martes, 24 de enero de 2017

De cabeza: El penalti y el perro (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


El penalti y el perro


De alguna manera, cuando un jugador es víctima de un penalti y no se pita, es como si no se le reconociera su trabajo. Es un artista sin completar su obra. Los penaltis no señalados son borradores que no se rescriben: un diario de agravios y reproches que sólo el paso del tiempo irá convirtiendo en un inventario de anécdotas. Desde el punto de vista de la ortografía, supone convertir todos los puntos finales y puntos y a parte en comas o puntos suspensivos. Sería un buen proyecto escribir un libro sobre las penas máximas no señaladas; un volumen de relatos sobre desamores y calabazas donde el escritor sacaría partido de los insomnios posteriores a lo que pudo haber sido y no fue. Y qué melodramática es la denominación "pena máxima", tratando de convencer al portero y a su equipo sancionado que no habrá más penas peores aunque sepamos que no es verdad. Toda frase sentenciosa esconde una pequeña falacia.
No sé cuántos penaltis no le habrán pitado a Lope Acosta en su carrera deportiva. No lo sé yo ni lo sabrá él, porque no hay recuento de las posibilidades. La historia sólo se centra en los hechos. Pero sabemos por la escueta crónica de la Agencia Efe que un treinta y uno de diciembre de 1984 en un partido contra el Salamanca en el viejo Tartiere, el colegiado Gómez Barril "perjudicó siempre a los locales y no señaló un claro penalti sobre Lope Acosta, actitud que implicó que el campo se llenara de almohadillas y que el partido fuera interrumpido durante unos minutos".
Cristóbal Lope Acosta Lorenzo era de un rubio casi platino, le encantaba regatear haciendo una bicicleta y tenía algo especial que en Oviedo no se supo apreciar, tras la temporada 1984 / 1985 tomó rumbo a Logroño para jugar en el Club Deportivo Logroñés.
El partido contra el Salamanca acabó con victoria local por 1-0. El gol lo marcó Juanito, aquel bigotudo lateral derecho que llegó procedente del Castilla. Muy gris ha de ser un encuentro para que sea rutinario. No fue así aquel treinta y uno de diciembre: hubo un "tiempo muerto" provocado por un chaparrón de almohadillas, un penalti no señalado y un gol marcado por un lateral derecho, que ya es de por sí un acontecimiento.
Lope Acosta, durante su estancia en Oviedo, vivió en La Corredoria, en el edificio Invasa; en una época en que la localidad ovetense era mucho más rural que urbana. Lo del futbolista del Oviedo lo sé por mi tío Marcos, vecino histórico y natural de La Corredoria, que se cruzaba con el rubio jugador cuando este sacaba a pasear su perro, un galgo afgano. Por entonces debía de ser hasta una imagen excéntrica, austrohúngara. Y créanme que, en 1984, ver un galgo afgano por Oviedo era como ver un leopardo de las nieves.
Decía mi tío que perro y futbolista tenían el mismo color de pelo. Me imagino a Lope Acosta sonriendo amablemente a los vecinos y al galgo mirando de esa forma altiva y sofisticada que te recuerda que, al fin y al cabo, a esta vida has venido a ser un plebeyo. Lamentablemente, y si mal no recuerdo, la pareja futbolista / perro se disolvió. Trascendió a la prensa que a Lope Acosta se le había perdido su mascota por lo que se encontraba muy afectado.
A lo que no alcanza mi memoria es a saber si recuperó su galgo. Prefiero pensar que sí. Como hubiese preferido que su dueño se quedara más temporadas en el Oviedo. Yo creo que llegó, pasó y se fue bajo el estigma del incomprendido.


                       Fernando Menéndez 

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