lunes, 11 de septiembre de 2017

De cabeza: una tarde en el museo (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


Una tarde en el museo


Como el fútbol de hoy en día se parece más a un centro comercial que a un museo, resulta más fácil volver para casa creyendo que has hecho una buena compra que toparte con una imagen que forme parte de la historia, con un lienzo que recuerde las glorias o miserias de otros tiempos. Cuando Anquela afirma que el tres a cero contra el Reus no refleja la dificultad del partido, nos está dando a entender algo que supuestamente sabemos pero olvidamos con facilidad: no es lo mismo el valor que el precio. Si uno va a un museo como el Prado o el Louvre, calcular el precio de aquello que tienes ante los ojos llega a ser una reducción al absurdo. Lo que transmite un cuadro pintado por Velázquez o Leonardo es la trascendencia del valor, su perspectiva histórica y también, cómo no, su calidad estética.
Como un viajero del siglo XIX sigo acudiendo al campo de fútbol con la nostalgia y el olfato de un anticuario: a la espera de encontrarme con una pieza única o cargada de pasado. El domingo tuve la suerte de ver una jugada más propia de una galería de arte que de la sección de electrónica en unos grandes almacenes: al comienzo de la segunda parte, Pucko, desde su posición natural de extremo recibió un balón en profundidad  que apuró hasta la línea de fondo para, en plena carrera, centrar a la bombilla del área del Reus. El pase del esloveno es una de esas citas que no puedes eludir y allí llegó Toché, puntual y decidido, para empujar el balón al fondo de la red. Fue lo que toda la vida se conoció como la clásica jugada de extremo que centra el área. Ver un gol a consecuencia de tal acción me llevó a pensar en el vértigo que me ha provocado contemplar pinturas como "La academia de Atenas" de Rafael, "Las Meninas" de Velázquez o "La libertad guiando al pueblo" de Delacroix.
Mientras la hinchada celebraba el segundo gol oviedista, sentí por momentos el conocido "síndrome de Stendhal": esa enfermedad psicosomática que causa confusión, temblor o incluso alucinaciones cuando alguien es expuesto a obras de arte especialmente bellas o importantes. La jugada entre Pucko y Toché tiene la belleza de lo antiguo, la excepcionalidad de la lógica en un deporte que cada vez se retuerce más a sí mismo: extremos que juegan a pierna cambiada, trivotes, tácticas con manual de instrucciones... Tantos son los enredos y las luminosas ofertas; los black fridays y los dos por uno, que un bisonte de Altamira o unos nenúfares de Monet en su sencillez y en su pretensión de no separarse del modelo natural me llevan a pensar que el entrenador oviedista prefiere llenar las paredes del juego azul con trazos primarios y esenciales.


                         Fernando Menéndez 


                

domingo, 3 de septiembre de 2017

De cabeza: La alegría del pueblo (originariamente en La Nueva España

DE CABEZA: LA ALEGRÍA DEL PUEBLO


Me gusta esa nueva costumbre que tienen las televisiones de meter las cámaras en los vestuarios de los equipos para que el espectador pueda ver y escuchar la última consigna antes de saltar al campo. El pasado sábado fue muy grato oír a Ramis, entrenador del Almería, cómo emplazaba a sus jugadores a salir y disfrutar. Ese deseo o dulce mandato se comenta que viene de algo similar que Cruyff  dijo a sus pupilos antes de disputar la final de la Copa de Europa contra la Sampdoria. Si algo tenía de inspirador Cruyff era su visión alegre y disfrutona del fútbol, su rebeldía contra el rigor espartano y la lujuria de la responsabilidad.
Ignoro lo que Anquela dijo a sus futbolistas porque las cámaras ya no llegaron a tiempo de captar ese instante. Tal vez cueste ver invitando al placer a un entrenador de naturaleza más agónica y sufriente, pero la alegría no sólo emana de la irresponsabilidad. También por el esfuerzo puede alcanzarse la fiesta. Para Juan Antonio Anquela parece estar hecho aquello de primero la obligación y luego la devoción. Me imagino a los jugadores del Oviedo como cuando de críos volvíamos de la escuela con ganas de posar los libros y distraer la cabeza hasta que nuestras madres nos echaban el alto y nos dejaban muy claro que, antes de salir a jugar a la calle, había que hacer los deberes.
Sea como sea, lo que más agradó del Oviedo contra el Almería fue el entusiasmo y el acierto (a ratos) con que jugó al fútbol. Y lo mismo podría decirse del equipo andaluz. Las ganas de vivir, la vitalidad, siempre son contagiosas. Y eso es lo que los azules transmiten, independientemente de la obviedad de los resultados. Para el oviedista no es poco, acostumbrado como estaba en exceso a buscar un sitio donde quedarse. No tendremos grandes lujos ni seremos los favoritos pero al menos que corra el aire. Y si hay tareas duras que afrontar, hagámoslo como quien cose y canta. La historia reciente del Real Oviedo ha descartado de por vida el tópico injusto e irreal de que éramos un equipo señorito y de señoritos. En el fútbol no hay más nobleza que jugar con generosidad. Garrincha, el célebre extremo brasileño, era en teoría, por sus características, la persona menos dotada para ser deportista. Hasta un psicólogo de la selección brasileña dijo de él que era "un débil mental no apto para desenvolverse en un juego colectivo". Sin embargo, Garrincha es recordado con cariño por la afición con el sobrenombre de "La alegría del pueblo".
Que a la hora de jugar los partidos el Oviedo pensemos todos en Garrincha.



                 Fernando Menéndez

miércoles, 30 de agosto de 2017

De cabeza: La primera cita (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


La primera cita


Nadie piensa que le va a ir mal en su primera cita o en su primera entrevista de trabajo. Aunque sepamos que las cosas pueden no funcionar. No se da el primer paso para caerse de bruces. Dice mi señora madre que tan de tontos es creer que todo va ir bien como lo contrario. Algo de ese relativismo vital le vendría de perlas al aficionado oviedista, pues el domingo pasado, volver para casa en el autobús urbano después del partido contra el Rayo era lo más parecido a ser un profeta que quiere ser escuchado en la Torre de Babel. Un caos perfectamente organizado hacia el pesimismo. Ya se ha dicho mil veces que el fútbol no entiende de términos medios, pero no hay relación que dure sin ser paciente con los errores ajenos. Puedo entender el berrinche, durante julio y parte de agosto, y más desde que supimos la elección de Anquela como entrenador, se instaló en la hinchada un ánimo exaltado, como de ganas de bodorrio. No me gusta ser aguafiestas, así que a cada expresión festiva que me encontraba, yo asentía dispuesto a participar de la juerga preventiva. ¿Qué afición no piensa en verano que sí, que esta temporada será la definitiva, la del éxito? Pero el fútbol, con su suelo inestable y su atmósfera cambiante, da tantas garantías de realidad como los perfiles idealizados de una página de contactos.
Si llevásemos diez jornadas de liga con una trayectoria del Oviedo, vamos a decir que aceptable, nos visitase el Rayo y nos ganase 2 / 3 con las circunstancias exactas al primer partido, nuestro umbral de comprensión sería mayor. Achacaríamos el tropiezo a fallos puntuales y a lances del juego. La diferencia estriba en el calendario: agosto no es octubre. Nos pusimos de bonitos y no nos dejaron probar la tarta nupcial.
Que la defensa flojeó: es evidente. Para qué solemnizar lo obvio. Que se precisa un delantero: de acuerdo, el campeonato es largo, a Toché y a Linares pueden pesarle las horas de vuelo.
No estoy dispuesto a obsesionarme con el último párrafo de una historia si apenas he leído la primera página. Tampoco voy a arrancarla porque no esté del todo bien escrita. Aún es verano y siempre he visto dicha estación, más como un borrador de lo venidero que como el final de lo pasado. Yo salí contento del Tartiere a pesar de perder. Así de iluso soy. Que si estoy disculpando los fallos... Por favor, si es una primera cita.



                     Fernando Menéndez

martes, 27 de junio de 2017

De cabeza: Lo absoluto y lo relativo (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


Lo absoluto y lo relativo


El fútbol es un ámbito de absolutos. No entiende de términos medios. Lo que ayer era éxtasis hoy es tormento y al contrario. Siempre se encontró a gusto dando bandazos, demasiado pendiente de la exageración y de la euforia, olvidando el camino de sombras que media entre ambos lugares. Una sociedad como la actual sirve de excusa perfecta, pues el afán por exacerbar identidades, la urgencia por ser algo o de algo subraya esa pasión por lo absoluto. Yo, según cumplo años, soy cada vez más partidario de relativizar las cosas. En parte porque lo relativo es siempre con respecto a otra circunstancia. Se establece siempre en términos comparativos. Lo absoluto, sin embargo, es el todo o la nada. Lo relativo se vincula con la realidad. Lo absoluto a una ficción delirante. Pensaba en todo esto mientras veía el sábado pasado el partido más triste del mundo. La tristeza y la melancolía poblaban mi cabeza al ver al Oviedo lograr su victoria más estéril. Y qué triste marcar goles que no dejen una estela de entusiasmo. Y qué triste el pitido final que sonó para los dos equipos como la conclusión de un recreo. En un guión propio de la ciencia-ficción me imaginaba al Elche y al Real Oviedo jugando un partido eterno que pospusiera el desenlace definitivo.
Tuve que escuchar al narrador de la retransmisión televisiva para recuperar mi relativo optimismo, mi relativo vaso medio lleno. Vivimos tan inmersos en nuestras pasiones que no escuchamos (ni queremos) los análisis de a quienes ni les va ni les viene nada en esta feria: calificaba el locutor el campeonato del Oviedo como bueno, teniendo en cuenta que en las dos temporadas que lleva en Segunda División ha estado a punto de jugar la promoción de ascenso. Cierto que su afirmación carece de una letra pequeña que desconoce, pero el agravio comparativo a nuestro favor se refuerza cuando enfrente estaba el Elche, un equipo que hace nada jugaba en Primera División y comenzará la Temporada 2017 / 2018 en Segunda B.
Me dirán que todo esto es un flaco consuelo y no les quitaré la razón. Sucede que cuando me dejé llevar por lo absoluto me costó meses recuperarme de la resaca. Mi cuerpo y mi mente ya no están preparadas (si es que alguna vez lo estuvieron) para pasar de un extremo a otro sin que no me acose la mala conciencia.
El pasado verano, en una entrevista para este periódico, Fernando Hierro aseguraba que prefería una plantilla corta y tirar de los chavales de la cantera: qué fácil es mantener lo absoluto en un mero discurso. Después de prácticamente toda la temporada con el primer equipo, el canterano Héctor Nespral sólo se mereció una pizca de minutos en el Martínez Valero. Y a Emilio Morilla, capitán del Vetusta, tras doce años en el Oviedo, ha sido "invitado" a dejar el club. Qué poco se valora en nuestro equipo la lealtad, la discreción  y la elegancia.


                            Fernando Menéndez



lunes, 26 de junio de 2017

De cabeza: Lo absoluto y lo relativo (originariamente en La Nueva España)

De cabeza: La respuesta está en el viento (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


La respuesta está en el viento


A efectos prácticos, la penúltima jornada de la liga fue igual que la primera: la respuesta sigue en el viento. A efectos anímicos, por supuesto que no. La grada del Tartiere se expresó como los rebeldes de Espartaco: al unísono y bajo el signo de la discrepancia. Cada uno diciendo lo que quiere y haciendo lo que puede. Por lo que a mí respecta, como el personaje que interpreta Tony Curtis en el film de Kubrick, podré escribir algunos versos de vez en cuando y encadenar unas pocas frases subordinadas.
El Oviedo pende de un milagro y el alma oviedista se escinde entre la fantasía y el híperrealismo. Pero es muy tarde ya para andar decidiendo qué género nos conviene. Si fuese el agente Cooper de "Twin Peaks" encendería la grabadora para confesarle mis impresiones y dejar constancia de lo que pasa a mi alrededor. Porque lo escrito no se lo llevará el viento pero cada vez tiene más dificultades para abrirse paso.
Ruedan las especulaciones y ruedan los nombres. Llegas al estadio como quien llega a un examen de reválida: notas al rendimiento de cada jugador. Bajas y altas. Candidatos al banquillo... Se dice que el fútbol no tiene memoria y en buena parte es cierto, pues la memoria es una inquilina incómoda que siempre tiene algo que decir y reclamar. Dijo Saúl Berjón que tampoco conviene olvidar de dónde venimos, que hace nada estábamos en Segunda B. Es una afirmación con la que es fácil estar de acuerdo pero dicha ahora suena a mero apaga fuegos. Hubiese tenido más valor al comienzo del campeonato.
Equipos históricos como Mallorca o Elche caen al pozo y en nuestro caso, solo dos temporadas y ya hemos merodeado por los puestos de privilegio. Sin embargo, vivir es pedir más.
No vengo yo a justificar ni a disculpar a nadie. Somos lo que somos por las decisiones que hemos tomado. Entre las cosas que echo de menos están la humildad y la paciencia. Dos valores, por cierto, que cotizan a la baja. Ya se ha dicho aquí en más ocasiones: la historia no gana partidos. De lo ocurrido el domingo pasado, lo mejor fue una pequeña justicia de relativa importancia: que fuera Christian Fernández el autor del gol de la victoria después de los gazapos del encuentro contra el Córdoba pone, de alguna manera, ciertas cosas en su sitio. No me parece que sea el lateral izquierdo el más indicado para recibir críticas y reproches. Aunque no sé si posee el suficiente carácter, ya que medir esa circunstancia no parece fácil. Decía Pacho Maturana que cada uno juega como es. Tal vez haya que empezar por ahí. Fernando Hierro lo tiene muy claro. Yo debo de ser muy ingenuo pues siempre creí que esa era una de las tareas de un técnico: inyectar carácter donde fuera necesario. Lo cierto es que siendo jugador del Madrid iba sobrado de personalidad. En fin.
No esperen de mí un ataque de ira. Tampoco una confortable complacencia. Espartaco incitaba a la rebelión pero sin renunciar al diálogo. La palabra antes que la fuerza. Por ese orden.


              Fernando Menéndez

martes, 13 de junio de 2017

De cabeza: Il Capitano (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


Il Capitano


El domingo pasado vi a Francesco Totti decir adiós después de veinticinco años en la Roma. No le faltaron ofertas de los mejores clubes del mundo. Pero Roma es su ciudad. La Roma, su equipo. El domingo pasado vi una excepcional armonía en las gradas del estadio olímpico: tantos aficionados llorando al unísono al despedirse de su capitán que parecía una coreografía dirigida por la emoción. Totti debutó en el primer equipo de la Roma un mes de marzo de 1993. Por aquel entonces, el Real Oviedo jugaba en Primera División y en su plantilla figuraban futbolistas como Jerkan, Carlos, Rivas, Jokanović...
El domingo pasado pasado los romanos debían ganar al Genoa si querían asegurarse  el pase directo a la Liga de Campeones y lo lograron. Spalletti, el entrenador romanista, prometió que Totti jugaría minutos importantes y lo cumplió. Después me puse a ver el partido del Oviedo en Córdoba  y fue como viajar de Xanadú hasta la oscuridad más abisal. Hay muchas maneras de decir adiós y todas están determinadas por lo que se deja atrás: por algo la de Totti es tan noble y la del Real Oviedo tan bochornosa. Si no fuera por el disgusto, diría que los jugadores azules quisieron homenajear al clásico género del "slapstick": esa comedia que recurre a bromas exageradas de humor físico para definir una producción dramática con argumento sencillo. Aunque por el estadio de El Arcángel no flotó la tierna torpeza de los Keaton, Chaplin o Lloyd. De la definición canónica del género, lo que quedó sobre el césped cordobés fue la producción dramática y el argumento sencillo. Tan sencillo de comprender como que no se puede llegar a ningún lado si en realidad no lo deseas. Hasta el domingo, quería creer que el fútbol podía ser un deporte de errores no forzados, menos aún premeditados. Ahora ya no puedo pensar lo mismo. Y no es que fuera un ingenuo, es que me niego a dar el brazo a torcer ante la cofradía de los conspiranoicos y del "qué más da".
Lo último que debe hacer un equipo de fútbol es avergonzar a su afición. Y perdón por la gravedad pues sigo pensando que esto sólo es un juego, pero también se juega por alcanzar la alegría y una temporada más nos la han vuelto a arrebatar después de meses con la miel en los labios: a eso se le llama crueldad. A Fernando Hierro no le gusta que se compare esta temporada con la anterior pero es mayo y estamos en las mismas.
Francesco Totti cuelga las botas: talento, orgullo, valor y garra. Hasta siempre y gracias, "capitano". Este abnegado oviedista te saluda.


                  Fernando Menéndez

viernes, 9 de junio de 2017

De cabeza (El sufrimiento) originariamente en La Nueva España

DE CABEZA


El sufrimiento 


Lo peor del sufrimiento no es sufrir. Lo peor del sufrimiento es sufrir para nada. La Segunda División es el making off del fútbol, la parte de atrás donde se oyen los martillazos de los carpinteros que montan un escenario y donde se aprecia la ansiedad del especialista ante una escena de riesgo. Sufre el Oviedo y sufre la afición. Sufren ambos estos prolongados puntos suspensivos. Sufre el equipo pues no recuerdo un partido en el que se pudiera permitir un sesteo sin consecuencias desagradables. Cuando el juego se convierte en supervivencia, cada minuto de un encuentro es un campo de batalla sin espacio para las cortesías. Sufre la afición dos veces al ver que un ejercicio completo de abnegada pelea sólo sirve para recordar al portero zaragocista como a uno de esos personajes con el que nadie contaba. Y sufre también si, después de tanto padecimiento, lo único que se logra es posponer un desenlace. Todo le ha costado demasiado trabajo al Oviedo en esta liga. Su manera de competir ha ido de remache en remache: de la conducción al pelotazo y viceversa. Nada hay más desalentador que escuchar a la grada aplaudir un despeje o la recuperación de un balón. Es como aplaudir al trabajador que ficha a la hora en su trabajo. El Oviedo hizo lo que pudo ante un Zaragoza avejentado y marrullero, y aún así no fue suficiente. Da pena ver a un equipo como el maño arrastrándose por el campo y celebrando un empate como si hubiese descubierto la isla del tesoro. Que un club con su historial haya caído a donde ha caído es un síntoma de que en el fútbol de hoy en día el balón rueda por los despachos demasiado a menudo y cada vez más lejos de las áreas.
Como vivimos de lo símbolos, es decir, de milagro, se esgrime la foto de un niño desgañitándose en el Tartiere para que confiemos en que, con la siguiente vuelta de tuerca, funcione por fin el mecanismo y el resto del trayecto sea cuesta abajo. El equipo peleó, no hay lugar para el reproche. Sí lo hay para algunas pequeñas dudas: las habituales que se cuecen al calor de un brasero y de una mesa camilla, las que jugadores y entrenador considerarían impropias y típicas de quien no ha jugado al fútbol.
Aunque hay una parte de esperanza que no es falsa, ¿nos bastará con la afonía de un niño al que ya no le quedan canciones por cantar? Lo peor del sufrimiento es su banalidad. La obligación de llevarlo entre pecho y espalda como si fuese el impuesto requerido a un mal pagador. Hay gargantas que alzan la voz y otras que piden silencio. Aunque ambas desean lo mismo: que el verano del 2017 sea de nuevo el verano de nuestra infancia.



                 Fernando Menéndez 

martes, 30 de mayo de 2017

De cabeza: La educación (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


La educación 


La educación en el fútbol radica en la diferencia que existe entre ser un futbolista y ser un jugador. El futbolista tiene una visión panorámica de las cosas; el jugador es incapaz de salir de su primer plano y mirar por el rabillo del ojo. Para ser futbolista no es necesario triunfar. Triunfar, lo que se dice triunfar, como dijo aquel viejo escritor, es poder escribir un nuevo libro. Ni siquiera publicarlo. Un triunfador, por ejemplo, es Manu García, el futbolista que ha sido imprescindible para su equipo, el Alavés, desde la remota Segunda B hasta la Primera División. Y en nada jugará una final de la Copa del Rey.
Echo de menos futbolistas y me sobran jugadores. Cuando escribimos y hablamos usamos ambos términos como si fueran sinónimos y cometemos un error al hacerlo así. Las alegrías y las salidas de urgencia siempre se encuentran en los matices y en la distancia que separa a dos palabras aparentemente similares reside la posibilidad de reencontrar el relato apropiado. El Oviedo volvió a mostrar en Tarragona dos caras, esto ya no es noticia. Sí lo fueron los cambios en la alineación que saltó al campo y la incorporación como titular del uruguayo Carlitos, quien, ante el desplome de la segunda parte, resumió el asunto como una falta de valentía. No sé cuántos partidos más jugará de titular Carlitos, tampoco sé por qué no los jugó antes. Me temo que pasará por Oviedo como una exhalación y, salvo los más memoriosos, nadie hablará de él cuando no esté. Sin embargo, al referirse a la falta de valentía, en realidad está hablando de falta de educación. Ser educados no sólo es respetar al rival y las reglas del juego (esto debería darse por supuesto), también es saber lo que quieres y pelear por ello. Al fútbol se juega con la historia y los anhelos y esta concatenación de malos resultados y falta de recursos deja demasiadas sospechas en el aire.
La afición sabe de sobra lo que es el oviedismo, es su educación. Empiezo a no tenerlo  tan claro con los jugadores. Y no estoy dudando de su profesionalidad.
Lo que me pregunto es si en alguna ocasión se habrán parado a pensar lo que distingue a un jugador de un futbolista. Hacerlo sería el comienzo de algo. No sé muy bien de qué, pero al menos nos libraría de vivir tantos finales prematuros.



                           Fernando Menéndez

lunes, 29 de mayo de 2017

El apuntador: Permitan que me presente (originariamente en La Escena)

EL APUNTADOR: PERMITAN QUE ME PRESENTE


Permitan que me presente: soy el típico idiota que se cae al pisar la piel de un plátano. El hombre que tropieza dos veces con la misma piedra y contempla extrañado esta atmósfera de pureza que nos envuelve. En unos tiempos donde se presume de ateísmo, todo el mundo esgrime su religión intransferible y particular, su club privado de singularidad.

Permitan que me presente: soy el típico idiota carente de convicciones que tiene la costumbre de dar los "buenos días" al llegar a un sitio y que siempre teme molestar. El hombre que tropieza dos veces con el hecho de ser hombre y trata de tomarse las cosas de refilón pues ya se encargarán las cosas de agarrarlo por el pescuezo.

Permitan que me presente: soy el clásico nostálgico que echa de menos los contextos. El tipo al que le crujen los huesos cuando se sustituyen las palabras por sentencias. El chiflado que no se toma en serio la solemnidad. El meticuloso que distingue la política de lo político, al escritor del literato.

Permitan que me presente: soy el típico gordo de piel gorda que disfruta leyendo buenos libros en los que sus protagonistas son gordos cometiendo actos muy gordos. El probable apátrida que se enfanga en las supuestas aguas cristalinas de la identidad.

Permitan que me presente: admiro al capaz de calzarse los zapatos de otro y recorrer kilómetros como si nada, como si fuera él mismo.

Permítanme decir que soy el peligroso y grosero kamikaze que le dice a una chica lo guapa que está. El incoherente que no confunde una canción con la realidad. Prefiero al Mersault de Camus que al chamán de una religión. A Gregorio Samsa antes que al político telegénico y macho alfa. Al David Lurie de Coetzee antes que a los cientos de director@s de seminarios de la Nueva y Correcta Inquisición.

Pero permítanme confesar que, sin embargo, soy un hombre con suerte: cada vez que me acosan las dudas o la debilidad, abro por azar ese Caballo de Troya que se titula "Disparen al humorista". Su autor se llama Darío Adanti y tiene la modestia audaz de definirse como un simple humorista. Para que nos entendamos  entre los mortales y podamos pedir su libro a la primera de cambio, su editorial Astiberri lo ha etiquetado de ensayo gráfico. Que no importen en este caso la impronta de la etiqueta, de la denominación. Darío ha escrito y ha dibujado con su cabeza y con su mano uno de los mejores libros del año. No es una exageración, es la consecuencia natural de su lectura.
A qué esperan para leerlo, releerlo; mirarlo, remirarlo. Efectivamente, soy un hombre de suerte: sé leer y sé distinguir lo plausible de lo mejor; lo popular de lo necesario. "Disparen al humorista", de Darío Adanti. Un libro, parafraseando a su compatriota y maestro de escritores Adolfo Bioy Casares, hecho para mejorar nuestras vidas, no sólo para pasar el rato.


                      Fernando Menéndez


            



                

domingo, 28 de mayo de 2017

De cabeza: El coloso en llamas (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


El coloso en llamas


Nos hemos extraviado en la diferencia que hay entre versión y "remake". Las versiones se hacen desde el respeto y la admiración; los "remakes" desde el negocio y la imitación. Cuando el uno de enero nos deseamos feliz año, albergamos el deseo de que al menos, y aunque sea por una pizca, se mejore lo vivido hasta el momento. Corremos el riesgo de que no suceda así con el año oviedista. Cuando restan cinco jornadas para concluir el campeonato, el panorama se parece peligrosamente al del año pasado. Por causas diferentes ( o tal vez no) el Oviedo ha perdido sus ahorros en el momento menos oportuno. Cuando sales al campo con un poco de calderilla es complicado repartir y no reparar en gastos. Venía el Alcorcón como el Lazarillo: a sacarle los cuartos al hidalgo pobre que vive de las apariencias, del pasado; y como a falta de pan, buenas son tortas, dejó a los azules sin un céntimo de dinero en efectivo, mirando de reojo al fondo de pensiones, al fondo buitre, a los fondos reservados... Aspiran el Oviedo y su hinchada desde su regreso a la Segunda División a destacar en el "skyline" del fútbol español. Llegó el dinero y llegaron las celebridades a poner la primera piedra de un Dubai del balompié pero la idea de rascacielos que tenemos por aquí es el del remozado edificio de La Jirafa.
Los tópicos son como los viejos amores: recurrimos a ellos ante el frío de la soledad. Los tópicos también tienen su parte de realidad: si hay un puntos en juego y los números alcanzan... Mientras haya vida... Empapados y revividos por la vieja y pertinaz lluvia de los buenos propósitos, cometeríamos un error si  nos empeñamos en participar en un baile de gala.
Los equipos que se empeñan en no seguir los consejos de Luis Aragonés lo acaban pagando. El Sabio de Hortaleza tenía muy claro que daba igual lo que hicieras buena parte de la temporada si no aciertas en los últimos quince partidos. 
No soy una persona catastrofista pero el de las catástrofes es un dilatado género cinematográfico. A lo largo de la historia del cine se han sucedido filmes de esta clase que explican y simbolizan situaciones reales. Me siento atrapado en un coloso en llamas, como el rascacielos (el más alto del mundo) construido en San Francisco cuya inauguración se celebra organizando una fiesta en su planta más alta. De repente, en medio de la algarabía, un fallo en la instalación eléctrica provoca un incendio y los asistentes a la velada se ven acorralados por el fuego. Lo que comienza como una exhibición triunfal acaba por ser un ejercicio de supervivencia. Y no sería por falta de estrellas en aquel edificio: Steve McQueen, Paul Newman, William Holden, Faye Duneway, Fred Astaire, Jennifer Jones...
Recuerdo al Real Oviedo de 1974, año de estreno de la película. La temporada 73-74 acabó con un descenso de los azules de Primera a Segunda División. A pesar de todo, jugaban entonces históricos y referentes como Vicente, Iriarte, Tensi, Marianín... 


        
                               Fernando Menéndez



               

martes, 9 de mayo de 2017

De cabeza: Los porteros (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


Los porteros


Acuciado por algún que otro verso suelto y por la contundencia de los títulos, para el Oviedo, abril ha sido el mes más cruel. Cuando conviene que las distancias se estiren, se contraen cada vez más, hasta el punto de hallarse fuera de los puestos de promoción. Cierto que las plazas que dan la vía a un posible ascenso indirecto están más atestadas que el camarote de los hermanos Marx. Pero en el fútbol, como casi todo en la vida, no conviene dejar las tareas para última hora. El Levante ya es equipo de primera con seis jornadas de ventaja. El equipo valenciano entendió desde el primer partido que es preferible no dejar para mañana lo que puedas hacer hoy. La tranquilidad que debe de dar ascender siendo líder indiscutible, avanzando con paso firme; encaramándose desde los primeros compases a lo más alto de la clasificación, sólo con algún que otro tropiezo inherente a los lances del juego.
Soy de los que piensa que un equipo ha de aspirar a subir como lo ha hecho el Levante: sin espacio para las probabilidades ni los arrepentimientos.
Si a lo largo de la temporada he modulado en estos artículos un escepticismo levemente optimista, ahora ya soy pasto de la melancolía: me asaltan escenas olvidadas y repetidas tantas veces. Me entrego a la evidencia un tanto fatalista con la que el poeta Cesare Pavese tituló su excepcional diario: "El oficio de vivir". El animal que llevo dentro me habla de creer y pelear hasta el final pero en mi cabeza se impone el desánimo. Soy un ser escindido que ya piensa en la próxima temporada como la del asalto definitivo. Soy alguien que hace listas de posibles fichajes y descartes, un aficionado previsor que no confía en vivir al límite. Ya veremos lo que nos deparará el futuro inmediato. La paradoja de todo esto es que nada me gustaría más que quedar en evidencia, que lo escrito fuese papel mojado. Sin embargo, mayo no llega para hacer sitio a las sensaciones. Solo tiene hueco para los resultados.
En esas listas de las que hablo apunto el nombre del guardameta y pienso que, ocurra lo que ocurra, no se puede achacar a él ninguna de nuestras limitaciones. Es tan excepcional el puesto de portero, que lo mejor para un equipo es que se hable lo mínimo de él. En el Ciudad de Valencia Juan Carlos fue clave para que no volviésemos a nuestra funesta costumbre de las goleadas. Tan peculiar es jugar de portero que las voces se alzan mucho más con los errores que con los aciertos. La vida de un portero es huir constantemente del fracaso. Solitarios en medio de la multitud, no tienen derecho a dudar. Sus paradas se consideran más una obligación que una fiesta. Abril es el mes más cruel. Que nadie me tome por un tipo banal: Camuel, uno de los porteros más recordados y queridos por el oviedismo, acaba de dejarnos. Eché de menos unos brazaletes negros en los brazos de los jugadores azules el pasado sábado. El cariño de la memoria requiere a veces un  efecto inmediato.



                  Fernando Menéndez

jueves, 4 de mayo de 2017

De cabeza / Maneras de vivir


DE CABEZA


Maneras de vivir 


Lo del Tartiere va camino de ser un estilo de vida. Acostumbrarse a una rutina conlleva su indefensión. Aunque parezca escaso todo lo que no sean tres puntos, el Oviedo consiguió contra el Huesca un resultado de esos que refuerzan la moral. Los penaltis los falla quien los tira y el equipo estaba con uno menos, pero como el hábito no hace al monje, la grada no paró de animar convencida de que la voz que clama en el desierto será escuchada.
Nos adentramos en un periodo de palabras definitivas y expresiones contundentes. Nos adentramos en un periodo donde urge más que en ningún otro momento ganar el prepartido y el postpartido . Yo sigo a lo mío, con mis comprobaciones científicas, con mi trabajo de campo. Mis anotaciones revelan, como dije antes, un estilo de vida que defender. Apretar los dientes y empujar, empujar... Pongo la oreja y no distingo a nadie, salvo a algún remilgado estilista (entre los que me encuentro), que se queje del juego. Es el campeonato del gato panza arriba. Y en parte no le falta razón a la mayoría: el estilo y el afán de agradar casi nunca tienen buen acomodo en el presente. Casi siempre se dejan para más tarde. La consigna era: arbitraje y Samu Sáiz. Aunque no se debería olvidar al mister Anquela: algo tendrá, pues repite allá donde va el milagro de los panes y los peces. Sáiz, por su parte, es un jugador com mucha calidad y mucha incidencia. Si fuera más discreto sería ideal. Se le nota que es el jefe de personal y ya sabemos que todo jefe de personal aspira a mejorar, a que se le reconozca tanto desgañite, a cambiar, si pudiera ser, de empresa.
Un empate es un empate. Perdonen la obviedad. A los empates sólo los transforman las circunstancias. Y de circunstancias, el oviedismo, sabe un montón. El uno a uno del pasado viernes es un mal menor o un buen resultado.
El próximo sábado estamos invitados a una fiesta: si el Levante nos gana, ya será un equipo de primera. Mira que es puñetero el azar o el maldito calendario. Cuando el campeonato enfila su tramo final, nos da la impresión de que ya todo estaba organizado de antemano. Nos olvidamos de que son los equipos quienes endurecen o suavizan las jornadas.
Me pongo a soñar (que es lo que hago entre tarea y tarea) y veo al Oviedo dando un centenariazo, un maracanazo. Modesto pero sonoro. Ser por una vez un aguafiestas feliz y no amargado. Voy a revolver la moral y calentar el prepartido: vamos, muchachada, que no se rían de vosotros, que no se limiten a dar una palmada en la espalda como gesto de agradecimiento. Vamos, que ya dan el partido por ganado. Total, si son de lo peor fuera de casa...
Mientras, de aquí al sábado, tarearé una y otra vez los versos de Leño y el bueno de Rosendo: "No pienses que estoy muy triste / si no me ves sonreír. / es simplemente despiste. / Maneras de vivir."


Fernando Menéndez

De cabeza / Stevenson

DE CABEZA


Stevenson


A menudo nos llegan cartas de los clásicos reprochándonos el que tomemos su nombre en vano; que lo banalicemos; que lo sobemos de tanto usarlo. Dante, harto ya de que utilicemos el adjetivo "dantesco". Cartas de Kafka, hasta las narices de que todo lo raro o angustioso nos parezca kafkiano. El domingo por la noche recibí una carta de Robert Louis Stevenson, el célebre autor de "La isla del tesoro", advirtiéndome de que ni se me ocurriera recurrir de nuevo a su "El extraño caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde" para explicar el también extraño caso del Oviedo en el Tartiere y del Oviedo fuera del Tartiere. Stevenson se lamenta en la carta de que, a veces, lectores y ciudadanos arrimen el ascua a su sardina a la hora de leer cualquier libro. Aunque no me atreva a decírselo, discrepo del maestro: arrimar el ascua a la sardina es una manera de sobrevivir: ¿acaso no hace lo mismo el aficionado oviedista a la hora de interpretar las victorias, derrotas y empates de su equipo? El futbolero, por definición, es ventajista: le gusta profetizar a posteriori. Pero no hay razón para enfadarse por ello: se trata de un mecanismo de defensa natural.
Aunque Stevenson crea que la principal obligación del escritor sea contar historias y la del futbolista, añadiría yo, jugar al fútbol. Para el autor nacido en Edimburgo, lo del Oviedo es un ejemplo evidente de difícil separación entre ficción y realidad: ¿cuál es el Oviedo real, el que gana en casa o el que pierde fuera? ¿Resolveremos la incógnita al finalizar la liga? Seguro que no lo haremos con esa costumbre tan contemporánea de diagnosticar y medicalizarlo todo. El equipo azul no padece un trastorno disociativo de la identidad ni envía a su doble a jugar los partidos a domicilio. Busquemos argumentos futbolísticos, no reduzcamos a la mínima expresión la combinación azarosa de múltiples elementos. Cuando un equipo sale decidido a ganar un partido, el primer gol no supone ninguna pausa. Cuando un equipo sale decidido a ganar un partido lo hace espoleado por el hambre (ese agujero en el estómago que procede de la memoria) y sabe que su única opción es ser narrador y protagonista a la vez. Los personajes secundarios están hechos para las escenas de transición. Cuando un equipo sale decidido a ganar un partido, obliga a su rival a plantearse preguntas incómodas; a soñar con un futuro mejor.
Stevenson, en sus novelas, reivindicó el relato clásico de aventuras donde el carácter de los personajes se dibuja en la acción. Su estilo era elegante y sobrio. ¿Aventuras, personajes de acción, elegante, sobrio? El Oviedo ya tiene en quién mirarse.


                        Fernando Menéndez 

Dicen de mí (autobiografía) / 3

DICEN DE MÍ (AUTOBIOGRAFÍA) / 3


Sostenía yo maquinalmente el bolígrafo apuntando hacia las cosas. Cuando me di cuenta, lo desvié de inmediato en otra dirección, en la que no había nada. Todo lo que no llora de un lado lo llora del otro. Es cierto. Basta una palabra para abandonar una vida y penetrar en otra. A menudo la calidad del mundo depende de un simple monosílabo.
La tormenta,
como Dostoievski,
construye cuando enumera.
El asombro produce una especie de ensanchamiento de la realidad, como si la habitación o la plaza donde estamos se ampliara o se iluminara: como cuando deseamos que nos llenen la copa y nos llenan la copa. Frivolidad, esa dilatación de alegría necesaria para la gracia. Sereno occidental, entre las plantas.
No hay telegrama hoy
Sólo más
Hojas que caen.
No te das cuenta de que la vejez y la escritura se parecen mucho. Son la única posibilidad de transformar la vida, que es una enfermedad. Caminar tres calles para devolver un paraguas le destroza el corazón. Tan pequeño ha llegado a ser. La canción más tonta le detiene, y le obliga a regresar a la cama para taparse la cabeza con las mantas.
Los amigos son una segunda existencia.
Toda amistad genera su patología.
Un hermano / siempre es un yo salvaje.
Elegante, discreto, inteligente, demócrata de verdad.


Han escrito este fragmento de mi autobiografía: Peter Handke ("El peso del mundo"), Jack Kerouac ("Libro de haikus"), Justo Navarro ("F."), Yasmina Reza ("El alba, la tarde o la noche"), Ricardo Menéndez Salmón ("Gritar"), Mariano Peyrou ("Estudio de lo visible", "La sal"), Enrique Vila-Matas ("Hijos sin hijos", "Dietario voluble"), Ray Loriga ("Ya sólo habla de amor"), Gonzalo Hidalgo Bayal ("Campo de amapolas blancas").



           Fernando Menéndez


lunes, 24 de abril de 2017

De cabeza: Los sufridores (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


Los sufridores


Un sufridor que sabe dar los golpes oportunos. Alguien que aguanta el ninguneo, la intromisión del último en llegar, los faroles, el acoso. Un sufridor con una memoria que se activa a su antojo. Alguien que, cuando el tiempo apremia, prefiere primero guardar la ropa y nadar aunque no haya tierra a la vista. Un fajador que se abraza al rival no para pedir clemencia sino para susurrarle al oído que puede aguantar un derechazo más. Ese el Oviedo.
Entramos en la etapa de las cuentas de la lechera. Entramos en una recta saturada de peajes. Si en Segunda cualquiera puede reclamarte lo que cree que es suyo, independientemente de su clasificación , ahora te lo quitan sin ningún tipo de protocolo. 
El UCAM Murcia podrá no tener historia pero a esto se juega siempre en presente. Que nos lo pregunten a nosotros: sufridores que, si nos encontrásemos con una goleada a nuestro favor, nos pesaría como la típica chabacanería de nuevo rico. Ganamos 2-0 y ya tememos pagar por los excesos. Por algo Borja Domínguez marcó en el momento en que nos recordábamos que el siguiente partido es el domingo a las seis y contra el Lugo.
Nadie sabe cómo acabará esto pero que nadie me pregunte por el juego. Que me pregunten por los golpes dados y por los golpes recibidos. Lo peor de todo no es perder. Lo peor de todo es olvidar cómo ganaste. Pero a quién le va a importar si después de contar segundos fuera nos levantamos de la lona. Los partidos a ida y vuelta son como combates. De momento saltamos la comba. Hacemos sombras. Como el futuro no se puede anticipar y el presente hay que vivirlo, sorberlo a tragos, especulo con un mundo paralelo: un mundo en el que Toché, como si fuera un personaje de Hemingway, sentado al fondo de un bar, le cuenta a quien quiera escucharle que él marcaba goles como quien caza para sobrevivir. Que él volvía de un viaje y el Oviedo le preguntó por la hora de partida.
Y que el peso de las palabras no afecten a las piernas: no se ha jugado ninguna final y lo que quedan son partidos que valen tres puntos.
La épica está reñida con el hábito. No se puede jugar una final todas las semanas. Tras una final se abre un vacío inmenso, ganes o pierdas. Es el vacío del miedo: a no levantar cabeza o a que se te vaya para siempre. Contra el Lugo son tres puntos. Sin miedo y sin peso extra en los tobillos. Si se pierde habrá otra esquina por doblar. Aunque el calendario ya prepare su último aliento, aún nos queda aire por respirar. ¿No era eso el talento?¿Un cincuenta por ciento de inspirar? ¿Un cincuenta por ciento de expulsar?



                    Fernando Menéndez

martes, 18 de abril de 2017

De cabeza: Los escritores (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


Los escritores


Sabemos que la vida y el mundo son una sucesión de historias. Es en lo que coincidimos, por ejemplo, un cazador siberiano y yo mismo. El cazador arrastra su relato allá donde va y yo llevo el mío a las espaldas con la resignación o la alegría que correspondan a cada momento. La diferencia entre el pasado y  el presente estriba en que, antaño, importaba qué historia se contaba y ahora sólo nos preocupa quién es su autor o en su defecto quién la narra. Vivíamos arropados por el paternalismo del narrador omnisciente, ese tipo que lo sabe todo de nosotros y coge de aquí y de allá para hablarnos de lo que quiere hablar. Vivíamos confiados en que un campeonato de liga era la epopeya de unos sucesos y no una autobiografía saturada de intimidades. En Oviedo creció la desconfianza como una voz en off que apuntillaba cualquier entusiasmo. La trama de estos días atrás señalaba una dirección deseada pero a la vez temida: el partido contra el Tenerife era una gran ocasión y de ocasiones aprovechadas y echadas a perder está repleta la realidad y la ficción.
Dice Muñoz Molina que, a veces, hay personajes que se le rebelan y no quieren asumir el destino que les tiene deparado. Si creyésemos en el destino, el juego importaría más bien poco; así que después de la extraña derrota del pasado domingo será mejor que olvidemos a los personajes que reclaman más protagonismo y confiemos en el juego: porque del juego venimos y al juego vamos.
En una de sus fascinantes y enigmáticas narraciones, Borges cuenta la historia de Pierre Menard, autor del Quijote, un escritor desconocido y un tanto pedante que decidió componer no otro Quijote (lo cuál es fácil, según él) sino El Quijote. Menard es un consumado maestro del relativismo y de la banalización; tiene la misión evidente de bajar los humos a los grandes propósitos y a los grandes episodios: "El Quijote es un libro contingente, el Quijote es innecesario".  En nuestro caso, el personaje de Borges lo va a tener más complicado. Se nos podrá enredar con la retórica de los puntos merecidos y los puntos inmerecidos, pero con todos mis respetos a Cervantes, la estirpe oviedista es homérica. No por lo épico, sino por la paciencia y los miles de vericuetos que, como Ulises, tomamos para regresar a Ítaca. Es imposible adivinar qué nos deparará la siguiente página: si un bufón, un asesino, una heroína, un guerrero o un sabio. El universo de la literatura está poblado de personajes y de escritores inolvidables. Sin ir más lejos, cuando en el estadio tinerfeño pusieron en duda la identidad de Jon Erice, el navarro debió invocar a Flaubert y decir: Madame Bovary c'est moi.



                   Fernando Menéndez

martes, 11 de abril de 2017

De cabeza: Las explicaciones (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


Las explicaciones


Cuando el título de algo exige una explicación  pueden ocurrir dos cosas: o está mal titulado o se pretende llamar la atención. Explicar es enseñar la trastienda de un enunciado y sabemos que es en las trastiendas y no en los escaparates donde se encuentra el sentido de la vida. Cuando a Jota, el líder de la banda "Los Planetas", le preguntan por el sentido del título de su nuevo álbum: "Zona temporalmente autónoma", hace mención  a una obra titulada igual escrita por el ensayista Hakim Bey donde se anima a "liberar la propia mente de los mecanismos que han sido impuestos sobre ella". Cada vez que el Oviedo juega en el Tartiere cualquier mecanismo impuesto se libera a ritmo de goles (a balazo limpio, si utilizamos la imagen de Machín, entrenador del Girona). El estadio ovetense es nuestra zona temporalmente autónoma. Elementos opresores de los que liberarse hay tantos como rivales en el campeonato. Una lectura más ingenua de esa zona autónoma, más tradicional, hablaría de una arcadia, de un paraíso. Nadie quiere pensar que en el fútbol todo material es perecedero y nos agarramos al factor campo con la fe y el entusiasmo de los más creyentes. Mi zona temporalmente autónoma es afirmar a menudo que, yo, con respecto a la posibilidad de jugar la promoción de ascenso, sigo siendo escéptico; que con estar cada vez más lejos de los puestos de abajo ya me conformo; que hasta que no lo vea matemáticamente no me haré ilusiones. Se nota que lo mío nunca fueron los números: qué tendrá que ver la ilusión con las matemáticas. Es todo mucho más sencillo y contradictorio: cuanto más me cubro las espaldas, más deseo que suceda lo que niego. Pero mi capacidad de autosugestión es tanta, que si ustedes me preguntan, esgrimiré una gélida desconfianza. La realidad no la tengo de mi parte: parece que el Oviedo ya no está tan de paso por lo alto de la clasificación. El Girona vino a nuestra fiesta de cumpleaños con el objetivo de arruinarla. Y a punto estuvo. Fue un rival tan generoso y valiente que acabó honrando y colaborando con la celebración.
Temo liberar mi propia mente porque me pesa la historia y me intimidan las posibles ilusiones perdidas. Pero el equipo, y en especial Toché, se empeñan en desatar la rebelión en mi cabeza. Toché lo hace como se hacía en el fútbol de antes: encarnando al clásico nueve de toda la vida. Ese que, aunque con los tiempos ha adquirido la costumbre de trabajar en silencio, no ha perdido la capacidad de disimular que no está hasta que aparece en el momento oportuno.
Según Manuel Vázquez Montalbán (cuánto le debemos y no lo reconocemos suficientemente) el delantero centro fue asesinado al atardecer, así se titulaba una de las célebres novelas protagonizadas por el detective Carvalho. Pero ha resucitado porque los héroes populares siempre vuelven. Y lo ha hecho para confirmar con creces aquello de lo que se le acusaba: "habéis usurpado la función de los dioses que en otro tiempo guiaron la conducta de los hombres, sin aportar consuelos sobrenaturales, sino simplemente la terapia del grito más irracional".


               Fernando Menéndez

De cabeza: Envejecer (originariamente en La Nueva España

DE CABEZA

Envejecer


Me pregunto cuántos años se nos echan encima con cada derrota de nuestro equipo. La cuestión podrá resultar exagerada pero cuando uno se quita la camiseta al finalizar un encuentro que se ha perdido, la distancia entre las sienes y las mejillas se alarga y se ensancha por lo menos una semana. Dice Sami Khedira, el centrocampista de la Juve, que, para él, envejecer es mejorar. Trato de cobijarme bajo la convicción del futbolista alemán: en Vallecas padecimos un retorno al pasado que, paradójicamente, lejos de rejuvenecerlas, avejentó nuestras expectativas. La cita contra el Rayo desprendía el olor a chamuscado del entusiasmo prematuro. Se sucedían las llamadas a la prudencia y a la humildad: una manera disimulada de desear lo contrario de lo que se expresa. No me pondré apocalíptico pues a la liga le restan aún jornadas por cumplir pero el domingo los resultados se pusieron claramente de nuestra parte... Tal vez el Oviedo sea uno de esos autores policiacos que prefiere dar un rodeo con la trama antes de solucionar un enigma. No es cierto que el tiempo corra y calle. Ha perdido la discreción de antaño. Se desliza a gritos a través de nosotros y a nuestro lado. Nos enseña un horizonte para luego arrebatárnoslo delante de las narices. Dicen que el tiempo es eterno y me lo creo: no hay más que ver a Trashorras, el capitán del Rayo, sometiendo el fútbol a una demora; a la singular combinación de un pensamiento veloz con un gesto lento. Envejecer es convertir el cerebro en tus extremidades y tus extremidades en memoria. Ahora entiendo a Khedira y le doy la razón definitivamente: envejecer es mejorar. Quizás todo hubiera sido distinto si Borja y Torró se hubiesen parado en medio del trasiego para fijarse en la fértil y sabia senda de elefante que deja a su paso Trashorras, convertir al veterano jugador en un espejo. Cuando se pierde un partido lo mejor sería no quitarse la camiseta hasta la próxima ocasión. En tiempos de tormenta conviene no hacer mudanza.
Casi a la misma hora que el Rayo - Oviedo se jugaba el Barça - Valencia. Los recuerdos también son una herencia. Sabemos por su padre que el pasado domingo dos niños llamados Nicolás y Álvaro prefirieron el vagar desorientado de Michu a los revoloteos de Messi y Neymar. Son los hijos de Luismi, aquel defensa gallego que llegó en 2003 y peleó por los colores azules con el mismo ahínco que si hubiera nacido en el corazón de Vetusta.
¿Qué deporte es este en el que un jugador retirado emociona más que los fichajes de invierno? ¿Qué hemos perdido en este crudo envejecimiento de catorce años?
Si el Oviedo logra el ansiado ascenso a Primera no debería traicionar a la memoria e invitar a Luismi y a sus compañeros de la Temporada 2003 / 2004 a realizar el saque de honor de nuestro estreno en la élite. Ellos nos quisieron cuando sobrábamos en la ciudad. Es lo justo. Nicolás y Álvaro se merecen ver a su padre pisando de nuevo el césped del Tartiere.


                       Fernando Menéndez

Con Richard Ford (2) Originariamente en La Escena

EL APUNTADOR: CON RICHARD FORD (2)


A la mujer
que
se cruzó
conmigo
le
asomaban
un par
de
lágrimas
por
los ojos.
Unos
segundos
antes
Richard
Ford
le había
firmado
un libro.
Contra
la
emotividad,
contra
su abuso,
conviene
mantenerse
en guardia.
El
melodrama 
es
un género
comunitario,
un disgusto
edulcorado
por
la atención
del
público.
Un
reclamo
de
la justicia
universal
sea
como
sea
esta
última.
Pero
aquella
mujer
lloraba
cuando
se
cruzó
conmigo.
No era
un llanto .
Era
una alegría
discreta
cargada
de emoción.
Seguro
que
un golpe
de
memoria
y
corporeidad.
La coincidencia
de ambas
circunstancias
es 
como
una bola
extra,
una prórroga 
que se
concede
sin que
nadie
la haya
solicitado.
Aquella
mujer
lloraba
con
la misma
mansedumbre 
que
las primeras
lluvias
sobre
la tierra.
Con
su libro
en
la mano
convocaba 
la gratitud
implícita
en todo
aquél
que,
en más 
de
una ocasión,
sólo tuvo
la promesa
de
una buena
historia
que
llevarse
a
la boca.