Lo absoluto y lo relativo (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


Lo absoluto y lo relativo


El fútbol es un ámbito de absolutos. No entiende de términos medios. Lo que ayer era éxtasis hoy es tormento y al contrario. Siempre se encontró a gusto dando bandazos, demasiado pendiente de la exageración y de la euforia, olvidando el camino de sombras que media entre ambos lugares. Una sociedad como la actual sirve de excusa perfecta, pues el afán por exacerbar identidades, la urgencia por ser algo o de algo subraya esa pasión por lo absoluto. Yo, según cumplo años, soy cada vez más partidario de relativizar las cosas. En parte porque lo relativo es siempre con respecto a otra circunstancia. Se establece siempre en términos comparativos. Lo absoluto, sin embargo, es el todo o la nada. Lo relativo se vincula con la realidad. Lo absoluto a una ficción delirante. Pensaba en todo esto mientras veía el sábado pasado el partido más triste del mundo. La tristeza y la melancolía poblaban mi cabeza al ver al Oviedo lograr su victoria más estéril. Y qué triste marcar goles que no dejen una estela de entusiasmo. Y qué triste el pitido final que sonó para los dos equipos como la conclusión de un recreo. En un guión propio de la ciencia-ficción me imaginaba al Elche y al Real Oviedo jugando un partido eterno que pospusiera el desenlace definitivo.
Tuve que escuchar al narrador de la retransmisión televisiva para recuperar mi relativo optimismo, mi relativo vaso medio lleno. Vivimos tan inmersos en nuestras pasiones que no escuchamos (ni queremos) los análisis de a quienes ni les va ni les viene nada en esta feria: calificaba el locutor el campeonato del Oviedo como bueno, teniendo en cuenta que en las dos temporadas que lleva en Segunda División ha estado a punto de jugar la promoción de ascenso. Cierto que su afirmación carece de una letra pequeña que desconoce, pero el agravio comparativo a nuestro favor se refuerza cuando enfrente estaba el Elche, un equipo que hace nada jugaba en Primera División y comenzará la Temporada 2017 / 2018 en Segunda B.
Me dirán que todo esto es un flaco consuelo y no les quitaré la razón. Sucede que cuando me dejé llevar por lo absoluto me costó meses recuperarme de la resaca. Mi cuerpo y mi mente ya no están preparadas (si es que alguna vez lo estuvieron) para pasar de un extremo a otro sin que no me acose la mala conciencia.
El pasado verano, en una entrevista para este periódico, Fernando Hierro aseguraba que prefería una plantilla corta y tirar de los chavales de la cantera: qué fácil es mantener lo absoluto en un mero discurso. Después de prácticamente toda la temporada con el primer equipo, el canterano Héctor Nespral sólo se mereció una pizca de minutos en el Martínez Valero. Y a Emilio Morilla, capitán del Vetusta, tras doce años en el Oviedo, ha sido "invitado" a dejar el club. Qué poco se valora en nuestro equipo la lealtad, la discreción  y la elegancia.


                            Fernando Menéndez



lunes, 26 de junio de 2017

De cabeza: Lo absoluto y lo relativo (originariamente en La Nueva España)

De cabeza: La respuesta está en el viento (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


La respuesta está en el viento


A efectos prácticos, la penúltima jornada de la liga fue igual que la primera: la respuesta sigue en el viento. A efectos anímicos, por supuesto que no. La grada del Tartiere se expresó como los rebeldes de Espartaco: al unísono y bajo el signo de la discrepancia. Cada uno diciendo lo que quiere y haciendo lo que puede. Por lo que a mí respecta, como el personaje que interpreta Tony Curtis en el film de Kubrick, podré escribir algunos versos de vez en cuando y encadenar unas pocas frases subordinadas.
El Oviedo pende de un milagro y el alma oviedista se escinde entre la fantasía y el híperrealismo. Pero es muy tarde ya para andar decidiendo qué género nos conviene. Si fuese el agente Cooper de "Twin Peaks" encendería la grabadora para confesarle mis impresiones y dejar constancia de lo que pasa a mi alrededor. Porque lo escrito no se lo llevará el viento pero cada vez tiene más dificultades para abrirse paso.
Ruedan las especulaciones y ruedan los nombres. Llegas al estadio como quien llega a un examen de reválida: notas al rendimiento de cada jugador. Bajas y altas. Candidatos al banquillo... Se dice que el fútbol no tiene memoria y en buena parte es cierto, pues la memoria es una inquilina incómoda que siempre tiene algo que decir y reclamar. Dijo Saúl Berjón que tampoco conviene olvidar de dónde venimos, que hace nada estábamos en Segunda B. Es una afirmación con la que es fácil estar de acuerdo pero dicha ahora suena a mero apaga fuegos. Hubiese tenido más valor al comienzo del campeonato.
Equipos históricos como Mallorca o Elche caen al pozo y en nuestro caso, solo dos temporadas y ya hemos merodeado por los puestos de privilegio. Sin embargo, vivir es pedir más.
No vengo yo a justificar ni a disculpar a nadie. Somos lo que somos por las decisiones que hemos tomado. Entre las cosas que echo de menos están la humildad y la paciencia. Dos valores, por cierto, que cotizan a la baja. Ya se ha dicho aquí en más ocasiones: la historia no gana partidos. De lo ocurrido el domingo pasado, lo mejor fue una pequeña justicia de relativa importancia: que fuera Christian Fernández el autor del gol de la victoria después de los gazapos del encuentro contra el Córdoba pone, de alguna manera, ciertas cosas en su sitio. No me parece que sea el lateral izquierdo el más indicado para recibir críticas y reproches. Aunque no sé si posee el suficiente carácter, ya que medir esa circunstancia no parece fácil. Decía Pacho Maturana que cada uno juega como es. Tal vez haya que empezar por ahí. Fernando Hierro lo tiene muy claro. Yo debo de ser muy ingenuo pues siempre creí que esa era una de las tareas de un técnico: inyectar carácter donde fuera necesario. Lo cierto es que siendo jugador del Madrid iba sobrado de personalidad. En fin.
No esperen de mí un ataque de ira. Tampoco una confortable complacencia. Espartaco incitaba a la rebelión pero sin renunciar al diálogo. La palabra antes que la fuerza. Por ese orden.


              Fernando Menéndez

martes, 13 de junio de 2017

De cabeza: Il Capitano (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


Il Capitano


El domingo pasado vi a Francesco Totti decir adiós después de veinticinco años en la Roma. No le faltaron ofertas de los mejores clubes del mundo. Pero Roma es su ciudad. La Roma, su equipo. El domingo pasado vi una excepcional armonía en las gradas del estadio olímpico: tantos aficionados llorando al unísono al despedirse de su capitán que parecía una coreografía dirigida por la emoción. Totti debutó en el primer equipo de la Roma un mes de marzo de 1993. Por aquel entonces, el Real Oviedo jugaba en Primera División y en su plantilla figuraban futbolistas como Jerkan, Carlos, Rivas, Jokanović...
El domingo pasado pasado los romanos debían ganar al Genoa si querían asegurarse  el pase directo a la Liga de Campeones y lo lograron. Spalletti, el entrenador romanista, prometió que Totti jugaría minutos importantes y lo cumplió. Después me puse a ver el partido del Oviedo en Córdoba  y fue como viajar de Xanadú hasta la oscuridad más abisal. Hay muchas maneras de decir adiós y todas están determinadas por lo que se deja atrás: por algo la de Totti es tan noble y la del Real Oviedo tan bochornosa. Si no fuera por el disgusto, diría que los jugadores azules quisieron homenajear al clásico género del "slapstick": esa comedia que recurre a bromas exageradas de humor físico para definir una producción dramática con argumento sencillo. Aunque por el estadio de El Arcángel no flotó la tierna torpeza de los Keaton, Chaplin o Lloyd. De la definición canónica del género, lo que quedó sobre el césped cordobés fue la producción dramática y el argumento sencillo. Tan sencillo de comprender como que no se puede llegar a ningún lado si en realidad no lo deseas. Hasta el domingo, quería creer que el fútbol podía ser un deporte de errores no forzados, menos aún premeditados. Ahora ya no puedo pensar lo mismo. Y no es que fuera un ingenuo, es que me niego a dar el brazo a torcer ante la cofradía de los conspiranoicos y del "qué más da".
Lo último que debe hacer un equipo de fútbol es avergonzar a su afición. Y perdón por la gravedad pues sigo pensando que esto sólo es un juego, pero también se juega por alcanzar la alegría y una temporada más nos la han vuelto a arrebatar después de meses con la miel en los labios: a eso se le llama crueldad. A Fernando Hierro no le gusta que se compare esta temporada con la anterior pero es mayo y estamos en las mismas.
Francesco Totti cuelga las botas: talento, orgullo, valor y garra. Hasta siempre y gracias, "capitano". Este abnegado oviedista te saluda.


                  Fernando Menéndez

viernes, 9 de junio de 2017

De cabeza (El sufrimiento) originariamente en La Nueva España

DE CABEZA


El sufrimiento 


Lo peor del sufrimiento no es sufrir. Lo peor del sufrimiento es sufrir para nada. La Segunda División es el making off del fútbol, la parte de atrás donde se oyen los martillazos de los carpinteros que montan un escenario y donde se aprecia la ansiedad del especialista ante una escena de riesgo. Sufre el Oviedo y sufre la afición. Sufren ambos estos prolongados puntos suspensivos. Sufre el equipo pues no recuerdo un partido en el que se pudiera permitir un sesteo sin consecuencias desagradables. Cuando el juego se convierte en supervivencia, cada minuto de un encuentro es un campo de batalla sin espacio para las cortesías. Sufre la afición dos veces al ver que un ejercicio completo de abnegada pelea sólo sirve para recordar al portero zaragocista como a uno de esos personajes con el que nadie contaba. Y sufre también si, después de tanto padecimiento, lo único que se logra es posponer un desenlace. Todo le ha costado demasiado trabajo al Oviedo en esta liga. Su manera de competir ha ido de remache en remache: de la conducción al pelotazo y viceversa. Nada hay más desalentador que escuchar a la grada aplaudir un despeje o la recuperación de un balón. Es como aplaudir al trabajador que ficha a la hora en su trabajo. El Oviedo hizo lo que pudo ante un Zaragoza avejentado y marrullero, y aún así no fue suficiente. Da pena ver a un equipo como el maño arrastrándose por el campo y celebrando un empate como si hubiese descubierto la isla del tesoro. Que un club con su historial haya caído a donde ha caído es un síntoma de que en el fútbol de hoy en día el balón rueda por los despachos demasiado a menudo y cada vez más lejos de las áreas.
Como vivimos de lo símbolos, es decir, de milagro, se esgrime la foto de un niño desgañitándose en el Tartiere para que confiemos en que, con la siguiente vuelta de tuerca, funcione por fin el mecanismo y el resto del trayecto sea cuesta abajo. El equipo peleó, no hay lugar para el reproche. Sí lo hay para algunas pequeñas dudas: las habituales que se cuecen al calor de un brasero y de una mesa camilla, las que jugadores y entrenador considerarían impropias y típicas de quien no ha jugado al fútbol.
Aunque hay una parte de esperanza que no es falsa, ¿nos bastará con la afonía de un niño al que ya no le quedan canciones por cantar? Lo peor del sufrimiento es su banalidad. La obligación de llevarlo entre pecho y espalda como si fuese el impuesto requerido a un mal pagador. Hay gargantas que alzan la voz y otras que piden silencio. Aunque ambas desean lo mismo: que el verano del 2017 sea de nuevo el verano de nuestra infancia.



                 Fernando Menéndez 

martes, 30 de mayo de 2017

De cabeza: La educación (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


La educación 


La educación en el fútbol radica en la diferencia que existe entre ser un futbolista y ser un jugador. El futbolista tiene una visión panorámica de las cosas; el jugador es incapaz de salir de su primer plano y mirar por el rabillo del ojo. Para ser futbolista no es necesario triunfar. Triunfar, lo que se dice triunfar, como dijo aquel viejo escritor, es poder escribir un nuevo libro. Ni siquiera publicarlo. Un triunfador, por ejemplo, es Manu García, el futbolista que ha sido imprescindible para su equipo, el Alavés, desde la remota Segunda B hasta la Primera División. Y en nada jugará una final de la Copa del Rey.
Echo de menos futbolistas y me sobran jugadores. Cuando escribimos y hablamos usamos ambos términos como si fueran sinónimos y cometemos un error al hacerlo así. Las alegrías y las salidas de urgencia siempre se encuentran en los matices y en la distancia que separa a dos palabras aparentemente similares reside la posibilidad de reencontrar el relato apropiado. El Oviedo volvió a mostrar en Tarragona dos caras, esto ya no es noticia. Sí lo fueron los cambios en la alineación que saltó al campo y la incorporación como titular del uruguayo Carlitos, quien, ante el desplome de la segunda parte, resumió el asunto como una falta de valentía. No sé cuántos partidos más jugará de titular Carlitos, tampoco sé por qué no los jugó antes. Me temo que pasará por Oviedo como una exhalación y, salvo los más memoriosos, nadie hablará de él cuando no esté. Sin embargo, al referirse a la falta de valentía, en realidad está hablando de falta de educación. Ser educados no sólo es respetar al rival y las reglas del juego (esto debería darse por supuesto), también es saber lo que quieres y pelear por ello. Al fútbol se juega con la historia y los anhelos y esta concatenación de malos resultados y falta de recursos deja demasiadas sospechas en el aire.
La afición sabe de sobra lo que es el oviedismo, es su educación. Empiezo a no tenerlo  tan claro con los jugadores. Y no estoy dudando de su profesionalidad.
Lo que me pregunto es si en alguna ocasión se habrán parado a pensar lo que distingue a un jugador de un futbolista. Hacerlo sería el comienzo de algo. No sé muy bien de qué, pero al menos nos libraría de vivir tantos finales prematuros.



                           Fernando Menéndez

lunes, 29 de mayo de 2017

El apuntador: Permitan que me presente (originariamente en La Escena)

EL APUNTADOR: PERMITAN QUE ME PRESENTE


Permitan que me presente: soy el típico idiota que se cae al pisar la piel de un plátano. El hombre que tropieza dos veces con la misma piedra y contempla extrañado esta atmósfera de pureza que nos envuelve. En unos tiempos donde se presume de ateísmo, todo el mundo esgrime su religión intransferible y particular, su club privado de singularidad.

Permitan que me presente: soy el típico idiota carente de convicciones que tiene la costumbre de dar los "buenos días" al llegar a un sitio y que siempre teme molestar. El hombre que tropieza dos veces con el hecho de ser hombre y trata de tomarse las cosas de refilón pues ya se encargarán las cosas de agarrarlo por el pescuezo.

Permitan que me presente: soy el clásico nostálgico que echa de menos los contextos. El tipo al que le crujen los huesos cuando se sustituyen las palabras por sentencias. El chiflado que no se toma en serio la solemnidad. El meticuloso que distingue la política de lo político, al escritor del literato.

Permitan que me presente: soy el típico gordo de piel gorda que disfruta leyendo buenos libros en los que sus protagonistas son gordos cometiendo actos muy gordos. El probable apátrida que se enfanga en las supuestas aguas cristalinas de la identidad.

Permitan que me presente: admiro al capaz de calzarse los zapatos de otro y recorrer kilómetros como si nada, como si fuera él mismo.

Permítanme decir que soy el peligroso y grosero kamikaze que le dice a una chica lo guapa que está. El incoherente que no confunde una canción con la realidad. Prefiero al Mersault de Camus que al chamán de una religión. A Gregorio Samsa antes que al político telegénico y macho alfa. Al David Lurie de Coetzee antes que a los cientos de director@s de seminarios de la Nueva y Correcta Inquisición.

Pero permítanme confesar que, sin embargo, soy un hombre con suerte: cada vez que me acosan las dudas o la debilidad, abro por azar ese Caballo de Troya que se titula "Disparen al humorista". Su autor se llama Darío Adanti y tiene la modestia audaz de definirse como un simple humorista. Para que nos entendamos  entre los mortales y podamos pedir su libro a la primera de cambio, su editorial Astiberri lo ha etiquetado de ensayo gráfico. Que no importen en este caso la impronta de la etiqueta, de la denominación. Darío ha escrito y ha dibujado con su cabeza y con su mano uno de los mejores libros del año. No es una exageración, es la consecuencia natural de su lectura.
A qué esperan para leerlo, releerlo; mirarlo, remirarlo. Efectivamente, soy un hombre de suerte: sé leer y sé distinguir lo plausible de lo mejor; lo popular de lo necesario. "Disparen al humorista", de Darío Adanti. Un libro, parafraseando a su compatriota y maestro de escritores Adolfo Bioy Casares, hecho para mejorar nuestras vidas, no sólo para pasar el rato.


                      Fernando Menéndez


            



                

domingo, 28 de mayo de 2017

De cabeza: El coloso en llamas (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


El coloso en llamas


Nos hemos extraviado en la diferencia que hay entre versión y "remake". Las versiones se hacen desde el respeto y la admiración; los "remakes" desde el negocio y la imitación. Cuando el uno de enero nos deseamos feliz año, albergamos el deseo de que al menos, y aunque sea por una pizca, se mejore lo vivido hasta el momento. Corremos el riesgo de que no suceda así con el año oviedista. Cuando restan cinco jornadas para concluir el campeonato, el panorama se parece peligrosamente al del año pasado. Por causas diferentes ( o tal vez no) el Oviedo ha perdido sus ahorros en el momento menos oportuno. Cuando sales al campo con un poco de calderilla es complicado repartir y no reparar en gastos. Venía el Alcorcón como el Lazarillo: a sacarle los cuartos al hidalgo pobre que vive de las apariencias, del pasado; y como a falta de pan, buenas son tortas, dejó a los azules sin un céntimo de dinero en efectivo, mirando de reojo al fondo de pensiones, al fondo buitre, a los fondos reservados... Aspiran el Oviedo y su hinchada desde su regreso a la Segunda División a destacar en el "skyline" del fútbol español. Llegó el dinero y llegaron las celebridades a poner la primera piedra de un Dubai del balompié pero la idea de rascacielos que tenemos por aquí es el del remozado edificio de La Jirafa.
Los tópicos son como los viejos amores: recurrimos a ellos ante el frío de la soledad. Los tópicos también tienen su parte de realidad: si hay un puntos en juego y los números alcanzan... Mientras haya vida... Empapados y revividos por la vieja y pertinaz lluvia de los buenos propósitos, cometeríamos un error si  nos empeñamos en participar en un baile de gala.
Los equipos que se empeñan en no seguir los consejos de Luis Aragonés lo acaban pagando. El Sabio de Hortaleza tenía muy claro que daba igual lo que hicieras buena parte de la temporada si no aciertas en los últimos quince partidos. 
No soy una persona catastrofista pero el de las catástrofes es un dilatado género cinematográfico. A lo largo de la historia del cine se han sucedido filmes de esta clase que explican y simbolizan situaciones reales. Me siento atrapado en un coloso en llamas, como el rascacielos (el más alto del mundo) construido en San Francisco cuya inauguración se celebra organizando una fiesta en su planta más alta. De repente, en medio de la algarabía, un fallo en la instalación eléctrica provoca un incendio y los asistentes a la velada se ven acorralados por el fuego. Lo que comienza como una exhibición triunfal acaba por ser un ejercicio de supervivencia. Y no sería por falta de estrellas en aquel edificio: Steve McQueen, Paul Newman, William Holden, Faye Duneway, Fred Astaire, Jennifer Jones...
Recuerdo al Real Oviedo de 1974, año de estreno de la película. La temporada 73-74 acabó con un descenso de los azules de Primera a Segunda División. A pesar de todo, jugaban entonces históricos y referentes como Vicente, Iriarte, Tensi, Marianín... 


        
                               Fernando Menéndez



               

martes, 9 de mayo de 2017

De cabeza: Los porteros (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


Los porteros


Acuciado por algún que otro verso suelto y por la contundencia de los títulos, para el Oviedo, abril ha sido el mes más cruel. Cuando conviene que las distancias se estiren, se contraen cada vez más, hasta el punto de hallarse fuera de los puestos de promoción. Cierto que las plazas que dan la vía a un posible ascenso indirecto están más atestadas que el camarote de los hermanos Marx. Pero en el fútbol, como casi todo en la vida, no conviene dejar las tareas para última hora. El Levante ya es equipo de primera con seis jornadas de ventaja. El equipo valenciano entendió desde el primer partido que es preferible no dejar para mañana lo que puedas hacer hoy. La tranquilidad que debe de dar ascender siendo líder indiscutible, avanzando con paso firme; encaramándose desde los primeros compases a lo más alto de la clasificación, sólo con algún que otro tropiezo inherente a los lances del juego.
Soy de los que piensa que un equipo ha de aspirar a subir como lo ha hecho el Levante: sin espacio para las probabilidades ni los arrepentimientos.
Si a lo largo de la temporada he modulado en estos artículos un escepticismo levemente optimista, ahora ya soy pasto de la melancolía: me asaltan escenas olvidadas y repetidas tantas veces. Me entrego a la evidencia un tanto fatalista con la que el poeta Cesare Pavese tituló su excepcional diario: "El oficio de vivir". El animal que llevo dentro me habla de creer y pelear hasta el final pero en mi cabeza se impone el desánimo. Soy un ser escindido que ya piensa en la próxima temporada como la del asalto definitivo. Soy alguien que hace listas de posibles fichajes y descartes, un aficionado previsor que no confía en vivir al límite. Ya veremos lo que nos deparará el futuro inmediato. La paradoja de todo esto es que nada me gustaría más que quedar en evidencia, que lo escrito fuese papel mojado. Sin embargo, mayo no llega para hacer sitio a las sensaciones. Solo tiene hueco para los resultados.
En esas listas de las que hablo apunto el nombre del guardameta y pienso que, ocurra lo que ocurra, no se puede achacar a él ninguna de nuestras limitaciones. Es tan excepcional el puesto de portero, que lo mejor para un equipo es que se hable lo mínimo de él. En el Ciudad de Valencia Juan Carlos fue clave para que no volviésemos a nuestra funesta costumbre de las goleadas. Tan peculiar es jugar de portero que las voces se alzan mucho más con los errores que con los aciertos. La vida de un portero es huir constantemente del fracaso. Solitarios en medio de la multitud, no tienen derecho a dudar. Sus paradas se consideran más una obligación que una fiesta. Abril es el mes más cruel. Que nadie me tome por un tipo banal: Camuel, uno de los porteros más recordados y queridos por el oviedismo, acaba de dejarnos. Eché de menos unos brazaletes negros en los brazos de los jugadores azules el pasado sábado. El cariño de la memoria requiere a veces un  efecto inmediato.



                  Fernando Menéndez

jueves, 4 de mayo de 2017

De cabeza / Maneras de vivir


DE CABEZA


Maneras de vivir 


Lo del Tartiere va camino de ser un estilo de vida. Acostumbrarse a una rutina conlleva su indefensión. Aunque parezca escaso todo lo que no sean tres puntos, el Oviedo consiguió contra el Huesca un resultado de esos que refuerzan la moral. Los penaltis los falla quien los tira y el equipo estaba con uno menos, pero como el hábito no hace al monje, la grada no paró de animar convencida de que la voz que clama en el desierto será escuchada.
Nos adentramos en un periodo de palabras definitivas y expresiones contundentes. Nos adentramos en un periodo donde urge más que en ningún otro momento ganar el prepartido y el postpartido . Yo sigo a lo mío, con mis comprobaciones científicas, con mi trabajo de campo. Mis anotaciones revelan, como dije antes, un estilo de vida que defender. Apretar los dientes y empujar, empujar... Pongo la oreja y no distingo a nadie, salvo a algún remilgado estilista (entre los que me encuentro), que se queje del juego. Es el campeonato del gato panza arriba. Y en parte no le falta razón a la mayoría: el estilo y el afán de agradar casi nunca tienen buen acomodo en el presente. Casi siempre se dejan para más tarde. La consigna era: arbitraje y Samu Sáiz. Aunque no se debería olvidar al mister Anquela: algo tendrá, pues repite allá donde va el milagro de los panes y los peces. Sáiz, por su parte, es un jugador com mucha calidad y mucha incidencia. Si fuera más discreto sería ideal. Se le nota que es el jefe de personal y ya sabemos que todo jefe de personal aspira a mejorar, a que se le reconozca tanto desgañite, a cambiar, si pudiera ser, de empresa.
Un empate es un empate. Perdonen la obviedad. A los empates sólo los transforman las circunstancias. Y de circunstancias, el oviedismo, sabe un montón. El uno a uno del pasado viernes es un mal menor o un buen resultado.
El próximo sábado estamos invitados a una fiesta: si el Levante nos gana, ya será un equipo de primera. Mira que es puñetero el azar o el maldito calendario. Cuando el campeonato enfila su tramo final, nos da la impresión de que ya todo estaba organizado de antemano. Nos olvidamos de que son los equipos quienes endurecen o suavizan las jornadas.
Me pongo a soñar (que es lo que hago entre tarea y tarea) y veo al Oviedo dando un centenariazo, un maracanazo. Modesto pero sonoro. Ser por una vez un aguafiestas feliz y no amargado. Voy a revolver la moral y calentar el prepartido: vamos, muchachada, que no se rían de vosotros, que no se limiten a dar una palmada en la espalda como gesto de agradecimiento. Vamos, que ya dan el partido por ganado. Total, si son de lo peor fuera de casa...
Mientras, de aquí al sábado, tarearé una y otra vez los versos de Leño y el bueno de Rosendo: "No pienses que estoy muy triste / si no me ves sonreír. / es simplemente despiste. / Maneras de vivir."


Fernando Menéndez

De cabeza / Stevenson

DE CABEZA


Stevenson


A menudo nos llegan cartas de los clásicos reprochándonos el que tomemos su nombre en vano; que lo banalicemos; que lo sobemos de tanto usarlo. Dante, harto ya de que utilicemos el adjetivo "dantesco". Cartas de Kafka, hasta las narices de que todo lo raro o angustioso nos parezca kafkiano. El domingo por la noche recibí una carta de Robert Louis Stevenson, el célebre autor de "La isla del tesoro", advirtiéndome de que ni se me ocurriera recurrir de nuevo a su "El extraño caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde" para explicar el también extraño caso del Oviedo en el Tartiere y del Oviedo fuera del Tartiere. Stevenson se lamenta en la carta de que, a veces, lectores y ciudadanos arrimen el ascua a su sardina a la hora de leer cualquier libro. Aunque no me atreva a decírselo, discrepo del maestro: arrimar el ascua a la sardina es una manera de sobrevivir: ¿acaso no hace lo mismo el aficionado oviedista a la hora de interpretar las victorias, derrotas y empates de su equipo? El futbolero, por definición, es ventajista: le gusta profetizar a posteriori. Pero no hay razón para enfadarse por ello: se trata de un mecanismo de defensa natural.
Aunque Stevenson crea que la principal obligación del escritor sea contar historias y la del futbolista, añadiría yo, jugar al fútbol. Para el autor nacido en Edimburgo, lo del Oviedo es un ejemplo evidente de difícil separación entre ficción y realidad: ¿cuál es el Oviedo real, el que gana en casa o el que pierde fuera? ¿Resolveremos la incógnita al finalizar la liga? Seguro que no lo haremos con esa costumbre tan contemporánea de diagnosticar y medicalizarlo todo. El equipo azul no padece un trastorno disociativo de la identidad ni envía a su doble a jugar los partidos a domicilio. Busquemos argumentos futbolísticos, no reduzcamos a la mínima expresión la combinación azarosa de múltiples elementos. Cuando un equipo sale decidido a ganar un partido, el primer gol no supone ninguna pausa. Cuando un equipo sale decidido a ganar un partido lo hace espoleado por el hambre (ese agujero en el estómago que procede de la memoria) y sabe que su única opción es ser narrador y protagonista a la vez. Los personajes secundarios están hechos para las escenas de transición. Cuando un equipo sale decidido a ganar un partido, obliga a su rival a plantearse preguntas incómodas; a soñar con un futuro mejor.
Stevenson, en sus novelas, reivindicó el relato clásico de aventuras donde el carácter de los personajes se dibuja en la acción. Su estilo era elegante y sobrio. ¿Aventuras, personajes de acción, elegante, sobrio? El Oviedo ya tiene en quién mirarse.


                        Fernando Menéndez 

Dicen de mí (autobiografía) / 3

DICEN DE MÍ (AUTOBIOGRAFÍA) / 3


Sostenía yo maquinalmente el bolígrafo apuntando hacia las cosas. Cuando me di cuenta, lo desvié de inmediato en otra dirección, en la que no había nada. Todo lo que no llora de un lado lo llora del otro. Es cierto. Basta una palabra para abandonar una vida y penetrar en otra. A menudo la calidad del mundo depende de un simple monosílabo.
La tormenta,
como Dostoievski,
construye cuando enumera.
El asombro produce una especie de ensanchamiento de la realidad, como si la habitación o la plaza donde estamos se ampliara o se iluminara: como cuando deseamos que nos llenen la copa y nos llenan la copa. Frivolidad, esa dilatación de alegría necesaria para la gracia. Sereno occidental, entre las plantas.
No hay telegrama hoy
Sólo más
Hojas que caen.
No te das cuenta de que la vejez y la escritura se parecen mucho. Son la única posibilidad de transformar la vida, que es una enfermedad. Caminar tres calles para devolver un paraguas le destroza el corazón. Tan pequeño ha llegado a ser. La canción más tonta le detiene, y le obliga a regresar a la cama para taparse la cabeza con las mantas.
Los amigos son una segunda existencia.
Toda amistad genera su patología.
Un hermano / siempre es un yo salvaje.
Elegante, discreto, inteligente, demócrata de verdad.


Han escrito este fragmento de mi autobiografía: Peter Handke ("El peso del mundo"), Jack Kerouac ("Libro de haikus"), Justo Navarro ("F."), Yasmina Reza ("El alba, la tarde o la noche"), Ricardo Menéndez Salmón ("Gritar"), Mariano Peyrou ("Estudio de lo visible", "La sal"), Enrique Vila-Matas ("Hijos sin hijos", "Dietario voluble"), Ray Loriga ("Ya sólo habla de amor"), Gonzalo Hidalgo Bayal ("Campo de amapolas blancas").



           Fernando Menéndez


lunes, 24 de abril de 2017

De cabeza: Los sufridores (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


Los sufridores


Un sufridor que sabe dar los golpes oportunos. Alguien que aguanta el ninguneo, la intromisión del último en llegar, los faroles, el acoso. Un sufridor con una memoria que se activa a su antojo. Alguien que, cuando el tiempo apremia, prefiere primero guardar la ropa y nadar aunque no haya tierra a la vista. Un fajador que se abraza al rival no para pedir clemencia sino para susurrarle al oído que puede aguantar un derechazo más. Ese el Oviedo.
Entramos en la etapa de las cuentas de la lechera. Entramos en una recta saturada de peajes. Si en Segunda cualquiera puede reclamarte lo que cree que es suyo, independientemente de su clasificación , ahora te lo quitan sin ningún tipo de protocolo. 
El UCAM Murcia podrá no tener historia pero a esto se juega siempre en presente. Que nos lo pregunten a nosotros: sufridores que, si nos encontrásemos con una goleada a nuestro favor, nos pesaría como la típica chabacanería de nuevo rico. Ganamos 2-0 y ya tememos pagar por los excesos. Por algo Borja Domínguez marcó en el momento en que nos recordábamos que el siguiente partido es el domingo a las seis y contra el Lugo.
Nadie sabe cómo acabará esto pero que nadie me pregunte por el juego. Que me pregunten por los golpes dados y por los golpes recibidos. Lo peor de todo no es perder. Lo peor de todo es olvidar cómo ganaste. Pero a quién le va a importar si después de contar segundos fuera nos levantamos de la lona. Los partidos a ida y vuelta son como combates. De momento saltamos la comba. Hacemos sombras. Como el futuro no se puede anticipar y el presente hay que vivirlo, sorberlo a tragos, especulo con un mundo paralelo: un mundo en el que Toché, como si fuera un personaje de Hemingway, sentado al fondo de un bar, le cuenta a quien quiera escucharle que él marcaba goles como quien caza para sobrevivir. Que él volvía de un viaje y el Oviedo le preguntó por la hora de partida.
Y que el peso de las palabras no afecten a las piernas: no se ha jugado ninguna final y lo que quedan son partidos que valen tres puntos.
La épica está reñida con el hábito. No se puede jugar una final todas las semanas. Tras una final se abre un vacío inmenso, ganes o pierdas. Es el vacío del miedo: a no levantar cabeza o a que se te vaya para siempre. Contra el Lugo son tres puntos. Sin miedo y sin peso extra en los tobillos. Si se pierde habrá otra esquina por doblar. Aunque el calendario ya prepare su último aliento, aún nos queda aire por respirar. ¿No era eso el talento?¿Un cincuenta por ciento de inspirar? ¿Un cincuenta por ciento de expulsar?



                    Fernando Menéndez

martes, 18 de abril de 2017

De cabeza: Los escritores (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


Los escritores


Sabemos que la vida y el mundo son una sucesión de historias. Es en lo que coincidimos, por ejemplo, un cazador siberiano y yo mismo. El cazador arrastra su relato allá donde va y yo llevo el mío a las espaldas con la resignación o la alegría que correspondan a cada momento. La diferencia entre el pasado y  el presente estriba en que, antaño, importaba qué historia se contaba y ahora sólo nos preocupa quién es su autor o en su defecto quién la narra. Vivíamos arropados por el paternalismo del narrador omnisciente, ese tipo que lo sabe todo de nosotros y coge de aquí y de allá para hablarnos de lo que quiere hablar. Vivíamos confiados en que un campeonato de liga era la epopeya de unos sucesos y no una autobiografía saturada de intimidades. En Oviedo creció la desconfianza como una voz en off que apuntillaba cualquier entusiasmo. La trama de estos días atrás señalaba una dirección deseada pero a la vez temida: el partido contra el Tenerife era una gran ocasión y de ocasiones aprovechadas y echadas a perder está repleta la realidad y la ficción.
Dice Muñoz Molina que, a veces, hay personajes que se le rebelan y no quieren asumir el destino que les tiene deparado. Si creyésemos en el destino, el juego importaría más bien poco; así que después de la extraña derrota del pasado domingo será mejor que olvidemos a los personajes que reclaman más protagonismo y confiemos en el juego: porque del juego venimos y al juego vamos.
En una de sus fascinantes y enigmáticas narraciones, Borges cuenta la historia de Pierre Menard, autor del Quijote, un escritor desconocido y un tanto pedante que decidió componer no otro Quijote (lo cuál es fácil, según él) sino El Quijote. Menard es un consumado maestro del relativismo y de la banalización; tiene la misión evidente de bajar los humos a los grandes propósitos y a los grandes episodios: "El Quijote es un libro contingente, el Quijote es innecesario".  En nuestro caso, el personaje de Borges lo va a tener más complicado. Se nos podrá enredar con la retórica de los puntos merecidos y los puntos inmerecidos, pero con todos mis respetos a Cervantes, la estirpe oviedista es homérica. No por lo épico, sino por la paciencia y los miles de vericuetos que, como Ulises, tomamos para regresar a Ítaca. Es imposible adivinar qué nos deparará la siguiente página: si un bufón, un asesino, una heroína, un guerrero o un sabio. El universo de la literatura está poblado de personajes y de escritores inolvidables. Sin ir más lejos, cuando en el estadio tinerfeño pusieron en duda la identidad de Jon Erice, el navarro debió invocar a Flaubert y decir: Madame Bovary c'est moi.



                   Fernando Menéndez

martes, 11 de abril de 2017

De cabeza: Las explicaciones (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


Las explicaciones


Cuando el título de algo exige una explicación  pueden ocurrir dos cosas: o está mal titulado o se pretende llamar la atención. Explicar es enseñar la trastienda de un enunciado y sabemos que es en las trastiendas y no en los escaparates donde se encuentra el sentido de la vida. Cuando a Jota, el líder de la banda "Los Planetas", le preguntan por el sentido del título de su nuevo álbum: "Zona temporalmente autónoma", hace mención  a una obra titulada igual escrita por el ensayista Hakim Bey donde se anima a "liberar la propia mente de los mecanismos que han sido impuestos sobre ella". Cada vez que el Oviedo juega en el Tartiere cualquier mecanismo impuesto se libera a ritmo de goles (a balazo limpio, si utilizamos la imagen de Machín, entrenador del Girona). El estadio ovetense es nuestra zona temporalmente autónoma. Elementos opresores de los que liberarse hay tantos como rivales en el campeonato. Una lectura más ingenua de esa zona autónoma, más tradicional, hablaría de una arcadia, de un paraíso. Nadie quiere pensar que en el fútbol todo material es perecedero y nos agarramos al factor campo con la fe y el entusiasmo de los más creyentes. Mi zona temporalmente autónoma es afirmar a menudo que, yo, con respecto a la posibilidad de jugar la promoción de ascenso, sigo siendo escéptico; que con estar cada vez más lejos de los puestos de abajo ya me conformo; que hasta que no lo vea matemáticamente no me haré ilusiones. Se nota que lo mío nunca fueron los números: qué tendrá que ver la ilusión con las matemáticas. Es todo mucho más sencillo y contradictorio: cuanto más me cubro las espaldas, más deseo que suceda lo que niego. Pero mi capacidad de autosugestión es tanta, que si ustedes me preguntan, esgrimiré una gélida desconfianza. La realidad no la tengo de mi parte: parece que el Oviedo ya no está tan de paso por lo alto de la clasificación. El Girona vino a nuestra fiesta de cumpleaños con el objetivo de arruinarla. Y a punto estuvo. Fue un rival tan generoso y valiente que acabó honrando y colaborando con la celebración.
Temo liberar mi propia mente porque me pesa la historia y me intimidan las posibles ilusiones perdidas. Pero el equipo, y en especial Toché, se empeñan en desatar la rebelión en mi cabeza. Toché lo hace como se hacía en el fútbol de antes: encarnando al clásico nueve de toda la vida. Ese que, aunque con los tiempos ha adquirido la costumbre de trabajar en silencio, no ha perdido la capacidad de disimular que no está hasta que aparece en el momento oportuno.
Según Manuel Vázquez Montalbán (cuánto le debemos y no lo reconocemos suficientemente) el delantero centro fue asesinado al atardecer, así se titulaba una de las célebres novelas protagonizadas por el detective Carvalho. Pero ha resucitado porque los héroes populares siempre vuelven. Y lo ha hecho para confirmar con creces aquello de lo que se le acusaba: "habéis usurpado la función de los dioses que en otro tiempo guiaron la conducta de los hombres, sin aportar consuelos sobrenaturales, sino simplemente la terapia del grito más irracional".


               Fernando Menéndez

De cabeza: Envejecer (originariamente en La Nueva España

DE CABEZA

Envejecer


Me pregunto cuántos años se nos echan encima con cada derrota de nuestro equipo. La cuestión podrá resultar exagerada pero cuando uno se quita la camiseta al finalizar un encuentro que se ha perdido, la distancia entre las sienes y las mejillas se alarga y se ensancha por lo menos una semana. Dice Sami Khedira, el centrocampista de la Juve, que, para él, envejecer es mejorar. Trato de cobijarme bajo la convicción del futbolista alemán: en Vallecas padecimos un retorno al pasado que, paradójicamente, lejos de rejuvenecerlas, avejentó nuestras expectativas. La cita contra el Rayo desprendía el olor a chamuscado del entusiasmo prematuro. Se sucedían las llamadas a la prudencia y a la humildad: una manera disimulada de desear lo contrario de lo que se expresa. No me pondré apocalíptico pues a la liga le restan aún jornadas por cumplir pero el domingo los resultados se pusieron claramente de nuestra parte... Tal vez el Oviedo sea uno de esos autores policiacos que prefiere dar un rodeo con la trama antes de solucionar un enigma. No es cierto que el tiempo corra y calle. Ha perdido la discreción de antaño. Se desliza a gritos a través de nosotros y a nuestro lado. Nos enseña un horizonte para luego arrebatárnoslo delante de las narices. Dicen que el tiempo es eterno y me lo creo: no hay más que ver a Trashorras, el capitán del Rayo, sometiendo el fútbol a una demora; a la singular combinación de un pensamiento veloz con un gesto lento. Envejecer es convertir el cerebro en tus extremidades y tus extremidades en memoria. Ahora entiendo a Khedira y le doy la razón definitivamente: envejecer es mejorar. Quizás todo hubiera sido distinto si Borja y Torró se hubiesen parado en medio del trasiego para fijarse en la fértil y sabia senda de elefante que deja a su paso Trashorras, convertir al veterano jugador en un espejo. Cuando se pierde un partido lo mejor sería no quitarse la camiseta hasta la próxima ocasión. En tiempos de tormenta conviene no hacer mudanza.
Casi a la misma hora que el Rayo - Oviedo se jugaba el Barça - Valencia. Los recuerdos también son una herencia. Sabemos por su padre que el pasado domingo dos niños llamados Nicolás y Álvaro prefirieron el vagar desorientado de Michu a los revoloteos de Messi y Neymar. Son los hijos de Luismi, aquel defensa gallego que llegó en 2003 y peleó por los colores azules con el mismo ahínco que si hubiera nacido en el corazón de Vetusta.
¿Qué deporte es este en el que un jugador retirado emociona más que los fichajes de invierno? ¿Qué hemos perdido en este crudo envejecimiento de catorce años?
Si el Oviedo logra el ansiado ascenso a Primera no debería traicionar a la memoria e invitar a Luismi y a sus compañeros de la Temporada 2003 / 2004 a realizar el saque de honor de nuestro estreno en la élite. Ellos nos quisieron cuando sobrábamos en la ciudad. Es lo justo. Nicolás y Álvaro se merecen ver a su padre pisando de nuevo el césped del Tartiere.


                       Fernando Menéndez

Con Richard Ford (2) Originariamente en La Escena

EL APUNTADOR: CON RICHARD FORD (2)


A la mujer
que
se cruzó
conmigo
le
asomaban
un par
de
lágrimas
por
los ojos.
Unos
segundos
antes
Richard
Ford
le había
firmado
un libro.
Contra
la
emotividad,
contra
su abuso,
conviene
mantenerse
en guardia.
El
melodrama 
es
un género
comunitario,
un disgusto
edulcorado
por
la atención
del
público.
Un
reclamo
de
la justicia
universal
sea
como
sea
esta
última.
Pero
aquella
mujer
lloraba
cuando
se
cruzó
conmigo.
No era
un llanto .
Era
una alegría
discreta
cargada
de emoción.
Seguro
que
un golpe
de
memoria
y
corporeidad.
La coincidencia
de ambas
circunstancias
es 
como
una bola
extra,
una prórroga 
que se
concede
sin que
nadie
la haya
solicitado.
Aquella
mujer
lloraba
con
la misma
mansedumbre 
que
las primeras
lluvias
sobre
la tierra.
Con
su libro
en
la mano
convocaba 
la gratitud
implícita
en todo
aquél
que,
en más 
de
una ocasión,
sólo tuvo
la promesa
de
una buena
historia
que
llevarse
a
la boca.

domingo, 2 de abril de 2017

De cabeza : El protegido (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


El protegido


A veces sueño que soy como David Dunn, el protagonista de "El protegido" de M. Night Shyamalan. El personaje, interpretado por Bruce Willis, es el único superviviente, y sin un solo rasguño, de un catastrófico accidente de tren. A través de la trama y con el contrapunto de Elijah Price, personaje encarnado por Samuel L. Jackson, Dunn descubre que es un hombre con superpoderes. Su visión le permite saber con apenas el roce de un extraño, si ese individuo es un peligro o si está a punto de cometer un delito.
A veces sueño que soy como Dunn y que sólo con rozar la fecha del próximo partido del Oviedo sé lo que va a pasar y cuál va a ser el resultado. Soñé que, al poner los dedos sobre la pantalla o sobre la página donde aparecía el Numancia / Real Oviedo, veía un marcador de cero a cero; veía que sería el típico partido donde mejor no cambiar nada para que nada cambie.
De todos los ismos sobre los que se ha desarrollado la historia de la humanidad, el cerocerismo es el que menos fuego provoca.
En realidad, el cerocerismo  es un empate bajo cero. Un refugio sobre el que la posibilidad de un gol silba como una bala perdida. Dice Jon Erice que vivimos tiempos de sumar puntos y no de buscar un estilo. El cero a cero es un ensayo general, una toma falsa. Sé que que tiene repercusiones reales pero es como una sucesión de principios. Como si recitásemos la lista de los inicios de las novelas más anodinas de la literatura.
A veces sueño que soy como David Dunn, descuelgo el teléfono y le digo a Toché que se prepare para el minuto 27 de la segunda parte, pues marcará un gol de chilena. La perseverancia de un aficionado es la misma que la de alguien irrompible, con capacidad para regenerarse y levantarse después de cada tropiezo. Juega a vaticinar un futuro mejor y se rodea de sortilegios que lo protejan de las adversidades.
Quizás nada sea un sueño y la clave sea pasarse la vida mirando lo que sucede alrededor. Javier Pastore, el talentoso mediapunta del PSG, asegura tener consciencia de la distancia y del tiempo: "es saber a la velocidad que corre el defensor que viene a marcarte, si te viene rápido o te marca lento. Es raro. Voy en el coche y sé cuándo se va a poner rojo, cuándo me va a pasar otro coche... Voy a mi casa pasando todos los semáforos en verde. Voy pensando. Voy viendo que el semáforo de los peatones se puso rojo y..."
A veces sueño que soy como David Dunn. Toco suavemente los nombres de Rayo Vallecano y de Real Oviedo. Pero la distancia y el tiempo nunca coinciden. Si fuese así, qué fácil sería hacer pronósticos. Me fijo en los semáforos. Todos en ámbar.


                     Fernando Menéndez

martes, 28 de marzo de 2017

De cabeza:James Moriarty (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


James Moriarty


Lo más fácil y lo más habitual es plantear el fútbol como algo entre buenos y malos. Con la peculiaridad de que ambos papeles fluctúan en función de la camiseta que uno vista. En una liga juegan todos contra todos pero si diseccionáramos el campeonato en la mesa de un quirófano, comprobaríamos que podemos verlo como una sucesión de duelos particulares.
El Cádiz, sin ir más lejos, es el Moriarty del Oviedo. Aunque supongo que los gaditanos pensarán lo mismo de los azules. El profesor Moriarty es el archienemigo de Sherlock Holmes y la primera vez que Conan Doyle lo utiliza es en el relato "El problema final". Nunca se sabe cuándo un tropiezo se convierte en un castigo. No sospechaba Holmes lo que se le venía encima. El Cádiz apareció ante el Oviedo hace dos temporadas en el problema final que no era otro que la fase de ascenso a Segunda División. En estas ocasiones, más que el sustantivo, lo que pesa es el adjetivo. Aunque el oviedismo supiera que, de perder, habría otra oportunidad, no le seducía la idea de partir de cero por enésima vez. Para Holmes, su rival es una mezcla de inquietud y desafío, una mezcla que supone una cuerda floja; la posibilidad de que la mirada se nuble: bien por la impaciencia, bien por la audacia. Como las mejores rivalidades son las más íntimas, al partido del pasado sábado se le vistió de problema final transitorio, una contradicción en sí (aún restan bastantes jornadas), que serviría para encender los ánimos y comenzar a repetir ese tópico tan célebre de que cada encuentro es una final. Si además Moriarty se regodea en crueldades innecesarias, la trama se agudiza: el Cádiz, en aquel mayo ya histórico, cometió la vileza de privar a 155 oviedistas de acceder al Carranza para animar a su equipo. Tan villano de libro resulta ser que no ha esbozado ni el más mínimo gesto de culpa.
Se palpaba en el aire que, de obtener la victoria, podía ser un triunfo significativo: porque estamos en una etapa de asentar posiciones y por compensar el despropósito de marzo de 2016 con la visita del Valladolid. Aunque con Moriarty nunca se sabe, pues lo mismo se cae de una azotea al vacío a primera hora de la mañana y a las cinco de la tarde está esperándote para tomar el té. Esta vez, en vista del resultado, tendrá que posponer sus fechorías para un tercer episodio. A mis espaldas alguien susurró: ¿Te imaginas que nos juguemos el ascenso a Primera contra éstos? Y pensé que si fuera así, hablaríamos con total propiedad del problema final. No quisiera ser un Watson taciturno que escribiera con pena unas memorias indeseadas de Sherlock Holmes. De momento, por las inmediaciones de Baker Street no serán pocas las especulaciones y las hipótesis.
Lo que sí ya debe saber a estas alturas el Moriarty gaditano es que al crimen se le derrota a cabezazo limpio y por el aire: Cervero, David Fernández, Linares y Christian Fernández, agentes de Scotland Yard.


               Fernando Menéndez 

El apuntador: Con Richard Ford (1). Originariamente en La Escena

EL APUNTADOR: CON RICHARD FORD (1)


No se puede
confundir
lo plausible
con
lo mejor.
Lo dijo
Richard
Ford
ante
miles
de
personas.
Y esta
vez,
miles
no es
una forma
de hablar.
Mientras
esperábamos
la llegada
de Mr. Ford
observaba
a
la multitud
tratando
de 
verla
con la
perspectiva 
suficiente
pero sin
olvidar
que yo
también 
formo
parte
de ella.
Me
ocurre
cada vez
más
a
menudo:
ya no
soy
capaz
de
considerar
una
multitud
como
un crisol
de matices
diferencias.
No.
Soy incapaz.
Para mí,
las
multitudes
sólo son
bloques
compactos,
empujados
por
el ansia
de llevarse
algo
en limpio,
acostumbrados
a que
se les dé
la razón.
que es
una
percepción 
desesperadamente 
individual,
egoístamente 
injustificada.
Pero
las sensaciones
son
como
muchas
reacciones
del cuerpo:
imprevistas,
persistentes,
nítidas.
Aunque yo,
en lo que
quería
insistir
es en
lo que
dijo
Richard
Ford:
una cosa
es
lo plausible.
Otra,
lo mejor.
No hay
ninguna
equivalencia
entre ambas
cosas.
Ninguna.

lunes, 20 de marzo de 2017

De cabeza: Las Evidencias (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


Las evidencias


De las evidencias no suele hablarse precisamente por ser evidencias. El silencio e incluso el olvido en torno a ellas es la consecuencia de que lo dado por hecho no es motivo de preocupación. Se quejaba Albert Camus de una sociedad en la que se solemniza lo obvio y no le faltaba razón. Sin embargo, con el paso del tiempo, el mundo ha girado de tal forma que la evidencia se ha transformado en añoranza.
Las certezas en el fútbol no son muchas pero son importantes. De todas ellas hay dos que prefiero por encima de otras: los partidos hay que jugarlos y al fútbol se juega con un balón. Ustedes dirán que eso ya se sabía, pero no estoy yo tan seguro. Que sin esférico no hay fútbol lo comprendió muy bien Alfredo Di Stéfano, cuyas memorias son un canto de gratitud a la pelota: "Gracias, vieja". Pero los insondables caminos de este deporte son capaces de llevar la contraria a una leyenda. Vivimos una época en la que se elogia el juego sin balón y la pericia para anular al rival. Antes, estas dos circunstancias podían ser dos consecuencias puntuales, nunca un objetivo. Se confunde la acción con el carácter. La respuesta con la pregunta. Mantener la portería a cero era un punto de partida, no de llegada. Y así andamos, elogiando la resta y no la suma. Resulta que a quien posee la pelota le corresponde la capacidad de decidir. Comulgamos con un fútbol de espectadores en el que hay equipos que trasladan la grada delante de su meta, mientras persiguen sombras y tratan de tapar dos veces un mismo hueco.
Si algo tuvo de atractiva la reacción del Oviedo en la segunda parte contra el Reus (independientemente de las llamadas a rebato y de las broncas motivadoras) fue su compromiso con el balón. La triangulación, las paredes y el juego al primer toque son los principios de una geometría tan antigua como el propio fútbol. Cierto que se presionó al contrario con más eficacia, pero la presión no es una seña de identidad, sino el camino más corto para recuperar la posesión.
Renunciar al elemento clave del juego es confiar tu suerte a supersticiones y estados de ánimo. Preguntaba una vez Ángel Cappa a sus futbolistas si sabían lo que significaba ganar como sea. Ninguno supo qué responder. Sólo se gana de una manera: a través del balón.
Las crónicas ponen el acento sobre la incidencia de los nuevos fichajes en el Oviedo. Costas, por ser un central que trata de salir con el balón jugado. Berjón, porque la pide al pie y no rehuye el regate (esa forma decididamente romántica de tomarle cariño a la pelota) y Borja Domínguez por intuir que, con el balón en las botas, a veces es preferible vestirse despacio si se tiene prisa.
Con respecto a la otra certeza escogida: los partidos hay que jugarlos, sólo cabe decir dos cosas: ni obviedades ni olvidos. 


                Fernando Menéndez

martes, 14 de marzo de 2017

El apuntador: Dicen de mí (autobiografía) I

EL APUNTADOR: DICEN DE MÍ (AUTOBIOGRAFÍA) 1


SOY una rara mezcla: alguien lleno de opiniones políticas que al mismo tiempo tiene muy poco respeto intelectual por la práctica de la política.
(Jonathan Franzen)


UNO que, cuando está con la gente, mira hacia el fondo, como si esperase a alguien, como si oyera el pitido de un tren que sale de la estación, y así va, disimulando la angustia roedora de estar entre muchos.
("Las coplas del amo", Ildefonso Rodríguez)


AMO este instante en que la razón parece alejarse del hombre y en que el lenguaje queda como único vínculo con un continente que se conoce. 
("Un canto en la espesura del tiempo", Nuno Júdice)


CON el tiempo descubrió que no existe nada eterno ni impasible, ni siquiera el peñasco de roca sólida que asoma por el norte, en el ángulo izquierdo de la ventana; ni la fidelidad del cielo plomizo que acapara más de la mitad de su mirada cuando está acostado; ni los juramentos ni las promesas formuladas.
("El momento del unicornio", Norberto Luis Romero)


NO coger siempre todo con mano enemiga; por una vez dejar que todo vaya sucediendo y saber que lo que pasa es bueno.
("La canción de amor y muerte del alférez Christoph Rilke", Rainer María Rilke)


NO hay nada que esté contra ellos: ni un ayer, ni un mañana, pues el tiempo se ha desmoronado. Y ellos florecen de sus ruinas.
("Pero existe la música", Vladimir Holan)


EL camino es abandono, nunca hallazgo.
("Pero existe la música", Vladimir Holan)


PERO estar perdido y resistir / y tener la luna en el libro y la noche tan solo en el leer.
("Pero existe la música", Vladimir Holan)


Y con todo, con todo: la imagen / que aquí no es abismo / no puede ser señal.
("Pero existe la música", Vladimir Holan)


De cabeza: El gol (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


El gol


Todo gol aspira a ser un punto final. Incluso el primer gol de un partido. El que propició la victoria del Oviedo contra el Getafe fue en el minuto ochenta y nueve. Un minuto significativo. No es el fin pero casi. Es justo antes del fin. El minuto ochenta y nueve es una penúltima página. Hay lectores que lo primero que hacen cuando tienen un libro entre sus manos es leer sus últimas palabras: como celebrar un gol sin haberlo visto. Como disfrutar del eco pero no de la voz. El minuto ochenta y nueve es un minuto elegante: no es entrar en un comercio cuando van a cerrar. No es marcar en el descuento que es como pedir por favor que te dejen pasar pues te quedaste sin pan para la cena.
La alegría indescriptible de los goles, dice el escritor portugués António Lobo Antunes. Es curioso que algo tan concreto como un gol provoque algo tan abstracto (difícil de describir) como la alegría. Es la cuadratura del círculo que se da en el estadio. El aficionado encuentra los ángulos en algo rotundamente esférico como un gol. En esos ángulos viven la memoria, el miedo, el deseo, la desilusión, la esperanza... Vamos, nuestra propia anatomía sentimental. Vive cualquiera de los que acudimos cada fin de semana a reencontrarnos con la infancia. La infancia es una edad que se prolonga cada vez más. El fútbol se dio cuenta de que éramos niños con las piernas largas. Niños esperando el gol- aerolito. El gol que fustiga el empate e inclina el marcador de nuestro lado.
Aunque haya jugadores encasillados en un papel, el guión a veces exige improvisar, cuajar un sueño y emular a Zidane y a Cruyff devastando a balonazos el sistema solar. ¿Qué jugador no soñó con marcar un gol como el de Jon Erice? ¿Qué espectador no se imaginó despojándose del convencional uniforme de Clark Kent y arrearle a la pelota de lleno, con la sensación nada más darle de que solo hay dos posibilidades: entra o entra. 
Y en el minuto ochenta y nueve: como el tradicional resumen de los diez mandamientos en dos. Como salir del cine momentos antes de la escena definitiva.
Eso que en el fútbol llamamos postpartido y que la nobleza del rugby llama tercer tiempo, se alimenta del plancton abisal de lo que antes se veía por la mirilla y ahora la orgía de cámaras lo transmite en pantalla plana de innumerables pulgadas. Eso que en el fútbol se llama postpartido cada vez se dirime más en las redes sociales: un microondas que no cesa. Cada vez que me asomo a un foro digital  aprendo lo que no debo hacer y lo que no debo decir. Todos los goles tienen el nombre propio de quien los marca: una circunstancia con moldes de coyuntura. Ahora bien, todo nombre propio tiene su etimología. Y la etimología de un futbolista está formada por sus compañeros. Nunca entendí celebrar un gol indicando el dorsal con los dedos pulgares o golpeándose el pecho con el índice. La alegría del gol, vuelvo a Lobo Antunes, es indescriptible, abstracta. Un bien común.


                    Fernando Menéndez

domingo, 5 de marzo de 2017

De cabeza: El pasado del futuro (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA



El pasado del futuro


Sin contar con el pasado se tarda más en alcanzar el futuro. No es un ejercicio de nostalgia. Tampoco una frase de autoayuda. Es una evidencia. Basta con fijarse un poco a nuestro alrededor. Con observar la naturaleza: no hay troncos ni ramas si no existen las raíces. Algo del partido contra el Mirandés me recordó a un pasado no tan lejano en el Oviedo. Será porque el equipo burgalés fue rival no hace tanto de los azules en Segunda B. O será por ese aire del Anduva a estadio de los de antes: a estadio alejado de fogonazos y micrófonos
Loa aficionados oviedistas se desplazaron en buen número a disfrutar, por fin, de una victoria a domicilio. La afición  es una de las raíces del fútbol. Esa afición que no se conforma con ver el partido por televisión y se expone al frío, la lluvia, el calor o a los horarios demenciales con tal de seguir a su equipo.
Dice Enrique Martín, extécnico de Osasuna y uno de los mejores extremos izquierdos de los años ochenta, que el fútbol ha ido perdiendo el arraigo. Arraigo es un sustantivo claramente vinculado con raíz y pasado. Son tres palabras que juegan en el mismo campo. Según Martín, uno sólo se acuerda del sentimiento y la historia cuando las cosas están jodidas.
Puede que el sentimiento y la historia no ganen partidos pero allanan el camino para hacerlo. Tiene razón el navarro: parece que sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena. Yo procuro no olvidarme de ella ni cuando hace sol. El domingo, mientras el Oviedo culminaba su victoria en campo rival después de tantas jornadas, recordaba el pasado de barro y angustias que tanto duró. Es un error querer olvidarnos de él. Ese periodo que va desde 2003 hasta el ascenso a Segunda es nuestra raíz, nuestro arraigo.
Nadie como Michu personifica esa idea de que el futuro está compuesto por su pasado. Y Juan Mata: declarando que le gustaría acabar en casa su carrera.
Futuro y pasado. Pasado y futuro. O Saúl Berjón, confesando al final del encuentro contra el Mirandés que ha cumplido un sueño: jugar con Michu en el Oviedo. Ojalá sea cierto que vuelve el pasado para ocupar el futuro. O Borja Domínguez, el centrocampista recién llegado del Córdoba, manejándose con soltura en la zona del mediapunta: un puesto en vías de extinción. O David Costas, el central gallego, marcando goles con la soltura de un delantero.
Desde que venció en el Tartiere al Levante, el Oviedo no ha vuelto a jugar un partido así de completo. Los resultados ayudarán. Pero son hojas caducas. El lunes ya amarillean. Las raíces, en cambio, son discretas. Viven ocultas y en contacto con la tierra. Necesitan agua. No la furibunda de las tormentas. Mejor el agua mansa y constante del orbayu.



                  Fernando Menéndez 

lunes, 27 de febrero de 2017

De cabeza (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


En la rula


Hay una forma muy asturiana de decir que tres puntos ser tres puntos: en la rula no preguntan, apuntan. La clasificación de un campeonato de liga es una hoja superficial en la que sólo aparecen las anotaciones básicas. La clasificación de un campeonato apunta siempre al qué y casi nunca al cómo. Es una estadística a la que es preciso sacarle las costuras, los colores, los matices. Imagino que soy un extraño recién llegado a Asturias: los titulares de prensa hablan de un Oviedo que sigue ganando en su feudo. Pero los titulares de prensa son un envoltorio; otras veces una flecha y en ocasiones una palmada en el hombro. Mientras al Oviedo le funcione el vaso medio lleno, leer la historia oculta que subyace en los datos será cuestión de mero ocio, quién sabe si de insidia. Para el fútbol planteado como un instinto de supervivencia, el aficionado que vuelve a casa inconforme a pesar de haber ganado su equipo,  es un heterodoxo, un contracultural. ¿Y si son muchos los aficionados que salen del estadio con la mosca detrás de la oreja? ¿Serán esos decimales que nunca aparecen en las cuentas?
En la rula no preguntan, apuntan. ¿No era el fútbol un deporte en el que el camino es una invitación  a disfrutar como en el mítico poema "Ítaca" del griego Cavafis?
A veces me imagino al entrenador como si fuera un editor. Los libros son el resultado de combinar apariencias y certezas. ¿De qué le sirve a un libro estar bien editado si sus páginas están en blanco? Supongamos que el resultado de un partido es la portada de un libro. Y supongamos que el texto que se escuda tras el título hable de algo completamente distinto a lo que el título alude. ¿Quién se equivoca entonces? La victoria del Oviedo contra el Mallorca, o está mal titulada o está mal escrita. El caso es que yo, como lector, sólo encuentro incoherencias. Comencé leyendo "En busca del tiempo perdido" de Proust y acabé con "Respiración artificial" de Ricardo Piglia. Es un lío leer varios libros a la vez. No se lo recomiendo a nadie. Aunque yo no sea el mejor ejemplo. Y también es un lío que no coincidan la forma y el fondo. Se podrá triunfar así con un primer libro: hay ocasiones en que al azar le da por jugar con tus colores. Si no se reduce la distancia entre el resultado y el estilo, el segundo libro, con toda probabilidad, será un fracaso.
Puntos ser puntos tiene la virtud de lo obvio y la obviedad es la salvación en tiempos de urgencias.
Pero si el editor y el autor (el entrenador y el futbolista) no ven más allá de la siguiente página (del siguiente encuentro), se aportarán nada más que datos a la novela costumbrista de la Segunda División. Así será imposible alterar la trama. Hacer una pregunta en la rula de una maldita vez.


                         Fernando Menéndez

martes, 21 de febrero de 2017

Dicen de mí (autobiografía) 1

EL APUNTADOR: DICEN DE MÍ (AUTOBIOGRAFÍA) 1


SOY una rara mezcla: alguien lleno de opiniones políticas que al mismo tiempo tiene muy poco respeto intelectual por la práctica de la política.
(Jonathan Franzen)


UNO que, cuando está con la gente, mira hacia el fondo, como si esperase a alguien, como si oyera el pitido de un tren que sale de la estación, y así va, disimulando la angustia roedora de estar entre muchos.
("Las coplas del amo", Ildefonso Rodríguez)


AMO este instante en que la razón parece alejarse del hombre y en que el lenguaje queda como único vínculo con un continente que se conoce. 
("Un canto en la espesura del tiempo", Nuno Júdice)


CON el tiempo descubrió que no existe nada eterno ni impasible, ni siquiera el peñasco de roca sólida que asoma por el norte, en el ángulo izquierdo de la ventana; ni la fidelidad del cielo plomizo que acapara más de la mitad de su mirada cuando está acostado; ni los juramentos ni las promesas formuladas.
("El momento del unicornio", Norberto Luis Romero)


NO coger siempre todo con mano enemiga; por una vez dejar que todo vaya sucediendo y saber que lo que pasa es bueno.
("La canción de amor y muerte del alférez Christoph Rilke", Rainer María Rilke)


NO hay nada que esté contra ellos: ni un ayer, ni un mañana, pues el tiempo se ha desmoronado. Y ellos florecen de sus ruinas.
("Pero existe la música", Vladimir Holan)


EL camino es abandono, nunca hallazgo.
("Pero existe la música", Vladimir Holan)


PERO estar perdido y resistir / y tener la luna en el libro y la noche tan solo en el leer.
("Pero existe la música", Vladimir Holan)


Y con todo, con todo: la imagen / que aquí no es abismo / no puede ser señal.
("Pero existe la música", Vladimir Holan)


De cabeza: El anzuelo, el niño y el pez (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


El anzuelo, el niño y el pez


Dice Kenzaburo Oé, el escritor japonés ganador del Premio Nobel de Literatura en 1994, que se hizo escritor para reflejar el dolor de un pez: "Desde niño tengo interés en cómo nuestro limitado cuerpo encaja el sufrimiento. De pequeño, yo iba a pescar. Y me fijaba en el pez con el anzuelo clavado, que se movía mucho. Sufre horrores, pero en silencio: no grita. El niño que yo era pensaba: ¡cuánto dolor inexpresado! Ese fue el primer estímulo que me llevó a ser escritor, porque pensé que los niños tampoco podíamos hacernos entender bien. Me hice escritor para reflejar el dolor de un pez." Según aumentan los accidentes y la paradoja de las sorpresas repetidas, el aficionado oviedista se va pareciendo al niño que era Oé: tampoco es capaz de hacerse entender bien. Se multiplican las versiones, se multiplican los argumentos, se multiplican las justificaciones pero todo tiende hacia el ruido. O quizás el aficionado sea ese pez que lucha por librarse del anzuelo: el penúltimo fichaje, la enésima declaración solemne. Somos un banco de peces que aletean desesperados fuera de su hábitat natural: los aficionados más entusiastas porque creían que esta podía ser la temporada definitiva y los más escépticos porque, al menos, esperaban pasar un buen rato cada fin de semana.
Cuando la excepción se hace rutina la vida se vuelve insoportable, pues desaparece la alternancia. Perder por goleada cada vez que se visita un campo contrario, salvo que seas el peor equipo del mundo, no es lo habitual. Tal vez el objetivo de este año sea acostumbrarnos a los reveses, como si de una terapia para afrontar una vida longeva se tratara. Pero el pez sueña con corrientes de río y con remansos; con la luz del sol atravesando el agua hasta iluminar sus aletas.
El lunes pasado, cada conocido que me encontraba agitaba su cabeza tratando de soltar el anzuelo. El lunes pasado, cada expresión silenciosa que solicitaba mi opinión, recordaba al crío que fue por primera vez al Tartiere con el deseo de contagiarse con las ganas por un deporte y por unos colores. Melancólico, me cuenta un contertulio mientras revuelve su café que, a veces, viendo los partidos, le da la impresión de que hay jugadores a los que no les gusta el fútbol.
El cauce fluye más allá del asunto de ganar o perder. Todo se polariza: indignación o tristeza. Lo que más temo es que la demagogia y el histerismo asalten el escudo. Si el pez boquea que no lo humillen con situaciones ridículas y falsas promesas. No son necesarios los laureles. Para empezar, con un traje a medida sería suficiente. Y qué peligro que el plomo residual del lenguaje ocupe el espacio destinado a rodar el balón. Qué peligro la dichosa posverdad, la neolengua que Orwell  inventó para "1984": "Tuvimos el partido controlado en la primera parte; quitando los goles no concedimos mucho". 
Será mejor concentrarnos en que aún estamos a tiempo. Kenzaburo Oé dejó de pescar para ponerse a escribir. Ganó un Premio Nobel.



                            Fernando Menéndez

miércoles, 15 de febrero de 2017

En La escena

EL APUNTADOR: "SERÉ UN ANCIANO HERMOSO EN UN GRAN PAÍS. ENSAYO EMOCIONAL".


EL chaval con gol de Iniesta y bandera de España 

EL presente como género literario

LA postguerra y su tiempo interminable 

LÁZARO de Tormes y Walt Whitman

EL cinismo y el decoro

LA soberbia del amor y la soberbia de un solo de guitarra

EL noble oficio de quien apaga la luz

LA verborrea del "yo". Las inclemencias del "nosotros".

LA sinceridad como bestseller 

EL ejemplo y la lección 

EL mar y la paternidad

CROSBY, Still, Nash & Young

LONDRES y Celorio

TOD Browning a la sombra de un sauce

LOS alegres y cansados muchachos del adanismo

LA política como ocio

LAS epifanías y los antepasados

LOS ojos como platos de 1980

EL mundo de ayer y la Historia Universal

LOS autorretratos y el miedo

LA confesión como poética

EL arrepentimiento como fábula

LAS reuniones familiares

LOS padres. El centro de gravedad. Las hermanas

LOS padres. El centro de gravedad. Las hermanas

LITERALMENTE: el centro de gravedad

LA ridícula solemnidad de los mayores

LA proliferación de traducciones

LOS libros sin leer de Miguel Delibes

GRADO y los quioscos de música

VILLALPANDO y sus peregrinos

VILLALPANDO y sus sacerdotes

EL dios de las pequeñas cosas

EL albatros en el hombro de Kurt Cobain

DOS nombres propios: Manuel Astur

UN sustantivo y un adjetivo: ensayo emocional

DISTRACCIONES de la gramática

LOS libros, le tomo la palabra al autor, son la multiplicación de los yoes y de las aguas. Nada más. Y nada menos.



"Seré un anciano hermoso en un gran país. Ensayo emocional" (Manuel Astur. Ed. Sílex)

De cabeza: Sedentarismo (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


Sedentarismo


El fútbol es un deporte lleno de paradojas. Un juego en el que, a menudo, se consigue lo contrario de lo que se pretende. Por ejemplo, blindar la portería y atrincherarse en defensa es tentar al rival a un constante allanamiento de morada. Dotar a tu domicilio de sofisticadas y aparatosas medidas de seguridad es un evidente reclamo  para los ladrones. A la vista de lo dicho, este Real Oviedo de comienzos de año da la impresión de ser un chalet de lujo o una imponente mansión. Custodiado por un exclusivo servicio de seguridad privada y un supuesto y complejo entramado de alarmas y cerraduras. De esta manera, el contrario podría pasar por ser un intruso cuando, en realidad, como hizo el Valladolid, lo único que intentó es ganar el partido teniendo la pelota.
En los equipos blindados se manda a una hora secreta a un delantero a marcar un gol como quien sale bajo una lluvia intensa, con nocturnidad y alevosía, a comprar una barra de pan y un cartón de leche para regresar a casa pitando. Y si después del gol, el hambre sigue, pues a aguantarse las ganas o, como mucho, pedir por teléfono una pizza o unas hamburguesas. Este es uno de los inconvenientes de los equipos que visitan poco el área rival: su dieta es hipercalórica, poco sana. El juego de ataque es al fútbol lo que la dieta mediterránea es a la salud. El Oviedo, de tanto jugar a la defensiva, corre el peligro del sedentarismo. Para mí, según pasan los minutos y el balón lo pierdes en cuanto te acercas a la línea del centro del campo, acabas viendo la portería contraria como en una televisión en 3D.
En el encuentro contra el equipo pucelano, los azules acabaron jugando con seis defensas. Ya sé que habrá mil argumentos técnicos y tácticos que se me escapan pero la ignorancia del aficionado, en ocasiones, es su nobleza: ¡seis defensas! El mensaje con la alineación que culminó el partido es un síntoma de desconfianza o de pequeñez. Y el Real Oviedo tiene, creo yo, más motivos  para ser confiado que para lo contrario y ,sin caer en grandonismos, tampoco es un club tan pequeño. A los futbolistas, sean centrales, mediocampistas o extremos, no se les puede reprochar nada: lucharon y pelearon hasta el final.
Como el propio Hierro recordó al concluir los noventa minutos: la actitud de los jugadores fue irreprochable.
La disposición en el terreno respondió mucho más, desde mi punto de vista, a decisiones del banquillo que a inercias del juego. De momento, de entre todos los entrenadores que Fernando Hierro conoció en su brillante y dilatada carrera como futbolista, el que más mella le está haciendo es Javier Clemente en su etapa de seleccionador nacional.
Sólo como un velado homenaje puedo entender lo del pasado sábado contra el Valladolid. Un velado homenaje a un lejano quince de junio de 1996: Eurocopa de Inglaterra, España se enfrentaba a la Francia de Zidane. Para la ocasión, el de Baracaldo puso seis defensas en el once inicial: López, Alkorta, Abelardo, Hierro, Sergi y Otero.
Puedo imaginarme la respuesta de Clemente: - lo que quieras, pero empatamos contra Francia.
En fin, el Oviedo ha sumado tres puntos y ha vuelto a los puestos de promoción. Y yo sólo soy un tipo al que le encantan las habladurías.


                   Fernando Menéndez

miércoles, 8 de febrero de 2017

De cabeza: The Rat Pack (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


The Rat Pack


Sabemos que existen dos formas de ver el centro del campo: como una sala de estar o como un pasillo. El centro del campo es una botica: una cumbre de alquimistas que le dan vueltas al fluido mágico que anticipe espacios, grietas o agujeros en la defensa rival. Una sala de estar que sólo se abandona por necesidad  o por el reclamo de grandes citas o grandes momentos. 
Si es un pasillo, el centro del campo es un lugar por el que se pasa a carreras, con prisa. Con la determinación  y el vértigo de quien tiene un destino en su cabeza. En los últimos tiempos, ya en la pasada temporada, el centro del campo oviedista era la terminal de un aeropuerto; el andén de una estación. Un ámbito en el que se está quieto con el objetivo de moverse.
Si por la tierra media de ese juego de tronos que es un campo de fútbol pasan los futbolistas como los automóviles en una operación salida, debemos prepararnos para una juerga porque si después de tanto apuro llegamos para no hacer nada, la semana de trabajo y entrenamiento habrá sido en balde.
El Oviedo mantiene una constante con respecto al de la temporada anterior: su pegada, su capacidad para hacer goles. Si esta temporada no marca más es por su temor a la juerga. Contra el Elche presiono más arriba (así se empieza una juerga, llegando a la barra antes que los otros invitados) y los brindis se sucedieron y la espuma se derramó de las botellas. Hay que convencerse de una vez: el Oviedo sólo vencerá a base de derrochar. Siendo gastizo y disfrutón le irá mucho mejor. Si pasa por ser el equipo con una de las mejores nóminas de delanteros, ¿por qué no nos vamos de marcha hasta por lo menos marcar tres goles en cada partido? Salir a ver qué pasa o a ver si hay suerte es ceder la iniciativa al azar. Si se sale, hay que hacerlo como si fuera la última noche. ¿Acaso el mítico Rat Pack (aquel talentoso y juerguista trío formado por Dean Martin, Frank Sinatra y Sammy Davis Jr.) pensaba en la resaca o en la mañana siguiente?
Que Toché descorche todo lo que pueda. Que Susaeta saque a bailar al personal. Que lo maree con amagos y esa pierna derecha enguantada en lamé. Que Jonathan Perereira hurgue en los rincones mas escondidos. Y que Michu decida cuál va a ser la próxima canción a interpretar. ¿Les parece poco? Pues aún hay más. Tenemos a Saúl Berjón que, como si Frank Sinatra se tratase, debe pelear "de aquí a la eternidad", flotar un jet para cruzar el océano mientras se enumeran y recuerdan los goles marcados.
En el Rat Pack, si uno de su miembros era contratado para un espectáculo, el resto de los miembros hacían cameos y la expectación era mayor. Esa debe ser la táctica: aprovechar lo que mejor y más tenemos.
A tocar un swing de ¡uyys!, de goles, de tiros al palo... Que no hay nada más desalentador e inoportuno en los noventa minutos de partido que la música de un réquiem y un oratorio.
Que el Tartiere sea Las Vegas. Y que vuelva Elvis vestido con un mono blanco. Que es una bobada eso de que está muerto y la afición azul está loca por cantar y bailar "Burning love".



                         Fernando Menéndez

El apuntador: Berger (La escena)

EL APUNTADOR: JOHN BERGER


Hoy es
dos
de enero
y,
a decir
verdad,
un dos
de
enero
apenas
debería
haber
dado 
tiempo
a que
sucediera
nada:
alegrías,
tragedias,
decepciones.
La ingenuidad 
del
ser humano,
al menos
mi ingenuidad,
tal vez sea
mi ridícula
manera
de
negarme
envejecer.
Lo cierto
es que
son las
nueve
veinte
de
un dos
de enero
y
John 
Berger
ha muerto.
Unos 
minutos
antes,
muy
pocos
minutos
antes
de 
enterarme,
había
puesto
un disco
de
Nick
Lowe
y
me disponía
a
escribir,
a
empezar
con
un trabajo
pendiente.
Pero
la muerte
de
Berger
ha desviado
el trazo 
suspendido
las obligaciones.
Ahora
es
el momento 
de
la gratitud:
conocí
a
John
Berger
por un
artículo
de
Manuel
Rivas
en el
que
hablaba 
de él.
Esto
sucedió
hace
ya 
muchos
años,
tantos
que
los libros
de 
Berger
se
hicieron
un sitio
en casa,
mezclados
con
el tarro
del café,
con
las notas 
de
la compra,
con
los rodillos
de 
felpa,
con
la lámpara
de
mesa.
Lo que
quiero
decir
es que
sus libros
se 
convirtieron
en
un menaje,
en
una memoria,
en
una luz,
en
un alimento.
Son pocos
los escritores
que transforman
nuestra lectura
en
una necesidad.
Berger
lo conseguía 
y
aún más:
conseguía
darte
una lección 
tras
otra lección 
sin
la sensación 
de
recibir
admoniciones,
consejos.
A él,
que tanto
le gustaba 
hablar
de
las miradas
y
de mirar,
le debo
haber
descubierto
que
la escritura
que
perdura
se desplaza
lenta
y
observadora,
sin
la prisa
de
las doctrinas
y
los reconocimientos.
Turner
Spinoza,
Durero...
Berger
le 
restaba
a
los grandes
nombres
propios 
su
destello
para
mostrártelos
en 
el hueso.
Como
las personas
somos
animales
de
sortilegios,
de
ritos,
de 
mecanismos
de 
defensa
que nadie
nos exige,
tengo 
a
mi lado
el pequeño
ejemplar
de
"Algunos
pasos
hacia
una
pequeña
teoría
de
lo visible".
Publicado
en 1997
por
Árdora
exprés.
Repaso
subrayados,
apuntes
al
margen,
apuntes
a pie
de
página.
Releer 
es
reconocernos
a
nuestro
pesar.
En
la página
cuarenta
cuatro
del
libro
releo
lo siguiente:
"Lo que
parece
una creación 
no es
sino
el acto
de dar
forma
a lo que
se
ha recibido".
El disco
de
Nick Lowe
avanza
elegante
y
entrañable.
Lo escuché
por
primera 
vez
en
el bar
de
Jesús.
"The
convincer".
El acto
de
dar forma
a lo que
se
ha recibido.

El apuntador: Paterson, Jim Jarmusch (La Escena)

EL APUNTADOR: PATERSON, JIM JARMUSCH 


Una libreta
es
como
una piedra: 
un objeto
que
persistirá
a pesar
de
lo que
tenga
a
su alrededor 
y
nada posea
ningún
vínculo 
con
un objeto
tan
sencillo,
tan
común.
Existe
la
invisibilidad 
porque 
existen
las piedras.
Existe
la perseverancia 
porque 
ellas
existen.
Las libretas
aspiran 
a ser
invisibles,
aspiran
a
perseverar
en función 
de
su utilidad.
Una libreta
que
no ha sido
usada
en 
un montón
de años
es
una piedra:
una 
probabilidad 
de que
el pasado
se junte
con 
el futuro.
Paterson
conduce
un autobús.
Paterson
se llama
como
su propia
ciudad
y
como
un libro
de uno
de
sus poetas
favoritos:
William 
Carlos 
Williams.
Paterson
escribe
poemas
en
una libreta
mientras
va de
acá
para
allá:
conduce,
pasea
a
su perro,
escucha
y
quiere
a
una mujer
cuya
ingenuidad 
e
ilusión 
por
las cosas
la convierte
en
una corriente
de agua
interminable,
en
un canto
rodado.
Un conductor
en
su autobús 
mira
escucha.
Mirar
y
escuchar:
las tareas
principales
de
cualquier
poeta,
de
cualquier 
persona.
Mirar
las calles
mientras
conduce
con
prudencia.
Oír 
las conversaciones
de
los pasajeros
como
la certeza
de que
a
un miércoles 
siempre 
le
sucede
un jueves.
Rutinas,
actos
reflejos,
quehaceres
diarios: 
también 
el humus
de
un poema.
Paterson
parte
de
una caja
de
cerillas.
Se
concentra
en un
sótano
donde
conviven
herramientas
con
libros de
Frank
O'Hara.
A la vuelta
de
un día
puede
suceder
un percance,
un pequeño
desastre
que afecte
hondo
como
una pequeña
quemadura 
que vaya
a dejar
una marca.
Toda
quemadura
es
la posibilidad 
de
un incendio.
Paterson,
en casos así,
recurre,
como
cada uno
de
nosotros,
a
la relectura,
al
reinicio,
a tratar
de 
desandar
los
pasos
perdidos.
William
Carlos 
Williams
lo expresaba
mucho mejor:
componer:
no ideas
sino
en las
cosas.