miércoles, 8 de febrero de 2017

El apuntador: Paterson, Jim Jarmusch (La Escena)

EL APUNTADOR: PATERSON, JIM JARMUSCH 


Una libreta
es
como
una piedra: 
un objeto
que
persistirá
a pesar
de
lo que
tenga
a
su alrededor 
y
nada posea
ningún
vínculo 
con
un objeto
tan
sencillo,
tan
común.
Existe
la
invisibilidad 
porque 
existen
las piedras.
Existe
la perseverancia 
porque 
ellas
existen.
Las libretas
aspiran 
a ser
invisibles,
aspiran
a
perseverar
en función 
de
su utilidad.
Una libreta
que
no ha sido
usada
en 
un montón
de años
es
una piedra:
una 
probabilidad 
de que
el pasado
se junte
con 
el futuro.
Paterson
conduce
un autobús.
Paterson
se llama
como
su propia
ciudad
y
como
un libro
de uno
de
sus poetas
favoritos:
William 
Carlos 
Williams.
Paterson
escribe
poemas
en
una libreta
mientras
va de
acá
para
allá:
conduce,
pasea
a
su perro,
escucha
y
quiere
a
una mujer
cuya
ingenuidad 
e
ilusión 
por
las cosas
la convierte
en
una corriente
de agua
interminable,
en
un canto
rodado.
Un conductor
en
su autobús 
mira
escucha.
Mirar
y
escuchar:
las tareas
principales
de
cualquier
poeta,
de
cualquier 
persona.
Mirar
las calles
mientras
conduce
con
prudencia.
Oír 
las conversaciones
de
los pasajeros
como
la certeza
de que
a
un miércoles 
siempre 
le
sucede
un jueves.
Rutinas,
actos
reflejos,
quehaceres
diarios: 
también 
el humus
de
un poema.
Paterson
parte
de
una caja
de
cerillas.
Se
concentra
en un
sótano
donde
conviven
herramientas
con
libros de
Frank
O'Hara.
A la vuelta
de
un día
puede
suceder
un percance,
un pequeño
desastre
que afecte
hondo
como
una pequeña
quemadura 
que vaya
a dejar
una marca.
Toda
quemadura
es
la posibilidad 
de
un incendio.
Paterson,
en casos así,
recurre,
como
cada uno
de
nosotros,
a
la relectura,
al
reinicio,
a tratar
de 
desandar
los
pasos
perdidos.
William
Carlos 
Williams
lo expresaba
mucho mejor:
componer:
no ideas
sino
en las
cosas.

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