viernes, 13 de enero de 2017

De cabeza: El dorsal (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


El dorsal


En el año 1981 los dorsales de los futbolistas eran mucho más determinantes que en la actualidad. En el año 1981, llevar el número dos o el número siete a la espalda suponía casi tanto como disponer de una clara identidad. Acotar una zona que era tu territorio y tu responsabilidad. En el año 1981, el fútbol era un juego de especialistas y los equipos que saltaban a la cancha llevaban de manera estricta una numeración del uno al once. Los dorsales no eran de los jugadores, correspondían al puesto que ocupaban en el campo: quien llevaba el cuatro, era el líbero; quien se vestía con el diez, era interior izquierdo. Eso de llevar en la camiseta el 23 ó el 99 era impensable. Con el rigor de antes, sería imposible, por suerte, ver a Alves con el histórico dorsal de Xavi Hernández.
En el año 1981, el número nueve era uno de los preferidos por la hinchada. El número del delantero centro. La cifra del goleador. La cifra de Quini, estrella del Barcelona.
En el año 1981 todos sabemos lo que sucedió: después de marcarle dos goles al Hércules, Quini fue secuestrado por tres hombres  a la salida del Camp Nou. El impacto en el club azulgrana fue de tal calibre que acabó perdiendo definitivamente el tren de la liga. Decía más arriba que, en el pasado,  los dorsales tenían una  incidencia de la que ahora carecen. Por eso Ramírez, el delantero llamado a sustituir a El Brujo, se negó a poner el nueve a la espalda. En solidaridad con el compañero secuestrado, prefirió el catorce en la camiseta. Desde entonces, le cogí un cariño especial a ese número y al gesto de aquel melenudo y bigotudo que jugó en lugar de Enrique Castro.
Andrés Ramírez Gandullo había debutado en Primera en 1978 con el Recreativo de Huelva y tras jugar una temporada en el Valladolid, Helenio Herrera lo recuperó para el Barça, con el que acaba ganando una Copa del Rey en 1981 y una Recopa de Europa en 1982. Después coincide en el Real Zaragoza con jugadores como Valdano, Señor o Amarilla. En 1983 ficha por el Real Murcia. De galopada en galopada; de regate en regate, el catorce blaugrana acaba recalando en el Oviedo de 1985, donde pone fin a su carrera dos años después. Ramírez llegó al club azul precedido por una merecida fama. Yo lo recuerdo como un extremo anárquico, con tendencia a abandonar su zona natural y "barrer" el balcón del área rival.
La temporada 1985 / 1986 es recordada en Oviedo porque, estando en Segunda, se eliminó de la Copa a dos equipos de Primera: la Real Sociedad y el Espayol. El segundo gol oviedista a los periquitos en el Tartiere fue obra de Ramírez: el futbolista que respetó la historia de los números, el dolor ajeno, las circunstancias adversas. El futbolista que no quiso que nadie se olvidara de Quini vistió la zamarra azul antes de colgar definitivamente las botas. Ya lo supondrán: si yo hubiera sido futbolista (por fortuna, la naturaleza es sabia) habría elegido sin dudar el dorsal número catorce.



           Fernando Menéndez

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