martes, 24 de enero de 2017

De cabeza: Autorretrato y maquillaje (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA



Autorretrato y maquillaje


Al concluir el partido del Oviedo en Sevilla me vino a la cabeza el final de la película "Las amistades peligrosas", de Stephen Frears. En su última escena se puede ver a Glen Close, actriz que interpreta el papel de la marquesa de Merteuil, desmaquillándose frente a un espejo mientras se le congela en el rostro un rictus de amargura y contrariedad. La marquesa, con la complicidad del vizconde de Valmont (interpretado por John Malkovich), presa de la decadencia y el aburrimiento se entrega a un juego manipulador que acaba estallando ante sus narices. Me acordé de esa escena porque cualquier rostro, una vez desprovisto de su maquillaje, ofrece una evidencia con visos de verdad. Muestra los surcos del pasado y quién sabe si los de su futuro. El maquillaje oculta, divierte, distrae, pero es pasajero.
Los tres goles del Oviedo en el Pizjuán, salvo para mejorar la autoestima de Linares y Toché, ni siquiera sirven para disimular el resultado. Son, por el contrario, los trazos de un autorretrato deformante y acusador. Si apretado por el marcador, el Oviedo consiguió tres goles en la segunda parte, ¿cómo se explica la no comparecencia del primer tiempo? Lo peor del encuentro del pasado fin de semana es que da la sensación de haber llegado a un punto de no retorno. De haber doblado ya todas las esquinas y apurado todos los tragos. En la cabeza del aficionado hay tal magma de extrañezas e impaciencias que ni siquiera la urgente retórica de ganar gres puntos abortaría una probable erupción. Estamos, al igual que la marquesa de Merteuil, pasando continuamente un paño por el rostro; tratando de borrar capas y capas de declaraciones explosivas y propósitos de enmienda hasta dejar nada más que la expresión escueta pero sin dobleces del fútbol: del mero juego. Sin más vocabulario que el golpeo del balón.
A todos nos gusta que nos hablen de escudos, de identidad, de compromiso... Pero estamos a medio camino entre el "hablar y el "hacer". Cierto que resta mucho campeonato y no se ha dicho aún la última palabra. Tan cierto como que un buen equipo es un relato, no una sucesión desordenada de capítulos.
Diego Martínez, entrenador del Sevilla Atlético, se congratulaba de haber mantenido la identidad del juego ante "todo un Real Oviedo". Empiezo a sospechar de los elogios como de los espejismos: ese "todo un Real Oviedo" es nuestro Xanadú, nuestro País de Nunca Jamás. Tal vez haya que volver a recordar que venimos del barro en lugar de torcer el cuello de tanto mirar hacia arriba. De las declaraciones del técnico del filial, prefiero detenerme en la expresión "identidad del juego" que es otra forma de nombrar el estilo. Encontrar un estilo es lo que debe hacer el Oviedo con mesura y sin pausa. Un estilo que pase por el balón. Ya vimos de lo que nos ha servido lo de nadar y guardar la ropa.
"¿Estilo? Cierta levedad. Una sensación de vergüenza que excluye ciertas acciones y ciertas reacciones. Cierta manera de sugerir elegancia. La suposición de que, pese a todo, se puede buscar, e incluso encontrar, a veces, una melodía. El estilo es algo muy tenue, sin embargo. Viene de dentro" (John Berger).



                    Fernando Menéndez

De cabeza: El penalti y el perro (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


El penalti y el perro


De alguna manera, cuando un jugador es víctima de un penalti y no se pita, es como si no se le reconociera su trabajo. Es un artista sin completar su obra. Los penaltis no señalados son borradores que no se rescriben: un diario de agravios y reproches que sólo el paso del tiempo irá convirtiendo en un inventario de anécdotas. Desde el punto de vista de la ortografía, supone convertir todos los puntos finales y puntos y a parte en comas o puntos suspensivos. Sería un buen proyecto escribir un libro sobre las penas máximas no señaladas; un volumen de relatos sobre desamores y calabazas donde el escritor sacaría partido de los insomnios posteriores a lo que pudo haber sido y no fue. Y qué melodramática es la denominación "pena máxima", tratando de convencer al portero y a su equipo sancionado que no habrá más penas peores aunque sepamos que no es verdad. Toda frase sentenciosa esconde una pequeña falacia.
No sé cuántos penaltis no le habrán pitado a Lope Acosta en su carrera deportiva. No lo sé yo ni lo sabrá él, porque no hay recuento de las posibilidades. La historia sólo se centra en los hechos. Pero sabemos por la escueta crónica de la Agencia Efe que un treinta y uno de diciembre de 1984 en un partido contra el Salamanca en el viejo Tartiere, el colegiado Gómez Barril "perjudicó siempre a los locales y no señaló un claro penalti sobre Lope Acosta, actitud que implicó que el campo se llenara de almohadillas y que el partido fuera interrumpido durante unos minutos".
Cristóbal Lope Acosta Lorenzo era de un rubio casi platino, le encantaba regatear haciendo una bicicleta y tenía algo especial que en Oviedo no se supo apreciar, tras la temporada 1984 / 1985 tomó rumbo a Logroño para jugar en el Club Deportivo Logroñés.
El partido contra el Salamanca acabó con victoria local por 1-0. El gol lo marcó Juanito, aquel bigotudo lateral derecho que llegó procedente del Castilla. Muy gris ha de ser un encuentro para que sea rutinario. No fue así aquel treinta y uno de diciembre: hubo un "tiempo muerto" provocado por un chaparrón de almohadillas, un penalti no señalado y un gol marcado por un lateral derecho, que ya es de por sí un acontecimiento.
Lope Acosta, durante su estancia en Oviedo, vivió en La Corredoria, en el edificio Invasa; en una época en que la localidad ovetense era mucho más rural que urbana. Lo del futbolista del Oviedo lo sé por mi tío Marcos, vecino histórico y natural de La Corredoria, que se cruzaba con el rubio jugador cuando este sacaba a pasear su perro, un galgo afgano. Por entonces debía de ser hasta una imagen excéntrica, austrohúngara. Y créanme que, en 1984, ver un galgo afgano por Oviedo era como ver un leopardo de las nieves.
Decía mi tío que perro y futbolista tenían el mismo color de pelo. Me imagino a Lope Acosta sonriendo amablemente a los vecinos y al galgo mirando de esa forma altiva y sofisticada que te recuerda que, al fin y al cabo, a esta vida has venido a ser un plebeyo. Lamentablemente, y si mal no recuerdo, la pareja futbolista / perro se disolvió. Trascendió a la prensa que a Lope Acosta se le había perdido su mascota por lo que se encontraba muy afectado.
A lo que no alcanza mi memoria es a saber si recuperó su galgo. Prefiero pensar que sí. Como hubiese preferido que su dueño se quedara más temporadas en el Oviedo. Yo creo que llegó, pasó y se fue bajo el estigma del incomprendido.


                       Fernando Menéndez 

viernes, 13 de enero de 2017

De cabeza: El dorsal (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


El dorsal


En el año 1981 los dorsales de los futbolistas eran mucho más determinantes que en la actualidad. En el año 1981, llevar el número dos o el número siete a la espalda suponía casi tanto como disponer de una clara identidad. Acotar una zona que era tu territorio y tu responsabilidad. En el año 1981, el fútbol era un juego de especialistas y los equipos que saltaban a la cancha llevaban de manera estricta una numeración del uno al once. Los dorsales no eran de los jugadores, correspondían al puesto que ocupaban en el campo: quien llevaba el cuatro, era el líbero; quien se vestía con el diez, era interior izquierdo. Eso de llevar en la camiseta el 23 ó el 99 era impensable. Con el rigor de antes, sería imposible, por suerte, ver a Alves con el histórico dorsal de Xavi Hernández.
En el año 1981, el número nueve era uno de los preferidos por la hinchada. El número del delantero centro. La cifra del goleador. La cifra de Quini, estrella del Barcelona.
En el año 1981 todos sabemos lo que sucedió: después de marcarle dos goles al Hércules, Quini fue secuestrado por tres hombres  a la salida del Camp Nou. El impacto en el club azulgrana fue de tal calibre que acabó perdiendo definitivamente el tren de la liga. Decía más arriba que, en el pasado,  los dorsales tenían una  incidencia de la que ahora carecen. Por eso Ramírez, el delantero llamado a sustituir a El Brujo, se negó a poner el nueve a la espalda. En solidaridad con el compañero secuestrado, prefirió el catorce en la camiseta. Desde entonces, le cogí un cariño especial a ese número y al gesto de aquel melenudo y bigotudo que jugó en lugar de Enrique Castro.
Andrés Ramírez Gandullo había debutado en Primera en 1978 con el Recreativo de Huelva y tras jugar una temporada en el Valladolid, Helenio Herrera lo recuperó para el Barça, con el que acaba ganando una Copa del Rey en 1981 y una Recopa de Europa en 1982. Después coincide en el Real Zaragoza con jugadores como Valdano, Señor o Amarilla. En 1983 ficha por el Real Murcia. De galopada en galopada; de regate en regate, el catorce blaugrana acaba recalando en el Oviedo de 1985, donde pone fin a su carrera dos años después. Ramírez llegó al club azul precedido por una merecida fama. Yo lo recuerdo como un extremo anárquico, con tendencia a abandonar su zona natural y "barrer" el balcón del área rival.
La temporada 1985 / 1986 es recordada en Oviedo porque, estando en Segunda, se eliminó de la Copa a dos equipos de Primera: la Real Sociedad y el Espayol. El segundo gol oviedista a los periquitos en el Tartiere fue obra de Ramírez: el futbolista que respetó la historia de los números, el dolor ajeno, las circunstancias adversas. El futbolista que no quiso que nadie se olvidara de Quini vistió la zamarra azul antes de colgar definitivamente las botas. Ya lo supondrán: si yo hubiera sido futbolista (por fortuna, la naturaleza es sabia) habría elegido sin dudar el dorsal número catorce.



           Fernando Menéndez

martes, 3 de enero de 2017

De cabeza: La alegría (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


La alegría


El lenguaje es elástico: se estira para elogios y justificaciones y se encoge para reproches y desacuerdos. Fernando Hierro ha dicho que contra el Córdoba se jugó bien y yo, al conocer su opinión, comprendo que el balón es un dialecto mezcla de mil idiomas y mil jergas, que es lo mismo que decir un dialecto hablado por millones de habitantes que tienen por costumbre olvidar lo que han dicho cuando se escribe el punto del resultado final. Es cierto que cada jornada concluye con puntos suspensivos, con ese "continuará" que, viendo nuestra serie favorita, nos produce la contradictoria convivencia de frustración y expectativas. Todo capítulo próximo y todo día siguiente son un motivo para no desanimarse. Así que los oviedistas, de cara a la jornada liguera post navideña, deberían preguntarse quién le ha robado la alegría al Real Oviedo, pues el asunto más preocupante del equipo azul es que en las victorias y en las derrotas; en la salud y en la enfermedad carece por completo de alegría: esa alegría que enciende los murmullos chispeantes de la grada; esa alegría que, cuando cenas mientras ves un partido por la televisión, te empuja a levantar la vista del plato hasta enfriarse la comida. El Oviedo es un equipo honesto en el campo, trabajador pero plúmbeo, burócrata. Parece hacer las cosas por obligación, ni siquiera por necesidad. El juego requiere alegría porque es su esencia. Palabras fetiche del fútbol actual como "esfuerzo", "intensidad", "sacrificio" ejercen de aguafiestas en la celebración que supone un encuentro de tu equipo del alma.
La afición se engalana con bufandas, gorros, camisetas: se visten de fiesta para luego ver a un equipo comedido, dispuesto a pecar sólo por defecto. Un equipo que aunque no mereciera perder el pasado sábado, juega con la geometría de la línea continua, sin espirales, sin ángulos o inclinaciones.
Los resultados, como hemos experimentado, suelen tener un recorrido accidentado. Que a una victoria le sustituya otra victoria y otra y otra... es una sucesión ilusoria. Por algo es tan importante jugar siempre a lo mismo. Adoptar una identidad yeyé, contracultural. Dar la espalda al ojo avizor del negocio y a la rectitud de la responsabilidad. Que el balón ruede sin agobios, que los regates y las paredes no sean especies en vías de extinción.
Yo quiero que a partir del 2017 lleguemos a una fiesta a la que no estábamos invitados y comamos su comida y bebamos su bebida... Y que en la fiesta se baile el "Danubio azul" o el "Twist and shout", me da igual. Pero dejar de ser el que paga en la barra las consumiciones de los demás. Lo que no quiero es llegar a junio para decir lo que dijo el bueno de Purito Rodríguez momentos antes de posarse para siempre de la bicicleta: "miré el calendario y se me echó el mundo encima".



                         Fernando Menéndez