martes, 28 de marzo de 2017

De cabeza:James Moriarty (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


James Moriarty


Lo más fácil y lo más habitual es plantear el fútbol como algo entre buenos y malos. Con la peculiaridad de que ambos papeles fluctúan en función de la camiseta que uno vista. En una liga juegan todos contra todos pero si diseccionáramos el campeonato en la mesa de un quirófano, comprobaríamos que podemos verlo como una sucesión de duelos particulares.
El Cádiz, sin ir más lejos, es el Moriarty del Oviedo. Aunque supongo que los gaditanos pensarán lo mismo de los azules. El profesor Moriarty es el archienemigo de Sherlock Holmes y la primera vez que Conan Doyle lo utiliza es en el relato "El problema final". Nunca se sabe cuándo un tropiezo se convierte en un castigo. No sospechaba Holmes lo que se le venía encima. El Cádiz apareció ante el Oviedo hace dos temporadas en el problema final que no era otro que la fase de ascenso a Segunda División. En estas ocasiones, más que el sustantivo, lo que pesa es el adjetivo. Aunque el oviedismo supiera que, de perder, habría otra oportunidad, no le seducía la idea de partir de cero por enésima vez. Para Holmes, su rival es una mezcla de inquietud y desafío, una mezcla que supone una cuerda floja; la posibilidad de que la mirada se nuble: bien por la impaciencia, bien por la audacia. Como las mejores rivalidades son las más íntimas, al partido del pasado sábado se le vistió de problema final transitorio, una contradicción en sí (aún restan bastantes jornadas), que serviría para encender los ánimos y comenzar a repetir ese tópico tan célebre de que cada encuentro es una final. Si además Moriarty se regodea en crueldades innecesarias, la trama se agudiza: el Cádiz, en aquel mayo ya histórico, cometió la vileza de privar a 155 oviedistas de acceder al Carranza para animar a su equipo. Tan villano de libro resulta ser que no ha esbozado ni el más mínimo gesto de culpa.
Se palpaba en el aire que, de obtener la victoria, podía ser un triunfo significativo: porque estamos en una etapa de asentar posiciones y por compensar el despropósito de marzo de 2016 con la visita del Valladolid. Aunque con Moriarty nunca se sabe, pues lo mismo se cae de una azotea al vacío a primera hora de la mañana y a las cinco de la tarde está esperándote para tomar el té. Esta vez, en vista del resultado, tendrá que posponer sus fechorías para un tercer episodio. A mis espaldas alguien susurró: ¿Te imaginas que nos juguemos el ascenso a Primera contra éstos? Y pensé que si fuera así, hablaríamos con total propiedad del problema final. No quisiera ser un Watson taciturno que escribiera con pena unas memorias indeseadas de Sherlock Holmes. De momento, por las inmediaciones de Baker Street no serán pocas las especulaciones y las hipótesis.
Lo que sí ya debe saber a estas alturas el Moriarty gaditano es que al crimen se le derrota a cabezazo limpio y por el aire: Cervero, David Fernández, Linares y Christian Fernández, agentes de Scotland Yard.


               Fernando Menéndez 

El apuntador: Con Richard Ford (1). Originariamente en La Escena

EL APUNTADOR: CON RICHARD FORD (1)


No se puede
confundir
lo plausible
con
lo mejor.
Lo dijo
Richard
Ford
ante
miles
de
personas.
Y esta
vez,
miles
no es
una forma
de hablar.
Mientras
esperábamos
la llegada
de Mr. Ford
observaba
a
la multitud
tratando
de 
verla
con la
perspectiva 
suficiente
pero sin
olvidar
que yo
también 
formo
parte
de ella.
Me
ocurre
cada vez
más
a
menudo:
ya no
soy
capaz
de
considerar
una
multitud
como
un crisol
de matices
diferencias.
No.
Soy incapaz.
Para mí,
las
multitudes
sólo son
bloques
compactos,
empujados
por
el ansia
de llevarse
algo
en limpio,
acostumbrados
a que
se les dé
la razón.
que es
una
percepción 
desesperadamente 
individual,
egoístamente 
injustificada.
Pero
las sensaciones
son
como
muchas
reacciones
del cuerpo:
imprevistas,
persistentes,
nítidas.
Aunque yo,
en lo que
quería
insistir
es en
lo que
dijo
Richard
Ford:
una cosa
es
lo plausible.
Otra,
lo mejor.
No hay
ninguna
equivalencia
entre ambas
cosas.
Ninguna.

lunes, 20 de marzo de 2017

De cabeza: Las Evidencias (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


Las evidencias


De las evidencias no suele hablarse precisamente por ser evidencias. El silencio e incluso el olvido en torno a ellas es la consecuencia de que lo dado por hecho no es motivo de preocupación. Se quejaba Albert Camus de una sociedad en la que se solemniza lo obvio y no le faltaba razón. Sin embargo, con el paso del tiempo, el mundo ha girado de tal forma que la evidencia se ha transformado en añoranza.
Las certezas en el fútbol no son muchas pero son importantes. De todas ellas hay dos que prefiero por encima de otras: los partidos hay que jugarlos y al fútbol se juega con un balón. Ustedes dirán que eso ya se sabía, pero no estoy yo tan seguro. Que sin esférico no hay fútbol lo comprendió muy bien Alfredo Di Stéfano, cuyas memorias son un canto de gratitud a la pelota: "Gracias, vieja". Pero los insondables caminos de este deporte son capaces de llevar la contraria a una leyenda. Vivimos una época en la que se elogia el juego sin balón y la pericia para anular al rival. Antes, estas dos circunstancias podían ser dos consecuencias puntuales, nunca un objetivo. Se confunde la acción con el carácter. La respuesta con la pregunta. Mantener la portería a cero era un punto de partida, no de llegada. Y así andamos, elogiando la resta y no la suma. Resulta que a quien posee la pelota le corresponde la capacidad de decidir. Comulgamos con un fútbol de espectadores en el que hay equipos que trasladan la grada delante de su meta, mientras persiguen sombras y tratan de tapar dos veces un mismo hueco.
Si algo tuvo de atractiva la reacción del Oviedo en la segunda parte contra el Reus (independientemente de las llamadas a rebato y de las broncas motivadoras) fue su compromiso con el balón. La triangulación, las paredes y el juego al primer toque son los principios de una geometría tan antigua como el propio fútbol. Cierto que se presionó al contrario con más eficacia, pero la presión no es una seña de identidad, sino el camino más corto para recuperar la posesión.
Renunciar al elemento clave del juego es confiar tu suerte a supersticiones y estados de ánimo. Preguntaba una vez Ángel Cappa a sus futbolistas si sabían lo que significaba ganar como sea. Ninguno supo qué responder. Sólo se gana de una manera: a través del balón.
Las crónicas ponen el acento sobre la incidencia de los nuevos fichajes en el Oviedo. Costas, por ser un central que trata de salir con el balón jugado. Berjón, porque la pide al pie y no rehuye el regate (esa forma decididamente romántica de tomarle cariño a la pelota) y Borja Domínguez por intuir que, con el balón en las botas, a veces es preferible vestirse despacio si se tiene prisa.
Con respecto a la otra certeza escogida: los partidos hay que jugarlos, sólo cabe decir dos cosas: ni obviedades ni olvidos. 


                Fernando Menéndez

martes, 14 de marzo de 2017

El apuntador: Dicen de mí (autobiografía) I

EL APUNTADOR: DICEN DE MÍ (AUTOBIOGRAFÍA) 1


SOY una rara mezcla: alguien lleno de opiniones políticas que al mismo tiempo tiene muy poco respeto intelectual por la práctica de la política.
(Jonathan Franzen)


UNO que, cuando está con la gente, mira hacia el fondo, como si esperase a alguien, como si oyera el pitido de un tren que sale de la estación, y así va, disimulando la angustia roedora de estar entre muchos.
("Las coplas del amo", Ildefonso Rodríguez)


AMO este instante en que la razón parece alejarse del hombre y en que el lenguaje queda como único vínculo con un continente que se conoce. 
("Un canto en la espesura del tiempo", Nuno Júdice)


CON el tiempo descubrió que no existe nada eterno ni impasible, ni siquiera el peñasco de roca sólida que asoma por el norte, en el ángulo izquierdo de la ventana; ni la fidelidad del cielo plomizo que acapara más de la mitad de su mirada cuando está acostado; ni los juramentos ni las promesas formuladas.
("El momento del unicornio", Norberto Luis Romero)


NO coger siempre todo con mano enemiga; por una vez dejar que todo vaya sucediendo y saber que lo que pasa es bueno.
("La canción de amor y muerte del alférez Christoph Rilke", Rainer María Rilke)


NO hay nada que esté contra ellos: ni un ayer, ni un mañana, pues el tiempo se ha desmoronado. Y ellos florecen de sus ruinas.
("Pero existe la música", Vladimir Holan)


EL camino es abandono, nunca hallazgo.
("Pero existe la música", Vladimir Holan)


PERO estar perdido y resistir / y tener la luna en el libro y la noche tan solo en el leer.
("Pero existe la música", Vladimir Holan)


Y con todo, con todo: la imagen / que aquí no es abismo / no puede ser señal.
("Pero existe la música", Vladimir Holan)


De cabeza: El gol (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


El gol


Todo gol aspira a ser un punto final. Incluso el primer gol de un partido. El que propició la victoria del Oviedo contra el Getafe fue en el minuto ochenta y nueve. Un minuto significativo. No es el fin pero casi. Es justo antes del fin. El minuto ochenta y nueve es una penúltima página. Hay lectores que lo primero que hacen cuando tienen un libro entre sus manos es leer sus últimas palabras: como celebrar un gol sin haberlo visto. Como disfrutar del eco pero no de la voz. El minuto ochenta y nueve es un minuto elegante: no es entrar en un comercio cuando van a cerrar. No es marcar en el descuento que es como pedir por favor que te dejen pasar pues te quedaste sin pan para la cena.
La alegría indescriptible de los goles, dice el escritor portugués António Lobo Antunes. Es curioso que algo tan concreto como un gol provoque algo tan abstracto (difícil de describir) como la alegría. Es la cuadratura del círculo que se da en el estadio. El aficionado encuentra los ángulos en algo rotundamente esférico como un gol. En esos ángulos viven la memoria, el miedo, el deseo, la desilusión, la esperanza... Vamos, nuestra propia anatomía sentimental. Vive cualquiera de los que acudimos cada fin de semana a reencontrarnos con la infancia. La infancia es una edad que se prolonga cada vez más. El fútbol se dio cuenta de que éramos niños con las piernas largas. Niños esperando el gol- aerolito. El gol que fustiga el empate e inclina el marcador de nuestro lado.
Aunque haya jugadores encasillados en un papel, el guión a veces exige improvisar, cuajar un sueño y emular a Zidane y a Cruyff devastando a balonazos el sistema solar. ¿Qué jugador no soñó con marcar un gol como el de Jon Erice? ¿Qué espectador no se imaginó despojándose del convencional uniforme de Clark Kent y arrearle a la pelota de lleno, con la sensación nada más darle de que solo hay dos posibilidades: entra o entra. 
Y en el minuto ochenta y nueve: como el tradicional resumen de los diez mandamientos en dos. Como salir del cine momentos antes de la escena definitiva.
Eso que en el fútbol llamamos postpartido y que la nobleza del rugby llama tercer tiempo, se alimenta del plancton abisal de lo que antes se veía por la mirilla y ahora la orgía de cámaras lo transmite en pantalla plana de innumerables pulgadas. Eso que en el fútbol se llama postpartido cada vez se dirime más en las redes sociales: un microondas que no cesa. Cada vez que me asomo a un foro digital  aprendo lo que no debo hacer y lo que no debo decir. Todos los goles tienen el nombre propio de quien los marca: una circunstancia con moldes de coyuntura. Ahora bien, todo nombre propio tiene su etimología. Y la etimología de un futbolista está formada por sus compañeros. Nunca entendí celebrar un gol indicando el dorsal con los dedos pulgares o golpeándose el pecho con el índice. La alegría del gol, vuelvo a Lobo Antunes, es indescriptible, abstracta. Un bien común.


                    Fernando Menéndez

domingo, 5 de marzo de 2017

De cabeza: El pasado del futuro (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA



El pasado del futuro


Sin contar con el pasado se tarda más en alcanzar el futuro. No es un ejercicio de nostalgia. Tampoco una frase de autoayuda. Es una evidencia. Basta con fijarse un poco a nuestro alrededor. Con observar la naturaleza: no hay troncos ni ramas si no existen las raíces. Algo del partido contra el Mirandés me recordó a un pasado no tan lejano en el Oviedo. Será porque el equipo burgalés fue rival no hace tanto de los azules en Segunda B. O será por ese aire del Anduva a estadio de los de antes: a estadio alejado de fogonazos y micrófonos
Loa aficionados oviedistas se desplazaron en buen número a disfrutar, por fin, de una victoria a domicilio. La afición  es una de las raíces del fútbol. Esa afición que no se conforma con ver el partido por televisión y se expone al frío, la lluvia, el calor o a los horarios demenciales con tal de seguir a su equipo.
Dice Enrique Martín, extécnico de Osasuna y uno de los mejores extremos izquierdos de los años ochenta, que el fútbol ha ido perdiendo el arraigo. Arraigo es un sustantivo claramente vinculado con raíz y pasado. Son tres palabras que juegan en el mismo campo. Según Martín, uno sólo se acuerda del sentimiento y la historia cuando las cosas están jodidas.
Puede que el sentimiento y la historia no ganen partidos pero allanan el camino para hacerlo. Tiene razón el navarro: parece que sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena. Yo procuro no olvidarme de ella ni cuando hace sol. El domingo, mientras el Oviedo culminaba su victoria en campo rival después de tantas jornadas, recordaba el pasado de barro y angustias que tanto duró. Es un error querer olvidarnos de él. Ese periodo que va desde 2003 hasta el ascenso a Segunda es nuestra raíz, nuestro arraigo.
Nadie como Michu personifica esa idea de que el futuro está compuesto por su pasado. Y Juan Mata: declarando que le gustaría acabar en casa su carrera.
Futuro y pasado. Pasado y futuro. O Saúl Berjón, confesando al final del encuentro contra el Mirandés que ha cumplido un sueño: jugar con Michu en el Oviedo. Ojalá sea cierto que vuelve el pasado para ocupar el futuro. O Borja Domínguez, el centrocampista recién llegado del Córdoba, manejándose con soltura en la zona del mediapunta: un puesto en vías de extinción. O David Costas, el central gallego, marcando goles con la soltura de un delantero.
Desde que venció en el Tartiere al Levante, el Oviedo no ha vuelto a jugar un partido así de completo. Los resultados ayudarán. Pero son hojas caducas. El lunes ya amarillean. Las raíces, en cambio, son discretas. Viven ocultas y en contacto con la tierra. Necesitan agua. No la furibunda de las tormentas. Mejor el agua mansa y constante del orbayu.



                  Fernando Menéndez